miércoles, 31 de julio de 2013

Anáfora.

(Griego, ànaphorá, ofrenda, sacrificio).
Término litúrgico en el rito griego. Se utiliza en diversas formas en las liturgias del Oriente griego para denotar aquella parte del servicio que corresponde sustancialmente al Canon de la Misa latino. También significa el ofrecimiento del pan Eucarístico; el gran velo (vea aer) que cubre el mismo, y la procesión en la cual se lleva la ofrenda al altar (Brightman).
1. En el rito griego las anáforas son numerosas mientras que en el mientras que en el rito romano el canon de la Misa es desde tiempo inmemorial bastante invariable. La anáfora griega es sustancialmente de origen apostólico, aunque en su forma actual data del final del siglo IV o comienzos del V cuando San Basilio el Grande y San Juan Crisóstomo (respectivamente) abreviaron la liturgia que hasta entonces era muy larga y fatigosa. El término es de mucha importancia, dada su antigüedad, para la demostración del carácter sacrificial de la Santa Misa (ver Cabrol, 1911-13; Probst, 240, 325).
2. En la Iglesia Griega u oriental el ofertorio es una ceremonia más pausada e impresionante que en el rito romano. El sacerdote, acompañado por el diácono, los acólitos y portadores del incienso, va a la prothesis [un pequeño altar lateral donde se realiza la proskomide (N. del T.: preparación de las ofrendas)] y solemnemente llevan el pan y el vino bendecidos a través de la pequeña puerta diaconal del iconostasis y siguen al centro de la iglesia o por lo menos directamente en frente de las puertas reales, donde, dirigiéndose a la gente y sosteniendo las sagradas ofrendas en sus manos oran sucesivamente por las autoridades civiles y eclesiásticas. En la Iglesia Ortodoxa Griega se dicen las oraciones por el emperador o rey, el santo sínodo, y los diversos dignatarios de la Iglesia. En la Iglesia Católica griega estas oraciones se dicen por el Papa, el arzobispo, el emperador, el rey, etc., utilizando las mismas palabras. El sacerdote y el diácono prosiguen entonces solemnemente hacia el altar llevando los sagrados elementos a través de las puertas reales. Esta parte de la Misa griega se llama la “gran entrada”. Después que la patena y el cáliz han sido colocados en el altar, el sacerdote completa el ofertorio con esta oración: “Recibe también la oración de nosotros los pecadores y condúcela a Tu Santo Altar, y fortalécenos para presentar ofrendas y sacrificios espirituales ante ti por nuestros pecados y las ignorancias del pueblo, y considéranos dignos de hallar gracia delante de ti; que nuestro sacrificio pueda ser aceptable ante ti; y que el Espíritu de tu gracia descienda sobre nosotros y sobre estos dones presentados, y sobre todo tu pueblo”.
(Vea consagración; Sacrificio de la Misa, prefacio; ritos griegos.

Bibliografía: Muchas de las anáforas orientales se pueden leer en RENAUDOT, Liturgiarum Orientalium Collectio (Frankfort ed., 1847); GOAR, Euchologium, sive Rituale Græcarum (2da. ed., Venecia, 1730); J. A. ASSUMANI, Codex Liturgicus (Roma, 1754). Cf. también LEBRUN, Explication littérale, etc., de la Messe (Lieja, 1781); NEALE, A History of the Holy Eastern Church (Londres, 1850), I, 461; BRIGHTMAN, Liturgies, Eastern adn Western (Oxford, 1906), passim; PROBST, Liturgie der drei ersten christl. Jahrhunderte (Tübinga, 1870); RENI, Gesch. des Mess¬Opferbegriffs (Freising, 1901), I, 311-524; Dict. d'arch. chrét., I, 1898-1919; PARRINO, La Messa Greca, (Palermo, 1904), 35.
Fuente: Shipman, Andrew. "Anaphora." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01451a.htm>.
Traducido por Daniel Reyes V. rc

Anacoretas.

 
 El Anacoreta. Antonio Muñoz Degrain.


