martes, 5 de noviembre de 2013

Alimentación e hidratación de enfermos.

El suministro de alimento y agua (por vías naturales o artificiales) al paciente es considerado un medio "ordinario y proporcionado" para la conservación de vida. Por lo tanto es moralmente obligatorio suministrar alimento y agua al paciente en la medida y mientras se demuestre que cumple su finalidad de hidratar y nutrir al paciente.

Ver: 
Respuestas a algunas preguntas de la Conferencia Episcopal Estadounidense Sobre la alimentación e hidratación artificiales  -Congregación para la doctrina de la fe, 1 Agosto, 2007.

Por qué debemos Dar Agua y Comida a Pacientes en el Lecho de MuerteDr. Luis E Raez

Existe una controversia muy grande hoy en día en Norteamérica y otras partes del mundo cuando hablamos de la alimentación de pacientes moribundos. Es de “sentido común” para muchos de nosotros, especialmente los cristianos, el dar de comer a los más enfermos porque lo consideramos un acto de amor, compasión y misericordia. Sin embargo es cada vez más frecuente que profesionales de la salud de EEUU y otras partes del mundo digan a los familiares que la hidratación y nutrición son inútiles, promoviendo así el que se deniegue este beneficio al moribundo. De acuerdo a estos profesionales, el hidratar o dar de comer a un moribundo sólo incrementa la probabilidad de complicaciones médicas y no beneficia al paciente. 
A continuación vamos a hacer una revisión de esta importante controversia.
Cuando hablamos de nutrición nos referimos generalmente a la alimentación de los pacientes por la boca. Sin embargo es muy frecuente que los pacientes moribundos no sólo no puedan alimentarse por sí solos sino que también tengamos que alimentarlos con sondas en el estómago, o a veces administrarles nutrición endovenosa (por las venas). Es obvio que siempre es preferible que los pacientes usen la vía oral primero, pero si no es posible se debe tratar la vía estomacal y, por último, la vía endovenosa, ya que las dos últimas traen complicaciones médicas.
Cuando hablamos de hidratación nos referimos igualmente a la posibilidad de dar fluidos por la boca preferentemente, pero a veces no queda otra opción que usar las sondas o la vía endovenosa.
Legalmente en los Estados Unidos es posible desconectar la nutrición y la hidratación en los pacientes moribundos. Debemos recordar que algo puede ser legal sin ser necesariamente bueno o moralmente aceptable. Estos precedentes legales fueron establecidos a raíz de los casos de Quinlan (1976) y Cruzan (1990) donde la Corte Suprema permitió que se negara la alimentación y nutrición a enfermos terminales y, sin ir muy lejos, en 2005 Terri Schiavo fue desconectada del tubo de nutrición que tenía en el estómago y se la dejó morir sin ninguna hidratación o nutrición con autorización judicial.
Hoy en día la controversia en torno a los pacientes moribundos empieza cuando los médicos, enfermeras o familiares cuestionan la necesidad de alimentar al paciente ya que “de todas maneras se va a morir pronto”. Esto puede ser que ocurra en horas o en días. Existe también la creencia de que quitar la alimentación e hidratación a un paciente moribundo es un acto de "misericordia" ya que así se le deja morir en paz, “morirá más rápido y sufrirá menos”.  Respecto al paciente, hay veces que están tan enfermos que no sienten hambre o sed, pero con frecuencia sí las sienten, y su necesidad aumenta si no les proveemos la alimentación o los fluidos. 
Creo que todos estamos de acuerdo en que no nos gustaría morir sintiendo hambre y sed por horas o días. Entonces nosotros como familiares o amigos de estos pacientes terminales, como  cristianos comprometidos, debemos de decidir cuál es la postura más adecuada para estas circunstancias.
Los cristianos estamos de acuerdo que es moralmente lícito el no usar procedimientos invasivos y agresivos en pacientes moribundos ya que estos sólo prolongarían el sufrimiento de los pacientes y no dan resultado. Estos incluyen la resucitación cardiorespiratoria, el uso de ventiladores, las transfusiones de sangre o el uso de hemodiálisis entre otros. Generalmente en Estados Unidos se le pide a los pacientes en extrema gravedad o con enfermedades incurables que declaren su voluntad (“Living will” o “testamento de vida”) sobre el uso de estos tratamientos, sobretodo resucitación cardiopulmonar en el caso de que lo necesiten. La idea es evitar el uso de procedimientos innecesarios, invasivos y agresivos que prolonguen inútilmente la vida de los pacientes, causen más sufrimiento a ellos o las familias, y que se les deje morir en paz.
Sin embargo para los cristianos la hidratación y la alimentación de los pacientes terminales es un signo de amor, compasión y misericordia, y no consideramos que estén incluidos en la lista de procedimientos extraordinarios, por lo cual nos oponemos a dejar morir a los pacientes sin comida o fluidos. Puede ser cierto, como dicen algunos, que el uso de fluidos y alimentos no beneficie al paciente en el sentido de que no cura la enfermedad ni le prolonga la vida. Pero cuando alimentamos o hidratamos a nuestros seres queridos en el lecho de muerte no estamos buscando solucionar los problemas que la medicina no ha podido hacer. Simplemente estamos aliviando su sensación de hambre y sed, demostrándole cariño y dándole compañía en el lecho de muerte. Para la familia, el alimentar o dar agua al moribundo también constituye un signo de amor ya que le da la tranquilidad de poder ayudar en todo lo posible y en los últimos momentos de vida a sus seres queridos.
Durante su magisterio Juan Pablo II fue muy específico y concreto a este respecto. El claramente estableció que era un acto de compasión cristiana el dar de comer y beber a los enfermos y que no era moralmente correcto dejarlos morir de hambre o de sed (ver documentos)
Con los avances de la tecnología y medicina aumenta el debate sobre estos temas, por lo que es importante no sólo estar enterados de este asunto si no el tener una posición al respecto. Como dijimos más arriba la iglesia no tiene objeción a la renuncia voluntaria del uso de medios desproporcionados y extraordinarios con pacientes moribundos. Ej.: Al no usar una máquina de ventilación en los últimos días u horas de su vida, estamos “dejando morir” al paciente (que es muy diferente de “eutanasia” que consiste en directamente actuar con el propósito de acelerar la muerte del paciente) permitiendo que se ejerza la voluntad de Dios que quiere llevarse ya a esa persona. Pero dejar morir de hambre o de sed o hacer algo que acelere la muerte (darle alguna medicina o hacer un procedimiento que se considere eutanasia) sería un acto inmoral y anticristiano.
  El Dr. Luis E. Ráez es American Board Certified en Medicina Interna y Oncología Médica, y trabaja como profesor asociado en la División de Hematología Clínica y Oncología Médica del departamento de Medicina de la Universidad de Miami, donde también es Director de  las Clínicas de Hematología y Oncología Médica. El Dr. Ráez se dedica a la investigación de nuevos tratamientos contra el cáncer y tiene diversas publicaciones científicas en la materia así como numerosas presentaciones en conferencias a nivel nacional e internacional. El Dr. Raez tiene un interés muy particular por la ética médica y ha tenido ocasión de escribir numerosos trabajos y artículos en temas de ética médica así como presentaciones en radio y televisión.

