jueves, 25 de agosto de 2016

FREUD, SIGMUND SALOMON

N. el 6 mayo 1856 en Freiberg, pequeña ciudad de Moravia (parte entonces de Austria-Hungría, incorporada a la Checoslovaquia actual) donde su padre, Jacob, estaba establecido como comerciante. Por razones económicas, la familia se trasladó a Viena cuando F. apenas tenía 4 años. Salvo sus periodos de estancia en el extranjero, F. residió en la capital austriaca desde 1860 hasta 1938. Ocupado el país por Hitler, emigró a Londres donde murió a causa de un tumor maligno, después de varias intervenciones quirúrgicas, el 25 sept. 1939.
      F. es el fundador del Psicoanálisis (v.). La clave de su vida y de su obra resulta de una peculiar conjunción de su disposición personal y del espíritu de aquel tiempo. Bajo las apariencias de su patriarcal fisonomía y de la acompasada regularidad de su labor, laten agudos contrastes. Con el afán de objetividad científica, característico del talante intelectual de la época, su extremado apasionamiento le llevó, a menudo, a provocar situaciones no siempre bien comprendidas: junto al empeño de elaborar una teoría absoluta del comportamiento humano, la áspera actitud en el trato de no pocos de sus más eminentes y leales colaboradores; el desprecio de lo racional, a pesar de sus genialidades especulativas y el dogmatismo en afirmaciones doctrinales, que él mismo acababa considerando hipotéticas, son ejemplo de paradojas linderas con la antinomia.
      F. realizó los estudios de enseñanza media con aprovechamiento. En 1873 ingresa en la Universidad para estudiar Medicina. Son los años de esplendor de la llamada «segunda escuela de Viena». La dirección anatomoclínica del arte médico iniciaba su auge: se formulan con precisión las correlaciones existentes entre las enfermedades y sus lesiones o causas orgánicas, pero a F. le interesa más la investigación que la praxis. Unos catorce años antes de su muerte, declaró en un relato autobiográfico que ni en aquellos años juveniles, ni tampoco después, sintió predilección especial alguna por la actividad médica; «lo que me dominaba -dirá en el mismo escrito-, era una especie de curiosidad relativa más bien a las circunstancias humanas que a los objetos naturales». La sugestión ejercida por las teorías de Darwin (v.) en tanto «parecían prometer un gran progreso hacia la comprensión del mundo» y la lectura de un ensayo de Goethe (v.) sobre «la Naturaleza», le decidieron a inscribirse en la Facultad de Medicina. Realmente su vocación no encontraba fácil acomodo en los programas de ninguna de las facultades oficiales de la época. No fue ésta la razón única del sesgo polémico que habría de dar a su obra. Rechazadas las preocupaciones por la situación de inferioridad en que, respecto de sus condiscípulos, se encontraba por ser judío, la consecuencia importantísima del hecho fue acostumbrarse «desde un principio a figurar en las filas de la oposición y fuerza de la mayoría compacta, dotándome de una cierta independencia de juicio», pensando, a la vez, «que para un celoso trabajador siempre habría un lugar, por pequeño que fuese, en las filas de la Humanidad laboriosa, aunque no se hallase integrado en ninguno de los grupos nacionales».
      Por otra parte, F. no era técnicamente un experto en el sentido actual de esta expresión. No deja de ser paradójico que el método psicoanalítico, surgiera, en singular paralelismo con su inclinación simplificadora de los hechos humanos, de su deficiencia como hipnotizador. Las satisfacciones obtenidas durante la época en que le encomendaron tareas de investigación fisiológica en el laboratorio de E. Brücke, donde trabajó como asistente voluntario entre 1876 y 1882, no alteraron sus naturales disposiciones, apenas compensadas en aquella primera etapa universitaria por su asistencia a los cursos de filosofía de F. Brentano (v.). Con todo, y a causa de la mala situación económica de la familia, F. se dispone a ejercer como médico, abandonando el Instituto Brücke e ingresando como ayudante en el Hospital general.
      Se había graduado en 1881. El profesor Maynert que regentaba la cátedra de Psiquiatría y el laboratorio de anatomía del cerebro, le ofreció la dirección del mismo y una colaboración en la enseñanza de sus hallazgos que F. rehusó. «La anatomía del cerebro no representaba para mí, desde el punto de vista práctico, ningún progreso con relación a la Fisiología». Así es como, al fin, orienta todo su esfuerzo al estudio de las enfermedades nerviosas, especialidad poco atendida en Viena y que empezaba a constituir un capítulo aparte de la Medicina interna con el nombre de Neuropatología (v.). El propósito de ampliar sus conocimientos en dicha rama junto al ya prestigioso Charcot (v.), le lleva a enriquecer su «curriculum» profesional como «docente» de la misma, puesto que consigue en 1885. Poco después obtiene, gracias a su viejo maestro y consejero Brücke, una pensión para realizar estudios en el extranjero, trasladándose a París. Encargado de traducir al alemán las «nuevas lecciones» del famoso director de la Clínica de la Salpétriére, ingresa en el círculo de los íntimos.
