Introducción
En el siguiente artículo se da una descripción del cristianismo como
religión,
y se describe su origen, su relación con otras religiones, su
naturaleza esencial y principales características, pero no en relación
con sus
doctrinas en detalle ni a su
historia
como una organización visible. Estos y otros aspectos de este gran tema
se tratarán bajo títulos separados. Además, el cristianismo del que
hablamos es el que se percibe claramente en
la Iglesia Católica solamente; por lo tanto, aquí no nos ocupamos de aquellas formas que están incluidas en las varias
sectas cristianas no católicas, ya sean
cismáticas o
heréticas.
Nuestras fuentes documentales de
conocimiento sobre el origen del cristianismo y su desarrollo temprano son principalmente el
Nuevo Testamento y los varios escritos sub-apostólicos, cuya
autenticidad
debemos en grado sumo dar por sentada, al igual que sobre menos bases
admitimos la autenticidad de “Cæesar” cuando trató con la Galia
primitiva, y de “Tácito” cuando estudió el crecimiento del Imperio
Romano (cf. Kenyon, “Manual de Crítica Textual del Nuevo Testamento”).
Tenemos esta nueva autorización para hacerlo, para que las más maduras
opiniones críticas entre los no-católicos, abandonando las extravagantes
teorías de Baur, Strauss, y Renan, tiendan, en lo que se refiere a
fechas y autores, a coincidir más estrechamente con la posición católica. Se reconoce que los
Evangelios,
Hechos y la mayoría de las
Epístolas
pertenecen a la Era Apostólica. “La más antigua literatura de la
Iglesia”, dice el Profesor Harnack, “es, en los puntos principales y en
la
mayoría
de sus detalles, desde el punto de vista de la historia literaria,
verídica y confiable… El que estudia estas cartas atentamente (es decir,
las de
Clemente e
Ignacio) no puede dejar de ver qué plenitud de
tradiciones, asuntos sobre predicación, doctrinas y
formas de organización ya existentes en los
tiempos de
Trajano
(98-117 d.C.), y que ya habían alcanzado permanencia en iglesias
particulares” (Chronologie der altchristlichen Literature, Bk. I, pp. 8,
11). Por supuesto, se tocarán otros puntos y se asumirán otros
resultados, que se tratan más completa y formalmente en los artículos
Jesucristo,
la Iglesia,
Revelación,
Milagro.
Origen del Cristianismo y su Relación con Otras Religiones
Cristianismo es el nombre dado al sistema definido de
creencia y práctica religiosa enseñada por Jesucristo en el país de Palestina, durante el reinado del emperador romano
Tiberio, y ciertos
hombres
escogidos entre sus seguidores la promulgaron, luego de la muerte de su
Fundador, para la aceptación del mundo entero. Según la
cronología reconocida, ellos comenzaron su misión el día de
Pentecostés,
en el año 29 d.C., cuyo día es considerado, por consiguiente, como el
día de nacimiento de la Iglesia Cristiana. Para poder apreciar mejor el
significado de este evento, debemos primero considerar las influencias y
tendencias religiosas previamente en operación en las
mentes de los hombres, tanto judíos como
gentiles, las cuales prepararon el camino para la expansión del cristianismo entre ellos.
La historia completa de los judíos, según se detalla en el
Antiguo Testamento,
se ve, cuando se lee a la luz de otros eventos, como una clara aunque
gradual preparación para la predicación del cristianismo. En esa nación
solamente, las grandes
verdades de la
unidad y
existencia de Dios, el gobierno
providencial
de sus criaturas y su responsabilidad hacia Él, fueron conservadas
intactas en medio de la corrupción general. El mundo antiguo estaba
entregado al
panteísmo y a la
idolatría;
Israel solamente, no debido a su “
instinto monoteísta” (Renan), sino debido a la intervención periódica de
Dios a través de sus
profetas,
se resistió en la mayor parte a la tendencia general a la idolatría.
Además de mantener aquellas puras concepciones de la Deidad, los
profetas de tiempo en tiempo, y con cada vez más creciente claridad
hasta que llegó el testimonio directo y personal del
Bautista, prefiguraron una revelación más completa y universal---un tiempo cuando, y un Hombre a través del cual, Dios
bendeciría a todas las naciones de la tierra.
No es necesario aquí trazar las predicciones mesiánicas en detalle; su claridad y fuerza son tales que
San Agustín
no vacila en decir (Retract., I, XIII, 3): “Lo que ahora llamamos la
religión cristiana existió entre los antiguos, y existía desde el
comienzo de la raza humana, hasta que Cristo mismo vino en la carne;
desde cuyo tiempo la ya existente verdadera religión comenzó a ser
llamada cristiana”. Y así se ha señalado que Israel sólo entre las
naciones de la antigüedad esperaba con agrado las
glorias venideras. Todos los pueblos semejantes retuvieron algún más o menos vago recuerdo del
Paraíso perdido, una Edad Dorada remota, pero sólo el
espíritu de Israel mantuvo viva la
esperanza definida de un imperio mundial de
justicia, en donde la caída del hombre sería reparada. El hecho de que, eventualmente, los judíos malinterpretaran sus
oráculos, e identificaran el
Reino Mesiánico con una soberanía de Israel meramente temporal, no puede invalidar el testimonio de las
Escrituras,
según interpretadas por la propia vida de Cristo y la enseñanza de sus
apóstoles, a la gradual evolución de esa concepción de la cual el
cristianismo es la expresión plena y perfecta. Un
orgullo nacional errado, acentuado por su irritante sujeción a
Roma los llevó a ver un significado material en las predicciones del triunfo del
Mesías, y de ahí a amar su privilegio de ser el pueblo escogido de Dios. El olivo silvestre en la metáfora de
San Pablo (
Rom. 11,17) fue injertado al tronco de los
patriarcas, en lugar de las ramas rechazadas, y entró en su herencia espiritual.
Podemos trazar, también, en el mundo en general, aparte del
pueblo judío, una preparación similar aunque menos directa. Ya sea
debido esencialmente a las predicciones del Antiguo Testamento o a los
fragmentos de la revelación original transmitida entre los gentiles, una
cierta expectativa vaga de la venida de un gran conquistador parece
haber existido en Oriente y hasta cierto punto en los mundos romanos, en
medio del cual la nueva religión tuvo su nacimiento. Pero una mucho más
marcada predisposición al cristianismo se puede notar en ciertos rasgos
de la religión romana después de la caída de la república. Los antiguos
dioses del Lacio habían dejado de reinar hacía tiempo. En su lugar la
filosofía griega ocupaba las mentes de los ilustrados, mientras que una variedad de extraños cultos importados de
Egipto
y Oriente atraían al populacho. Sea cual fuere su corrupción, estas
nuevas religiones, que concentraban el culto en una sola deidad
prominente, eran en efecto monoteístas. Además, muchas de ellas se
caracterizaban por
ritos de expiación y
sacrificio, que familiarizaron las mentes de los hombres con la
idea
de una religión mediadora. Ellos se combinaron para destruir la noción
del culto a la nación, y a separar el servicio a la deidad del servicio
al Estado. Finalmente, como una
causa
contribuyente a la difusión del cristianismo, no debemos dejar de
mencionar la muy difundida Pax Romana, que resultó de la unión de las
razas civilizadas bajo un gobierno central fuerte.
No más se puede decir respecto a la preparación remota del mundo
para la recepción del cristianismo. Lo que precedió inmediatamente a su
institución, según nació en el
judaísmo, concierne a la raza judía solamente, y está contenido en la enseñanza y milagros de Cristo. Su muerte y
Resurrección, y la misión del
Espíritu Santo.
Durante toda su
vida
mortal sobre la tierra, incluyendo los dos o tres años de su ministerio
activo, Cristo vivió como un judío devoto, observando Él mismo e
insistiendo en que sus seguidores observaran los preceptos de la
Ley (
Mt. 23,3). La suma de su enseñanza, así como la de su
precursor, era la cercanía del “
Reino de Dios, denotando no sólo la regla de justicia en el corazón
individual (“el Reino de Dios está dentro de ti”
Lc. 17,21), sino también la Iglesia (como es claro a partir de muchas
parábolas) que estaba a punto de instituir.
Sin embargo, aunque Él mismo previó un tiempo cuando la Ley como tal cesaría de obligar, y aunque Él mismo, en
prueba de su mesiazgo, ocasionalmente dejaba a un lado sus provisiones, (“Pues el
Hijo del Hombre es Señor incluso del
Sabbath”,
Mt. 12,8), aun así, a pesar de sus milagros, Él no ganó reconocimiento
de ese mesiazgo, mucho menos de su divinidad, de parte de los judíos en
general. Él confinó su enseñanza explícita sobre la Iglesia a sus
seguidores inmediatos, y les encargó a ellos, cuando llegó el tiempo, el
anunciar abiertamente la abrogación de la Ley. (
Hch. 15,5-11.18;
Gál. 3,19.24-28;
Ef. 2,2.14-15;
Col. 2,16-17;
Hb. 7,12).