Alimentación.

"La alimentación es un derecho humano y su violación constituye una gravísima responsabilidad ética"

Aislamiento uterino.

Consideraciones éticas sobre la eutanasia  
A partir de la década de 1970, comenzando en los países más desarrollados del mundo, se ha ido difundiendo una insistente campaña en favor de la eutanasia, entendida como acción u omisión que por su naturaleza y en sus intenciones provoca la interrupción de la vida del enfermo grave o también del niño recién nacido mal formado. El motivo que se aduce por lo general es que de esa manera se quiere ahorrar al paciente mismo sufrimientos definidos inútiles.

Con ese objetivo, se han llevado a cabo campañas y estrategias, que han contado con el apoyo de asociaciones pro-eutanasia a nivel internacional, con manifiestos públicos firmados por intelectuales y científicos, con publicaciones favorables a esas propuestas -algunas acompañadas incluso de instrucciones para enseñar a los enfermos, y a los no enfermos, los diversos modos de poner fin a la vida, cuando esta se considere insoportable-, con encuestas que recogen opiniones de médicos o personajes famosos, favorables a la práctica de la eutanasia y, por último, con propuestas de leyes presentadas en los Parlamentos, además de los intentos de provocar sentencias de los tribunales que podrían permitir de hecho la práctica de la eutanasia o, al menos, que quede impune.

