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lunes, 26 de enero de 2015

Carismas.

La celebración es el lugar donde se manifiestan muchos carismas del Espíritu, y hay que facilitar su despliegue. En la reunión más que en la fiesta, todo el que quiera decir algo debe encontrar la posibilidad; por lo menos hasta fines del siglo IV se reconocía que la misión de enseñar en la iglesia no era monopolio de presbíteros u obispos; he aquí un texto de las Constituciones Apostólicas, apócrifo en parte compilado y en parte escrito hacia el año 380: "El que enseña, sea o no seglar, con tal que sepa hablar y sea de conducta recomendable, que enseñe; porque -todos serán discípulos de Dios-" (VIII, 32,17).

El pasaje alude en primer lugar a Rom 12,7, donde san Pablo enumera una serie de carismas. La razón final es lo más notable: propone la profecía de Isaías (54,13), citada por Cristo (Jn 6,45); todo cristiano honesto, por tanto, con tal de que pueda expresarse, tiene derecho a dirigir la palabra al grupo para comunicar lo que Dios le enseña; no se trata aquí de revelaciones especiales, más propias del carisma profético, sino de reconocer la acción de Dios en la propia historia y experiencia o de exponer las propias luces sobre un pasaje de la Escritura.

Como el carisma de enseñar, otros muchos se ejercitan en la reunión y en la fiesta; carisma es toda cualidad, común o extraordinaria, puesta, por impulso del Espíritu, al servicio ajeno. El canto y la organización, la afabilidad y cualquier otra destreza útil para animar la fiesta es carisma; unos tendrán como don la palabra sabia, otros la que instruye; uno esplendor de fe, otro espíritu crítico, sin descartar del todo las manifestaciones extraordinarias, como el espíritu profético o el alabar a Dios en lenguas arcanas. Bien conocidos son los fenómenos que ocurren en las reuniones pentecotales.

Este clima de libertad podría tropezar contra una estructura demasiado rígida que no dejase resquicio suficiente a la expresión. A nivel de grupo, hay que abrir una ventana a la espontaneidad. Los cristianos van a la reunión con experiencias que desearían compartir con los demás; hay que dejar holgura para que encuentren vías de expresión y no imponer un esquema inflexible.

Un mínimo de estructura es necesario, entre otras cosas, para poder empezar; hay que tener alguna idea de lo que se pretende hacer o de cómo se va a desenvolver la celebración, previendo sus líneas maestras. La estructura preserva también la continuidad de ciertos valores insustituibles; pero toda estructura o institución, como dijo el Señor de su prototipo el sábado, es para el hombre y no viceversa. Desde el momento en que una estructura social, religiosa o ritual agarrota la expresión del hombre o sofoca su libertad, hay que desmontarla; para estar al servicio del hombre deberá tener una flexibilidad que no impida el movimiento: será malla de danzarín, no camisa de fuerza.

En el caso concreto de la celebración hay que empezar encontrando los modos espontáneos de expresión propios del grupo; sobre ese común denominador se construirá la estructura. La institución, por tanto, sigue, no precede; no se puede imponer la espontaneidad ni enseñar a ser poeta.

La celebración entrevera lo convenido con lo improvisado. Cox la compara atinadamente al jazz combinado, en que la partitura se interrumpe cada vez que uno de los ejecutantes improvisa un solo, que sus colegas acompañan; terminado éste, se vuelve al texto escrito, mientras otro no se sienta inspirado.

domingo, 25 de enero de 2015

Carismas.

En su cooperación con la obra de Dios, los cristianos no están solos. La paz que Dios quiere para los hombres es sinónimo de vida, y "el regalo (carisma) de Dios es vida eterna por medio de Cristo Jesús Señor nuestro" (Rom 6,23). Cristo, el resucitado, "subió por encima de los cielos para llenar el universo" (Ef 4,10). Derrama dones, destellos de la vida que él posee; son los que llamamos carismas.

Sus dones no se encierran en la Iglesia; así, al menos, se deduce de la cita del salmo 67: "Dio dones a los hombres", y de la frase "para llenar el universo" (Ef 4,8.10). Su vida fermenta en el mundo entero, pero debe ser especialmente visible en la Iglesia. Cada uno recibe su don en la medida en que Cristo se lo da (Ef 4,7); a unos concede ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, según la enumeración de Ef 4,11. ¿Para qué estos dones? Con el fin de equiparar al pueblo santo para que preste servicio en la construcción del cuerpo de Cristo; la meta de este trabajo es alcanzar la unidad, la madurez del hombre adulto, el desarrollo proporcionado al Cristo total (Ef 4,11-13); hay que ser auténticos viviendo en el amor y hacer así que el cuerpo crezca hacia Cristo que es la cabeza (ibíd 15).