No fue tanto, entonces, al proponer los
dogmas del cristianismo, sino al infundir a la Antigua Ley con el espíritu de la
ética cristiana que Cristo se halló capacitado para preparar los corazones judíos para la religión venidera. Además, la
fe
que Él no pudo inspirar por los numerosos milagros que obró, trató de
proveerla con un incentivo ulterior más fuerte al morir bajo toda
circunstancia de dolor, desgracia y derrota, y luego al resucitar de
entre los muertos en triunfo y gloria. Fue a este hecho, más bien que a
los milagros que obró en su vida, que sus acreditados testigos siempre
apelaban en sus enseñanzas. En los designios de Dios la fe del
cristianismo se basa sobre la maravilla de la Resurrección. “Si Cristo
no resucitó, vana es vuestra fe”, declara el apóstol Pablo (1
Cor.
15,17), quien no dice una sola palabra sobre las demás maravillas que
Cristo realizó. Por su muerte, sin embargo, y su regreso de entre los
muertos, Cristo, como lo probó el evento, suministró los medios más
fuertes para una predicación efectiva de la religión que vino a fundar.
La tercera
condición
antecedente al nacimiento del cristianismo, como aprendemos por los
registros sagrados, fue una especial participación del Espíritu Santo
dado a los Apóstoles el día de Pentecostés. Según la promesa de Cristo,
la función de su don divino era enseñarles la verdad y traer a su
recuerdo todo lo que Él les había dicho (
Jn. 14,26; 16,13). “Yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la
ciudad
hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto.” (Lc. 24,49). “Juan
bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo
dentro de pocos días.” (Hch. 1,5). Como resultado de la visita divina
hallamos a
los Apóstoles predicando el Evangelio con maravillosa
valentía, persuasión y seguridad frente a los hostiles judíos e
indiferentes gentiles, “colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que les acompañaban.” (
Mc. 16,20).
Ahora consideraremos las circunstancias de los comienzos del
cristianismo y estimaremos hasta qué punto fue afectado por las ya
existentes creencias religiosas de la época.
Como hemos visto, tuvo su origen en el judaísmo: su Fundador y sus
discípulos
fueron judíos ortodoxos, y los discípulos mantuvieron sus prácticas
judías, al menos por un tiempo, incluso después del día de Pentecostés.
Los mismos judíos consideraban a los seguidores de Cristo como una mera
secta (airesis) israelita como los
saduceos o los
esenios,
llamando a San Pablo “el instigador de la revuelta de la secta de los
nazoreos” (Hch. 24,5). Al principio la nueva religión estuvo
completamente confinada a la
sinagoga, y sus consagrados tenían todavía una gran parte de la exclusividad judía; ellos leían la Ley, practicaban la
circuncisión, y adoraban en el
Templo, así como en el cuarto alto en
Jerusalén. No nos debe sorprender entonces que algunos
racionalistas modernos, que rechazan su origen
sobrenatural
e ignoran la operación del Espíritu Santo en sus primeros misioneros,
vean en el cristianismo primitivo puro y simple judaísmo, y encuentren
la explicación de su carácter y crecimiento en el ambiente religioso
pre-existente. Pero esta teoría del desarrollo natural no se ajusta a
los hechos según narrados en el Nuevo Testamento, el cual está lleno de
indicaciones de que las doctrinas de Cristo eran nuevas, y su espíritu
extraño. En consecuencia, hay que mutilar los registros para que se
ajusten a la teoría. No podemos pretender seguir, allí o en otros
lugares, a los racionalistas en su crítica del Nuevo Testamento. Hay
poca necesidad de hacerlo, ya que sus teorías son a menudo mutuamente
destructivas. A fines del siglo XIX un observador calculó que desde 1850
habían sido publicadas 747 teorías respecto al Antiguo y Nuevo
Testamentos, de las cuales 608 eran ya difuntas en ese tiempo (vea
Hastings, “Alta Crítica”). El efecto de estas hipótesis fortuitas ha
sido en su mayoría fortalecer la opinión
ortodoxa, la cual procedemos a establecer.
El cristianismo se desarrolló a partir del judaísmo en el sentido
de que contiene la revelación divina del credo judío, algo así como una
pintura incluye el boceto original. La misma mano produjo ambas
religiones, y por
tipo,
promesa y profecía la Antigua Dispensación señala claramente a la Nueva.
Pero tipo, promesa y profecía indican claramente que el Nuevo
será algo muy diferente al Viejo. Ninguna mera evolución orgánica los
conecta a los dos. Una revelación más completa, una
moralidad
más perfecta, una distribución más amplia iban a señalar el Reino del
Mesías. “El fin (u objetivo) de la Ley es Cristo”, dice San Pablo (Rom.
10,4), queriendo decir que la Ley fue dada a los judíos para excitar su
fe en el Cristo por venir. “De manera”, dice además (Gál. 3,24), “la ley
ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo”, llevaba a los judíos al
cristianismo como el
esclavo llevaba sus encargados a la puerta de la
escuela.
Cristo le reprochaba a los judíos por no leer las Escrituras correctamente. “Porque si creyerais a
Moisés,
me creeríais a mí, porque él escribió de mí.” (Jn. 5,46). Y San Agustín
resume todo el asunto en las impactantes palabras: “En el Antiguo
Testamento yace escondido el Nuevo; en el Nuevo, se manifiesta el Viejo”
(Sobre la Catequización de los Indoctos, 4.8). Pero Cristo reclamó
cumplir la Ley al substituir la
substancia por la sombra y el
don
por la promesa, y, habiendo alcanzado el fin, llegaba a su conclusión
todo lo que era temporero y provisional en el judaísmo. Aun así era
necesaria
una intervención divina para realizar todo eso, justo como, en
cualquier relato racional de la teoría de la evolución, se debe recurrir
al poder sobrenatural para pontear el abismo entre el ser y no ser, la
vida]] y la no vida, la
razón y la sinrazón. “Muchas veces y de muchos modos habló
Dios en el pasado a nuestros
padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del
Hijo.” (Heb. 1,1-2), el mensaje crece en claridad y contenido con cada declaración sucesiva hasta que llegó a su plenitud en
la Encarnación del
Verbo.
El cristianismo, entonces, que los Apóstoles predicaron el día de
Pentecostés era completamente distinto al judaísmo, especialmente según
entendido por los judíos de esa época; era una religión nueva, nueva en
su Fundador, nueva en mucho de su
credo, nueva en su actitud hacia Dios y el hombre, nueva en el
espíritu de su código moral. “La Ley fue dada a Moisés; la
gracia y la
verdad nos han llegado por
Jesucristo.” (Jn. 1,17).
Como era de esperarse, San Pablo fue nuestro más claro
testigo
sobre este punto. “El que está en Cristo”, dice él, “es una nueva
criatura; todo lo viejo ha pasado; mirad, todas las cosas son nuevas.”
(2 Cor. 5,17). Los mismos judíos demostraron cómo era el nuevo
cristianismo al condenar a muerte a su Autor y al perseguir a sus
adherentes. Renan mismo, que no es siempre consistente, admite que
“lejos de Jesús ser el continuador del judaísmo, lo que caracteriza su
obra es su rompimiento con el espíritu judío”. (Vie de Jésus, C.
XXVIII).
Se debe admitir que hay cierto parecido entre las comunidades
esencial y las primeras asambleas cristianas; pero éste es sólo en el
exterior. El espíritu de los esenios era intensamente nacional; excepto
en el asunto del culto en el Templo, ellos eran ultra-judíos en su
observancia de las formas externas,
abluciones, el
Sabbath,
etc., y su modo de vida y su no apoyo al matrimonio eran esencialmente
anti-sociales. Harnack mismo confiesa que Cristo no se relacionaba con
esta secta rigurosa, como muestra su libre interacción con los
pecadores,
etc. (Das Wesen des Christenthums, Lect. II, p. 33, tr.). Pero el
cristianismo no rechazó nada del judaísmo que fuera de valor permanente,
y así los judíos
conversos el día de Pentecostés no pudieron haber sentido que estaban
abjurando
de su antigua fe, sino más bien que por primera vez estaban entrando al
pleno entendimiento de ella. Se puede decir más sobre este punto cuando
consideramos lo que es la
esencia
del cristianismo, pero debemos notar que la Iglesia muy temprano creyó
necesario enfatizar su distinción del judaísmo al abandonar los ritos
esencialmente judíos de la circuncisión, el culto en el Templo y la
observancia del Sabbath.
El judaísmo no es el único sistema religioso que los
racionalistas han pretendido como explicación a la aparición del
cristianismo. Se han tomado varios puntos de semejanza entre la
enseñanza de Cristo y sus apóstoles y las grandes religiones de Oriente
para indicar una derivación del cristianismo a partir de éstas, y se ha
citado la elaborada
escatología de la religión
egipcia para explicar ciertos
dogmas sobre la vida futura.