El reciente caso de Holanda, donde ya existía desde hacía algunos años una especie de reglamentación que eximía de castigo al médico que practicara la eutanasia a petición del paciente, plantea un caso de auténtica legalización de la eutanasia solicitada, aunque limitada a casos de enfermedad grave e irreversible, acompañada de sufrimientos y a condición de que esa situación sea sometida a una verificación médica que se presenta como rigurosa.

El perno de la justificación que se quiere utilizar y presentar a la opinión pública está constituido sustancialmente por dos ideas fundamentales: el principio de autonomía del sujeto, que tendría derecho a disponer, de manera absoluta, de su propia vida; y la convicción, más o menos explicitada, de la insoportabilidad e inutilidad del dolor que puede a veces acompañar a la muerte.

La Iglesia ha seguido con aprensión ese desarrollo de pensamiento, reconociendo en él una de las manifestaciones del debilitamiento espiritual y moral con respecto a la dignidad de la persona moribunda y una senda "utilitarista" de desinterés frente a las verdaderas necesidades del paciente.

En sus reflexiones, ha mantenido un contacto constante con los agentes y especialistas de la medicina, tratando de ser fiel a los principios y a los valores de la humanidad compartidos por la mayor parte de los hombres, a la luz de la razón iluminada por la fe, y produciendo documentos que han merecido el aprecio de profesionales y de gran parte de la opinión pública. Queremos recordar la Declaración sobre la eutanasia (1980), publicada hace veinte años por la Congregación para la doctrina de la fe, el documento del Consejo pontificio "Cor unum" Cuestiones éticas relativas a los enfermos graves y a los moribundos (1981), la encíclica Evangelium vitae (1995) del Papa Juan Pablo II (en particular los números 64-67) y la Carta de los agentes sanitarios, elaborada por el Consejo pontificio para la pastoral de la salud (1995).

Estos documentos del Magisterio no se limitan a definir la eutanasia como moralmente inaceptable, "en cuanto eliminación deliberada de una persona humana" inocente (cf. Evangelium vitae, 65. El pensamiento de la encíclica se precisa en el número 57, permitiendo así una correcta interpretación del texto del número 65, que acabamos de citar), o como "oprobio" (cf. Gaudium et spes, 27), sino que también ofrecen un itinerario de asistencia al enfermo grave y al moribundo, que se inspire, tanto bajo el aspecto de la ética médica como bajo el espiritual y pastoral, en el respeto a la dignidad de la persona, en el respeto a la vida y a los valores de la fraternidad y la solidaridad, impulsando a las personas y a las instituciones a responder con testimonios concretos a los desafíos actuales de una cultura de la muerte que se difunde cada vez más.

Recientemente, esta Academia pontificia para la vida ha dedicado una de sus asambleas generales (después de un trabajo de preparación que duró varios meses) a ese mismo tema, y publicó luego las Actas conclusivas en el libro titulado "The Dignity of the Dying Person" (2000).

Vale la pena recordar aquí, aun remitiendo a los documentos que acabamos de citar, que el dolor de los pacientes, del que se habla y sobre el que se quiere fundamentar una especie de justificación o casi obligatoriedad de la eutanasia y del suicidio asistido, es hoy más que nunca un dolor "curable" con los medios adecuados de la analgesia y de los cuidados paliativos proporcionados al dolor mismo; el paciente, si se le presta una adecuada asistencia humana y espiritual, puede recibir alivio y consuelo en un clima de apoyo psicológico y afectivo.

Las posibles peticiones de muerte por parte de personas que sufren gravemente, como demuestran las encuestas realizadas entre los pacientes y los testimonios de clínicos cercanos a las situaciones de los moribundos, casi siempre constituyen la manifestación extrema de una apremiante solicitud del paciente que quiere recibir más atención y cercanía humana, además de cuidados adecuados, ambos elementos que actualmente a veces faltan en los hospitales. Resulta hoy más verdadera que nunca la consideración ya propuesta por la Carta de los agentes sanitarios: "El enfermo que se siente rodeado por la presencia amorosa, humana y cristiana, no cae en la depresión y en la angustia de quien, por el contrario, se siente abandonado a su destino de sufrimiento y muerte y pide que acaben con su vida. Por eso la eutanasia es una derrota de quien la teoriza, la decide y la practica" (n. 149).

