martes, 6 de enero de 2015

SAN VICENTE DE LÉRINS

SAN VICENTE DE LERÍNS murió antes del 450 y fue monje del famoso monasterio de Leríns, situado en una isla frente a Niza. Semipelagiano según la terminología acuñada en el siglo xvi, se opuso a San Agustín, rechazando su doctrina como novedad. Su obra más conocida es el Commonitorium, escrito con elegancia y con fuerza, donde sienta explícitamente la doctrina sobre la tradición y su valor; esta obra ha sido también el punto de partida sobre el que más adelante se desarrollaría el concepto de evolución homogénea del dogma.

De San Vicente de Lerins se sabe que era un gran conocedor
de la Sagrada Escritura y que murió hacia el año 450 en el
monasterio de Lerins, al sur de Francia. La única obra suya que
conocemos es el Commonitorio, escrito hacia el año 434, en
donde enuncia las principales reglas para discernir la Tradición
católica de los engaños de los herejes.

La palabra Conmonitorio, bastante frecuente como título de
obras en aquella época, significa notas o apuntes puestos por
escrito para ayudar a la memoria, sin pretensiones de
componer un tratado exhaustivo. En esta obra, San Vicente de
Lerins se propuso facilitar, con ejemplos de la Tradición y de la
historia de la Iglesia, los criterios para conservar intacta la
verdad católica.

No recurre a un método complicado. Las reglas que ofrece
para distinguir la verdad del error pueden ser conocidas y
aplicadas por todos los cristianos de todos los tiempos, pues se
resumen en una exquisita fidelidad a la Tradición viva de la
Iglesia. «No ceso de admirarme—escribe—ante tanta
insensatez de algunos hombres (...) que, no contentos con la
regla de la fe, entregada y recibida de una vez para siempre
desde la antigüedad, buscan indefinidamente cada día cosas
nuevas, y siempre se empeñan en añadir, cambiar o sustraer
algo a la religión; como si no fuese una doctrina celestial a la
que basta haber sido revelada de una vez para siempre, sino
una institución terrena que no pueda ser perfeccionada más
que con una continua enmienda o, más aún, rectificación».

El Conmonitorio constituye una joya de la literatura patrística.
Su enseñanza fundamental es que los cristianos han de creer
quod semper, quod ubique, quod ab ómnibus: sólo y todo
cuanto fue creído siempre, por todos y en todas partes. Varios
Papas y Concilios han confirmado con su autoridad la validez
perenne de esta regla de fe. Sigue siendo plenamente actual
este pequeño libro escrito en una isla del sur de Francia, hace
más de quince siglos. 
LOARTE
* * * * *
SAN VICENTE DE LERINS murió antes del 450 y fue monje del famoso monasterio de Leríns, situado en una isla frente a Niza. Semipelagiano según la terminología acuñada en el siglo xvi, se opuso a San Agustín, rechazando su doctrina como novedad. Su obra más conocida es el Commonitorium, escrito con elegancia y con fuerza, donde sienta explícitamente la doctrina sobre la tradición y su valor; esta obra ha sido también el punto de partida sobre el que más adelante se desarrollaría el concepto de evolución homogénea del dogma.

La inteligencia de la fe
(Commonitorio 22-23)

Es muy útil meditar con atención aquel pasaje del Apóstol: ¡oh
Timoteo!, custodia el depósito evitando las novedades profanas
en las expresiones (/1Tm/06/20). Es el grito de una persona
que sabe y que ama. Preveía, en efecto, los errores que
surgirían con el paso del tiempo, y se dolía fuertemente de
ellos.

¿Quién es hoy Timoteo, sino la Iglesia universal y
especialmente todo el cuerpo de los obispos, cuya misión
principal es la de tener un conocimiento puro de la religión
divina, para transmitirlo luego a los demás? ¿Y qué quiere
decir: custodia el depósito? Manténte vigilante—dice—contra
los ladrones y enemigos; no sea que, mientras todos duermen,
vengan a hurtadillas para sembrar la cizaña en medio del buen
trigo que el Hijo del hombre ha sembrado en su campo.