Fue una larga y no muy fructífera labor establecer y refutar
estas varias teorías en detalle. Subyacente a todas ellas está el
postulado racionalista que niega el hecho e incluso la posibilidad de la
intervención divina en la evolución de la religión. En virtud de esa
actitud el racionalismo se confronta con la imposible tarea de explicar
cómo una religión universal como el cristianismo, con un sistema de
dogma tan extenso y
lógico pudo haber evolucionado de un proceso de préstamos mezclados de los cultos existentes y todavía preservar por doquier su
unidad y coherencia. Si la selección la hicieron Cristo y sus seguidores, los racionalistas nos deben decir cómo estos “hombres
ignorantes
e iletrados” (Hch. 4,13; cf. Mt. 13,54; Mc. 6,2) conocían las
religiones de Oriente, cuando era asunto de sorpresa para sus
contemporáneos que conocieran la propia.
O, si los dogmas y prácticas bajo consideración eran adiciones de
una época posterior, surgen las preguntas, primero, cómo reconciliar
esta declaración con el hecho de que la esencia del cristianismo se
puede descubrir en los primeros testigos cristianos y, segundo, cómo
comunidades dispersas compuestas por varias nacionalidades y viviendo
bajo condiciones diferentes pudieron unirse al seleccionar y mantener
los mismos dogmas y
reglas de conducta.
Podemos preguntar, además por qué el cristianismo el cual, sobre
esta hipótesis, sólo seleccionó doctrinas pre-existentes, excitó por
doquier tan amarga hostilidad y
persecución. “Sobre esta secta”, dijeron los judíos romanos a San Pablo en
prisión “se nos informa que halla oposición en todas partes.” (Hch. 28,22).
Se ha desperdiciado una inmensa erudición en el intento de mostrar que el
budismo
en particular es el prototipo del cristianismo, pero, aparte de la
dificultad de distinguir el credo original de Gautama del posterior y
posiblemente adiciones post cristianas, se puede objetar brevemente que
el budismo es a lo mejor sólo un sistema
ético,
y no una religión, pues no reconoce a ningún Dios ni ninguna
responsabilidad, que en la medida en que enfatiza la inutilidad
comparativa de las cosas terrenales y la insuficiencia de los placeres
terrenales está de acuerdo con el espíritu cristiano, pero en cuanto a
la meta es esencialmente diferente. La meta suprema del cristianismo es
la
felicidad eterna en un estado que envuelve el uso de todas las actividades del
alma, la del budismo es la última pérdida de la existencia
consciente
.
Admitamos de una vez y por todas que la interacción de Dios con sus
criaturas no está confinada a la antigua y Nueva Alianza, y que el
cristianismo incluye muchas doctrinas accesibles a la razón humana sin
ayuda, y propugna muchas prácticas que son el resultado natural de las
actividades humanas ordinarias. Así esperamos encontrar que, al ser la
naturaleza
humana igual dondequiera, las varias expresiones del sentido religioso
tomarán formas similares entre todos los pueblos. Por lo tanto, las
falsas religiones pueden muy bien inculcar prácticas ascéticas y poseer la idea de sacrificio y banquete sacrificial, de un
sacerdocio, de
pecado y confesión, de ritos sacramentales como el
bautismo, de los accesorios del culto tales como
imágenes,
himnos,
luces,
incienso,
etc. No todo es falso en la religión falsa, ni todo es sobrenatural en
la verdadera religión (o cristianismo). “No debemos buscar (de modo
distintivo)”, dice M. Müller, “ideas cristianas en la creencia original
de la humanidad, sino las ideas religiosas fundamentales sobre las
cuales se construyó el cristianismo, sin el cual como su apoyo histórico
y natural, el cristianismo no se hubiese vuelto lo que es” "
(Wissenschaft der Sprache, II, 395).
Estas observaciones aplican no sólo a los sistemas religiosos que
se alega han influido la concepción del cristianismo, sino a aquellos
con los que se halló tan pronto brotó del judaísmo, su cuna. Aquí
estamos cara a cara con la historia y no con meras hipótesis y
suposiciones. Pues el cristianismo, en su primer esfuerzo por realizar
su destino como religión universal, entró en contacto con dos poderosos
sistemas religiosos: la religión de Roma, y el muy difundido cuerpo de
pensamiento, más una filosofía que un credo, prevaleciente en el mundo
de habla griega.
El efecto de la religión nacional de la Roma
pagana en el cristianismo primitivo tuvo que ver con los
ritos y
ceremonias,
más bien que con puntos de doctrina, y se debió a las causas generales
antedichas. Con la filosofía griega, por otro lado, que representaba los
más altos esfuerzos del
intelecto humano para explicar la vida y la experiencia y para alcanzar
el Absoluto, el cristianismo, el cual profesa resolver todos los problemas, tuvo natural y necesariamente muchos puntos de contacto.
Es en esta conexión que los racionalistas modernos han puesto
todo su conocimiento e investigación en el esfuerzo por demostrar que
todo el sistema intelectual posterior del cristianismo es algo más o
menos extraño a su concepción original. Fue la transferencia del
cristianismo de un terreno
semita a uno
griego que explica, según Dr. Hatch (Hibbert Lectures, 1888), “por qué un
sermón ético estuvo en primer plano en la enseñanza de Jesús, y un credo
metafísico
en primera fila del cristianismo del siglo IV.” El profesor Harnack
establece el problema y lo resuelve de forma similar. Él le atribuye el
cambio, según él lo concibe, de un simple código de conducta al
Credo de Nicea, a las tres causas siguientes:
- La ley
universal en todo desarrollo de religión es que cuando ha muerto la
primera generación de conversos que han estado en contacto, más o menos
inmediato, con el fundador, y dotados con su espíritu, sus sucesores, al
no tener el alcance de su credo, deben depender sobre fórmulas y
dogmas.
- La unión del Evangelio con el espíritu griego (a) debido a las
conquistas de Alejandro y la subsiguiente mezcla de judíos y gentiles,
(b) fortalecida luego cerca de 130 d.C. cuando los conversos griegos
llevaron al cristianismo la filosofía en la cual habían sido educados,
además, cerca de un siglo después, cuando los misterios y civilización
griegos en su más amplia extensión fueron admitidos, y finalmente (d)
cerca de mediados del siglo IV, cuando el espíritu griego finalmente
prevaleció y se admitieron el politeísmo y la mitología (es decir, el culto a los santos).
- Las luchas internas con el gnosticismo,
el cual apuntaba a una síntesis de todos los credos existentes. “La
lucha con el gnosticismo obligó a la Iglesia a poner su enseñanza, su
culto y su disciplina en formas y ordenanzas fijas, y a excluir a todo el que no les concediera obediencia” (Das Wesen des Christenthums, Lect. XI, p. 210).
Es la segunda de estas razones para el nacimiento y crecimiento del
dogma lo que nos concierne inmediatamente; pero debemos señalar respecto
a la primera que ignora que lo que siempre ha marcado el curso del
cristianismo es la obra directa de Dios sobre el alma del individuo, la
perpetua renovación del fervor a través de la
oración y el uso de los
sacramentos. Incluso en esto el espíritu de sus primeros días se ve todavía energético, a pesar de lo complicado del credo y
ritual del cristianismo moderno. Se acepta que los santos son los más
perfectos
exponentes del cristianismo práctico; ellos no son excepciones o
accidentes o productos derivados del sistema; aún así ellos no
consideraron al dogma como un estorbo para su perfecto servicio a Dios y
al hombre.
En cuanto a la tercera
causa antes mencionada, debemos admitir que siempre ha sido la función providencial de la
herejía ocasionar una definición más clara del credo cristiano, y que el gnosticismo en sus muchas variedades sin
duda
tuvo dicho efecto. Pero mucho antes de que el gnosticismo se
desarrollara lo suficiente para necesitar la salvaguarda de la doctrina
por una
definición conciliar,
encontramos rastros de una Iglesia organizada con un credo muy
definido. Sin mencionar el tradicional “modelo de doctrina” mencionado
por San Pablo (Rom. 6,17) y el
acto de fe que le requirió
Felipe al eunuco (Hch. 8,37), muchos críticos, incluyendo a los
protestantes Zahn y Kattenbusch (Das Apostolische Symbol., Leipzig, 1894-1900), concuerdan que el presente
Credo de los Apóstoles
representa una fórmula que tomó forma en la época apostólica y no fue
influenciado por el gnosticismo, cuya herejía variable se volvió
formidable cerca de 130 d.C. Y en cuanto a
organización, sabemos que el episcopado fue una institución plenamente reconocida en el tiempo de
Ignacio (c. 110), mientras que el
Canon del Nuevo Testamento,
cuyo establecimiento final fue indudablemente ayudado por el
gnosticismo, estaba en proceso de reconocimiento incluso en tiempos
apostólicos.
San Pedro (suponiendo que la
Segunda epístola es suya) clasifica las epístolas de
San Pablo con las “otras Escrituras” (2
Pd. 3,16), y
San Policarpo, temprano en el siglo II, cita como Escritura a nueve de los doce documentos paulinos.