A este respecto, podemos preguntarnos si, bajo la justificación de que el dolor del paciente es insoportable, no se esconde más bien la incapacidad de los "sanos" de acompañar al moribundo en la prueba de su sufrimiento, de dar sentido al dolor humano -que, por lo demás, nunca se puede eliminar totalmente de la experiencia de la vida humana- y una especie de rechazo de la idea misma de sufrimiento, cada vez más difundido en nuestra sociedad donde domina el bienestar y el hedonismo.

Tampoco se ha de excluir que detrás de algunas campañas en favor de la eutanasia se ocultan razones de gasto público, considerado insostenible e inútil frente a la prolongación de ciertas enfermedades.

Declarando curable, en el sentido médico, el dolor y proponiendo, como compromiso de solidaridad, la asistencia a los que sufren es como se llega a afirmar el verdadero humanismo: el dolor humano exige amor y participación solidaria, no la expeditiva violencia de la muerte anticipada.

Por lo demás, el citado principio de autonomía, con el que a veces se quiere exasperar el concepto de libertad individual, impulsándolo más allá de sus confines racionales, ciertamente no puede justificar la supresión de la vida propia o ajena. En efecto, la autonomía personal tiene como primer presupuesto el hecho de estar vivos y exige la responsabilidad del individuo, que es libre para hacer el bien según la verdad; sólo llegará a afirmarse a sí mismo, sin contradicciones, reconociendo (también en una perspectiva puramente racional) que ha recibido como don su vida, de la que, por consiguiente, no es "amo absoluto"; en definitiva, suprimir la vida significa destruir las raíces mismas de la libertad y de la autonomía de la persona.

Además, cuando la sociedad llega a legitimar la supresión del individuo -sin importar en qué estadio de vida se encuentre, o cuál sea el grado de debilitamiento de su salud- reniega de su finalidad y del fundamento mismo de su existencia, abriendo el camino a iniquidades cada vez más graves.

Por último, en la legitimación de la eutanasia se induce una complicidad perversa del médico, el cual, por su identidad profesional y en virtud de las inderogables exigencias deontológicas a ella vinculadas, está llamado siempre a sostener la vida y a curar el dolor, y jamás a dar muerte "ni siquiera movido por las apremiantes solicitudes de cualquiera" (Juramento de Hipócrates). Esa convicción ética y deontológica se ha mantenido intacta, en su sustancia, a lo largo de los siglos, como lo confirma, por ejemplo, la Declaración sobre la eutanasia de la Asociación médica mundial (39ª asamblea, Madrid 1987): "La eutanasia, es decir, el acto de poner fin deliberadamente a la vida de un paciente, tanto a petición del paciente mismo como por solicitud de sus familiares, es inmoral. Esto no impide al médico respetar el deseo de un paciente de permitir que el proceso natural de la muerte siga su curso en la fase final de la enfermedad".

La condena de la eutanasia que se hace en la encíclica Evangelium vitae por ser "una grave violación de la ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana" (n. 65) entraña el peso de la razón ética universal (se funda en la ley natural) y la instancia elemental de la fe en Dios creador y custodio de toda persona humana.

Así pues, la línea de comportamiento con el enfermo grave y el moribundo deberá inspirarse en el respeto a la vida y a la dignidad de la persona; deberá perseguir como finalidad hacer disponibles las terapias proporcionadas, sin utilizar ninguna forma de "ensañamiento terapéutico"; deberá acatar la voluntad del paciente cuando se trate de terapias extraordinarias o peligrosas -que no se tiene obligación moral de utilizar-; deberá asegurar siempre los cuidados ordinarios (que incluyen la alimentación y la hidratación, aunque sea artificiales) y comprometerse en los cuidados paliativos, sobre todo en la adecuada terapia del dolor, favoreciendo siempre el diálogo y la información del paciente mismo.

