Malcolm X fue fundamental en la lucha por los derechos civiles, pero la religión radicalizó sus posturas más allá de la lucha civil. Mezcló churras con merinas y acabó volviéndose tan extremista como los mismos a los que combatía. La verdad es que no lo tuvo fácil, porque vivir una infancia marcada por los desmanes del hombre blanco, la humillación social y el racismo más brutal no le dejó muchas opciones.
Su abuela fue violada por un blanco; su padre, hostigado y finalmente asesinado por el Ku Klux Klan; su madre, internada en un manicomio; Malcolm, primero adoptado y luego, en un reformatorio... Con estos antecedentes está claro que el niño no iba a salir físico nuclear. Se metió a delincuente y acabó en la cárcel.
Seis añitos entre rejas le dieron tiempo para estudiar y encontrar una salida: el islam, pero el islam racial más radical, el que afirmaba la superioridad de raza sobre los blancos, con lo cual se metió en la misma espiral de discriminación. Fue entonces cuando cambió el apellido que le legó su padre, Little, por una X que representaba el nombre desconocido de sus antepasados africanos, su herencia esclava. Se convirtió en un líder indiscutible, porque labia la tenía toda, y logró tanto éxito popular que los mismos miembros de su organización se la juraron. Rompió con su líder espiritual, montó su propio movimiento y continuó haciendo amigos.
Los Musulmanes Negros no le perdonaron el abandono ni el giro hacia posturas más políticas y menos religiosas. Tres ex colegas suyos fueron detenidos por el asesinato, y sólo uno continúa cumpliendo cadena perpetua. Está artrítico, pero en la cárcel.
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