Respecto a la “unión del Evangelio con el espíritu griego” el
cual, según Hatch y Harnack, resultó en tan profunda modificación del
primero, debemos reconocer muchas de las declaraciones formuladas, sin
extraer de ellas las inferencias racionalistas. Fácilmente admitimos que
el pensamiento y la cultura griegos habían permeado completamente la
sociedad
en la que nació el cristianismo. Las conquistas de Alejandro habían
traído una difusión de los ideales griegos a través de Oriente. Los
judíos se habían dispersado hacia el oeste, tanto desde Palestina como
desde los pueblos del
cautiverio, y se habían establecido en colonias en las principales ciudades del imperio, especialmente en
Alejandría.
El ámbito de esta dispersión se puede recoger del libro de los Hechos
2,9-11, el griego se volvió el lenguaje del comercio y del intercambio
social, y Palestina misma, más particularmente
Galilea,
estaba helenizada en grado sumo. Las Escrituras judías se conocían
mejor en la versión griega, y las última adiciones al Antiguo
Testamento---el Libro de
Sabiduría y el Segundo Libro de
Macabeos---fueron
compuestos en dicha lengua en su totalidad. En adición a esta pacífica
impregnación del genio griego al hebraico, se hicieron esfuerzos
formales de tiempo en tiempo, tanto en la esfera política como en la
filosófica, para helenizar del todo a los judíos.
Es en este último intento que estamos interesados, pues los escritos de
Filo Judeo,
su principal y primer abogado, coincidió con el nacimiento del
cristianismo. Filo era un judío de Alejandría, muy versado en filosofía y
literatura griega, y al mismo tiempo un devoto creyente en la
revelación del Antiguo Testamento. El propósito general de sus
principales escritos era mostrar que la admirable sabiduría de los
griegos estaba contenida en substancia en las Escrituras Judías, y su
método era descifrar alegorías en las simples narraciones del
Pentateuco. Al puro y
cierto monoteísmo del judaísmo él asoció varias ideas tomadas de
Platón y los
estoicos, tratando así de resolver el problema, con la cual se confronta toda filosofía, de pontear el abismo entre la
mente y la
materia, lo
infinito
y lo finito, lo absoluto y lo condicionado. Los escritos de Platón
eran, sin duda, ampliamente conocidos entre los judíos, tanto en casa
como fuera, en el tiempo cuando los Apóstoles comenzaron a predicar,
pero es sumamente improbable que estos últimos, quienes no eran hombres
educados, estuviesen familiarizados con ellos.
No fue hasta la
conversión
de San Pablo y el comienzo de su apostolado que se puede decir que el
cristianismo haya entrado, en la mente de uno de sus principales
exponentes, en contacto directo con las teorías religiosas y filosóficas
griegas. San Pablo era instruido, no sólo en hebreo, sino también en el
saber helénico y un instrumento singularmente apto en el designio de la
Providencia, debido a su origen y educación judíos, su conocimiento
griego y su ciudadanía romana, para ayudar al cristianismo a despojarse
de los pañales de su infancia e ir adelante a la conquista de las
gentiles.
Pero mientras reconocemos esta
dispensa
providencial en la elección de San Pablo, no podemos, de cara a su
propio claro y enfático testimonio, afirmar que él universalizó el
cristianismo, como Filo intentó universalizar el judaísmo, añadiendo a
su contenido ético la religión meramente natural de los pensadores
griegos de sus propias concepciones mas puras y sublimes. En una de sus
primeras cartas, la Primera Epístola a los Corintios, San Pablo les
reprende su espíritu faccioso, por el cual algunos de ellos se llamaban
partidarios de Apolo, un alejandrino instruido, y repudia una y otra vez
el mismo intento de hacer el cristianismo plausible al revestirlo con
las apariencias de las especulaciones en boga. “nosotros predicamos a un
Cristo crucificado,
escándalo para los judíos, necedad para los gentiles” (1 Cor. 1,23; vea capítulos 1 y 2, y
Epístola a los Colosenses 2,8). San Pablo, de cualquier modo, no le debía su
cristología
a Filo o su escuela, y cualquier similitud en terminología que pudiera
ocurrir en las obras de los dos autores pueden razonablemente
adscribirse a las metáforas ya contenidas en el lenguaje que ambos
usaron.
Se ha insistido más, quizás, en el parecido entre la cristología establecida por
San Juan en los primeros capítulos de su Evangelio y en el
Apocalipsis,
y las teorías del Logos que elaboró Filo, las cuales se dice que tomó
de fuentes griegas. Debemos señalar que si lo hizo, descuidó otras más
antiguas y más cercanas a la mano, pues la concepción de una Palabra
Divina de Dios, por la cual la Deidad entra en
relación con el
universo creado, no es ni exclusiva ni originalmente griega. La idea, expresada en los primeros versículos del
Génesis, se repite frecuentemente en el Antiguo Testamento (vea
Salmos 33(32),6; 147,15;
Prov. 8,22;
Sab.
7,24-30, etc.). Sin embargo, Filo no estaba obligado a buscar el
fundamento de su doctrina en el Nous platónico, el cual es meramente la
causa directiva de la
creación
o el Logos estoico, como el alma racional del universo. Su teoría del
Logos no es del todo clara o consistente, pero, aparentemente, él
concibe el Verbo como un ser cuasi-personal, subordinado, intermedio
entre Dios y el mundo, que permite al Creador entrar en contacto con la
materia. Él llama a este Logos “el más viejo” y el “primogénito” hijo de
Dios, y usa frases que sugiere el Cuarto Evangelio; pero no hay
parecido en substancia entre las audaces, claras y categóricas
declaraciones del Apóstol
inspirado,
y las confusas, si poéticas, concepciones del filósofo alejandrino.
Podemos conjeturar que San Juan escogió su lenguaje para impresionar la
mente cultivada del griego con la verdadera doctrina del Logos Divino,
conectando así su enseñanza con la antigua revelación, y al mismo tiempo
poniendo un freno a los errores gnósticos a los cuales el filoísmo ya
estaba dando nacimiento.
Abandonando la era apostólica, Harnack, en su “Historia del Dogma”, le atribuye la helenización del cristianismo a los
apologistas
del siglo II (1ra ed. alemana, p. 253). Esta afirmación puede ser mejor
refutada mostrando que las doctrinas esenciales del cristianismo
aparecen ya en las Escrituras del Nuevo Testamento, mientras que dan, al
mismo tiempo, la debida fuerza a las
tradiciones
del conjunto cristiano. Si el Credo de Nicea no puede ser probado
artículo por artículo a partir de los registros sagrados, interpretados
por la tradición que les precedió y determinó su canon, entonces la
afirmación racionalista tendrá algún apoyo.
Pero el punto de comparación con el Credo no debe ser sólo el
Sermón de la Montaña, como desea Hatch, ni meramente la enseñanza verbal
de Cristo, sino el registro del Nuevo Testamento completo. Cristo
enseñó con su vida no menos que con sus palabras, y fueron sus acciones y
sufrimientos tanto como sus lecciones verbales lo que sus apóstoles predicaron. Para una exposición más completa de esto, vea el artículo
Revelación. Baste aquí señalar que la
teología
cristiana se convirtió, en manos de los apologistas, en la síntesis de
toda verdad especulativa. Halló y conquistó los varios sistemas
imperfectos que poseían las mentes de los hombres en su nacimiento y los
que surgían después.
Las primeras herejías---
sabelianismo,
arrianismo,
y el resto---fueron sólo intentos de hacer del cristianismo una entre
el total de filosofías; los intentos fallaron, pero las verdades
dispersas que esas filosofías contenían, con el correr del tiempo,
existieron y hallaron su cumplimiento también en el cristianismo. “La
Iglesia”, dice Newman, “ha estado siempre ‘sentada entre los
doctores
tanto oyendo como haciéndole preguntas’; reclamando para ella lo que
ellos digan correctamente, corrigiendo sus errores, supliendo sus
defectos, completando sus comienzos, expandiendo sus conjeturas, y así
gradualmente por medio de ellos expandiendo el alcance y refinando el
sentido de su enseñanza (Desarrollo de la Doctrina, VIII).
En la misma sección
Newman
resume así la batalla y el triunfo: “…tal era el conflicto del
cristianismo con el antiguo paganismo establecido, el cual estaba casi
muerto antes de que el cristianismo apareciera; con los Misterios
Orientales revoloteando ampliamente de un lado a otro como espectros;
con los gnósticos, que hicieron el conocimiento en general, despreciaban
a los muchos, y llamaban a los católicos meros niños en la Verdad; con
los
neoplatónicos, hombres de literatura, pedantes, visionarios o cortesanos; con los
maniqueos, que profesaban buscar la verdad por la razón, no por la fe; con los fluctuantes maestros de la escuela de
Antioquía, los oportunistas
eusebianos, y los atrevidamente versátiles
arrianos; con los
fanáticos montanistas y ásperos
novacianos,
quienes se apartaron de la doctrina católica, sin poder para propagar
la suya propia. Estas sectas no tenían soporte ni consistencia, aun así
contenían elementos de verdad en medio de sus
errores,
y si el cristianismo hubiese sido como el de ellos, se hubiese reducido
a ellos; pero tenía ese dominio de la verdad que le dio a su enseñanza
una gravedad, una rectitud, una consistencia, una severidad, y una
fuerza ante los cuales sus rivales, en su mayoría, eran extraños.”