Anacoretas ('anachoréo, me retiro); también ermitaños (èremîtai, moradores del desierto; Latín, eremitæ). En la terminología cristiana, el término designa a aquellos hombres que han intentado triunfar sobre los dos enemigos inevitables de la salvación humana, la carne y el diablo, al privarles de la ayuda de su aliado, el mundo. El impulso natural de todas las almas fervorosas de alejarse temporal o definitivamente del tumulto de la vida social fue sincionado por los ejemplos y enseñanzas de la Escritura. San Juan Bautista en el desierto y Nuestro Señor, al retirarse de vez en cuando a la soledad, fueron ejemplos que indujeron a una multitud de hombres santos a imitarlos. Puesto que estos hombres despreciaron y evitaron el mundo, no puede sorprendernos que el mundo les replicara con su correspondiente menosprecio. El mundo es un tirano arrogante y absolutamente egoísta; mezquino en su gratitud hacia esas almas sublimes, cuyas vidas están completamente dedicadas a su mejoramiento sin tener en cuenta su alabanza o censura. Persigue como rebeldes y ridiculiza como tontos a aquéllos que se sacuden de su yugo y esparcen a los vientos sus riquezas, honores y placeres.
En su aislamiento más extremo, la vida del anacoreta cristiano no es nirvana. El alma, ocupada en divinas reflexiones, libre de todas las preocupaciones que distraen, lleva una existencia muy acorde a la naturaleza racional del hombre, y por lo tanto, generadora del tipo más elevado de felicidad que se puede obtener en esta tierra. Por otra parte, no importa cuan profundamente el ermitaño se sepulte en la espesura o el desierto, siempre está al fácil alcance del llamado de la caridad. En primer lugar, los espíritus afines lo buscarán. Cientos de celdas se agruparán a su alrededor; se invocará su experiencia para la redacción de las reglas de orden y para la dirección espiritual; en resumen, su ermita se transforma gradualmente en un monasterio, su vida solitaria en cenobítica. Si de nuevo anhela la soledad y se sumerge más profundamente en el desierto, comenzará el mismo proceso, como vemos en el caso de San Antonio de Egipto. Más aún, aunque estos hombres santos han sacudido el yugo del mundo, permanecen sujetos a la autoridad de la Iglesia, a cuya orden, en tiempos críticos, han salido de su retiro, como fuerzas de reserva frescas, para fortalecer las filas desanimadas de su ejército espiritual. Así vino Antonio (286-356) a Alejandría, respondiendo al llamado de Atanasio; así los hijos de Benito, Romualdo, [[San Bruno Bruno]] y Bernardo, hicieron el trabajo de labriegos en la batalla medieval contra la barbarie. De hecho, sería difícil señalar un solo gran campeón de la civilización cristiana que no estuviese preparado para el combate espiritual en el desierto.
Los principales refugios de los primeros de estos fugitivos de la sociedad humana fueron los vastos desiertos de Egipto y Siria, cuyas cavernas y tumbas pronto albergaron un increíble número de ascetas cristianos. Los primeros intentos de autodisciplina efectuados por esta multitud ingenua fueron a veces rudos y teñidos de fanatismo oriental; pero en poco tiempo la autoridad de la Iglesia y las sabias máximas de los grandes maestros espirituales, especialmente Pacomio, Hilarión y Basilio, los convirtieron en un ejército bien disciplinado, con objetivos y métodos claros. Pronto se estableció la norma de que solo se les autorizaría a llevar la vida solitaria a aquellos que previamente hubieran pasado un tiempo de prueba en un monasterio y hubiesen obtenido de su abad el permiso para retirarse. Entre los monjes que vivían y trabajaban en común [[los llamados cenobitas) y los ermitaños, que pasaban sus vidas en soledad absoluta, había muchas gradaciones. Algunos vivían en celdas separadas y se reunían solamente para la oración, algunos para las comidas, otros solamente los domingos. La más extraña forma de ascetismo fue la adoptada por los estilitas, hombres que vivieron durante años sobre el tope de altas columnas, desde las cuales exhortaban e instruían al atemorizado populacho.
Llegando a tiempos más modernos, los canonistas distinguen cuatro diferentes especies de ermitaños: (1) Aquellos que han tomado los tres votos monásticos en alguna orden religiosa aprobada por la Iglesia. Tales son los ermitaños de San Agustín, los ermitaños de San Jerónimo, etc. (2) Aquellos que viven en común con una forma de vida aprobada por el obispo. (3) Aquellos que sin votos o vida en comunidad adoptan un hábito peculiar con la aprobación del obispo, y son delegados por él para el servicio de una iglesia u oratorio. (4) Aquellos que, sin ninguna autoridad eclesiástica, adoptan el “habitus eremiticus” y viven sin sujeción a una regla. Para obviar posibles abusos de parte de esta clase de ermitaños, la Santa Sede ha emitido promulgado en diferentes momentos legislación estricta, que puede leerse en Benedicto XIV "De Syn. Dioec." VI, III, 6, o en Ferraris, "Bibliotheca", s. v. "Eremita".