Ante la cercanía de una muerte que resulta inevitable e inminente "es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a tratamientos que sólo producirían una prolongación precaria y penosa de la vida (cf. Declaración sobre la eutanasia, parte IV), dado que existe gran diferencia ética entre "provocar la muerte" y "permitir la muerte": la primera actitud rechaza y niega la vida; la segunda, en cambio, acepta su fin natural.

Las formas de asistencia a domicilio -hoy cada vez más desarrolladas, sobre todo para los enfermos de cáncer-, el apoyo psicológico y espiritual de los familiares, de los profesionales y de los voluntarios, pueden y deben transmitir la convicción de que cada momento de la vida y cada sufrimiento se pueden vivir con amor y son muy valiosos ante los hombres y ante Dios. El clima de solidaridad fraterna disipa y vence al clima de soledad y a la tentación de desesperación.

Especialmente la asistencia religiosa -que es un derecho y una ayuda valiosa para todo paciente y no sólo en la fase final de la vida-, si es acogida, transfigura el dolor mismo en un acto de amor redentor y la muerte en apertura hacia la vida en Dios.

Las breves consideraciones que hemos ofrecido aquí se suman a la constante enseñanza de la Iglesia, la cual, tratando de ser fiel a su mandato de "actualizar" en la historia la mirada de amor de Dios al hombre, sobre todo cuando es débil y sufre, sigue anunciando con fuerza el evangelio de la vida, con la certeza de que puede hallar eco y ser acogido en el corazón de toda persona de buena voluntad. En efecto, todos estamos invitados a formar parte del "pueblo de la vida y para la vida" (cf. Evangelium vitae, 101).

Ciudad del Vaticano, 9 de diciembre de 2000

Prof. Juan de Dios VIAL CORREA
Presidente

Mons. Elio SGRECCIA
Vicepresidente

Agonizantes (moribundos).

Consideraciones éticas sobre la eutanasia  
A partir de la década de 1970, comenzando en los países más desarrollados del mundo, se ha ido difundiendo una insistente campaña en favor de la eutanasia, entendida como acción u omisión que por su naturaleza y en sus intenciones provoca la interrupción de la vida del enfermo grave o también del niño recién nacido mal formado. El motivo que se aduce por lo general es que de esa manera se quiere ahorrar al paciente mismo sufrimientos definidos inútiles.

Con ese objetivo, se han llevado a cabo campañas y estrategias, que han contado con el apoyo de asociaciones pro-eutanasia a nivel internacional, con manifiestos públicos firmados por intelectuales y científicos, con publicaciones favorables a esas propuestas -algunas acompañadas incluso de instrucciones para enseñar a los enfermos, y a los no enfermos, los diversos modos de poner fin a la vida, cuando esta se considere insoportable-, con encuestas que recogen opiniones de médicos o personajes famosos, favorables a la práctica de la eutanasia y, por último, con propuestas de leyes presentadas en los Parlamentos, además de los intentos de provocar sentencias de los tribunales que podrían permitir de hecho la práctica de la eutanasia o, al menos, que quede impune.

El reciente caso de Holanda, donde ya existía desde hacía algunos años una especie de reglamentación que eximía de castigo al médico que practicara la eutanasia a petición del paciente, plantea un caso de auténtica legalización de la eutanasia solicitada, aunque limitada a casos de enfermedad grave e irreversible, acompañada de sufrimientos y a condición de que esa situación sea sometida a una verificación médica que se presenta como rigurosa.

El perno de la justificación que se quiere utilizar y presentar a la opinión pública está constituido sustancialmente por dos ideas fundamentales: el principio de autonomía del sujeto, que tendría derecho a disponer, de manera absoluta, de su propia vida; y la convicción, más o menos explicitada, de la insoportabilidad e inutilidad del dolor que puede a veces acompañar a la muerte.

La Iglesia ha seguido con aprensión ese desarrollo de pensamiento, reconociendo en él una de las manifestaciones del debilitamiento espiritual y moral con respecto a la dignidad de la persona moribunda y una senda "utilitarista" de desinterés frente a las verdaderas necesidades del paciente.