Cada cristiano recibe su don particular o, mejor, la gracia que recibe tiene su don particular o, mejor, la gracia que recibe tiene su rasgo particular, y con ella debe contribuir al bien de todos. Entre cristianos hay igualdad, pero no igualitarismo. Igualdad significa que cada uno tiene ocasión para desarrollar sus posibilidades y que las dotes personales no autorizan el sentido de la propia importancia (Mt 18,1-4). La igualdad supone que el abono se reparte equitativamente por todo el terreno respetando la espontaneidad de la floración. El igualitarismo, en cambio, se empeña en que todas las plantas tengan la misma estatura y todas las flores igual color. Los dones de Dios son diversos y producen diversidad; el que cada uno recibe determina su puesto en la comunidad de creyentes, y no hay que excederse en las aspiraciones (Rom 12,3) como tampoco enterrar el don (Mt 25,25). Pablo y Apolo eran ambos agentes de Dios para llevar a los corintios a la fe, pero cada uno a su manera, según lo que le dio el Señor (1 Cor 3,7).

Sea el que sea, el don equipa al cristiano para su trabajo (Ef 4,11). No se da para deleite propio ni para el narcisismo. Tal era la idea de algunos corintios a los que san Pablo reprocha su exagerada afición al don de las lenguas arcanas. Entre paganos, el fenómeno místico o insólito era un fin en sí mismo; para el cristiano, cualquier don está ordenado al bien de la comunidad. No puede afincarse en el orgullo, la propia insatisfacción o la devoción privada. La gracia que ha recibido, sea de piedad, oración, afabilidad o elocuencia ha de atravesar la frontera del yo para prestar servicio a otros. Encerrarse y recrearse en su don es obrar en pagano.

La argumentación se apoyaba hasta ahora en el pasaje de Ef 4,7-16. Examinando otras cartas y textos se amplía la idea de carisma. En Rom 12 aparecen como tales no sólo los servicios eminentes prestados a la comunidad, como el del apóstol o profeta, sino también otros humildes y cotidianos, como distribuir limosnas o asistir a los necesitados (Rom 12,8). Es don de Dios tener dotes de predicador, de pensador, de administrador o de enfermero; lo espiritual y lo técnico, todo es carisma.

Su estado de vida es para san Pablo un don (1 Cor 7,7), el esclavo y el libre están llamados por Dios (ibíd 17). Subraya así la unidad del cuerpo de Cristo, integrado por hombres de toda condición y capaz de combinar todas las diferencias. La unidad de la Iglesia no tiene nada que ver con la uniformidad o igualitarismo de que hemos hablado antes. Es una unidad dinámica; sus miembros, precisamente por ser diferentes, pueden contribuir al bien de los demás, cada uno a su manera. Gracias a los carismas es posible la ayuda mutua, que, ejercitada en el amor fraterno, mantiene viva la unidad de la Iglesia, construye la comunidad según la frase usual de san Pablo. La misma ayuda, proyectada hacia afuera, constituye la misión, y la variedad de sus dones permite a la Iglesia hacerse útil en las diversas situaciones que encuentre.

Una palabra a propósito de la esclavitud. San Pablo no afirma que tal condición humana es don de Dios; no se le ocultaban la infelicidad y degradación del esclavo, y él mismo le aconseja emanciparse si se presenta la ocasión ( 1 Cor 7,21). Lo que inculca es que todo cristiano debe cooperar al reinado de Dios desde la situación concreta en que se encuentra. Es una llamada al realismo: no hay que esperar "a que las cosas cambien" para empezar a hacer el bien. El verdadero carisma es la persona, que actúa a través de las circunstancias adversas y a veces valiéndose de ellas.

La variedad de dones fomenta la igualdad fundamental de los cristianos, desterrando la autarquía. Ninguno puede decir a otro "no te necesito" (1 Cor 12,21); hay una interdependencia de todos respecto a todos, querida por Cristo, que reparte sus dones como quiere (ibíd 12,11). La conciencia de esta voluntad del Señor evita el descontento y la envidia y permite la unidad. No faltaban sin duda rivalidades entre los cristianos de Corinto, cuando san Pablo insiste tanto en esta doctrina, recordándoles que las funciones más humildes y con menos apariencia son las más necesarias ( 1 Cor 12,22).