Fuente: Loughlin, James. "Anchorites." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. 9 Dec. 2012 <http://www.newadvent.org/cathen/01462b.htm>.
Traducido por Jorge Daniel Reyes Virviescas. lhm

Papa San Anacleto.



El segundo sucesor de San Pedro. El hecho de si ha sido el mismo que Cleto, quien es también llamado Anencleto tanto como Anacleto, ha sido materia de discusión interminable.
San Ireneo, Eusebio de Cesarea, Agustín, San Optato, usan ambos nombres indistintamente como una sola persona. Tertuliano lo omite totalmente. Para agregar confusión, el orden es diferente. Así Ireneo tiene a Lino, Anacleto, Clemente; mientras Agustín y Optato ubican a Clemente antes que Anacleto. Por otra parte, el “Catalogus Liberianus”, el “Carmen contra Marcionem” y el “Liber Pontificalis”, todos por demás respetables por su antigüedad, consideran a Cleto y Anacleto distintas personas; mientras el “Catálogo Feliciano” hasta considera al segundo como griego, y al primero como romano. Entre los modernos, Joseph Hergenröther (Hist. de l'église, I 542, nota) se pronuncia por una misma identidad. Lo mismo el bolandista De Smedt (Dissert. VII, 1). Döllinger (Christenth. u K., 315) declara que “ellos son, sin duda, la misma persona” y que “el 'Catálog de Liberio' merece poca confianza antes de 230”. Duchesne, "Origines chretiennes", también se alinea en esta posición, pero Bernard Jungmann (Dissert. Hist. Eccl., I, 123) deja la cuestión en duda. Por supuesto que, como consecuencia de todo esto, la cronología es muy indeterminada, pero Duchesne, en sus "Origines", dice “estamos lejos del día en el que los años, meses y días del Catálogo Pontificio puedan ser dados con alguna garantía de exactitud. Pero ¿es necesario ser exactos acerca de Papas sobre los cuales sabemos tan poco? Podemos aceptar la lista de Ireneo: Lino, Anacleto, Clemente, Evaristo,Alejandro, Sixto, Telesforo, Higinio, Pío y Aniceto. Con certeza Aniceto reinó en 154. Esto es todo lo que podemos decir con certeza acerca de la cronología pontificia primitiva.” Prácticamente, el único antecedente cierto que tenemos sobre él es que ordenó un determinado número de sacerdotes, pero sí sabemos que murió mártir, quizás cerca de 91.

Fuente: Campbell, Thomas. "Pope St. Anacletus." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01446a.htm>.
Traducido por Luis Alberto Alvarez Bianchi. L H M.

Anacleto II.



