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sábado, 24 de enero de 2015

El mundo, mayor de edad.

El mundo ha cumplido veintiún años y se sacude las tutelas. Que esté maduro o no es otra cuestión, pero es innegable que la sociedad moderna se considera capaz de enfrentarse con sus problemas y tiene buenas esperanzas de resolverlos. A pesar de los hechos en contrario, el hambre, la guerra y el cáncer no parecen enemigos invencibles; el hombre maneja cromosomas para orientar la herencia, envía satélites para controlar ciclones y se promete incluso crear la vida. Para nada de eso pide permiso a Dios ni a la religión; es terreno suyo, se considera autónomo.

Los hijos de Dios han llegado a la edad adulta, se sienten libres y responsables de sus actos. Esta nueva atmósfera se respira en el mundo entero, incluyendo a la comunidad cristiana. La relación hijo-Padre respecto a Dios toma nuevos matices. Dios ha conseguido que su hijo ande solo, y se alegra. Su reino no es un jardín de infancia, sino una ciudad. Ciertos aspectos de la religiosidad desaparecen, hay más píldoras que novenas, más conferencias internacionales que rogativas. No hay que imaginarse que Dios se queje; se retira, contento de que el hombre pueda acudir a él más desinteresadamente, sin verse acuciado por necesidades elementales.

Para la Iglesia, secundar la acción de Dios consiste en promover la adultez del hombre; ahora que es mayor de edad no hay que intentar volverlo a la infancia, sino ayudarlo a madurar. Imitando al Padre, a medida que la madurez avance, la Iglesia se irá retirando, y se alegrará de no ser necesaria. Cuando el candidato al volante aprueba el examen, aunque no tenga seguro de accidentes, cesa el cometido del instructor.

Siempre quedará paño por cortar. Pero, en último caso, no es la tarea la que termina el día. Marta se afanaba y protestaba, impaciente por sentarse como su hermana. ¡Con qué alegría, acabado el trabajo, se pondrían los tres a la mesa! El fin de la jornada reserva lo mejor, la amistad.

lunes, 29 de diciembre de 2014

El mundo

Dios amó al mundo, pero el mundo no se lo agradece; es más, no puede tolerar ese amor y mata al Hijo único. Cristo ofrece su vida para salvarlo y envía emisarios a continuar su obra. El amor de Dios no ceja; pero el mundo tampoco, sigue rechazando y persiguiendo.  

 ¿Quién es ese mundo? Se nos dice que Dios lo ama (Jn 3,16), pero Cristo no pertenece a él ni ora por él (Jn 17,9). Dios lo creó muy bueno, pero está todo él en poder del Malo (1 Jn 5,19); los cristianos no deben amarlo (1 Jn 2,15) y necesitan en él la protección del Padre (Jn 17,11).
  Si es objeto de amor y de reprobación al mismo tiempo, el mundo ha de tener dos aspectos. Designa en primer lugar a la raza humana, y Dios ama al hombre que hizo a su imagen. Pero al mismo tiempo denota la trama social, no entretejida por la solidaridad, sino anudada con la injusticia.  
 El mundo significa, por tanto, la humanidad con toda su estructura impregnada de mal, la raza humana ciega, en lucha, desorientada y sin salida. Dios ama a los hombres y quiere sacarlos de esa fosa. Imitando a Dios, el cristiano ha de amarlos también, pero ha de odiar el mal que envenena la relación humana a todos sus niveles.