En sus reflexiones, ha mantenido un contacto constante con los agentes y especialistas de la medicina, tratando de ser fiel a los principios y a los valores de la humanidad compartidos por la mayor parte de los hombres, a la luz de la razón iluminada por la fe, y produciendo documentos que han merecido el aprecio de profesionales y de gran parte de la opinión pública. Queremos recordar la Declaración sobre la eutanasia (1980), publicada hace veinte años por la Congregación para la doctrina de la fe, el documento del Consejo pontificio "Cor unum" Cuestiones éticas relativas a los enfermos graves y a los moribundos (1981), la encíclica Evangelium vitae (1995) del Papa Juan Pablo II (en particular los números 64-67) y la Carta de los agentes sanitarios, elaborada por el Consejo pontificio para la pastoral de la salud (1995).

Estos documentos del Magisterio no se limitan a definir la eutanasia como moralmente inaceptable, "en cuanto eliminación deliberada de una persona humana" inocente (cf. Evangelium vitae, 65. El pensamiento de la encíclica se precisa en el número 57, permitiendo así una correcta interpretación del texto del número 65, que acabamos de citar), o como "oprobio" (cf. Gaudium et spes, 27), sino que también ofrecen un itinerario de asistencia al enfermo grave y al moribundo, que se inspire, tanto bajo el aspecto de la ética médica como bajo el espiritual y pastoral, en el respeto a la dignidad de la persona, en el respeto a la vida y a los valores de la fraternidad y la solidaridad, impulsando a las personas y a las instituciones a responder con testimonios concretos a los desafíos actuales de una cultura de la muerte que se difunde cada vez más.

Recientemente, esta Academia pontificia para la vida ha dedicado una de sus asambleas generales (después de un trabajo de preparación que duró varios meses) a ese mismo tema, y publicó luego las Actas conclusivas en el libro titulado "The Dignity of the Dying Person" (2000).

Vale la pena recordar aquí, aun remitiendo a los documentos que acabamos de citar, que el dolor de los pacientes, del que se habla y sobre el que se quiere fundamentar una especie de justificación o casi obligatoriedad de la eutanasia y del suicidio asistido, es hoy más que nunca un dolor "curable" con los medios adecuados de la analgesia y de los cuidados paliativos proporcionados al dolor mismo; el paciente, si se le presta una adecuada asistencia humana y espiritual, puede recibir alivio y consuelo en un clima de apoyo psicológico y afectivo.

Las posibles peticiones de muerte por parte de personas que sufren gravemente, como demuestran las encuestas realizadas entre los pacientes y los testimonios de clínicos cercanos a las situaciones de los moribundos, casi siempre constituyen la manifestación extrema de una apremiante solicitud del paciente que quiere recibir más atención y cercanía humana, además de cuidados adecuados, ambos elementos que actualmente a veces faltan en los hospitales. Resulta hoy más verdadera que nunca la consideración ya propuesta por la Carta de los agentes sanitarios: "El enfermo que se siente rodeado por la presencia amorosa, humana y cristiana, no cae en la depresión y en la angustia de quien, por el contrario, se siente abandonado a su destino de sufrimiento y muerte y pide que acaben con su vida. Por eso la eutanasia es una derrota de quien la teoriza, la decide y la practica" (n. 149).

A este respecto, podemos preguntarnos si, bajo la justificación de que el dolor del paciente es insoportable, no se esconde más bien la incapacidad de los "sanos" de acompañar al moribundo en la prueba de su sufrimiento, de dar sentido al dolor humano -que, por lo demás, nunca se puede eliminar totalmente de la experiencia de la vida humana- y una especie de rechazo de la idea misma de sufrimiento, cada vez más difundido en nuestra sociedad donde domina el bienestar y el hedonismo.

Tampoco se ha de excluir que detrás de algunas campañas en favor de la eutanasia se ocultan razones de gasto público, considerado insostenible e inútil frente a la prolongación de ciertas enfermedades.

Declarando curable, en el sentido médico, el dolor y proponiendo, como compromiso de solidaridad, la asistencia a los que sufren es como se llega a afirmar el verdadero humanismo: el dolor humano exige amor y participación solidaria, no la expeditiva violencia de la muerte anticipada.