(ibid, VIII).
Elementos Esenciales del Cristianismo
Hemos visto hasta aquí, en su origen y crecimiento, la independencia
esencial del cristianismo de todos los demás sistemas religiosos,
excepto del
judaísmo, con el cual sin embargo, su relación fue meramente de la
substancia a la sombra. Es ahora
tiempo de señalar sus doctrinas distintivas.
En el cristianismo primitivo hubo mucho que fue transitorio y
excepcional. No fue presentado al mundo completamente desarrollado, sino
que se dejó desarrollar de acuerdo por las fuerzas y tendencias que
fueron implantadas en él desde el principio por su
Fundador.
Y nosotros, al tener su seguridad de que su Espíritu habitaría en él
por todos los tiempos para inspirar y regular sus elementos humanos,
podemos ver en su historia posterior la obra de su designio. Por lo
tanto, no nos molesta hallar en el cristianismo primitivo cualidades que
no sobrevivieron después de haber servido a su propósito.
Causas
naturales y el curso de los eventos, siempre bajo la guía divina,
resultaron en que el cristianismo tomó la forma que podría asegurar
mejor su permanencia y eficiencia. En los tiempos apostólicos, la
autoridad suprema en cuanto a
fe y
moral fue concedida a los doce representantes de
Cristo, cada uno de los cuales fue comisionado a proclamar y a interpretar
infaliblemente su Evangelio. La
jerarquía estaba en una
condición incipiente. Los
carismas especiales, como los
dones de
profecía y de
lenguas, se concedían a
individuos fuera del cuerpo de enseñanza oficial.
La Iglesia estaba en proceso de organización, y las distintas comunidades, unidas sin duda en un fuerte lazo de
caridad y en el sentido de que tenían un solo Señor, una fe y un
bautismo eran en gran medida independientes unas de otras en asuntos de gobierno.
Tal fue el modo en que Cristo permitió que se estableciera su
Iglesia, la cual ha cambiado grandemente en las apariencias externas
durante las épocas. Pero, ¿ha habido algún cambio correspondiente en
substancia? ¿Son los elementos
esenciales
del cristianismo iguales ahora que lo que eran entonces? Afirmamos que
sí lo son, y probamos nuestra afirmación al examinar los puntos
principales de la enseñanza, tanto de Cristo como de sus Apóstoles.
Debemos mirar el asunto como un todo. No podemos juzgar adecuadamente al
cristianismo antes de la venida del
Espíritu Santo. Los
Evangelios describen un proceso que no se consumó hasta después de
Pentecostés.
Los Apóstoles mismos no eran completamente cristianos hasta que conocieron a través de la fe todo lo que Cristo era---su
Dios y su Redentor, así como su Maestro. Y como el cristianismo provee un principio regulador tanto para la
mente como para la
voluntad, al enseñarnos qué creer y qué hacer, la fe no menos que las obras debe caracterizar al cristiano perfecto.
Las Enseñanzas de Jesucristo
Tomando, entonces, primero que todo, la propia enseñanza dogmática y
moral de Cristo, la podemos dividir en (a) lo que no reveló sino sólo
reafirmó, (b) lo que sacó de la obscuridad, y (c) lo que añadió a la
suma total de
creencia y práctica.
(a) Los judíos en el tiempo de Cristo, aunque mundanos, estaban de cualquier modo libres de su tendencia ancestral a la
idolatría. Ellos eran estrictamente
monoteístas, creían en la unidad, poder, y
santidad de la Deidad Suprema. Cristo reafirmó, purificó y confirmó la teología judía, tanto moral como dogmática. Él afirmó la
naturaleza espiritual de Dios (
Jn. 1,18; 4,28), e insistió en la importancia de rendirle
culto en
espíritu, es decir, con más que meramente
ritos externos. Y exigió la misma correcta disposición del corazón en todo el servicio a Dios, mostrando cómo tanto la culpa como el
mérito dependen de la voluntad e
intención (
Mt. 5,28; 15,18). Recordó la unidad e indisolubilidad del vínculo
matrimonial. Dio prominencia la
inmortalidad y por lo tanto la trascendente importancia del
alma humana (Mt. 16,26), en cuanto a la
herejía de los
saduceos y la mundanalidad de los judíos en general. En todos estos puntos Él cumplió la
Ley al mostrar su significado real y pleno.
(b) Pero Él no se detuvo ahí. Tomó el gran precepto central de la
Antigua Dispensa---el
amor de Dios---señaló todas sus implicaciones e hizo claro que la
doctrina de la Paternidad de Dios, tan imperfectamente comprendida bajo la
ley de
miedo, era la fuente inmediata de la doctrina de la hermandad de los
humanos, la cual los judíos nunca percibieron del todo. Nunca se cansó en hacer hincapié en la bondad amorosa y en la tierna
providencia de su Padre, e insistió igualmente en el
deber de amar a todos los hombres, resumiendo toda su enseñanza
ética
en la observancia de la ley del amor (Mt. 5,43; 22,40). Él designó esta
caridad universal como la marca de sus verdaderos seguidores (Jn.
13,45), y en ella, por lo tanto, debemos ver el genuino espíritu
cristiano, tan distinto de todo lo que se había visto hasta ahora en la
tierra que Él llamó “nuevo” (Jn. 13,34) al
precepto que lo inspiró. La enseñanza clara y definida de Cristo, además, sobre la vida venidera, el
juicio final resultante en una
eternidad de
felicidad o
miseria, la responsabilidad estricta adjudicada a los más pequeños
actos humanos, está en gran contraste con la
escatología
judía corriente. Al substituir las sanciones eternas por las
recompensas y castigos terrenales, elevó y ennobleció los motivos para
la práctica de la
virtud, y al colocar ante la
ambición humana un objetivo completamente digno de los hijos
adoptivos de Dios, la extensión del Reino de su Padre en sus propias
almaa y en las almas de los demás.
(c) Entre las doctrinas añadidas por Cristo a la fe judía, la
principal, por supuesto son aquellas concernientes a Sí mismo,
incluyendo el
dogma central del sistema cristiano completo,
la Encarnación del
Hijo de Dios. En relación a sí mismo Cristo hizo dos afirmaciones, aunque no con igual insistencia. Declaró que Él es el
Mesías de los judíos, el esperado de las
naciones, cuya misión era deshacer los efectos de la caída y reconciliar al
hombre
con Dios; y afirmó que es Dios, igual a, y uno con el Padre. En apoyo
de esta doble afirmación, señaló al cumplimiento de las profecías y obró
muchos
milagros. Su reclamación de ser el Mesías no fue admitida por los líderes de su nación; si la hubiesen admitido, sin
duda Él hubiese demostrado su Divinidad más claramente. La
mayoría de los
racionalistas
modernos (Harnack, Wellhausen y otros) reconocen que Cristo desde el
principio de su predicación se conoció a sí mismo como el Mesías, y
aceptó los varios títulos que le pertenecen en la
Escritura a ese personaje---Hijo de
David,
Hijo del Hombre (
Dn. 7,13), el Cristo (vea Jn. 14,24; Mt. 16,16;
Mc. 14,61-62). En un pasaje---y uno muy significativo---Él se aplica el nombre a sí mismo---“Esta es la
vida eterna: que te conozcan a ti, el único
Dios verdadero, y al que tú has enviado,
Jesucristo” (Jn. 17,3).
Respecto a su Divinidad, su afirmación es clara, pero no
enfática. No podemos decir que el título “Hijo de Dios”, que se le da
repetidamente en los Evangelios (Jn. 1,34; Mt. 27,40; Mc. 3,12; 15,39,
etc.), y que se describe que tomó para sí mismo (Mt. 27,43; Jn. 10,36),
necesariamente en sí mismo connota una
personalidad divina; y en boca de muchos de los que hablan, por ejemplo, en la exclamación de
Natanael, “
Rabí, Tú eres el Hijo de Dios”, presumiblemente no lo es. Pero en la confesión de
San Pedro
(Mt. 16,16) las circunstancias apuntan a una mera amplificación del
título mesiánico. En ese tiempo ese título era de uso habitual para
referirse a Jesús, y no hubiese habido nada significativo en la
expresión de Pedro y en la jubilosa aceptación de Cristo, si no hubiese
ido más lejos que la creencia común. Cristo aclamó la confesión de Pedro
como una
revelación especial, no como una mera
deducción
por datos externos. Cuando comparamos ésta con la otra declaración
narrada en el mismo Evangelio (Mt. 26,62-66), donde, en contestación a
la
adjuración del
sumo sacerdote,
“Yo te conjuro por Dios Vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el
Hijo de Dios” Y Jesús le replicó, “Sí, tú lo has dicho” (es decir, “Yo
soy”; vea Mc. 14,62), no podemos razonablemente dudar que Cristo afirmó
ser Dios. Los judíos lo entendieron así también y lo mandaron a matar
por
blasfemo.
