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lunes, 28 de septiembre de 2015

David, Rey.

En la Biblia, el nombre de David sólo lo ostenta el segundo rey de Israel, el bisnieto de Booz y Rut (Rut 4 18 ss.). Era el más joven de los ocho hijos de Isaí, o Jesé (I Reyes 16 8; cf. I Cro 2 13), un pequeño propietario de la tribu de Judá que habitaba en Belén, dónde nació David. Nuestro conocimiento de la vida y características de David se deriva exclusivamente de las páginas de Sagrada Escritura (ver I R 16; II R 2; I Cro 2, 3 y 10-19; Rut 4 18-22) y los títulos de muchos Salmos. Según la cronología usual, David nació en 1085 y reinó de 1055 a 1015 a.C. Recientes escritores han datado su reinado, deduciéndolo de inscripciones asírias,  unos 30 ó 50 años más tarde. Por las limitaciones, no es posible dar más que un esbozo de los eventos de su vida y una simple estimación de sus características y su importancia en la historia del pueblo elegido, como rey, salmista, profeta e imagen del Mesías.
La historia de David se divide en tres períodos: (1) antes de su elevación al trono; (2) su reinado, en Hebrón sobre Judá y en Jerusalén sobre todo Israel, hasta su pecado; (3) su pecado y sus últimos años. Aparece primero en la historia sagrada como un joven  pastor que cuidaba los rebaños de su padre en los campos cercanos a Belén, "rubio, de bellos ojos y hermosa presencia”.
Samuel, el profeta y último de los jueces, fue enviado a ungirlo en lugar de Saúl. a quien Dios había rechazado por su desobediencia. Los relatos de David no parecen haber reconocido la importancia de esta unción que lo marcó como sucesor al trono después de la muerte de Saúl.
Durante un período de enfermedad, cuando un espíritu maligno atormentaba a Saúl, David fue llevado a la corte para aliviar al rey tocando el arpa. Ganó la gratitud de Saúl y lo puso al frente del ejército, pero su estancia en la corte fue breve. Más tarde, mientras sus tres hermanos mayores estaban en el campo, luchando bajo Saúl contra los Filisteos, David fue enviado al campamento con algunos comestibles y regalos; allí oyó las palabras con las que el gigante, Goliat de Gat, desafiaba a todo Israel a un combate singularizar y él se ofreció para matar al filisteo con la ayuda de Dios. Su victoria sobre Goliat provocó la derrota del enemigo. Las preguntas de Saúl a Abner en este momento, parecen implicar que él nunca había visto antes a David, sin embargo, como hemos visto, David ya había estado en la corte. Se han hecho varias conjeturas para explicar esta dificultad. Como el pasaje hace pensar en una contradicción en el texto hebreo, es omitido por la traducción de los Setenta, algunos autores han aceptado el texto griego en preferencia al hebreo. Otros suponen que el orden de las narraciones se ha confundido en nuestro texto hebreo actual. Un solución más simple y más probable mantiene que, en la segunda ocasión, Saúl sólo preguntó a Abner por la familia de David y sobre su infancia. Antes no había prestado atención a estas cosas.
La victoria de David sobre Goliat le ganó la amistad entrañable de Jonatán, el hijo de Saúl. Obtuvo un lugar permanente en la corte, pero su gran popularidad y las imprudentes canciones de las mujeres excitaron los celos del rey, que intentó matarlo en dos ocasiones. Como jefe de mil hombres buscó nuevos riesgos para ganar la mano de Merab, la hija mayor de Saúl: pero, a pesar de la promesa del rey, fue dada a Adriel de Mejolá. Mical, la otra hija de Saúl, estaba enamorada de David, y, con la esperanza de que finalmente fuera muerto por los Filisteos, su padre prometió dársela en matrimonio, con tal de que David matara a cien Filisteos. David tuvo éxito y se caso con Mical. Este éxito, sin embargo, hizo temer más a Saúl y finalmente le indujo a ordenar que debiera matarse a David. Por mediación de Jonatán fue perdonado durante un tiempo, pero el odio de Saúl le obligó finalmente a huir de la corte.
