martes, 26 de marzo de 2013

LA DIOSA ISIS.

 Isis
La diosa Isis o una de sus sacerdotisas; lleva en su mano derecha un sistro, instrumento musical utilizado en el culto de esta diosa. Roma, Museo Capitolino.

Lucio Apuleyo, autor romano del siglo II e.c. Su novela Metamorfosis o El asno de oro cuenta cómo el protagonista, Lucio, es transformado en asno y después de muchos sufrimientos, gracias a la diosa Isis, vuelve a su forma humana. La diosa se presenta a Lucio y le dice cuáles son sus poderes:

 
«Aquí me tienes, Lucio, tus plegarias me han conmovido. Soy la madre naturaleza, señora de todos los elementos, el tronco que da origen a las generaciones, la máxima potencia divina, la reina de los mares, la primera entre los habitantes del cielo, la encarnación única en la que se reflejan dioses y diosas. Las luminosas bóvedas del cielo, los saludables vientos del mar, los silencios desolados del inframundo, todo está controlado por mí. Potencia única, me venera el universo entero bajo múltiples nombres. Por el nombre de Minerva me conocen los atenienses; soy Venus para los isleños de Chipre, para los habitantes de la antigua Eleusis soy Ceres [...], pero los egipcios, poderosos por su antigua sabiduría, me honran con mi culto propio y me conocen por mi verdadero nombre: soy la reina Isis. Aquí estoy, tus desdichas me han conmovido, aparezco favorable y propicia, seca tus lágrimas porque por mi intercesión luce para ti el día de la salvación.»
Isis se presenta como una divinidad todopoderosa, superior a cualquier otra: ella es la naturaleza misma, el origen de todas las cosas, y una diosa muy importante en el mundo romano. Entre los egipcios tenía unos atributos menos absolutos, ya que especialmente era diosa «maternal», que protegía de los peligros, sirviendo de ejemplo del rol de la mujer egipcia.

El hecho de que una misma divinidad fuera venerada, aunque con diversos nombres, en diferentes culturas muestra la interrelación que mantuvieron las civilizaciones antiguas como la griega, la romana y la egipcia.

LA PROCESIÓN DE CIBELES.

 Fuente de Cibeles de Madrid.
Fuente de Cibeles. Madrid.

En el siguiente texto Lucrecio, escritor romano del siglo I a.e.c., habla de cómo era una procesión de la diosa Cibeles, un culto de origen asiático que fue aceptado oficialmente por los romanos en el año 205 a.e.c.:

«La imagen de la diosa deja el templo montada en un carro tirado por dos leones [...] se la transporta en procesión entre el escalofrío de la multitud [...] entre música de palmas, tambores, címbalos y flautas es llevada a través de las ciudades la imagen silenciosa de la diosa. Y ella dispensa sus favores a los mortales con su muda protección; el bronce y la plata cubren todo el recorrido porque son una ofrenda generosa de los fieles. Cae una nieve de rosas que oscurecen a la Madre y al cortejo que la acompaña.»

LA RELIGIÓN ROMANA Y LOS CULTOS ORIENTALES.

 El dios Mitra, uno de los cultos orientales más difundidos entre los romanos. París, Museo del Louvre.
El dios Mitra, uno de los cultos orientales más difundidos entre los romanos. París, Museo del  Louvre.

Al avanzar en sus conquistas hacia la zona del Mediterráneo oriental, los romanos entraron en contacto con otros dioses y religiones que llegaron a alcanzar gran popularidad entre la población romana.
El culto a la diosa Cibeles fue el primero en ser asumido por la religión romana. Desde Egipto se importaron los cultos mistéricos de Isis y Serapis; y de Irán, los de Mitra, que se difundieron entre los militares romanos.
Estos cultos no siempre estaban bien vistos por el Estado romano, que llegó a perseguirlos. Casi todos coincidían en prometer a sus fieles una nueva vida tras la muerte y fueron muy populares. Uno de ellos fue el cristianismo, que con el tiempo terminó siendo la religión oficial y única del imperio romano a finales del siglo IV e.c.

 Minerva, Júpiter y Juno, la tríada capitolina

Minerva, Júpiter y Juno, la tríada capitolina

Los romanos adoptaron de sus vecinos etruscos este grupo de tres dioses principales, en sustitución de su antigua tríada formada por Júpiter, Marte y Quirino.


LAS INFLUENCIAS ETRUSCA Y GRIEGA.

 Figura etrusca de Marte. Florencia, Museo Arqueológico.
Figura etrusca de Marte. Florencia, Museo Arqueológico.

Los romanos adoptaron de sus vecinos etruscos la tríada o grupo de tres dioses principales: Júpiter, Juno y Minerva, en sustitución de su antigua tríada formada por Júpiter, Marte y Quirino. También hicieron suya la costumbre etrusca de predecir el futuro por medio de la observación del hígado de los animales sacrificados, del vuelo de las aves y de ciertos fenómenos naturales.
La influencia griega en la religión fue resultado de los contactos comerciales entre ambos pueblos, y a partir del siglo III a.e.c. a causa del control político que los romanos ejercieron sobre territorios poblados por griegos.
Los romanos tomaron de los griegos el estilo antropomorfo para la representación de los dioses, así como nombres y relatos mitológicos, que adaptaron y combinaron con los que ya tenían. También adoptaron dioses para los que no tenían equivalente, como Apolo o Asclepio, dios de la medicina, que recibió el nombre romano de Esculapio.