Pero ¿qué cosa es un depósito? Depósito es aquello que se
te ha confiado, que no encontraste por ti mismo; lo has recibido,
no lo has alcanzado con tus fuerzas. No es fruto del ingenio
personal, sino de enseñanza; no es un asunto privado, sino que
pertenece a una tradición pública. No procedió de ti, sino que
vino a tu encuentro. Frente a él no puedes comportarte como si
fueras su autor, sino como un simple guardián. Tú no eres el
iniciador, sino el discípulo; no te compete manejarlo a tu antojo,
sino que tu deber es seguirlo.

Custodia el depósito, dice el Apóstol: conserva inviolado y
limpio el talento de la fe católica. Lo que se te ha confiado, eso
mismo debes custodiar y transmitir. Oro has recibido, oro
devuelve. No puedo permitir que sustituyas una cosa por otra.
No, tú no puedes desvergonzadamente cambiar el oro por
plomo, ni engañar dando bronce en vez del metal precioso.
Quiero oro puro, no lo que sólo tiene apariencia de oro.

Oh Timoteo, oh sacerdote, intérprete de la Escritura, doctor:
si la gracia divina te ha dado el talento del ingenio, la
experiencia o la doctrina, sé el Beseleel del tabernáculo
espiritual. Trabaja las piedras preciosas del dogma divino,
engárzalas fielmente, adórnalas con sabiduría, añádeles
esplendor, gracia, belleza. Que tus explicaciones lleven a
comprender más claramente lo que ya se creía de manera
oscura. Las generaciones futuras se alegrarán de haber
entendido mejor, gracias a ti, lo que sus padres veneraban sin
comprenderlo.

Sin embargo, presta atención a enseñar solamente lo que tú
has recibido; no suceda que, tratando de exponer la doctrina de
siempre de manera nueva, acabes por añadir cosas nuevas.

FE/PROGRESO: Quizá alguno se pregunte: ¿entonces no es
posible ningún progreso en la Iglesia de Cristo? ¡Claro que
debe haberlo, y grandísimo! ¿Quién hay tan enemigo de los
hombres y tan contrario a Dios, que trate de impedirlo? Ha de
ser, sin embargo, con la condición de que se trate
verdaderamente de progreso para la fe, y no de cambio. Es
característico del progreso que una cosa crezca,
permaneciendo siempre idéntica a sí misma; propio del cambio
es, por el contrario, que una cosa se transforme en otra.

Crezca, por tanto, y progrese de todas las maneras posibles,
el conocimiento, la inteligencia, la sabiduría tanto de cada uno
como de la colectividad, tanto de un solo individuo como de
toda la Iglesia, de acuerdo con la edad y con los tiempos; pero
de modo que esto ocurra exactamente según su peculiar
naturaleza, es decir, en el mismo dogma, en el mismo sentido,
según la misma interpretación.

Que la religión imite así en las almas el modo de desarrollarse
de los cuerpos. Sus órganos, aunque con el paso de los años
se desarrollan y crecen, permanecen siempre los mismos. Qué
diferencia tan grande hay entra la flor de la infancia y la
madurez de la ancianidad! Y, sin embargo, aquellos que son
ahora viejos, son los mismos que antes fueron adolescentes.
Cambiará el aspecto y la apariencia de un individuo, pero se
tratará siempre de la misma naturaleza y de la misma persona.
Pequeños son los miembros del niño, y más grandes los de los
jóvenes; y sin embargo son idénticos. Tantos miembros poseen
los adultos cuantos tienen los niños; y si algo nuevo aparece en
edad más madura, es porque ya preexistía en embrión, de
manera que nada nuevo se manifiesta en la persona adulta si
no se encontraba al menos latente en el muchacho.

Éste es, sin lugar a dudas, el proceso regular y normal de
todo desarrollo, según las leyes precisas y armoniosas del
crecimiento. Y así, el aumento de la edad revela en los mayores
las mismas partes y proporciones que la sabiduría del Creador
había delineado en los pequeños. Si la figura humana
adquiriese más tarde un aspecto extraño a su especie, si se le
añadiese o quitase algún miembro, todo el cuerpo perecería, o
se haría monstruoso, o al menos se debilitaría.