Primero fue a Ramá y desde allí, con Samuel, a Nayot. Los grandes esfuerzos de Saúl por asesinarlo eran frustrado por la interposición directa de Dios. Una entrevista con Jonatán le convenció de que la reconciliación con Saúl era imposible y de que, para el resto del reino, él era un desterrado y un bandido. En Nob, David y sus compañeros fueron armados por el sacerdote Ajimélec,  que después fue acusado de conspiración y asesinado con todos sus sacerdotes. De Nob, David fue a la corte de Aquis, rey de Gat,  de donde escapó de la muerte fingiendo locura. En su retorno se convirtió en cabeza de una banda de aproximadamente cuatrocientos hombres, algunos parientes suyos otros entrampados y desesperados, que se reunieron en la cueva o refugio de Adulán. Poco tiempo después su número llegó a seiscientos. David liberó la ciudad de Queilá de los filisteos, pero fue obligado a huir de nuevo de Saúl. Su siguiente morada fue el desierto de Zif, memorable por la visita de Jonatán y por la alevosía de los zifitas que avisaron al rey. David se libró por la llamada a Saúl para rechazar un ataque de los filisteos. En los desiertos de Engadí estuvo de nuevo en gran peligro; pero, cuando Saúl estaba a su merced, él generosamente le perdonó la vida. La aventura con Nabal, el matrimonio de David con Abigail, y una segunda ocasión rehusada de matar a Saúl, fueron seguidas por la decisión de David de ofrecer sus servicios a Aquis de Gat y así poner fin a la persecución de Saúl. Como vasallo del rey filisteo, se estableció en Sicelag, desde donde hizo incursiones a las tribus vecinas, devastando sus tierras y no dejando con vida hombre ni mujer. Pretendiendo que estas expediciones eran contra su propio pueblo de Israel, se aseguró el favor de Aquis. Sin embargo, cuando los filisteos se prepararon en Afec para emprender la guerra contra Saúl, los otros príncipes no fueron partidarios de confiar en David, y él regresó a Sicelag. Durante su ausencia había sido atacada por los amalecitas. David los persiguió, destruyó sus fuerzas y recuperó todo su botín. Entretanto había tenido lugar la fatal batalla en el monte de Gelboé, en la que Saúl y Jonatán fueron muertos. La elegía conmovedora, que se conserva para nosotros en II Reyes 1, es un arranque de pesar de David por su muerte.
Por mandato de Dios, David, que tenía ahora treinta años, subió a Hebrón para reclamar el poder real. Los hombres de Judá lo aceptaron como rey y fue ungido de nuevo, solemne y públicamente. Por influencia de Abner, el resto de Israel permanecía fiel a Isbóset, hijo de Saúl. Abner atacó las fuerzas de David, pero fue derrotado en Gabaón. La guerra civil continuó durante algún tiempo, pero el poder de David aumentaba continuamente. En Hebrón tuvo seis hijos: Amnón, Quilab, Absalón, Adonías, Sefatías, y Yitreán. Como resultado de una riña con Isbóset, Abner hizo maniobras para llevar a todo Israel bajo el poder de David; sin embargo, fue alevosamente asesinado por Joab, sin el consentimiento del rey. Isbóset fue asesinado por dos benjamitas y David fue aceptado por todo Israel y ungido rey. Su reinado en Hebrón sobre Judá había durado siete años y medio.
David tuvo éxito en sus sucesivas guerras, haciendo de Israel un estado independiente  y provocando que su propio nombre fuera respetado por todas las naciones circundantes. Una notable hazaña fue, al principio de su reinado, la conquista de la ciudad jebusita de Jerusalén, a la que hizo capital de su reino, “la ciudad de David”, el centro político de la nación. Construyó un palacio, tomó más esposas y concubinas, y engendró más hijos e hijas. Habiéndose liberado del yugo de los filisteos, resolvió hacer de Jerusalén el centro religioso de su pueblo, transportando el Arca de la Alianza (ver artículo) desde Baalá (Quiriat Yearín). La trajo a Jerusalén y la puso en la nueva tienda construida por el rey. Después, cuando propuso construir un templo para ella, le fue dicho, por el profeta Natán, que Dios había reservado esta tarea para su sucesor. En premio a su piedad, le fue hecha la promesa de que Dios le construiría a una casa y establecería su reino para siempre.
