

Aquel día,
los españoles se acostaron un 5 de octubre y amanecieron el día 15. Fueron los
únicos diez días en la historia de este país en los que no pasó nada.
El calendario
que ahora conocemos, con el nombre de sus meses y de sus días, se lo inventó Julio
César, de ahí lo de juliano. Fue César quien dio al mundo un medio racional para
registrar el tiempo basándose en el sol. Fijó el año normal en 365 días, y el año
bisiesto, cada cuatro años, en 366 días. Pero el año juliano tenía un fallo: era
once minutos y catorce segundos más largo que el año solar. Esta diferencia se
acumuló hasta que en 1582 el equinoccio de primavera se produjo diez días antes.
Pero allí
estaba Gregorio XIII para enmendarle la plana a Julio César, porque el Sumo
Pontífice no estaba dispuesto a que las fiestas de la Iglesia se le fueran des
controlando de fecha. Para conseguir que el equinoccio de primavera se produjera
el 21 de marzo, el papa Gregorio, de ahí lo de calendario gregoriano, promulgó un
decreto eliminando diez días. Estipuló que los años centenarios divisibles por 400
debían ser años bisiestos y que todos los demás años centenarios debían ser años
normales.
El calendario
gregoriano se fue adoptando lentamente en toda Europa, aunque España lo aceptó de
inmediato porque lo que decía el papa iba a misa. Hoy está vigente en casi todo
el mundo. Entre los países más tardíos en pasar por el aro gregoriano fueron la Unión
Soviética, en 1918, y Grecia, que lo aceptó en 1923 por motivos administrativos.
Y es que las citas diplomáticas se complicaban sobremanera. Quedabas con un
griego tal que hoy y llegaba diez días después.

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