Otro rasgo prominente en la
teología de Cristo fue su doctrina sobre el
Paráclito.
Cuando, en el Evangelio según San Juan (14,16-17), Él dice: “y yo
pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros
para siempre, el
Espíritu de la
verdad”, es imposible creer que lo que Él promete es una mera abstracción, no una
persona como Él mismo. En el versículo 26, la personalidad se señala aún más: “Y el Paráclito, el
Espíritu Santo,
que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo.” (Cf. 15,26,
“Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de junto al Padre, el
Espíritu de la verdad que procede del Padre…”). Puede ser que el
significado pleno de esas palabras no fue comprendido hasta que el
Espíritu vino realmente; además, la revelación fue hecha, por supuesto,
sólo a sus seguidores cercanos; aun así ninguna mente imparcial puede
negar que Cristo aquí habla de una influencia personal como una entidad
Divina distinta; una distinción y una Divinidad que es luego implicada
en la fórmula bautismal que instituyó luego (Mt. 28,19).
Cristo tomó la carga de la predicación de su
precursor y proclamó el advenimiento del
Reino de Dios, o el Reino de los Cielos, una concepción ya familiar en el
Antiguo Testamento (
Sal.
145(144),11-13), pero provisto con un contenido más amplio y más
variado en las palabras de Cristo. Debe tomarse como que significa,
según el contexto, el Reino Mesiánico en su verdadero sentido
espiritual, es decir, la Iglesia de Dios que Cristo vino a fundar, en
donde almacenar y perpetuar los beneficios de la Encarnación (cf. Las
parábolas del trigo y la cizaña, la red barredera, y el banquete de
bodas), o el Reino de Dios en el corazón que se somete a su soberanía (
Lc.
16,21) o la morada del bendito (Mt. 5,20 etc.). El principal tema de su
predicación fue el mostrar qué disposiciones de mente, corazón y
voluntad eran
necesarios
para entrar al “Reino”, lo que, en otras palabras, era el ideal
cristiano. Considerada como la Iglesia, Él predicó el Reino a la
multitud sólo en parábolas, y reservó las explicaciones completas para
la interacción privada con sus Apóstoles (
Hch. 1,3).
El último gran dogma que aprendemos de la vida, predicación y muerte de Cristo es la doctrina de la
Redención.
“Pues el Hijo del Hombre tampoco ha venido a ser servido, sino a servir
y a dar su vida como rescate por muchos.” (Mc. 10,45). El carácter
sacrificial de su muerte es claramente establecido en la
Última Cena. “Esta es mi sangre de la nueva alianza, que será derramada por muchos para la remisión de
pecados” (Mt. 26,28). Y ordenó a sus
discípulos que perpetuaran ese
Sacrificio
con las palabras: “Hagan esto en conmemoración mía” (Lc. 22,19).
Cristo, siguiendo los consejos de su Padre, deliberadamente se prestó
para realizar sn su propia Persona el retrato del siervo doliente de
Yahveh, tan vívidamente pintado por
Isaías (cap. 53), un Mesías que triunfaría a través de la muerte y la derrota. Esta fue una extraña revelación a
Israel y al mundo. Es sorprendente que tan novel
idea
no pudiera entrar a la mente de los Apóstoles hasta que realmente fuese
realizada y explicada por la Víctima Divina misma (Lc. 24,27.45). Así,
primero que todo en acción, Cristo predicó la gran doctrina de la
Expiación, y, al levantarse de entre los muertos, añadió otra
prueba
a las que establecían su misión divina y su personalidad divina. Pero
suficientemente natural, dejó la enseñanza más explícita sobre estos
puntos a sus
testigos escogidos, cuyo presentimiento del cristianismo examinaremos.
Para girar ahora a lo que es nuevo en las enseñanzas morales de Cristo, debemos decir, de una vez y por todas, que incluía la
perfección
ética. Puede haber desarrollo de la doctrina, pero después del Sermón
de la Montaña, no puede haber ulterior evolución de la moral. La propia
perfección de Dios se pone como estándar (Mt. 5,48). El
deber
era el principal motivo de la Antigua Dispensación; en la Nueva éste
era sublimado en el amor. Se les enseñó a los hombres a servir no debido
a las ataduras penales ligadas al no servicio, sino sobre principios de
generosidad. Antes, la voluntad de Dios debía ser la meta de las
acciones de las criaturas; ahora, también se buscaría su gran placer.
“Porque yo hago siempre lo que le agrada a Él” (Jn. 8,29), y por la
acción incluso más que por la palabra enseñó Cristo la lección del auto
sacrificio voluntario. Nunca hasta su tiempo se habían predicado o
practicado los consejos evangélicos: pobreza voluntaria,
castidad perpetua y
obediencia total. Sin embargo,
las ocho Bienaventuranzas no pudieron haber evolucionado de ningún código moral previo. La mansedumbre y la
humildad como virtudes eran desconocidas para los
paganos,
y despreciadas por los judíos. Cristo hizo de ellas el fundamento de
todo el edificio moral. Para percibir qué cosa nueva trajo al mundo la
enseñanza ética de Cristo y ponerla al alcance de todos, sólo tenemos
que pensar en el gran ejército de
santos cristianos. Pues ellos son los verdaderos
discípulos de la Cruz, los que se empaparon y expresaron mejor su espíritu, quienes tuvieron la
fortaleza
de probar la verdad de esa paradoja divina que forma la substancia del
mensaje moral de Cristo; “Porque quien quiera salvar su vida, la
perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.” (Mt. 16,25;
cf. Mc. 8,35; Lc. 9,24; 17,33; Jn. 12,25). Ese fue el curso que Él mismo
adoptó---el camino de la Cruz---y sus discípulos no estaban sobre su
Maestro. La conquista propia como un preliminar para conquistar el mundo
de Dios---esa fue la lección enseñada por la vida de Cristo, y mucho
más por su Pasión y Muerte.
Las enseñanzas de los Apóstoles
¿Acaso el cristianismo que se nos presenta en el resto de los escritos del
Nuevo Testamento
difiere del descrito en los Evangelios? Y si es así, ¿es la diferencia
una de clase o de grado? Hemos visto que el cristianismo no debe ser
juzgado en la formación, sino como un producto terminado. Nunca se quiso
establecerlo completo en los Evangelios, donde se le presenta
principalmente en acción. “Mucho tengo todavía que deciros, pero todavía
no podéis con ello”, dijo Cristo en su último discurso. “Pero cuando
venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa… y
os anunciará lo que ha de venir” (
Jn.
16,12-13). Debemos presumir que Cristo mismo les dijo estas muchas
cosas cuando “Se mostró vivo después de su Pasión, con muchas pruebas,
se les apareció durante cuarenta días, y les habló del Reino de Dios”. (
Hch.
1,3), y que fueron hechas permanentes en las mentes de los Apóstoles
por la morada del Espíritu de la Verdad después de Pentecostés. En
consecuencia, debemos esperar encontrar en su enseñanza una exposición
del cristianismo más formal, más teórica y más dogmática que en el drama
de la
vida de Cristo. Pero lo que no tenemos
derecho
a esperar, y lo que los racionalistas siempre esperan, es encontrar el
cristianismo completo en sus registros escritos. Cristo nunca prescribió
la escritura como un medio de promulgar su Evangelio. Fue
comparativamente tarde en la era apostólica, y aparentemente sin
obedecer a ningún plan preconcebido, que comenzaron a aparecer los
libros sagrados. Muchos cristianos debieron haber vivido y muerto antes
de que dichos libros existieran, o sin
conocimiento
de ellos. Así que no podemos argumentar la no existencia de un dogma
particular a partir de su no aparición, ni su primera invención a partir
de su primera mención---falacias que a menudo vician las
investigaciones eruditas de los racionalistas.
Los principales líderes de la predicación apostólica, hasta donde podemos recoger de sus registros, varían con el
carácter de las audiencias a las que se dirigían. A los
judíos
le hacían hincapié en el maravilloso cumplimiento de las profecías en
Cristo, mostrando que, a pesar de la manera de su vida y Muerte, Él era
verdaderamente el Mesías, y que su sacrificio en la Cruz realmente había
logrado la redención de sus pecados. Esa era la carga de los discursos
de San Pedro (Hch. 2 y 3) y de los de
San Esteban y de todos los que se dirigían a los judíos en sus
sinagogas (cf. Hch. 26,22-23). Una vez convencidos de la realidad de la misión de Cristo y del sello de Dios puesto sobre ella con su
Resurrección,
eran recibidos en el cuerpo cristiano para descubrir con más calma
todas las implicaciones de sus creencias. En cuanto a los gentiles, el
mismo hecho impactante de la Resurrección estaba al frente de la
enseñanza apostólica, pero se ponía más énfasis en la divinidad de
Cristo. Más aún,
San Pablo,
cuya misión particular era demostrar la nueva revelación a aquellos que
andaban en tinieblas y no tenían base común de creencia con los judíos,
no consideró que su Evangelio fuese diferente del de los otros. “He
trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la
gracia de Dios que está conmigo. Pues bien, tanto ellos como yo esto es lo que predicamos, esto es lo que habéis creído” (1
Cor. 15,10-11).