Las mismas leyes del crecimiento ha de seguir el dogma
cristiano, de manera que se consolide en el curso de los años,
se desarrolle en el tiempo, se haga más majestuoso con la
edad; de modo tal, sin embargo, que permanezca incorrupto e
incontaminado, íntegro y perfecto en todas sus partes y, por
decirlo de alguna manera, en todos sus miembros y sentidos,
sin admitir ninguna alteración, ninguna pérdida de sus
propiedades, ninguna variación de lo que ha sido definido.

Pongamos un ejemplo. En épocas pasadas, nuestros padres
han sembrado el buen trigo de la fe en el campo de la Iglesia;
sería absurdo y triste que nosotros, descendientes suyos, en
lugar del trigo de la auténtica verdad recogiésemos la cizaña
fraudulenta del error (cfr. Mt 13, 24-30). Por el contrario, es
justo y lógico que la siega esté de acuerdo con la siembra, y
que nosotros recojamos—cuando el grano de la doctrina llega a
madurar—el buen trigo del dogma. Si, con el paso del tiempo,
algún elemento de las semillas originarias se ha desarrollado y
ha llegado felizmente a plena maduración, no se puede decir
que el carácter específico de la semilla haya cambiado; quizá
habrá una mutación en el aspecto, en la forma externa, una
diferenciación más precisa, pero la naturaleza propia de cada
especie del dogma permanece intacta.

No ocurra nunca, por tanto, que los rosales de la doctrina
católica se transformen en cardos espinosos. No suceda nunca,
repito, que en este paraíso espiritual donde germina el
cinamomo y el bálsamo, despunten de repente la cizaña y las
malas hierbas. Todo lo que la fe de nuestros padres ha
sembrado en el campo de Dios, que es la Iglesia (cfr. 1 Cor 3,
9), todo eso deben los hijos cultivar y defender llenos de celo.
Sólo esto, y no otras cosas, debe florecer y madurar, crecer y
llegar a la perfección. 

* * * * *
La regla de la fe
(Commonitorio, 25 y 27)

Quizás alguien pregunte si también los herejes utilizan los
testimonios de la divina Escritura. Los utilizan abierta y
apasionadamente. Puede vérseles revolotear por cualquiera y
cada uno de los volúmenes de la Santa Ley, por los libros de
Moisés y de los Reyes, por los Salmos, por los Apóstoles, por
los Evangelios, por los Profetas. Ya sea entre los suyos o entre
extraños, en privado o en público, en conversaciones o en
libros, en convites o en plazas, casi nunca presentan nada
propio sin intentar disimularlo también con palabras de la
Escritura.

HEREJIAS/PD PD/HEREJIAS: Mira los opúsculos de Pablo de
Samosata, de Prisciliano, de Eunomio de Joviniano y de los
demás herejes; verás un acervo infinito de textos y que no hay
casi ninguna página que no esté coloreada y maquillada con
citas del Nuevo o del Antiguo Testamento. Y tanto más se han
de evitar y temer esos escritos cuanto más se ocultan tras la
mampara de la Ley divina. Saben bien que no agradarán a casi
nadie sus malos olores, si los exhalan sin disimulo y al natural;
así pues, los rocían como con cierto aroma de palabras divinas,
para que aquél que habría despreciado fácilmente el error
humano, tema despreciar las palabras divinas. Por eso hacen lo
mismo que suelen hacer aquellos que, habiendo de dar a los
niños una pócima amarga, untan previamente con miel los
bordes de la copa, para que la edad incauta, al presentir la
dulzura, no tema el amargor. Esto mismo tienen gran cuidado
de hacer aquellos que rotulan de antemano con nombres de
medicamentos las malas hierbas y jugos nocivos, para que casi
nadie sospeche que es un veneno lo que se presenta como
medicina.

Por esta razón, exclamaba el Salvador: guardaos bien de los
falsos profetas que vienen a vosotros con piel de ovejas, pero
por dentro son lobos voraces (/Mt/07/15-16/LERINS). ¿Que
otra cosa es piel de ovejas sino las palabras de los profetas y
apóstoles que ellos con sinceridad de oveja entretejieron como
un vellocino para aquel cordero inmaculado (1 Pet 1, 19), que
quita el pecado del mundo (Jn 1, 29)? ¿Quiénes son los lobos
voraces sino el sentir fiero y rabioso de los herejes, que
siempre devastan los apriscos de la Iglesia y desgarran la grey
de Cristo por cualquier lugar que pueden? Para sorprender más
arteramente a las ovejas incautas, conservando su ferocidad de
lobos, deponen su aspecto de lobos y se revisten, como de
vellocino, con las palabras de la Ley divina, para que nadie, al
ver primero la suavidad de la lana, tema jamás la mordedura de
los dientes.