El carisma es, pues, el don o habilidad particular que uno posee y que no ha elegido. Representa su posibilidad concreta de trabajo y puede llamarse la vocación de cada uno. Toca al individuo reconocerlo, aceptarlo como dado por Dios y hacerlo rendir en la tarea común, prestando servicio a los demás en esa línea propia y personal.

Encontramos aquí otro aspecto del realismo cristiano, en relación ahora con la propia persona. Consiste en saber que cada uno tiene su cupo de fe (Rom 12,3) y no aspirar a más de lo que es capaz; en aceptar el propio estado de vida, las cualidades y defectos, como punto de partida para la vida cristiana. Requiere una visión objetiva de la propia persona y circunstancias, estimando el grado de eficacia a que podrá llegar y la actividad más favorable para alcanzarlo. Posición y función social, sexo, grado de cultura, dotes de acción, todo es carisma, si se pone al servicio de los demás.

Analizando la doctrina de san Pablo aparecen los carismas como el encuentro de las dotes del individuo concreto e histórico con el impulso del Espíritu. Para probar esta afirmación examinemos los sinónimos que usa de la palabra carisma (regalo). En primer lugar, "gracia" (don): "Según el don que Dios me ha dado, yo, como hábil arquitecto, coloqué el cimiento" (1 Cor 3,10); se refiere, sin duda alguna, a su calidad de apóstol. Ahora bien, el ser apóstol se llama en Ef 4,11 "dádiva"; en 1 Cor 12,28-29, "carisma"; en Rom 1,1, "vocación". Cuatro términos designan, por tanto, la misma realidad. Si quisiéramos encontrar una diferencia entre don (gracia) y carisma habría que ver en el primero el acto generoso de Dios y en el segundo su expresión equivalente es "lo que Dios asigna" (Rom 12,3-6; 1 Cor 7,17), paralelo de "gracia" y "carisma", en Rom 12,3-6.

Si examinamos ahora las realidades a que se refieren los términos citados, encontraremos como carismas el celibato (1 Cor 7,7), las palabras sabias o que instruyen, el don de la fe, los milagros y curaciones, la profecía, las luces para discernir inspiraciones, el hablar diversas lenguas o traducirlas ( 1 Cor 12,8-11); es una lista más completa, algunos de cuyos términos son repetición de los anteriores, aparecen: ser apóstoles, profetas o maestros, hacer milagros, los dones de curar, la asistencia a los necesitados, la capacidad de dirigir, las diferentes lenguas ( 1 Cor 12,28).

Entre los dones o "dádivas" de Ef 4,11 se enumeran los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros.

Los términos citados, por tanto, prácticamente sinónimos, cubren realidades tan dispares como apóstol, enfermero, administrador o célibe, o sea, dones extraordinarios específicamente cristianos, habilidades y estados de vida.

¿Qué conclusión cabe sacar de esto? A nuestro parecer, la siguiente: que el carisma no consiste solamente en el impulso del Espíritu que empuja a poner las dotes personales al servicio de los demás, sino también en la posibilidad misma de acción, en la realidad que precede al impulso, como tener habilidades para la administración o la asistencia. En fin de cuentas, el carisma o don de Dios consiste en ser tal persona, con tales dotes concretas. El don puede ser de nacimiento, de propia elección o favor especial de Dios, como la inspiración profética o el llamamiento a ser apóstol. Otros pueden ser dotes psíquicas, como probablemente los fenómenos extáticos o el hablar en lenguas arcanas.

Carisma sería, pues, fundamentalmente la persona misma con sus disposiciones innatas y adquiridas, con su temperamento y carácter, su herencia o historia. En ésta puede intervenir Dios, concediendo enriquecimientos especiales, como la vocación apostólica o la inspiración profética.

Dicho de otra manera: carisma es la personalidad dinámica, el uso de las propias dotes en el propio ambiente, bajo el impulso del Espíritu de Dios y ejercitando su carisma. El cristiano sabe de quién le viene ese carisma y conoce que el dador está presente en el don y que espera una administración fiel y fructífera. El triunfo de Cristo está en que los hombres se pongan a la tarea común, al servicio recíproco. El pagano considera sus dotes personales como municiones para la lucha entre rivales. El cristiano, como instrumentos para el bien ajeno.