Esta precisión y uniformidad en el contenido del mensaje
apostólico, y este sentido de responsabilidad respecto a su carácter, es
aún más notablemente enfatizado por el mismo apóstol en su próxima
epístola, en la cual, regaña a los
gálatas
por haberle hecho caso a los innovadores (herejes) “que quieren
deformar el Evangelio de Cristo”, exclama: “Pero aun cuando nosotros
mismos o un
ángel del
cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea
anatema.” (Gál. 1,7-8). Aquí no hay rastro de incertidumbre o
ignorancia
sobre el significado de cristianismo, o de tanteo en la búsqueda de la
verdad. Incluso entonces, cuando la ciencia teológica estaba en su
infancia, encontramos al apóstol exhortando a
Timoteo
a mantenerse en las mismas frases en que recibió la fe, “en forma de
palabras sensatas”, evitando “palabrerías profanas” (1 Tim. 6,20; 2 Tim.
1,13). Una vez más, “Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad
las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por
carta” (2
Tel.
2,15). Y aquellas tradiciones fueron directamente comunicadas por
Cristo mismo a sus Apóstoles, como nos dice en muchos pasajes---“Porque
yo recibí del Señor lo que os he trasmitido” (1 Cor. 11,23), y de nuevo
“Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí” (1 Cor.
15,3).
Muchos racionalistas han manifestado descubrir en los escritos
apostólicos varias clases de cristianismo mutuamente antagonistas y
todos parecidos a un desarrollo ilegítimo del Evangelio original.
Tenemos paulinos, petrinos, joánicos, cristianismo, según se distinguen
del cristianismo de Cristo. Pero esas teorías que ignoran la
tradición católica y guía
sobrenatural,
y descansan sobre los registros escritos solamente, están siendo
gradualmente abandonadas, ayudada su desaparición por los críticos
mismos, quienes respetan poco las hipótesis de los demás. Debemos tomar
los mensajes apostólicos como un todo consistente, cuyas discrepancias
aparentes o falta de coherencia son ampliamente explicadas por las
diferentes circunstancias de su emisión.
Por lo tanto, esta predicación, reducida a su forma más simple era: La
Resurrección de Jesucristo como una
prueba de su Divinidad y
Encarnación, una garantía de su enseñanza y una promesa de la
salvación del
hombre
Todo el cristianismo se basa en el hecho histórico de la
Resurrección. Si Él no fue verdaderamente asesinado, Cristo no puede
haber sido hombre; si no resucitó, no pudo haber sido Dios. San Pablo no
vacila en arriesgar todo sobre la verdad de este hecho: “Y si Cristo no
resucitó, nuestra predicación es vacía y también vana es vuestra fe. Y
somos convictos de
falsos testigos de Dios” (1 Cor. 15,14-15). En consecuencia la
providencia
de Dios ha arreglado los asuntos de tal forma que las pruebas de la
Resurrección de Cristo colocan el hecho más allá de toda duda razonable.
Pero si San Pablo es tan enfático sobre los fundamentos de la fe
cristiana, también es cuidadoso en erigir el edificio sobre ella. Es a
él que debemos la declaración de la doctrina de la
gracia, ese maravilloso
don de Dios para la
regeneración
del hombre. Cristo ya había enseñado, en la alegoría de la vid y los
sarmientos (Jn. 15,1-17), que no puede haber acción saludable de parte
de los
fieles sin una comunicación vital con Él. Se abunda sobre esta gran verdad en muchos pasajes de San Pablo (
Fil. 2,13;
Rom. 8,9-11; 1 Cor. 15,10; 2 Cor. 3,5; Gál. 4,5-6), en la cual el hombre regenerado aprende que es el hijo
adoptivo de Dios y que está unido a él por la morada de su
Espíritu Santo. Este
privilegio es lo que el hombre gana por la redención de Cristo, cuyos beneficios se aplican a su
alma con el bautismo y otros
Sacramentos. Y San Pablo no es el único exponente de esta doctrina, pero fue el único de los Apóstoles en promulgar de nuevo el
misterio de la Sagrada
Eucaristía, la principal fuente de gracia (1 Cor. 11,23-24; cf. Jn. 4,13-14).
No necesitamos proseguir el desarrollo de la doctrina entre los
Apóstoles. El cristianismo que predicaban lo recibieron de Cristo mismo y
su Espíritu evitaba que lo malinterpretaran o formaran conceptos
erróneos. Sobre la fuerza de su comisión insistían en la obediencia de
fe,
denunciaron
la herejía, y con habilidad, increíble si no hubiese sido divina,
preservaron la verdad que se les encomendó en medio de una civilización
perversa, astuta y corrupta. Esa misma habilidad divina ha permanecido
con el cristianismo desde entonces; una tras otra, las herejías han
atacado la fe y han sido derrotadas, dejando la fortaleza mucho más
inexpugnable para su ataque. El cristianismo que profesamos hoy día es
el cristianismo de Cristo y sus Apóstoles. Justo como ellos fueron más
explícitos que Él en su formulación verbal, así la
Iglesia Apóstólica
desde entonces ha laborado para expresar cada vez más claramente los
tesoros de doctrina que se le encomendaron a su cargo originalmente. En
un sentido, nosotros debemos creer más que nuestros ancestros
cristianos, pues tenemos un conocimiento más completo del contenido de
nuestra fe; en un sentido, ellos creían todo lo que nosotros, pues
aceptaban igual que nosotros el principio de una autoridad docente
divinamente comisionada, a cuyas declaraciones dogmáticas estaban
siempre prestos a dar consentimiento. La misma unidad de fe esencial y
la misma variedad en su contenido para el individuo existen lado a lado
en la Iglesia hoy día. Los teólogos diestros, ampliamente versados en
las maravillas de la revelación, y los jóvenes o inexpertos que conocen
explícitamente poco más que los elementos esenciales del cristianismo,
al conocer al Único Dios Verdadero, y a Jesucristo, a quien Él envió, al
creer en la Encarnación, la Expiación, la Iglesia, son igualmente
cristianos, igualmente dueños de la integridad de la fe.
Propósito Divino del Cristianismo
Falta ahora establecer el propósito de Dios al establecer el
cristianismo, hasta donde podamos determinarlo a partir de los registros
sagrados y del curso de la historia misma. Deducimos que el Fundador
Divino quiso que el cristianismo fuese (1) una
religión universal, (2) una religión perfecta, (3) una religión visiblemente organizada.
La Universalidad Incluye Tanto Espacio como Tiempo
En cuanto a
espacio, vemos que el cristianismo está destinado para el mundo entero:
- a partir de las profecías que lo previeron en el Antiguo Testamento. Entre éstas estaban las promesas hechas a Abraham y su descendencia, la constantemente recurrente nota de que en ella “todas las naciones de la tierra serán bendecidas”.
- del propósito claramente expresado por Cristo mismo, quien, al
proclamar que a su misión personal le interesaba sólo las “ovejas
perdidas de la Casa de Israel” (Mt. 15,24), anunció la futura extensión
de su Reino: “Tengo otras ovejas que no son de este rebaño” (Jn. 10,16);
“Muchos de oriente y occidente vendrán y se reclinarán con Abraham, Isaac y Jacob
en el Reino de los Cielos” (Mt. 8,11); “Y este Evangelio del Reino será
predicado a través del mundo entero en testimonio a todas las naciones”
(Mt. 28,19).
- por la conducta real de los Apóstoles, que, aunque requerían
la inspiración del Espíritu Santo para exponerles de manera convincente
el contenido práctico de esta comisión, ellos finalmente dejaron la
sinagoga y proclamaron la fe a todos sin distinción de raza o país.
La universalidad del cristianismo, en tiempo así como en espacio,
está implícita en la promesa de Cristo “Porque estaré con ustedes todos
los días, incluso hasta la consumación del mundo” (Mt. 28,20). Además se
deduce del próximo elemento en el propósito de Dios a ser considerado.
El Cristianismo está Destinado a ser una Religión Perfecta
Por lo anterior, podemos esperar que a un sistema religiosa que fue revelado e instituido, no por un
profeta
o incluso un ángel, sino por la acción personal de Dios mismo, y fue
diseñado, además, para suplantar una forma de religión imperfecta y
provisional, no le faltaría nada de perfección posible en fines y
medios. La misma enseñanza de Cristo satisfizo esta expectativa, y
descarta la noción abrigada por los primeros herejes, y todavía viva en
las mentes de los hombres, de una más completa y más perfecta revelación
por venir.