Por lo demás, el citado principio de autonomía, con el que a veces se quiere exasperar el concepto de libertad individual, impulsándolo más allá de sus confines racionales, ciertamente no puede justificar la supresión de la vida propia o ajena. En efecto, la autonomía personal tiene como primer presupuesto el hecho de estar vivos y exige la responsabilidad del individuo, que es libre para hacer el bien según la verdad; sólo llegará a afirmarse a sí mismo, sin contradicciones, reconociendo (también en una perspectiva puramente racional) que ha recibido como don su vida, de la que, por consiguiente, no es "amo absoluto"; en definitiva, suprimir la vida significa destruir las raíces mismas de la libertad y de la autonomía de la persona.

Además, cuando la sociedad llega a legitimar la supresión del individuo -sin importar en qué estadio de vida se encuentre, o cuál sea el grado de debilitamiento de su salud- reniega de su finalidad y del fundamento mismo de su existencia, abriendo el camino a iniquidades cada vez más graves.

Por último, en la legitimación de la eutanasia se induce una complicidad perversa del médico, el cual, por su identidad profesional y en virtud de las inderogables exigencias deontológicas a ella vinculadas, está llamado siempre a sostener la vida y a curar el dolor, y jamás a dar muerte "ni siquiera movido por las apremiantes solicitudes de cualquiera" (Juramento de Hipócrates). Esa convicción ética y deontológica se ha mantenido intacta, en su sustancia, a lo largo de los siglos, como lo confirma, por ejemplo, la Declaración sobre la eutanasia de la Asociación médica mundial (39ª asamblea, Madrid 1987): "La eutanasia, es decir, el acto de poner fin deliberadamente a la vida de un paciente, tanto a petición del paciente mismo como por solicitud de sus familiares, es inmoral. Esto no impide al médico respetar el deseo de un paciente de permitir que el proceso natural de la muerte siga su curso en la fase final de la enfermedad".

La condena de la eutanasia que se hace en la encíclica Evangelium vitae por ser "una grave violación de la ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana" (n. 65) entraña el peso de la razón ética universal (se funda en la ley natural) y la instancia elemental de la fe en Dios creador y custodio de toda persona humana.

Así pues, la línea de comportamiento con el enfermo grave y el moribundo deberá inspirarse en el respeto a la vida y a la dignidad de la persona; deberá perseguir como finalidad hacer disponibles las terapias proporcionadas, sin utilizar ninguna forma de "ensañamiento terapéutico"; deberá acatar la voluntad del paciente cuando se trate de terapias extraordinarias o peligrosas -que no se tiene obligación moral de utilizar-; deberá asegurar siempre los cuidados ordinarios (que incluyen la alimentación y la hidratación, aunque sea artificiales) y comprometerse en los cuidados paliativos, sobre todo en la adecuada terapia del dolor, favoreciendo siempre el diálogo y la información del paciente mismo.

Ante la cercanía de una muerte que resulta inevitable e inminente "es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a tratamientos que sólo producirían una prolongación precaria y penosa de la vida (cf. Declaración sobre la eutanasia, parte IV), dado que existe gran diferencia ética entre "provocar la muerte" y "permitir la muerte": la primera actitud rechaza y niega la vida; la segunda, en cambio, acepta su fin natural.

Las formas de asistencia a domicilio -hoy cada vez más desarrolladas, sobre todo para los enfermos de cáncer-, el apoyo psicológico y espiritual de los familiares, de los profesionales y de los voluntarios, pueden y deben transmitir la convicción de que cada momento de la vida y cada sufrimiento se pueden vivir con amor y son muy valiosos ante los hombres y ante Dios. El clima de solidaridad fraterna disipa y vence al clima de soledad y a la tentación de desesperación.

Especialmente la asistencia religiosa -que es un derecho y una ayuda valiosa para todo paciente y no sólo en la fase final de la vida-, si es acogida, transfigura el dolor mismo en un acto de amor redentor y la muerte en apertura hacia la vida en Dios.

Las breves consideraciones que hemos ofrecido aquí se suman a la constante enseñanza de la Iglesia, la cual, tratando de ser fiel a su mandato de "actualizar" en la historia la mirada de amor de Dios al hombre, sobre todo cuando es débil y sufre, sigue anunciando con fuerza el evangelio de la vida, con la certeza de que puede hallar eco y ser acogido en el corazón de toda persona de buena voluntad. En efecto, todos estamos invitados a formar parte del "pueblo de la vida y para la vida" (cf. Evangelium vitae, 101).

