martes, 30 de junio de 2015

Cristo coronado de espinas (Tiziano)

Cristo coronado de espinas
(Incoronazione di spine)
Titian - Crowning with Thorns - WGA22845.jpg
AutorTiziano, h. 1576
TécnicaÓleo sobre lienzo
EstiloManierismo
Tamaño280 cm × 182 cm
LocalizaciónAlte PinakothekMúnichFlag of Germany.svgAlemania
Cristo coronado de espinas o La coronación de espinas, es un cuadro del pintor italiano Tiziano.
Está realizado en óleo sobre lienzo, y fue pintado hacia 1576, encontrándose actualmente en la Pinacoteca Antigua de Múnich. Se considera una de sus últimas obras.
Se trata de una típica composición de la época final del maestro. Con una proporción ideal formal y gran fuerza expresiva, la pintura se encuandra estilísticamente aún dentro del Alto Renacimiento.1
Destaca el gran dinamismo logrado por el artista, en parte por la colocación de las figuras, creándose la impresión de movimiento constante. El estilo es casi preimpresionista, siendo muy llamativa la utilización de pinceladas anchas y sueltas, aplicadas con gran libertad, que crean formas y contornos poco definidos y una especie de torbellino de colores. A veces se han atribuido estas particularidades al estado inacabado del cuadro.1 Es original también la forma de resolver la ambientación nocturna del episodio.

Referencias[editar]

  1. ↑ Saltar a:a b Los maestros de la pintura occidental, Taschen, 2005, pág. 176, ISBN 3-8228-4744-5

Enlaces externos[editar]

Cristo contemplado por el alma cristiana

Cristo contemplado por el alma cristiana
Cristo después de la flagelación y el alma cristiana, by Diego Velázquez.jpg
AutorDiego Velázquez, Hacia 1626-1632
TécnicaÓleo sobre lienzo
EstiloBarroco
Tamaño165,1 cm × 206,4 cm
LocalizaciónNational GalleryLondresFlag of the United Kingdom.svg Reino Unido
Cristo contemplado por el alma cristiana tras la Flagelación es una pintura al óleo de Diego Velázquez sobre lienzo de 165,1 x 206,4 cm, conservada en la National Gallery de Londres desde 1883 por donación de John Savile Lumley, quien la había adquirido en Madrid en 1858. Para José López-Rey podría haber sido pintado entre 1626 y 1628, aunque son mayoría los críticos que prefieren retrasar su ejecución a 1632, tras el primer viaje de Velázquez a Italia, por apreciar influencias de la pintura boloñesa y en especial de Guido Reni junto con la del Caravaggio romano y una técnica pictórica cercana a la empleada en La fragua de Vulcanopintada en Roma.
No se tienen noticias de esta pintura anteriores a la fecha de su adquisición en Madrid en 1858 pero la crítica ha sido unánime al aceptar su autoría. Un dibujo preparatorio de la figura del ángel destruido en 1936, con una antigua inscripción —«VELAZQUEZ.»— figuraba en la colección del ilustrado Gaspar Melchor de Jovellanos. La infrecuente iconografía, con el acento puesto en la figura infantil a la que dirige Cristo la mirada, y su honda emotividad, rara en la obra de Velázquez, hizo pensar a Carl Justi que pudiera tratarse de una pintura votiva con motivo de la muerte de su hija menor, Ignacia.

Iconografía[editar]