- Primero que todo, Él, su Fundador, es Dios, y por lo tanto
tenía todo el conocimiento y todo el poder requerido para establecer una
religión perfecta.
- Segundo, Él le prometió a sus Apóstoles la continua presencia del Espíritu de la Verdad, que les enseñaría toda la verdad.
- Tercero, Él prometió que el cuerpo que guardara este depósito nunca sería visitado por el error---“las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16,18; cf. Ef. 5,27).
- Cuarto, la misma verdad se insinúa en las palabras de San
Pablo: “Dios que en el tiempo oportuno…último que todo…nos ha hablado
por su Hijo” (Hb. 1,1), y por la expresión, la plenitud de los tiempos, usada en Gál. 4,4, para indicar la época de la Encarnación.
- Quinto, por el carácter de la revelación cristiana misma y el
ideal ético cristiano que es la imitación de Cristo, el Ser Perfecto. No
se puede pensar en ningún desarrollo de la humanidad que no halle todo
lo necesario en Cristo.
Por lo tanto, estamos obligados a creer que la revelación cristiana
cerró con la muerte del último de aquellos comisionados a establecerla.
Nos oponemos a una opinión moderna respecto a la revelación que ha sido
condenada como herética por el
Papa San Pío X
(Encíclica “Pascendi Gregis”, septiembre de 1907). Es al efecto de que
la revelación no es nada externo, sino una más clara y cercana
aprehensión de cosas divinas por la
conciencia
cristiana, que en cada época particular es la expresión de la
experiencia de los mejores hombres de esa época. En consecuencia, la
revelación crece, como un organismo material, por desecho y suplido
renovado, y por lo tanto, lo que es cierto para una época puede ser
bastante diferente de lo que es cierto para otra. El error que tiene
estos desarrollos es finalmente filosófico, al estar basado en la falsa
asunción de que le mente finita puede conocer sólo los fenómenos y puede
tener la no
certeza
de lo que está más allá de la experiencia. Si esto fuera así, cualquier
revelación externa sería imposible, pues sus garantizadores---el
milagro y la profecía---no podrían ser captados por la
inteligencia humana. Estos errores fueron expuestos hace tiempo y condenados por el
Concilio Vaticano I. La mirada más casual a la historia del cristianismo muestra que ha habido desarrollo de la doctrina; el
Credo creció sólo gradualmente; pero ese desarrollo es meramente
lógico, producido por el análisis del contenido del depósito original. (Vea
Dios se propuso, en tercer lugar, que el cristianismo fuese una organización visible
Cristo estableció una Iglesia y, en una variedad de parábolas, esbozó
muchos de los rasgos de su carácter e historia, todos los cuales
señalan a algo externo y perceptible por los sentidos. Es la “casa
construida sobre la roca” (Mt. 7,24), que muestra la seguridad y
permanencia de su fundamento, y la “ciudad establecida sobre la colina”
(Mt. 5,14), que indica su visibilidad. Su doctrina trabaja en las tres
grandes razas descendientes de los hijos de
Noé
como la levadura escondida en tres medidas de harina, silenciosamente,
irresistiblemente (Mt. 13,33). Crece grande a partir de orígenes
humildes, como la semilla de mostaza (Lc. 13,19). Es un viñedo, un
rebaño y finalmente un reino, todas cuyas imágenes son incomprensibles
si el lazo que une a los cristianos es meramente el lazo invisible de la
caridad.
La antigua distinción entre el cuerpo y el alma de la Iglesia es
útil para prevenir la confusión de ideas. El bautismo cristiano
constituye la membresía en la Iglesia Visible; el estado de gracia, la
membresía en la Invisible. Es obvio que una membresía no necesariamente
implica la otra. Algunas de estas parábolas aplican sólo a la Iglesia
completamente desarrollada, y así indican el propósito final de Cristo.
La historia nos muestra que, al establecer el cristianismo como una
institución, él tuvo a bien que en su lado humano su organización
estaría sujeta a las mismas
leyes
de crecimiento y desarrollo que otras instituciones humanas. Él no les
dio de antemano a sus Apóstoles un esquema de la constitución de la
Iglesia, para ser trabajado en el curso de las épocas, ni prescribió las
varias etapas de progreso ni indicó el término final. Pero la
organización que existía en germen en la
jerarquía consagrada
de los Apóstoles se dejó desenvolver por sí misma bajo la guía del
Espíritu, según las necesidades del tiempo y lugar. La presencia del
Espíritu Santo y la
promesa
de Cristo garantizan suficientemente el resultado, que de cualquier
modo que se obtenga está de acuerdo con el designio original. Muy bien
puede ser que el desarrollo fue en su mayoría natural, modelado, primero
que todo, en la sinagoga, y luego en el
gobierno civil existente; su progreso puede haber sido acelerado o retrasado por las
pasiones de los individuos, pero no puede ser cierta cualquier descripción de ella que ignore el dedo director de la Providencia.
Este es, entonces, el cristianismo, una religión sobrenatural la
única absoluta; en un sentido (desarrollada en la Epístola a los
Hebreos), la más antigua, pues la Iglesia no es una decisión
subsiguiente, sino instituido por Dios en la plenitud del tiempo, y
contiene la revelación de Él mismo, la cual a todos los que se le ha
presentado adecuadamente están obligados a aceptar bajo pena de eterna
condenación (Mc. 16,16), y ofrece a todos los que lo buscan con
sinceridad, la solución de todos los problemas del mundo; capacita a la
naturaleza para elevarse a las alturas más sublimes y “hacer el inmortal”; lleno de
misterios y paradojas divinas, según trae lo
infinito en contacto con lo finito; el único lazo de la civilización, la única condición de progreso, la única
esperanza
de la humanidad. Su riqueza ha sido la riqueza de su Fundador, “no
todos obedecen el Evangelio” (Rom. 10,16). Los judíos rechazaron a
Cristo a pesar de la evidencia de
profecía
y milagro; el mundo rechaza la Iglesia de Cristo, la “ciudad sobre la
colina”, conspicua aunque sea a través de las notas que la proclaman
Divina. Lo que los hombres llaman en fracaso del cristianismo no es
prueba de que no sea la revelación final de Dios. Sólo hace evidente cuán real es la
libertad
humana y cuán grave la responsabilidad humana. El cristianismo posee
toda la evidencia necesaria para crear la convicción de su verdad, si
hay buena voluntad. “El que tenga oídos, que oiga”.
Bibliografía: El cristianismo se estudia mejor en las Escrituras
del Nuevo Testamento, y es autenticado e interpretado por la Iglesia de
Cristo. Sólo se puede dar una pequeña selección de la literatura no
inspirada.
Católicos: A. WEISS, Apologie des Christenthums (3ra ed.,
Friburgo, 1894-8) (también en una trad. al francés); COURBET,
Introduction scientifique â la foi chrétienne; Superiorité du
Christianisme (París, 1902); DE BROGLIE, Problemes et conclusions de
l'histoire des religions (4ta ed., París, 1904); LINGENS, Die innere
Schönheit des Christenthums (Friburgo, 1895); TURMEL, Histoire de la
théologie positive (París, 1904); SCHANZ, Una Apología Cristiana (Eng.,
tr., Dublin, 1891-2); NEWMAN, Gramática del Asent.; IDEM, Desarrollo de
la Doctrina Cristiana; DUCHESNE, Histoire ancienne de l'Eglise (París,
1906); LILLY, Los Reclamos del Cristianismo (London, 1894); DEVAS, La
Llave al Progreso del Mundo (Londres, 1906); HETTINGER, Apologie des
Chrisenthums (9na ed., Friburgo, 1906); SEMERIA, Dogma, Gerarchia e
Culto nella Chiesa primitiva (Roma, 1902); CHATEAUBRIAND, Génie du
Christianisme (Eng. Tr., Baltimore, 1856); C. PESCH, Articles in Stimmen
aus Maria-Laach, Vol. LX, 1901.
No Católicos: HARNACK, Das Wesen des Christenthums (Eng. Tr.,
Londres, 1901); IDEM, La Historia del Dogma; PFLEIDERER, Orígenes
Cristianos (Londres, 1906); PULLAN, Historia del Cristianismo Primitivo
(Londres, 1898); W. M. RAMSAY, La Iglesia en el Imperio Romano (Londres y
Nueva York, 1893); LOWRIE, La Iglesia y su Organización; la Época
Primitiva (Londres, 1904); WEIZACKER, La Era Apostólica (Londres, 1897);
JOSEPH BUTLER, Analogia de la Religión en Función, Vol. I, ed.
GLADSTONE (Oxford, 1896); WACE, Cristianismo y Agnosticismo (Londres,
1904).
Fuente: Keating, Joseph. "Christianity." The Catholic Encyclopedia. Vol. 3