No hay detalles sobre las diversas guerras emprendidas por David; sólo tenemos algunos hechos aislados. La guerra con los amonitas es recordada de un modo más completo porque, cuando su ejército estaba en el campo durante esta campaña, David cometió los pecados de adulterio y asesinato, atrayendo por ello grandes calamidades para él y su casa. Estaba entonces en la plenitud de su poder, era un gobernante respetado por todas las naciones, del Eufrates al Nilo. Después de su pecado con Betsabé y el asesinato indirecto de Urías su marido, David la convirtió en su esposa. Pasço un año de arrepentimiento por su pecado, pero su contrición fue tan sincera que Dios le perdonó; aunque, al mismo tiempo, le anunció los severos sufrimientos que le sucederían. El espíritu con que David aceptó estas penas lo ha hecho en todo tiempo modelo de penitentes. El incesto de Amnón y el fratricidio de Absalón (ver artículo) trajeron la vergüenza y la aflicción a David. Absalón permaneció tres años en el destierro. Cuando fue llamado de regreso, David lo mantuvo en desgracia durante dos años más y entonces le restauró a su anterior dignidad, sin ninguna señal de arrepentimiento. Molesto por el tratamiento de su padre, Absalón se consagró durante los siguientes cuatro años a seducir a la gente y finalmente se proclamó rey en Hebrón. David fue cogido por sorpresa y obligado a huir de Jerusalén. Las circunstancias de su huída se narran en la Escritura con gran simplicidad y patetismo. El rechazo de Absalón del consejo de Ajitófel y su consecuente retraso en la persecución del rey, hizo posible a éste último reunir sus fuerzas y vencer en Majanáin dónde Absalón murió. David retornó triunfante a Jerusalén. Una gran rebelión bajo Seba fue reprimida rápidamente en el Jordán.
En este punto de la narración de II de Reyes leemos que “hubo hambre, en los días de David, durante tres años consecutivos”, en castigo por el pecado de Saúl contra los gabaonitas. A su llamada, siete de la familia de Saúl fueron entregados para ser crucificados. No es posible fijar la fecha exacta de la hambruna. En otras ocasiones, David mostró gran compasión con los descendientes de Saúl, sobre todo con Mefibóset, el hijo de su amigo Jonatán. Después de una breve mención de cuatro expediciones contra los filisteos, el escritor sagrado recuerda un pecado de orgullo por parte de David en su resolución de hacer un censo del pueblo. Como penitencia por este pecado, se le permitió escoger entre hambre, derrotas o peste. David escogió la tercera y en tres días murieron 70.000. Cuando el ángel estaba a punto de golpear Jerusalén, Dios se apiadó y cesó la peste. David fue enviado a ofrecer un sacrificio en la era de Arauná, el lugar del futuro templo.
Los últimos días de David fueron perturbados por la ambición de Adonías, cuyos planes para la sucesión fueron frustrados por Natán, el profeta, y Betsabé, la madre de Salomón. El hijo que nació después del arrepentimiento de David, fue elegido con preferencia sobre sus hermanos mayores. Para asegurarse que Salomón le sucedería en el trono, David lo había ungido públicamente. Las últimas palabras recogidas del anciano rey son una exhortación a Salomón a ser fiel a Dios, premiar a los sirvientes fieles y para castigar a los malos. David falleció a la edad de setenta años, tras haber reinado en Jerusalén treinta y tres años. Fue enterrado en el Monte Sión. San Pedro dice que su tumba todavía existía en el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles (Hch 2 29). David es honrado por la Iglesia como un santo. Se le cita en el Martirologio romano, el 29 de diciembre.
El carácter histórico de las narraciones sobre la vida de David ha sido atacado principalmente por escritores que han desatendido el propósito del narrador de I Cro. Este pasa por encima los acontecimientos que no están relacionadas con la historia del Arca. En los Libros de los Reyes se narran los eventos principales, buenos y malos. La Biblia recuerda los pecados de David y sus debilidades sin excusa ni paliativos, pero también recuerda su arrepentimiento, sus actos de virtud, su generosidad hacia Saúl, su gran fe y su piedad. Los críticos que han juzgado duramente su carácter no han considerado las circunstancias difíciles en las que vivió o los modales de su edad. No es crítico ni científico exagerar sus faltas o imaginar que toda la historia es una serie de mitos. La vida de David fue un momento importante