Cada miembro de la Iglesia es, pues, un don de Dios, que merece consideración y respeto. Cuando uno ejerce su carisma, sea el que sea, representa a Cristo, pues está cumpliendo su encargo. Para recalcar el respeto debido a los otros en la cooperación cristiana usa san Pablo un verbo muy fuerte: "Subordinados unos a otros, por reverencia a Cristo" (Ef 5,21). Todos a todos; ésta es la autoridad del carisma.

martes, 11 de junio de 2013

CARISMAS.

I. En las cartas paulinas "carisma" no es un término técnico, sino una entre varias denominaciones de los dones de Dios, de Jesús Mesías o del Espíritu. La calidad de apóstol, por ej., se llama "don", "carisma" en 1 Cor 12,27-31; "don", "gracia" en Rom 1,5 (cf. Rom 12,3; 1 Cor 3,10; Gál 2,9; Ef 3,7.8); "don", "dádiva" en Ef 4,7.11; "llamamiento", "vocación" en Rom 1,1.

"Dones", "funciones" o servicios y "actividades" son prácticamente sinónimos en 1 Cor 12,4-6, todos manifestaciones del Espíritu (ibíd. 7); en Ef 4,7 es Jesús Mesías quien los reparte.

El carisma o don significa la potenciación por el Espíritu de una cualidad, consciente o inconsciente, existente en el individuo, un modo concreto de llevar a término la creación en él.

II. No se da nunca una lista completa de dones, pues la actividad del Espíritu no se puede catalogar (cf. Jn 3,8). Aparecen los siguientes: apóstol (el que funda y educa comunidades): 1 Cor 12,28s; Ef 4,11; Rom 1,1; 1 Cor 1,1. Profeta (el que habla inspirado): Rom 12,6; 1 Cor 12,28s; Ef 4,11. Evangelista (predicador ambulante): Ef 4,11. Instructor/maestro (el que expone y explica el mensaje): 1 Cor 12,28s; pastores y maestros, Ef 4,11.

Otros dones: palabras acertadas, palabras sabias, fe para realizar obras extraordinarias (cf. 1 Cor 13,2), curar, hablar inspirado (profecía), distinguir inspiraciones, hablar lenguas desconocidas (glosolalia), traducirlas (1 Cor 12,8-10); además, asistencias, funciones directivas (ibid, 28).

En Rom 12,3-8 se atribuyen a la fe, es decir, equiparan para el servicio mutuo en que ha de expresarse la fe/adhesión a Jesús (cf. Gál 5,6). Además de la profecía, aparecen el servicio, la enseñanza, la exhortación. El contribuir, encargarse -probablemente de la administración- y repartir no parecen dones particulares, sino incluidos en el servicio o asistencia (1 Cor 12,28). En 1 Cor 7,7, Pablo llama a su celibato carisma (cf. Mt 19,11). Toda cualidad de la persona, puesta al servicio de la comunidad o de los de fuera de ella, bajo el impulso del Espíritu/amor, puede llamarse carisma.

III. El apóstol no se identifica con los Doce; este carisma supone haber recibido una misión del Señor (1 Cor 9,1; Gál 1,16s; cf. Hch 26,17s): Bernabé y Pablo (Hch 14,4.14). Andrónico y Junias (Rom 16,7). "todos los apóstoles" (1 Cor 15,5-7, después de la mención de los Doce) parecen haber sido misioneros enviados por el Señor o el Espíritu para anunciar la buena noticia en nuevas regiones (Hch 13,1-3).

El profeta construye la comunidad animando y exhortando (1 Cor 14,3); a veces predice acontecimientos futuros (Hch 11,27s; 21,10s; cf. 1 Pe 1,10). Con el de apóstol, es el carisma más importante (Ef 2,20; 3,5), pues a través de los mensajes proféticos el Señor continúa enseñando a la comunidad. Pablo estimula a desear este carisma (1 Cor 14,1). El mensaje del profeta está sujeto al juicio de los demás (1 Cor 14,29); la verdadera inspiración no puede contradecir el mensaje de Jesús. Verdadera y falsa inspiración (1 Jn 4,1-6).

Hablar en lenguas desconocidas, carisma para el bien del individuo; se usa en comunidad sólo si se traduce. Pablo reprocha el excesivo entusiasmo por este don (1 Cor 12,12-27).

Carisma conferido mediante la oración (1 Tim 4,11-16, de esneñanza; 1 Tim 1,6-8, de valentía en la profesión de la fe).