El título fue tomado por el cardenal Pietro Pierleone en la discutida elección papal del año 1130. La fecha de su nacimiento es incierta; murió el 25 de enero de 1138. Aunque los Pierleone eran considerada una de las más ricas y poderosas familias senatoriales de Roma, y aunque habían apoyado firmemente a los Papas en los cincuenta años de guerra por reforma y libertad, sin embargo, nunca se olvidó que eran de extracción judía y que se habían enriquecido y llegado al poder por la usura.
El abuelo del cardenal, llamado León en honor al Papa León IX, quien le había bautizado, fue un fiel seguidor de Gregorio VII; el hijo de León, Pedro, del que la familia adquirió el apellido de Pierleoni, se convirtió en el líder de la facción de la nobleza romana enemistada con los Frangipani. Su ataúd de mármol puede verse todavía en los claustros de San Pablo con sus pomposas inscripciones que exaltan su riqueza y numerosa prole. Intentó instalar a su hijo como prefecto de Roma en 1116, apoyado por el Papa, pero se le opuso el partido contrario con motines y derramamiento de sangre.
Su segundo hijo, el futuro antipapa, estaba destinado para la Iglesia. Después de terminar su educación en París, se hizo monje en el monasterio de Cluny, pero enseguida el Papa Pascual II lo llamó a Roma y lo creó cardenal-diácono de los Santos Cosme y Damián. Acompañó al Papa Gelasio en su huida a Francia y fue empleado por sucesivos pontífices en asuntos importantes, incluyendo legaciones a Francia e Inglaterra. Si podemos creerle a sus enemigos, deshonró tan alto oficio por su crasa inmoralidad y por su avaricia en acumular riquezas. Sea cual sea la exageración que pueda haber en estas como en otras acusaciones, no puede haber duda de que estaba determinado a comprar o conseguir por la fuerza la silla papal.
Cuando Honorio yacía en su lecho de muerte, Pierleone pudo contar con los votos de treinta cardenales, respaldados por el apoyo del populacho mercenario y por todas las familias nobles romanas, excepto los Corsi y los Frangipani. La pars senior del Sacro Colegio eran solo 16, dirigidos por el enérgico canciller Haymaric y el cardenal obispo de Ostia. Los squadronisti, como se les habría llamado después, resolvieron rescatar el papado de manos indignas con un coup d'état (golpe de estado). Aunque en una minoría sin esperanza, tenían la ventaja de que cuatro de ellos eran cardenales-obispos, a los que la legislación de Nicolás II había confiado el papel dirigente en la elección. Más aún, de la comisión de ocho cardenales, a la que, por miedo a un cisma, se decidió dejar la elección, siendo uno de ellos Pierleone, cinco se oponían a tan ambicioso aspirante. Para asegurarse la libertad de acción, trasladaron al enfermo pontífice del Lateranense a San Gregorio, cerca de las torres de los Frangipani.
Honorio murió la noche del 13 de febrero, lo enterraron precipitadamente a la mañana siguiente, y obligaron a un reacio cardenal de San Jorge, Gregorio Papareschi, bajo amenaza de excomunión, a que aceptara el manto pontifical. Tomó el nombre de Inocencio II. Más tarde ese mismo día el partido de Pierleone se reunió en la iglesia de San Marcos y lo proclamaron Papa, el cual tomó el nombre de Anacleto II. Ambos fueron consagrados el mismo día 23 de febrero, Anacleto en San Pedro e Inocencio en Santa María Nuova.
Es difícil decir cómo se habría sanado este cisma si se hubiera dejado a la decisión de los canonistas. Anacleto tenía un fuerte título de hecho y de derecho. La mayoría de los cardenales, con el obispo de Porto, dean del Sacro Colegio, a la cabeza, se mantuvieron con él; casi todo el populacho se reunió a su alrededor. Su victoria parecía completa cuando, poco después, los Frangipani abandonaron lo que parecía una causa perdida y se pasaron a su bando.
Inocencio buscó la seguridad en la huida, pero nada más llegar a Francia sus asuntos dieron un giro favorable. "Expulsado de la urbe, fue bienvenido por el orbe", dice San Bernardo cuya influencia y esfuerzos le aseguró la adhesión de prácticamente toda la cristiandad. El santo expone sus razones para decidirse a favor de Inocencio en una carta a los obispos de Aquitania (Op. CXXVI). Puede que no fuesen canónicamente convincentes, pero satisficieron a sus contemporáneos: "La vida y carácter de nuestro Papa Inocencio están sobre todo ataque, incluso de su rival; mientras que los del otro no están segura ni siquiera de parte de sus amigos. En segundo lugar, si se comparan las elecciones, la de nuestro candidato tiene inmediatamente la ventaja sobre la otra por ser más pura en el motivo, más regular en la forma y anterior en el tiempo. El último punto está fuera de toda duda, los otros han sido probados por el mérito y dignidad de los electores. Encontraréis, si no me equivoco, que esta elección fue hecha por la parte más discreta de aquellos a quienes pertenece la elección del Sumo Pontífice. Había cardenales, obispos, sacerdotes y diáconos en número suficiente, según los decretos de los Padres, para hacer una elección válida. La consagración fue realizada por el obispo de Ostia, a quien pertenece especialmente esa función".
Mientras tanto, Anacleto mantenía su popularidad en Roma mediante el pródigo gasto de sus riquezas acumuladas y de los saqueados tesoros de las iglesias. Puesto que sus cartas y las de los romanos a Lotario de Alemania permanecieron sin respuesta, se aseguró un valioso aliado en el duque Roger de Apulia, cuya ambición satisfizo con el regalo de la realeza; el día de Navidad de 1130 un cardenal legado de Anacleto ungió en Palermo al primer rey de las Dos Sicilias, un acontecimiento trascendental en la historia de Italia.
En la primavera de 1133, el rey alemán llevó a Roma a Inocencio II, al que dos grandes sínodos, Reims y Piacenza, habían declarado el Papa legítimo; pero como sólo iba acompañado de dos mil de a caballo, el antipapa, a salvo dentro de las murallas del Castillo de Sant´Angelo, miraba impávido. Incapaces de abrirse camino hasta San Pedro, Lotario y su reina Richenza, recibieron la corona imperial en el Lateranense el 4 de junio. Una vez que el emperador partió, Inocencio hubo de retirarse a Pisa, y durante cuatro años su rival quedó en posesión pacífica de la Ciudad Eterna.
En 1137, Lotario, que por fin había derrotado a los insurgentes Hohenstaufens, volvió a Italia a la cabeza de un ejército formidable; pero como el propósito principal de su expedición era castigar a Roger, se le encomendó la conquista de Roma a las labores misioneras de San Bernardo. La elocuencia del santo fue más efectiva que las armas imperiales. Cuando Anacleto murió, la preferencia de los romanos por Inocencio fue tan pronunciada que el antipapa Víctor IV, que había sido elegido como su sucesor, pronto se hizo penitente ante San Bernardo y fue llevado por él a los pies del Papa. Así terminó, tras un período de ocho años, un cisma que amenazó con serios desastres a la Iglesia

