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lunes, 26 de enero de 2015

Igualdad.

Supuesto que la celebración refleja la vida, todas las características de ésta deben ser visibles en la primera. Ante todo, ha de saltar a los ojos la igualdad entre los cristianos, fundamento de la hermandad y enemiga de todo privilegio. El conocido pasaje de Santiago, válido para toda ocasión, se aplica expresamente a la reunión celebrativa: "Hermanos míos, si creéis en nuetro glorioso Señor Jesucristo, no tengáis favoritismos. Supongamos que en vuestra reunión entra un personaje con sortijas de oro y traje flamante y entra también un pobretón con traje mugriento. Si atendéis al del traje flamante y le decís: "Tú siéntate aquí cómodo", y decís al pobretón: "Tú quédate de pie o siéntate aquí en el suelo junto a mi estrado", ¿no hacéis distinciones subjetivas?, ¿y no dáis un juicio basado en raciocinios condenables?".

El bautismo nivela a esclavo y libre, nacional y extranjero, hombre y mujer. Esta igualdad tiene que brillar en la celebración cristiana. Cristo, en quien todos somos uno (Gál 3,28), no tolera distinciones basadas en rango, raza o herencia. Es misión de la Iglesia demoler barreras entre los hombres; ninguna puede quedar en pie en la celebración. Esta ha de ser un mentís a todas las pretensiones y fachadas, altanerías y menosprecios e la sociedad. Quien ocupa un puesto eminente ha de esmerarse por subrayar la igualdad, sin aspavientos, pero con eficacia. Es, por supuesto, difícil, por no decir imposible, establecer pie de igualdad en la celebración si el mismo espíritu no reina en la vida; quien se empeñara en obrar de dos maneras distintas caería en el artificio y en la farsa.

martes, 11 de junio de 2013

IGUALDAD.

La referencia a Jesús como único Maestro establece la libertad cristiana (Mt 23,8; cf. 1 Cor 3,21-23; Rom 14,7-9), que significa la ausencia de dominio y de privilegios en la comunidad.


1. Jesús define su misión: no ser servido, sino servir (Mc 10,45 par.); está entre los discípulos como el que sirve (Le 22,27), les lava los pies Un 13,4-11). No da órdenes a sus discípulos, sino encargos (Mc 11,1-3 par.), consejos y recomendaciones (Mt 6,2.5.9.16.19.25; 7,1.7.13, etc.), expresa sus exigencias de modo condicional (Mc 8,34 par.; Lc 14,25-33). Sólo les prohíbe, para evitar una interpretación equivocada de su mesianismo (Mt 16,20) o por la que han hecho los discípulos mismos (Mc 8,30; Le 9,21; Mt 17,9 par.), publicar que él es el Mesías.
Corrige los brotes de ambición (Mc 9,33b-37 par.), excluye del grupo cristiano todo asomo de poder (Mc 10,42-45 par.); única autoridad, la del servicio, a imitación suya (Mc 10,45 par.). Prohíbe los títulos honoríficos en el grupo (Mt 23,8-12); él mismo, siendo Maestro y Señor (Jn 13,13), llama a los discípulos, no siervos, sino amigos (Jn 15,15; Lc 12,4) y hermanos (Mt 28,10; Jn 20,17); no se usan otros títulos (Mt 23,8; Hch 1,15s; Rom 1,13; Sant 1,2; 1 Pe 4,12). Jesús espera que el discípulo llegue a la altura de su maestro (Le 6,40). Quien ocupa un cargo, esfuércese por subrayar la igualdad (Lc 22,16).

En el grupo cristiano hay que entrar como pobre (Mc 10,21); todos han de ser igualmente últimos, para ser todos igualmente primeros (Mc 10,31). Tampoco la antigüedad o la calidad del trabajo producen superioridad (Mt 19,30-20,16).
II. Pablo, a su vez, subraya la igualdad (1 Cor 3,9; 2 Cor 4,5); en la comunidad, las diferencias no constituyen privilegio (Gál 3,27; Col 3,11; cf. Rom 12,3; 1 Cor 12,13); no tener pretensiones (Rom 11,20.25; 1 Cor 7,19; Gál 5,6; 6,15); igualdad en lo económico (2 Cor 8,13s). Particularmente severo es Santiago (1,9-11; 2,1-4.5-9).

Pablo se llama indirectamente "padre» de los corintios (1 Cor 4,14-16; cf. Flm 10; 1 Tes 2,7.11), pero se trata de efusión, no de título. Sin embargo, no siempre sacó en la práctica todas las consecuencias de su doctrina sobre la igualdad, sobre todo respecto a las mujeres, con las
que se porta siguiendo la costumbre de la sociedad de su tiempo, aun en el interior de la asamblea cristiana (1 Cor 11,2-16; 14,34-36, aunque este último pasaje es de dudosa autenticidad).
Pedro no acepta el homenaje de Cornelio (Hch 10,26; cf. 14,15).