en la historia de Israel. Fue el fundador real de la monarquía, la cabeza de la dinastía. Escogido por Dios “como un hombre según Su propio corazón”, David fue probado en la escuela del sufrir durante los días de destierro y se convirtió en un renombrado líder militar. A él es debida la completa organización del ejército. Dio una capital, una corte y un gran centro de culto religioso, a Israel. La pequeña banda de Adulán se convirtió en el núcleo de una eficiente fuerza. Cuando fue proclamado rey de todo Israel, tenía 339.600 hombres bajo su mando. En el censo se cuentan 1.300.000 capaces de empuñar un arma. Un ejército dispuesto, que constaba de doce cuerpos, cada uno con 24.000 hombres, que se turnaban para servir durante un mes cada vez, en la guarnición de Jerusalén. La administración de su palacio y su reino exigió un gran séquito de sirvientes y oficiales. Sus diferentes funciones están fijas en I Cro 27. El rey mismo ejerció la función de juez, aunque posteriormente los levitas fueron designados para este propósito, así como otros oficiales menores.
Cuando el Arca fue llevada a Jerusalén, David emprendió la organización del culto religioso. Las funciones sagradas se confiaron a 24.000 levitas; además 6.000 fueron escribas y jueces, 4.000 porteros, y 4.000 cantores. Organizó las diversas partes de los ritos, y asignó a cada sección sus tareas. Los sacerdotes estaban divididos en veinticuatro familias; los músicos en veinticuatro coros. A Salomón había sido reservado el privilegio de construir la casa de Dios; pero David hizo amplias preparaciones para el trabajo reuniendo tesoros y materiales, así como transmitiendo a su hijo un plan para el edificio y todo sus detalles. Se nos relata en I Cro.,  cómo exhortó a su hijo Salomón para llevar a cabo este gran trabajo y dio a conocer a la asamblea de jefes la importancia de las preparaciones.
La parte más importante de los trabajos del templo, musicada y cantada, como compuso  David, está rápidamente explicada con sus habilidades poéticas y musicales. Su habilidad para la música se recuerda en I Reyes, 16 18 y Amós 6 5. Se encuentran poemas compuestos por él en II Reyes, 1, 3, 22 y 23. Su conexión con el Libro de Salmos, muchos de los cuales se atribuyen expresamente a diferentes situaciones de su carrera, fue tomada para atribuirle por parte de muchos,  en los últimos tiempos, todo Salterio. La paternidad literaria de estos himnos y las cuestiones acerca de en qué medida pueden ser considerados un medio para proporcionar material ilustrativo sobre la vida de David, se trata en el artículo los SALMOS.
David no fue meramente un rey y gobernante, también fue un profeta. “El espíritu del Señor ha hablado por mi y su palabra por mi lengua” (II Reyes, 23 2), es una declaración directa de inspiración profética en el poema allí  recordado. San Pedro nos dice que era un profeta (Hch  2 30). Sus profecías están inmersas en los Salmos literalmente mesiánicos que compuso y en las “últimas palabras de David” (II R 23). El carácter literal de estos Salmos Mesiánicos se indica en el Nuevo Testamento. Ellos se refieren al sufrimiento, la persecución y la liberación triunfante de Cristo, o a las prerrogativas conferidas a Él por el Padre. Además de estas profecías directas, el propio David siempre ha sido considerado como un modelo del Mesías. En esto la Iglesia siguió las enseñanzas de los profetas del Antiguo Testamento. El Mesías sería el gran rey teocrático; David, el antepasado del Mesías, era un rey según el corazón de Dios. Se atribuyen sus cualidades y su mismo nombre al Mesías. Episodios en la vida de David son considerados por los Padres como prefiguración de la vida de Cristo; Belén es el lugar de nacimiento de ambos; la vida de pastor de David apunta hacia Cristo, el Buen Pastor; las cinco piedras escogidas para matar a Goliat son tipo de las cinco llagas; la traición por su consejero de confianza, Ajitófel, y el pasaje en el Cedrón nos recuerda la Sagrada Pasión de Cristo. Muchos de los Salmos davídicos, tal y como los comprendemos, desde el Nuevo Testamento, son claramente el anuncio del futuro Mesías.
JOHN CORBETT
Transcrito por Judy Levandoski