Fuente: Loughlin, James. "Anacletus II." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01447a.htm>.
Traducido por Pedro Royo. rc

Santa Ana.

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Ana (Hebreo, Hannah, gracia, también escrito Ann, Anne, Anna) es el nombre tradicional de la madre de la Bienaventurada Virgen María.
Toda nuestra información concerniente a los nombres y las vidas de los Santos Joaquín y Ana, los padres de María, es derivada de literatura apócrifa: el Evangelio de la Natividad de María, el Evangelio de Seudo Mateo y el Protoevangelium de Santiago. Aunque la primera forma de este último, en el cual directa o indirectamente parecen estar basados los otros dos, retrocede hasta cerca de A.D. 150, podemos difícilmente aceptar como fuera de duda sus varias afirmaciones con su sola autoridad. En el Oriente el Protoevangelio tiene gran autoridad, y los Griegos, Sirios, Coptos y Arabes leen porciones de él en las fiestas de María. En el Occidente, sin embargo, fue rechazado por los Padres de la Iglesia hasta que sus contenidos fueron incorporados por Jacobus de Voragine en su “Leyenda Dorada” en el siglo trece. De allí en más la historia de Santa Ana se esparció por el Oeste y fue ampliamente desarrollada, hasta que Santa Ana se convirtió también en una de las santas más populares de la Iglesia Latina.