Pero, ¿qué dice el Salvador? Por sus frutos los conoceréis
(Mt 7, 16). Esto es: cuando hayan comenzado no sólo a citar,
sino también a exponer aquellas divinas palabras; no sólo a
acogerse a ellas, sino también a interpretarlas, entonces se
mostrará aquella amargura, aquella animosidad, aquella rabia;
entonces se exhalará el nuevo virus; entonces aparecerán las
profanas novedades (1 Tim 6, 20); entonces verás que se
rompe el primer cercado (Qoh 10, 8), que los límites
establecidos por nuestros padres son desplazados (Prv 22, 98),
que se ataca a la fe católica, que se destroza el dogma de la
Iglesia.

Así eran aquellos a quienes fustiga el Apóstol Pablo en la
segunda carta a los Corintios, cuando dice: porque éstos son
falsos apóstoles, obreros fraudulentos que se disfrazan de
apóstoles de Cristo (/2Co/11/13-15). ¿Qué quiere decir que se
disfrazan de apóstoles de Cristo? Invocaban los Apóstoles los
testimonios de la Ley divina; ellos los invocaban también.
Citaban los Apóstoles autoridades de los Salmos; ellos también
los aducían. Pero, cuando comenzaron a interpretar de modo
distinto aquello que habían citado del mismo modo, se
distinguían claramente los auténticos de los fraudulentos, los
sencillos de los enmascarados, los rectos de los perversos, los
verdaderos Apóstoles de los falsos apóstoles. Y no es de
extrañar—prosigue—, pues el mismo Satanás se transforma en
ángel de luz. Así, no es mucho que sus ministros se
transformen en ministros de justicia (2 Cor 11, 14-15). Luego,
según la enseñanza del Apóstol, cada vez que los
pseudo-apóstoles, los pseudo-profetas, los pseudo-doctores
aducen citas de la Ley divina con las que
intentan—interpretándolas mal—apoyar sus errores, no hay
duda ninguna de que ejecutan las astutas maquinaciones de su
padre, maquinaciones que él no hubiese inventado, si no
supiese muy bien que no existe modo mas fácil de engañar que
éste: poner por delante la autoridad de la Palabra divina en el
mismo lugar en el que se introduce furtivamente el engaño del
error impío.

(...) Pero, dirá alguien: ¿qué deben hacer los católicos e hijos
de la Madre Iglesia, si también el diablo y sus discípulos—de los
que unos son pseudo-apóstoles, otros pseudo-profetas, otros
pseudo-doctores (cfr. 2 Cor 11, 13; 2 Pe 2, 1), y todos herejes
manifiestos—, usan de las palabras, de los dichos, de las
promesas divinas? ¿Cómo discernirán en las santas Escrituras
la verdad del error?

Pondrán sumo empeño en poner por obra aquello que, como
escribimos al principio de este Conmonitorio, nos han
transmitido los varones santos y doctos: interpretar la Sagrada
Escritura según las tradiciones de la Iglesia universal y
conforme a las reglas del dogma católico. Del mismo modo, en
esta Iglesia católica y apostólica, es necesario que sigan la
universalidad, la antigüedad, el consentimiento; que si alguna
vez una parte se rebela contra la universalidad, la novedad
contra la antigüedad, la disensión de uno o de pocos
extraviados contra el consentimiento de todos o de la mayor
parte de los católicos, prefieran la integridad de la universalidad
a la corrupción de la parte; que en esta misma universalidad,
antepongan la religión de la antigüedad a lo profano de la
novedad; y, de igual modo, que en la misma antigüedad,
antepongan a la temeridad de uno o de unos pocos los
decretos generales de un concilio universal, si los hubiere; y, si
no los hubiere, sigan lo más próximo, es decir, el sentir unánime
de muchos y grandes maestros. Si, con la ayuda de Dios,
cumplimos estas normas con fidelidad, prudencia y solicitud, no
nos será difícil detectar todos los errores perniciosos de
cuantos herejes aparezcan.

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