En memoria de Andrew Levandoski
Traducido por Quique Sancho

lunes, 10 de junio de 2013

REY.

El término griego para "rey" (basileus) es muy antiguo y no hace falta explicar su sentido. En el AT se aplica a Dios, sobre todo en los salmos y en algunos escritos proféticos. No aparece en la literatura sapiencial ni en gran parte de la narrativa histórica.

El texto más antiguo que menciona la realeza de Dios se encuentra en el relato de la visión de Isaías en el templo (Is 6,5: "He visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos"). Su reinado se proclama en los salmos (Sal 47,8: "Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado"; 93,1: "El Señor reina, vestido de majestad"; 96,10: "Decid a los pueblos: "El Señor es rey"; 97,1: "El Señor reina, la tierra goza"; 99,1: "El Señor reina, tiemblen las naciones").

También se encuentra en los oráculos de Jeremías contra las naciones, como en Jr 46,18 (contra Egipto): "Oráculo del Rey que se llama Señor de los ejércitos"; lo mismo en 48,15 (contra los filisteos); 51,57 (contra Babilonia).

Otras veces se llama a Dios "rey de Jacob", "de Israel" o "de Sión" (Is 41,21: "Aducid vuestras pruebas, dice el Rey de Jacob"; 44,6: "Así dice el Señor, Rey de Israel"; 52,7: "el heraldo.. que dice a Sión: "Tu Dios es rey").

En los profetas (no en los salmos) la realeza de Dios se combina con la del Mesías, su representante; así en Is 9,7: "Para dilatar el principado... sobre el trono de David"; Ez 37,24 (entendido del Mesías, segundo David): "Mi siervo David será su rey"; 34,24: "y mi siervo David, príncipe en medio de ellos". También Miq 5,1ss: "Belén... de tí sacaré al que ha de ser jefe de Israel"; Jr 23,5: "llegan días... en que daré a David un vástago legítimo".

Antes del exilio, Yahvé se consideró más bien como rey de Israel (Is 24,23: "Cuando reine el Señor de los ejércitos en el Monte de Sión y en Jerusalén"); después del exilio se alude a su reino universal (Zac 14,9: "El Señor será rey de todo el mundo").

En el judaísmo posterior, la expresión "el reinado/reino de los cielos" toma el lugar de la más antigua "Dios es rey" e implica esencialmente que "Dios gobierna como rey"; en la literatura rabínica, el término malkut tiene siempre el sentido activo de "reinado", no el pasivo de "reino".

En algunos salmos de Salomón (en total 18 salmos, poco anteriores a la era cristiana) se describen la figura y el reinado del Mesías, en particular en el Sal 17, que expresa la alegría por la ruina de los Asmoneos (vv. 5-9) y describe por contraste la figura del Mesías esperado. Este será hijo (descendiente/sucesor) de David (v.21), se espera de él la purificación de Jersualén, eliminando el dominio extranjero (v.22), aniquilará a las naciones impías (v.24) y dejará convictos a los pecadores (v.25); obligará a los pueblos paganos a servir bajo su yugo (v.30), regirá al pueblo con justicia (vv.26.31) y contará con la ayuda divina (vv.34.37). Su reinado será el tiempo de la felicidad del Israel restaurado (v.44).

Como se ve, este salmo presenta la expectación de un Mesías davídico, el Ungido del Señor (v.32), cuyo reinado alcanzará a toda la tierra, con su centro en Jerusalén. Sus dotes morales y espirituales harán de él un segundo Salomón, pero al mismo tiempo será un caudillo guerrero, un segundo David, que deberá aplastar a los paganos y liberar a su pueblo. Será rey de Israel (v.42) y Dios mismo será su rey, como lo será del pueblo (vv.34.1): el reinado de Dios se ejercerá por medio del Mesías. El espíritu nacionalista del salmo es manifiesto: todo Israel estará reunido en su país, y no permitirá que los israelitas habiten en él. El reinao del Mesías se concibe como histórico; no supone el fin del mundo ni un cataclismo universal.

A pesar de las estrecheces nacionalistas o del etnocentrismo que aparece en muchos de estos textos, la figura del Rey-Mesías, sabio y justo, dotado del Espíritu de Dios, agente de salvación, refleja un anhelo que se va agudizando a lo largo de los siglos, tanto más cuanto que la situación de Israel sigue siendo la de un país que ha perdido su independencia y dentro del cual la injusticia social es clamorosa.

Para los evangelios, la realeza de Jesús es un dato obvio y natural. En su calidad de Mesías, Jesús es ante todo "rey de los judíos" (Mt 2,2: "¿Dónde está ese rey de los judios que ha nacido?"; 27,11 par.: "¿Tú eres el rey de los judíos?; 27,29 par.: "¡Salud, rey de los judíos!"; 27,37 par.: "Este es Jesús, el rey de los judíos".