El Protoevangelium da la siguiente versión: En Nazaret vivía una rica y piadosa pareja, Joaquín y Ana. No tenían niños. Cuando en un día de fiesta Joaquín se presentó a ofrecer sacrificio en el templo, fue rechazado por cierto Rubén, bajo el pretexto de que un hombre sin descendencia era indigno de ser admitido. Tras esto Joaquín, inclinándose con dolor, no volvió a su hogar, sino que se fue a las montañas a hacer su planteo a Dios en soledad. También Ana, al saber la razón de la prolongada ausencia de su marido, clamó al Señor que la liberara de la maldición de la esterilidad, prometiendo dedicar su niño al servicio de Dios. Sus oraciones fueron escuchadas; un ángel se le presentó a Ana y dijo: “Ana, el Señor ha visto tus lágrimas; tu concebirás y darás a luz y el fruto de tu vientre será bendecido por todo el mundo”. El ángel hizo la misma promesa a Joaquín, quien volvió con su mujer. Ana dio a luz una hija a la que llamó Miriam (María). Aún el nombre de la madre de María parece dudoso, desde el momento que esta historia es aparentemente una reproducción del relato bíblico de la concepción de Samuel, cuya madre también se llamaba Ana.. El renombrado Padre Juan de Eck de Ingolstadt, en un sermón sobre Santa Ana (publicado en París en 1579), pretende conocer aún los nombres de los padres de Santa Ana. Los llama Stollanus y Emerentia. Dice que Santa Ana nació después que Stollanus y Emerntia carecieran de hijos por veinte años; que San Joaquín murió poco después de la presentación de María en el templo; que Santa Ana entonces se casó con Cleofás, de quien devino en madre de María Cleophae (la esposa de Alfeo y madre de los Apóstoles Santiago el Menor, Simón y Judas y de José el Justo); tras la muerte de Cleofás se dice que se casó con Salomas, de quien le nació María Salomae (la esposa de Zebedeo y madre de los Apóstoles Juan y Santiago el Mayor). La misma leyenda espurea se encuentra en los escritos de Gerson (Opp.III, 59) y en los de muchos otros. En el siglo decimosexto se produjo una animada controversia sobre los matrimonios de Santa Ana, en la cual Baronio y Bellarmine defendieron su monogamia. El Griego Menaea (25 de Julio) llama a los padres de Santa Ana, Mathan y María, y relata que Salomé y Elizabeth, la madre de San Juan el Bautista, eran hijas de dos hermanas de Santa Ana. De acuerdo con Ephiphanius, algunos entusiastas mantuvieron aún hasta el siglo cuarto, que Santa Ana concibió sin la acción de un hombre. Este error fue revivido en Occidente en el siglo quince. (Anna concepit per osculum Joachimi.) En 1677 la Santa Sede condenó el error de los Imperiali quienes enseñaban que Santa Ana se mantuvo virgen en la concepción y nacimiento de María (Benedict XIV, De Festis, II, 9). En el Oriente, el culto de Santa Ana puede ser ubicado hacia el siglo cuarto. Justiniano I (d. 565) tuvo una iglesia dedicada a ella. El canon del Oficio Griego de Santa Ana fue compuesto por Santo Theofanes (d. 817), pero las partes más viejas del Oficio son adscriptas a Anatolio de Bizancio (d. 458). Su fiesta es celebrada en el Este el 25º día de Julio, el que puede ser el día de la dedicatoria de su primera iglesia en Constantinopla o el aniversario de la llegada de sus supuestas reliquias a Constantinopla (710). Se encuentra en el más viejo documento litúrgico de la Iglesia Griega, el Calendario de Constantinopla (primera mitad del siglo octavo). Los Griegos mantienen una fiesta conjunta de San Joaquín y Santa Ana el 9 de Setiembre. En la Iglesia Latina Santa Ana no era venerada, excepto quizás en el sur de Francia, antes del siglo trece. Su imagen, pintada en el siglo octavo, que fue encontrada recientemente en la iglesia de Santa María Antigua en Roma, debe su origen a la influencia Bizantina. Su fiesta (26 de Julio), bajo la influencia de la “Leyenda Dorada”, se encuentra por primera vez en el siglo trece, e.g. en Douai (en 1291), donde se veneraba un pie de Santa Ana (fiesta de la translación, 16 de Setiembre). Fue introducida en Inglaterra por Urbano VI, 21 de Noviembre de 1378, momento desde el cual se esparció por toda la Iglesia Occidental. Fue extendida a la Iglesia Latina universal en 1584.
Las supuestas reliquias de Santa Ana fueron traídas desde Tierra Santa a Constantinopla en 710 y se conservaban todavía en la iglesia de Santa Sofía en 1333. La tradición de la iglesia de Apt en la Francia austral pretende que el cuerpo de Santa Ana fue traído a Apt por San Lázaro, el amigo de Cristo, fue escondido por San Auspicio (d. 398), y encontrado nuevamente durante el reino de Carlomagno (fiesta, Lunes después de la octava de Pascua); estas reliquias fueron traídas a la magnífica capilla en 1664 (fiesta, 4 de mayo). La cabeza de Santa Ana fue conservada en Mainz hasta 1510, cuando fue robada y llevada a Düren en Rheinland. Santa Ana es la patrona de Bretaña. Su figura milagrosa (fiesta, 7 de Marzo) es venerada en Notre Dame d’Auray, Diócesis de Vannes. También lo es en Canadá, donde es la patrona principal de la provincia de Quebec, siendo bien conocido el santuario de Santa Ana de Beaupré. Santa Ana es la patrona de las parturientas; es representada sosteniendo a la Bienaventurada Virgen María en su regazo, quien a su vez lleva en sus brazos al niño Jesús. Es además patrona de los mineros, al compararse Cristo al oro y María a la plata.
FREDERICK G. HOLWECK
Transcripto by Paul T. Crowley
En Memoria de las Sras. Margaret Crowley y Margaret McHugh
Traducido por Luis Alberto Alvarez Bianchi
Selección de imágenes: José Gálvez Krüger