Ciudad del Vaticano, 9 de diciembre de 2000

Prof. Juan de Dios VIAL CORREA
Presidente

Mons. Elio SGRECCIA
Vicepresidente

Adicción.

(Etim. Latín addicere, dar consentimiento a algo.)La adicción a la droga, el juego, alcohol, etc. lleva a la persona a perder la libertad sobre su propio comportamiento, a la destrucción de la familia y a la ruina social.  La Iglesia está comprometida en la recuperación de los adictos. Soy testigo de la recuperación de muchos hermanos una vez que se entregan al Jesucristo y participan asiduamente en el proceso de curación.

Acupuntura.

Padre Jordi Rivero
Etim: Del latín
"acus", aguja, y "punctura", punzada.
Acupuntura: Operación con fines curativos en la que se clavan una o más agujas en el cuerpo humano. Utilizada por los chinos y  japoneses desde la antigüedad.

Nuestro interés no es comentar sobre la eficacia médica de la acupuntura. Eso le corresponde a la medicina. Pero quiero advertir sobre la "acupuntura" que se vende como parte de las prácticas de Nueva Era. Y no se trata de ciencia o medicina. Cuando un centro de "acupuntura" se anuncia de la siguiente manera, entonces se trata de adivinación:
¿Le gustaría Experimentar plenamente la vida
Mejorar su salud
Vivir muchos años
Conocer su futuro
Saber qué fechas son buenas para usted y cuáles adversas?
LA ACUPUNTURA LE AYUDARÁ

Con frecuencia los centros de acupuntura mezclan una multitud de prácticas de la Nueva Era.

Otro anuncio:
¿Amor?, ¿Vida?, ¿Finanzas?, ¿Carrera?, ¿Qué tienes en la mente?.
El Tarot Mágico te permitirá...

Las promesas no tienen límites: La acupuntura quita todos los dolores y tensiones, hace bajar de peso, quita el vicio de fumar...  A estas promesas sigue una jerga típica de la Nueva Era para hacer creer a los ingenuos que se trata de algo científico o misterioso... ¡armonize con el "gi" del día!  

Una visita en la red produce innumerables sitios de acupuntura donde venden todo lo que usted necesita para ser un campeón: desde "brazaletes ionizados de rayos Q"  hasta hierbas medicinales. ¡Y la gente lo compra! También hay regalos, como una página de acupuntura que ofrece un protector de pantallas chino para la buena suerte, capaz de llenar tu espacio de "Feng Shui positivo".
Los centros de acupuntura suelen utilizar abundantemente nombres de origen chino o japonés para identificarse con la antigua práctica de acupuntura que se remonta a esos países. Pero también promueven superstición y ocultismo: horóscopo chino, Tarot, el "mundo de I-ching" (un oráculo) y mucho más. Con frecuencia reclaman que sus productos tienen poderes sobrenaturales.
Recordamos al lector la admonición de San Pablo:
"En cambio los malos y embaucadores irán de mal en peor, serán seductores y a la vez seducidos. Tú, en cambio, persevera en lo que aprendiste y en lo que creíste, teniendo presente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús" - II Timoteo 3,13-15

Conclusión: No nos compete evaluar los posibles méritos de la acupuntura terapéutica. Ese es el campo de la medicina. Pero sí debemos alertar sobre  la "acupuntura" que se vende popularmente hoy día por todas partes pretendiendo satisfacer las necesidades humanas a base de técnicas y poderes  misteriosos .... Señores, esto nada tiene que ver ni con ciencia ni con religión. Es una crasa impostura religiosa.

Acta Apostolicae Sedis

Actas de la Sede Apostólica, (AAS)
Boletín oficial de la Sede Apostólica en el que se publican los decretos legales y las enseñanzas autorizadas. Establecido el 29 de septiembre de 1908, contiene los decretos principales, cartas encíclicas, decisiones de las congregaciones romanas y anuncios de nombramientos eclesiásticos. El contenido se considera promulgado cuando se publica y efectivo tres meses de la fecha de edición.