En la figura de Cristo a la columna, para la que se han sugerido modelos tomados de la estatuaria clásica —Galo moribundo– y una anatomía cercana a la del Cristo de la Minerva de Miguel Ángel, Velázquez siguió las indicaciones iconográficas de su suegro Francisco Pacheco para el tema del Cristo recogiendo sus vestiduras, iconografía muy repetida en la pintura española del siglo XVII, combinándolas en una creación original.
Dibujo preparatorio para Cristo y el alma cristiana, antes en el Instituto Jovellanos de Gijón, destruido en 1936.
Pacheco se ocupó de la iconografía del Cristo recogiendo sus vestiduras, nacida en Alemania o en Flandes en el siglo anterior y difundida a través de estampas, en una carta dirigida a Fernando de Córdoba, fechada en 1609, a propósito de una pintura suya de este asunto hoy perdida. Siguiendo las revelaciones de Santa Brígida en la imagen del Cristo escarnecido y citando la obra de Alfonso Paleotti, Iesu Christi Crucifixi Stigmata Sacrae Sindone Impressa editada en Venecia en 1606, admitía Pacheco que se pintasen, como él lo hizo, junto con los manojos de varas (fascis) y las correas de vaca —de que, dice, «hace memoria la antigüedad» y son los azotes que corrientemente emplean los pintores-, el flagelo hecho con zarzas, visto en revelaciones por un San Vicente, y «el azote de puntas o estrellas de hierro, fixas en los cordeles, imitado del que debuxó en el libro de Paleoto del IV de las Revelaciones de Santa Brígida». Por seguir las revelaciones de Santa Brígida empleó también en su imagen la columna de fuste alto y no la baja de la Basílica de Santa Práxedes que era, al contrario, la preferida por Paleotti.
En el Cristo y el alma cristiana, los azotes que Velázquez dispuso junto al cuerpo derrumbado de Jesús son, excepto el flagelo de zarzas, los mismos que menciona Pacheco: un manojo de varas -y desparramados por el suelo, minuciosamente descritos los fragmentos que de él se han ido quebrando con los golpes-, la correa y un látigo de colas que puede recordar el de la visión de Santa Brígida. La columna de Velázquez es de fuste alto y, como explica también Pacheco de la que él pintó, no se dibuja mostrando toda su altura. Es posible de este modo imaginar que la escena está ocurriendo en una sala grande, sin tener que mostrarla entera para no entorpecer la visión destacada del cuerpo de Cristo, y representar al tiempo sólo una de la vestiduras, la túnica inconsútil, «considerando que las demás están sin orden, esparcidas por la Sala o Pretorio» como, sigue recordando Pacheco, repiten los autores místicos que de este pasaje se ocuparon y será así como lo hará también Velázquez.
Y siguiendo a Pacheco, se explican también la mirada del Cristo de Velázquez, dirigida al que contempla el cuadro (que no ha de situarse de frente sino a un lado, «porque el encuentro della causa grandes efectos»); la contención en las señales dejadas por los azotes («cosa que escusan mucho los grandes pintores, por no encubrir la perfección que tanto les cuesta, a diferencia de los indoctos, que sin piedad arrojan azotes y sangre, con que se borra la pintura o cubren sus defectos»), concentradas las heridas en la espalda, donde menos dañan la figura y los autores piadosos dicen que cayeron la mayor parte, y la propia belleza del cuerpo de Cristo, defendida también por Pacheco.
Los otros elementos que componen el cuadro de Velázquez, el Ángel de la Guarda y la figura infantil que encarna el alma cristiana acompañando a Cristo tras su flagelación, podrían proceder de algún escritor místico no identificado o derivar de propuestas para la meditación expuestas por autores como Juan de Ávila, cuyo Audi filia cita Pacheco, ofray Luis de Granada, quien ensalzando la belleza corporal de Cristo, expuesta y maltrecha, exclamaba:
Mira, ánima mía, cuál estaría allí aquél mancebo hermoso y vergonzoso... tan maltratado y tan avergonzado y desnudo. Mira cómo aquella carne tan delicada, tan hermosa como una flor de toda carne, es allí por todas partes abierta y despedazada.1
Aunque tales ideas se encuentran abundantemente expuestas en textos ascéticos y podían ser lugares comunes de la predicación, en pintura el tema es sumamente infrecuente, habiéndose señalado como precedentes únicamente dos cuadros atribuidos a Juan de Roelas, uno en el convento de las Mercedarias Descalzas de Sanlucar de Barrameda y el otro, de dudosa autografía, en el Monasterio de la Encarnación de Madrid, en el que Sánchez Cantón, al darlo a conocer en relación con la pintura de Velázquez, llegó a leer una inscripción actualmente invisible que decía: «Alma, duélete de mí / que tú me pusiste así».2
Velázquez presenta a las tres figuras recortadas sobre un fondo neutro, fuertemente contrastado por una iluminación intensa que dibuja sombras oscuras en la superficie del suelo y dota a las figuras de una poderosa tridimensionalidad, acentuando de este modo el carácter emotivo de la escena, que tiene como eje central el cruce de miradas entre la imagen de Cristo, derrotado aunque atlético, y la figura del niño, que de rodillas y con las manos unidas inclina hacia Jesús su frágil cuerpo.