Beata Ana María Taigi

 


Apellido de soltera Giannetti.) Venerable Sierva de Dios, nacida en Siena, Italia, el 29 de Mayo de 1769; muerta en Roma, el 9 de Junio de 1837. Sus padres, Luigi Giannetti y Maria Masi, poseían una farmacia en Siena, pero perdieron toda su fortuna y se vieron obligados a trasladarse a Roma en búsqueda de un medio de vida. Anna Maria tenía entonces cinco años. Habiendo sido educada en todas las virtudes domésticas, se casó, el 7 de Enero de 1789, con Domínico Taigi, un criado de la noble familia de los Chigi, con quien vivió felizmente durante cuarenta y ocho años. Hasta ese momento nada extraordinario había sucedido en su vida. Pero un día mientras estaba arrodillada con su marido en la Confessio de San Pedro sintió una fuerte inspiración de renuncia a las pequeñas vanidades del mundo que ella se podía permitir. Empezó prestando poca atención a la forma de vestir y escuchando la voz interior de la gracia. Más adelante fue admitida públicamente en la Tercera Orden de Trinitarias en la Iglesia de San Carlo alle Quarto Fontane, y habiendo encontrado directores espirituales santos, hizo un rápido progreso en la vía de perfección. Todo el dinero que podía reservar lo dedicaba a los pobres y miserables, y no siendo rica era en cambio muy caritativa. De los hospitales que visitaba regularmente, su preferido era el de San Giacomo de los Incurables. A pesar de su amor por los pobres, nunca descuidó a su familia. Dos de sus hijos murieron jóvenes, los otros crecieron en piedad bajo la vigilancia de la madre. Pero nunca se benefició de sus contactos con personas de buena posición para sacar a sus hijos de su ambiente social humilde. Toda la familia tenía costumbre de reunirse para rezar en una pequeña capilla privada, y allí, posteriormente, celebraban la Misa con un sacerdote que vivía con la familia. Las grandes virtudes de Anna Maria eran recompensadas con regalos extraordinarios de la gracia de Dios. Durante muchos años, cuando rezaba en su capilla tenía éxtasis y visiones frecuentes, en las que preveía el futuro. Ejerció una influencia peculiar sobre ciertas personas y convirtió a muchos pecadores a Dios. Durante su vida sufrió mucho tanto corporal como espiritualmente, y a veces fue cruelmente calumniada. Pero después de su muerte su nombre comenzó pronto a ser venerado en Roma. Su cuerpo fue varias veces trasladado, y permaneció finalmente en San Crisogono en el Trastevere. El proceso de su beatificación comenzó en 1863, y fue proclamada por el Papa Benedicto XV en su beatificación del 20 de Mayo de 1920 como esposa y madre ejemplar.
G. LIVARIUS OLIGER Transcrito por Christine J. Murray Traducido por Juan I. Cuadrado