Como el de "Señor", el concepto de "Rey" implicaba las nociones de libertad y superioridad, pero añadía a ellas las de riqueza y fuerza militar. Por otra parte, en el contexto judío, el reinado del Mesías debía ejercerse sobre Israel, mientras que la salvación de los paganos no se consideraba o se veía mediada por la del pueblo judío. Veamos la transformación que el concepto de "Rey" y la concepción nacionalista experimentan en el caso de Jesús.

Como se ha visto, en los evangelios sinópticos el título de "rey de los judíos" nunca aparece en boca de Jesús, pero lo admite cuando se lo pregunta Pilato (Mc 15,2 par.). Aparte Mt 2,2, que relata la llegada de los Magos a Jerusalén, el título de "Rey" aplicado a Jesús se encuentra siempre en las escenasde la pasión relacionadas con el tribunal de Pilato y, al final, como letrero de la cruz, especificando la causa de la condena.

La burla de los soldados, que, sin protesta de Jesús, lo disfrazan de rey y lo saludan como "rey de los judíos", y el hecho de que el título de rey sirva como distintivo de Jesús inerme en la cruz, muestran que su realeza no se basa en la violencia ni defiende su prestigio. A esto añade el tenor de los insultos, que, según el Evangelio de Marcos, le dirigían los sumos sacerdotes con los letrados (Mc 15,32: "¡El Mesías, el rey de Israel! ¡Que baje ahor ade la cruz para que lo veamos y creamos!"). Se oponen así dos concepciones de la realeza: los soldados y los dirigentes judíos la ven en la fuerza y el triunfo; pero Jesús, al renunciar a toda resistencia con la fuerza y aceptar su rechazo y su muerte, excluye de su realeza esos dos elementos.

La peculiaridad de la realeza de Jesús, implícita en los evangelios sinópticos, se encuentra explicitada en Juan. En el diálogo con Pilato se propone la cuestión abiertamente. Como respuesta a la pregunta: "¿Tú eres el rey de los judíos?" (Jn 18,33), y después de hacer reflexionar a Pilato (18,34s), Jesús responde: "La realeza mía no pertenece al orden este. Si mi realeza perteneciera al orden este, mis propios guardias habrían luchado para impedir que me entregaran a las autoridades judías. Ahora que mi realeza no es de aquí" (18,36).

Hay que salir al paso de la defectuosa traducción común de este pasaje, que en español ha llegado a ser proverbial: "Mi reino no es de este mundo", en la que "este mundo" se interpreta como "la tierra", "la vida terrena". Si se entiende de esta manera el dicho de Jesús, su reino y, en consecuencia, el de Dios, no tendría existencia o incidencia social en la humanidad: sería puramente interior o estaría reservado para "la otra vida".

Nada más lejos de lo que transmite el evangelista. El equívoco nace de la traducción latina, única que se ha leído durante tantos siglos. Para deshacer el malentendido hay que notar, en primer lugar, que la palabra griega basileia, que en este pasaje se traduce bien por "realeza" y mal por "reino", tiene tres significados: "realeza", "reinado" y "reino"; por cuál de los tres hay que traducir en cada caso, depende del contexto.

En el contexto que nos ocupa, Pilato pregunta a Jesús si es rey. Jesús asiente, pero quiere explicarle de qué manera lo es, es decir, la calidad de su realeza. Para distinguirse de los demás reyes contrapone su modo de ser rey al propio "del orden/del mundo este". Ahora bien: esta expresión no significa en Jn simplemente "la tierra", sino el orden sociopolitico, que de hecho es injusto. Precisamente de sí mismo dice Jesús que no pertenece "al mundo/orden este" (Jn 8,23); y hablando de sus discípulos con el Padre, dice: "el mundo les ha cobrado odio porque no pertenecen al mundo, como tampoco yo pertenezco al mundo" (Jn 17,14), pero inmediatamente después añade: "No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del Perverso" (Jn 17,17). "No pertenecer al mundo" es, por tanto, perfectamente compatible con "estar en el mundo", en medio del orden social injusto, por lo que el reino de Jesús puede perfectamente estar en esta tierra, aunque su realeza se distinga de la del sistema injusto.

