(Grecia)
A este nombre, que ha tenido una fortuna
decididamente mayor que la del monstruo al cual se refería, se le
atribuyen distintos significados. Ante todo se designa con este nombre a
una fantasía irreal, una aspiración imposible, una creencia vacía.
En segundo lugar, en el campo artístico “quimera” es cualquier tema de
camafeo en el que varias figuras de seres diferentes estén reunidas en
un solo cuerpo, y por tanto un híbrido. Por último, en el campo
biológico se denomina así a los resultados de experimentos
teratológicos, basados en la hibridación entre especies diferentes. De
ahí se concluye que la Quimera se ha convertido en el símbolo por
excelencia de la mescolanza irreal de formas y, por metáfora, de lo
increíble y de lo imposible.
En su origen, sin embargo, la Quimera no era sino uno de tantos componentes de la estirpe monstruosa de Equidna y Tifón, hermana de Cerbero,
de Ortro, de la Esfinge y del león de Nemea. Su origen parece ser
antiquísimo, ya que la vemos ya dibujada sobre una placa de vidrio
hallada en una tumba micénica, y que se remonta al siglo XII a.C. El
nombre pudiera derivar del fenicio chamira, abrasante, o del griego kemion, tormenta, o kimaira, cabrita de un año de edad.
El único mito en el que aparece este monstruo, célebre pero de secundaria importancia y difusión, es el de Belerofonte,
narrado en la Ilíada (VI, 157-183). El héroe fue deseado por la esposa
del rey de Argos, Preto, pero negó sus favores a la mujer. Entonces
ésta, enfurecida por la afrenta de verse desdeñada, denunció a
Belerofonte al marido, acusándolo de haber tratado de violarla. Preto
mandó entonces al héroe a Licia, donde vivía su suegro, rogándole que
llevase a este último un mensaje, del que Belerofonte ignoraba el
contenido, pero que era su condena de muerte.
Desde la antigüedad se ha pensado que bajo la figura
de la Quimera se ocultaba un significado alegórico o se escondía una
realidad transfigurada. Plutarco, en el opúsculo Sobre la virtud de las mujeres,
afirma que la Quimera no era otra cosa que un pirata licio llamado
Quimarros, hombre cruel, cuya nave tenía en la proa la imagen de un león
y en la popa la de un dragón. Otra interpretación antigua hacía de la
Quimera una montaña que reflejaba los rayos del sol sobre la llanura,
hasta el punto de que parecía lanzar llamas de sus hierbas iluminadas:
Belerofonte la hizo arrasar. Fulgencio (siglo V-VI) hace de la Quimera el símbolo perfecto del amor:
la parte leonina representa la impetuosidad de la fase inicial; la
parte cabruna, el goce; y la parte de la serpiente en la cola es el
remordimiento que sobreviene cuando uno se da cuenta del pecado que ha
cometido. Según el mitógrafo, esta interpretación está respaldada además
por el nombre, que lee kym’erotos = fluctuatio amoris (amor
cambiante). En el Medievo más tardío, en cambio, la Quimera pasa a
simbolizar la prostitución: como nos dice Marbodio (S. XII), tiene
cabeza de león, la parte posterior de dragón y la parte central de puro
fuego, “imagen que da una clara visión de la naturaleza de la
prostituta, ya que para atraer a su presa avanza con la cara de león,
simulando cierta apariencia de nobleza y, habiendo atraído con este
truco a las víctimas, las devora entre las llamas de su amor”.
De trasfondo psicológicamente moralista es la
interpretación del francés Paul Diel. Para él la Quimera representa “el
peligro quimérico de la exaltación imaginativa”, de modo que “quimera” y
“exaltación perversa” son sinónimos. Por el contrario, Pegaso, que
ayuda a Belerofonte a vencer al monstruo, es el símbolo de la
imaginación sublimada, de la imaginación objetivada que eleva al hombre a
regiones sublimes.
Es digna de recordarse una inédita descripción de la
Quimera que Tomás de Canterbury, citando a un tal Jacobo, y aclarando
que se trata de algo distinto del mito nos proporciona de un animal real
que vive alrededor de Babilonia y que es muy alto en la parte anterior y
bajo en la posterior.
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