Santa Ana Line.

 

(Sta. Anne Line)
Mártir inglesa, m. el 27 de feb. de 1601. Fue hija de William Heigham de Dunmow (Essex), caballero de buena posición económica y un ardiente calvinista. Cuando ella y su hermano manifestaron su intención de convertirse en católicos, ambos fueron repudiados y desheredados por su padre. Ana contrajo matrimonio con Roger Line, converso como ella, pero poco después de su casamiento, fue detenido por asistir a misa. Tras un breve confinamiento, fue puesto en libertad y se le permitió ir al exilio en Flandes, donde murió en 1594. Cuando el padre John Gerard estableció una casa de refugio para sacerdotes en Londres, se puso a cargo a la señora Line. Después del escape del padre Gerard de la Torre en 1597, y al mismo tiempo que las autoridades comenzaban a sospechar que Line le ayudaba, fue transferida a otra casa, misma que convirtió en centro de reuniones para los católicos vecinos. El día de la Purificación (1601), el padre Francis Page, S.J., estaba a punto de celebrar misa en dicho edificio, cuando entraron cazadores de sacerdotes. El padre Page inmediatamente se quitó la vestimenta religiosa y se mezcló con los demás; mas bastó la presencia de un altar preparado para la ceremonia para arrestar a la señora Line. Fue enjuiciada en Old Bailey el 26 de feb. de 1601, y acusada según el acta 27 de la reina Isabel, es decir, por dar albergue a un sacerdote, aun cuando esto no podía probarse. El día siguiente fue llevada a la horca, y valientemente proclamando su fe alcanzó el martirio por el que había rogado. Su destino lo compartieron dos sacerdotes, [Bto.] Mark Barkworth, O.S.B., y Roger Filcock, S.J., que fueron ejecutados al mismo tiempo.


Roger Filcock había sido por mucho tiempo amigo y frecuente confesor de la señora Line. Después de entrar en la universidad inglesa de Reims en 1588, fue enviado junto con otros en 1590 a colonizar el seminario de San Albán en Valladolid, y, una vez que terminó allí sus cursos, fue ordenado y enviado a la misión inglesa. El padre Garnett le hizo pasar un periodo de prueba de dos años para comprobar su temple antes de admitirlo a la Sociedad de Jesús. Al ver que era ferviente y valeroso, lo admitió finalmente. Ya iba a cruzar hacia el continente para cumplir su noviciado cuando fue arrestado por sospechas de ser sacerdote y fue ejecutado tras un juicio que más bien parecía una farsa.


[Nota: en 1970, Ana Line fue canonizada por el papa Paulo VI entre los cuarenta mártires de Inglaterra y Gales, cuya fiesta en conjunto se guarda el 25 de octubre.]


MORRIS, Life of Fr. John Gerard; CHALLONER, Memoirs, I, 396; FOLEY, Records S.J. I, 405; VII, 254; Douay Diaries, p. 219, 280; Hist. MSS. Com. Rep. Rutland Coll. Belvoir Castle, I, 370; GILLOW, Bibl. Dict. Eng. Cath.


STANLEY J. QUINN Transcrito por Herman F. Holbrook Oh santa Ana, y vosotros santos mártires, orad por nosotros. Traducción de Manuel Rodríguez Rmz.