Referencias[editar]

  1. Volver arriba Luis de Granada, Libro de la oración y la meditación. Meditación para el miércoles por la mañana, citado en Emilio Orozco, Manierismo y barroco, Madrid 1981, p. 106.
  2. Volver arriba Sánchez Cantón, «La espiritualidad de Velázquez», Revista de la Universidad de Oviedo, 1943, nº 13 y 14

Bibliografía[editar]

Cena de Emaús


La cena en Emaús (1648), deRembrandt

Se conserva en el Museo del Louvre.La cena de Emaús o los discípulos de Emaús es el nombre con que se identifica un relato del Evangelio de Lucas (Lucas 24:13-35) que no guarda paralelismo con ningún otro del Nuevo Testamento, con la salvedad de una muy acotada referencia en Marcos16:12-13. El pasaje narra la aparición de Jesús resucitado a dos discípulos suyos de camino a la aldea de Emaús, la forma en que lo invitaron a pernoctar y cómo lo reconocieron durante la cena, en la fracción del pan. Los matices psicológicos de sus personajes otorgan un carácter único al pasaje, que fue analizado y reflexionado largamente por biblistas, exégetas y místicos, y a través del tiempo tornó en un tema muy tratado en el arte. Fue el pasaje dilecto del filósofo Jean Guitton:
Si hubiera que escoger en todo el Evangelio una sola escena que lo resumiese todo, no lo dudaría un momento, escogería la de los discípulos de Emaús.1
Jean Guitton (1956), Jésus. Ed. Grasset, p. 433

Episodio evangélico[editar]

Según el capítulo 24 del Evangelio de San Lucas, dos discípulos, uno de los cuales se llama Cleofás y otro cuya identidad no se desvela, apenados y temerosos por la muerte de Cristo que han presenciado, huyen de Jerusalén y llegan hasta Emaús, donde se disponen a cenar en compañía de un extraño con el que han hablado por el camino de los recientes sucesos y que les reprocha su falta de fe. No se percatan de quién es el misterioso viajero hasta que reconocen su gesto al partir el pan, momento en que el desaparece.2 El gesto, para ellos inequívoco, es el que utilizaba Jesucristo, y por tanto el pan había dejado de ser pan para convertirse en el cuerpo de Cristo de laeucaristía. Esa y otras exégesis son las que suelen hacerse en el comentario a este pasaje evangélico, propio de la liturgia católica del Tercer Domingo de Pascua (durante el ciclo A) o de las misas vespertinas del Domingo de Pascua de Resurrección (Ciclos A, B y C).3

Tratamiento pictórico[editar]

Dos cuadros de Caravaggio:
Dos cuadros y dos grabados de Rembrandt:
  • 1648, Louvre4
  • 1629, Museo Jacquemart-André5
  • Grabado de 16396
  • Grabado de 16547
La más famosa falsificación de Han van Meegeren, en el estilo de Vermeer, de 1937.8
Cuadros de muchos otros artistas:

Tratamiento literario[editar]

En literatura, el tema de la cena de Emaús se ha tratado al menos desde el siglo XII, cuando el poeta Laurentius de Durham lo desarrolla en un poema latino semidramático.11

Notas[editar]

  1. Volver arriba Chenu, Bruno (2006). Los discípulos de Emaús. Madrid: Narcea. p. 11. ISBN 84-277-1502-1. Consultado el 9 de mayo de 2014.
  2. Volver arriba Texto en la NVI
  3. Volver arriba homilietica.org catholic.net
  4. Volver arriba [1]
  5. Volver arriba [2]
  6. Volver arriba [3]
  7. Volver arriba [4]
  8. Volver arriba [5]
  9. Volver arriba [6]
  10. Volver arriba artehistoria
  11. Volver arriba Udo Kindermann, ‘Das Emmausgedicht des Laurentius von Durham’, in: Mittellateinisches Jahrbuch 5 (1968), S. 79-100.

Enlaces externos[editar]