
Dicha distinción provenía de la leyenda de la mitología griega en la que Dafne fue transformada en un laurel y pasó a convertirse en el símbolo más preciado de distinción que se le entregaba a las personas más relevantes (el mito aparece explicado en el Libro I del poema ‘Las metamorfosis’, terminada en el año 8 a.C., y en la que a lo largo de quince libros el poeta romano Ovidio hacía un repaso a la Historia del mundo).
Era tal el valor simbólico que tenían estas coronas de laurel que incluso algunos líderes y emperadores se las auto otorgaban y las llevaban puestas en su cabeza.

Cabe destacar que no siempre las coronas eran de oro, ya que el propio laurel ya estaba considerado de por si como algo muy valioso (al menos simbólicamente) y aunque el valor material del premio no era suficiente como para retirarse de trabajar sí que provocaba que hubiese quien creyese que ya había alcanzado el tope de su carrera y dejaba de rendir y esforzarse al máximo, siendo acusado de que se había quedado dormido en los laureles.
Algunos fueron los militares romanos que gracias a una triunfal campaña recibieron la preciada corona pero tras dejar de esforzarse (dormirse) fueron degradados, castigados o retirados a la fuerza.
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