LAS INFLUENCIAS DE LA RELIGIÓN ROMANA. LAS RAÍCES INDOEUROPEAS.

La amplitud del espacio controlado por el imperio romano permitió que su religión recogiese muy diversas herencias. 


Las raíces indoeuropeas en la religión romana

Los nombres que los romanos daban a los dioses revelan el origen indoeuropeo de este pueblo, y algunos son semejantes a los de grupos de deidades muy lejanos pero con el mismo origen. Así, el nombre del dios romano de la guerra, Marte, es parecido al de los maruts, dioses que formaban parte del cortejo de Indra, divinidad guerrera de la India.
Los romanos conservaron durante muchos siglos sus primitivas tradiciones religiosas, pero a la vez adoptaron las creencias de los distintos pueblos con los que fueron entrando en relación, de manera que en la religión romana terminó habiendo numerosos dioses con rituales y cultos de diferente origen. Las influencias más importantes fueron la etrusca y la griega, y la de las religiones orientales.

 
Figura etrusca de Marte. Florencia, Museo Arqueológico.

ESPACIO Y TIEMPO DE LA RELIGIÓN ROMANA. LOCALIZACIÓN Y CRONOLOGÍA.

La historia de Roma se caracteriza por la expansión constante de su imperio y la asimilación de elementos de la religión de los pueblos que conquistaba. 

 Expansión del imperio romano
Expansión del Imperio Romano.

En el momento de su máximo desarrollo, el imperio romano incluía la casi totalidad de Europa Occidental, el norte de África y parte de Asia. Abarcaba desde Gran Bretaña a Mesopotamia, y desde el Danubio al Nilo.
La sociedad romana era principalmente urbana y Roma era la principal ciudad. Pero se fundaron miles de ciudades distintas a lo largo del mundo controlado por Roma. En las zonas más céntricas de todas ellas, se levantaban los templos en honor a los dioses romanos. Los romanos expandieron su lengua y su cultura, pero también sus formas de culto se extendieron por gran parte del mundo.

 
 La península Itálica antes de la expansión de Roma.

Júpiter.
Escultura del principal de entre los dioses romanos, sucesor del Zeus griego.
Madrid, Museo del Prado.

 Júpiter

Cabeza de Baco, nombre romano del dios griego Dioniso. El dios del vino y las bacanales.

Cabeza de Baco, nombre romano del dios griego Dioniso

 

 

lunes, 25 de marzo de 2013

PERICLES Y EL PELOPONESO.

 El político ateniense Pericles ostentó el mando de Atenas en la guerra del Peloponeso contra Esparta.
La figura de Pericles
Durante todo el tiempo que estuvo al frente de la ciudad en época de paz, la gobernó con moderación y veló por ella con seguridad, y durante su mandato Atenas llegó a ser la ciudad más poderosa; y una vez que la guerra estalló, también en aquellas circunstancias quedó claro que había previsto su potencia.

Sobrevivió dos años y seis meses al inicio del conflicto, y después de su muerte se reconoció aún más la clarividencia de sus previsiones respecto a la guerra. Sostenía, en efecto, que los atenienses vencerían si permanecían tranquilos y se cuidaban de su flota sin tratar de acrecentar su imperio durante la guerra y sin poner la ciudad en peligro. Pero ellos hicieron todo lo contrario, y, con miras a sus ambiciones particulares y a su particular beneficio, emprendieron una política diferente que parecía no tener nada que ver con la guerra y que resultaba perjudicial para sus intereses y los de sus aliados.

Era una política que en los casos de éxito redundaba sobre todo en honor y provecho de los particulares, pero que en los fracasos acarreaba a la ciudad un quebranto para la guerra. La causa era que Pericles, que gozaba de autoridad gracias a su prestigio y a su talento, y resultaba además manifiestamente insobornable, tenía a la multitud en su mano, aun en libertad, y no se dejaba conducir por ella, sino que era él quien la conducía; y esto era así porque, al no haber adquirido el poder por medios ilícitos, no pretendía halagarla en sus discursos, sino que se atrevía incluso, merced a su prestigio, a enfrentarse a su enojo.

Así, siempre que los veía confiados de modo insolente e inoportuno, los espantaba con sus palabras hasta que conseguía atemorizarlos, y, al contrario, cuando los veía dominados por un miedo irracional, los hacía retornar a la confianza.

En estas condiciones, aquello era de nombre una democracia, pero, en realidad, un gobierno del primer ciudadano. Sus sucesores, en cambio, al ser más iguales entre ellos y aspirar cada uno a ser el primero, cambiaron de política hasta el punto de someter los asuntos públicos a los antojos del pueblo.
Tucídides