En resumen, Jesús afirma claramente su calidad de rey, pero niega tener parecido alguno con los reyes que Pilato conoce. En la frase "La realeza mía no pertenece al orden este", el orden este es la sociedad organizada como sistema de poder que oprime al hombre; Jesús no ejerce esa clase de poder. Caracteriza a los reyes del orden este por apoyarse en la fuerza de las armas e imponer así su dominio ("si mi realeza perteneciera al orden este, mis propios guardias habrían luchado"), pero, para Jesús, el uso de la violencia pertenece a la esfera de la injusticia. En eso precisamente se distingue su realeza de las demás. La diferencia entre sus postura y la del "orden este" es clara: él se ha entregado voluntariamente y ha cortado en seco el conato de violencia de Pedro en el huerto (Jn 18,11); renunciando de ese modo al uso de la fuerza, ha probado no ser rey como los otros.

Su realeza no es "de aquí" es decir, no se basa en la fuerza ni se ejerce con el dominio, sino que es "de arriba", de la esfera del Padre y del Espíritu; es, por tanto, una realeza que comunica vida en vez de producir muerte con la violencia y la opresión. Y él no va a imponer su reinado; aceptarlo como rey será una opción libre.

De hecho, a la pregunta extrañada de Pilato: "Luego ¿tú eres rey?" (Jn 18,37), contesta Jesús afirmando su realeza y explicando su misión: "Tú lo estás diciendo, yo soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio en favor de la verdad. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz." Su misión está en función de la calidad de su realeza: no consiste en dominar ni gobernar al estilo de los reyes de este mundo, sino en dar testimonio de la verdad, testimonio que no fuerza la libertad del hombre. Con estas palabras condensa ante el juez el significado de su vida y actividad.

Jesús es la verdad sobre Dios por manifestar su amor, y la verdad sobre el hombre por ser la realización del proyecto de Dios sobre él. De esa doble verdad da él testimonio con su vida y actividad, y será su muerte en la cruz la que lo resuma y lo haga culminar. No describe su misión como "enseñar", lo que sería propio de un maestro de sabiduría, sino como "dar testimonio", es decir, como la propuesta de una experiencia y una realidad propias.

La frase "para esto he venido al mundo" muestra que su misión se realiza en la historia. Su realeza se diferencia de la del sistema injusto, pero se ejerce dentro de la historia humana. La doble característica de Jesús-rey, su renuncia al uso de la fuerza y su testimonio de la verdad muestran cómo ejerce su acción liberadora. Veámoslo a continuación:

Jesús se encuentra ante un mundo cuyo motor es la ambición de dinero y poder. La ambición cristaliza en una estructura social injusta y da origen a una ideología: la ideología justifica el orden social que priva al hombre de libertad y plenitud de vida en beneficio de los que dominan. La política de los dirigentes está inspirada por la común ambición de dinero y poder, que los hace actuar corporativamente. El pueblo, víctima de este orden social, sufre la opresión (10,10s) sometido por el miedo (7,13; 9,22), pero haciendo suya la doctrina que se le propone (7,26s; 12,34).

Para sacar al pueblo de la situación en que se encuentra, Jesús no combate el orden injusto oponiendo violencia a violencia. La fuerza de los opresores se funda, en último término, en que el pueblo ha asimilado la ideología de la sumisión que ellos proponen. Jesús lo libera haciéndole ver la falsedad de lo que cree: no es voluntad de Dios que el hombre sea esclavo, sino libre. Sin embargo, tampoco contrapone ideología a ideología; a la ideología opresora opone la experiencia del amor de Dios que comunica vida (8,32: la verdad que hace libres). Hace descubrir al hombre el amor que Dios le tiene y la dignidad y libertad a que lo llama, y el hombre comprende así la opresión en que ha vivido; abandona entonces la ideología que lo privaba de vida y con ella el mundo de la injusticia.

¿Quiénes son los que aceptan el testimonio de Jesús? Como él mismo lo dice, "los que pertenecen a la verdad", frase que se opone a "pertenecer al orden este", orden de la mentira y la falsedad. Los que aceptan el testimonio de Jesús son los que no profesan los principios de la sociedad injusta, la ambición de dinero y poder ni se hacen cómplices de su injusticia. Esto implica que para dar la adhesión a Jesús se requiere una disposición previa, el deseo de vida plena y el amor al hombre. Por otra parte, la relación entre Jesús y los suyos no es la de señor-súbditos, sino la que existe entre el que propone la verdad y los que la hacen suya libremente.

No podía ser mayor el cambio efectuado por el evangelio en el concepto de "rey".