      La acusada personalidad de Charcot le impresiona profundamente. F. se interesó en seguida por la interpretación y tratamiento de la histeria (v.) que, en aquellos años y justamente gracias a los trabajos del maestro y de su colaborador Babinsky, empieza a ser definida como enfermedad singular, clínicamente diagnosticable por una sintomatología precisa, unas causas concretas y una determinada terapia. La relación de los fenómenos histéricos con el hipnotismo, y la hipótesis, por primera vez científicamente ensayada, de que una «idea», es decir, una realidad espiritual, actuando sin control puede adquirir la «fuerza» necesaria para manifestarse como ataque de nervios, como parálisis motora o como pérdida de algún sentido corporal, sobre ser algo inédito en el ámbito de la Medicina, favorecían la posibilidad de enfocar el problema de las relaciones cuerpo-alma en forma distinta a la planteada por la psicología inspirada en el pensamiento tradicional. El momento es decisivo. Acaso F. no vislumbre todavía el alcance de semejante posibilidad, pero lo que no ofrece ninguna duda es que el joven neuropatólogo va a convertirse, al socaire de las recién estrenadas ideas sobre la histeria, en psicopatólogo integral primero y en creador, a lo largo de su dilatada vida, de una exhaustiva teoría psicológica de la cultura y del comportamiento del hombre.
      Por de pronto, y en el marco todavía de la clínica de las enfermedades nerviosas, el inventario ideológico de F. al regresar a Viena contiene tres nociones fundamentales: que las causas de la histeria y de cierto número de síntomas de los cuadros considerados entonces como neuróticos (v. NEUROSIS) son psíquicas; que tales causas, consideradas como resultado de acciones sugestivas, dejaban de actuar gracias a los efectos catárticos o de descarga (v. CATARSIS) conseguidos a través de la hipnosis; y que, en consecuencia, el fenómeno hipnótico, interpretado hasta entonces de manera confusa como una especie de magnetismo biológico-animal, era entitativamente psicológico. Tal vez a estas nociones, cabría añadir la relativa a la importancia de la sexualidad (v.) como factor desencadenante de los conflictos psíquicos generadores de la histeria. En abono de su hermenéutica pansexualista, F. atribuyó más tarde a Charcot la afirmación, negada por éste, de que, en tales casos (los estudiados en la Salpétriére) había siempre una complicación sexual. De todos modos, la sexualidad, como gran catalizador del movimiento psicoanalítico, no iba a tardar en aparecer.
      En Viena toma de nuevo contacto F. con 1. Breuer, colega con quien mantenía cordiales relaciones desde que se conocieron en el Laboratorio de Brücke. A Breuer se atribuye el verdadero descubrimiento de la condición psicológica del método catártico. Hacia 1880 había tratado una enferma afecta de parálisis histérica, cuyo proceso estudiado posteriormente con F. a su vuelta de París, dio lugar a la publicación conjunta de la primera teoría sobre los mecanismos psíquicos de los fenómenos histéricos (1893), a los Estudios sobre la histeria (1895) y a la resonancia del así conocido como «caso Ana C». Las discrepancias de Breuer a propósito de la hipótesis sexual del mismo defendida por F. provocaron su separación.
      Casado en 1886, a su regreso de París, con Marta Bernays, los seis hijos del matrimonio nacen en la década de transición del profesional que aplica unos saberes aprendidos al creador independiente.
      F. comienza a trabajar solo, a la vez que va decreciendo su interés por la hipnosis como medio de investigación y tratamiento. «Más tarde -dirá en su autobiografíadescubrí los inconvenientes de este procedimiento, pero al principio sólo podía reprocharle dos defectos: primeramente, no resultaba posible hipnotizar a todos los enfermos y, en segundo lugar, no estaba al alcance del médico lograr, en determinados casos, una hipnosis tan profunda como lo creyese conveniente». De ahí que, aun cuando en 1889 había pasado varias semanas en Nancy con Liébault y Bernheim, tratando de perfeccionar su técnica, acabase por abandonarla. Con la terapia hipnótica desaparecía en la germinal sistemática freudiana la sugestión curativa. Se hacía preciso dar un paso más para legitimar el efecto evocador o rememorativo obtenido durante la hipnosis y la obtención de la eficacia terapéutica atribuida al mismo por otros procedimientos. En 1892, ante la insuperable dificultad de hipnotizar a cierta enferma, ensaya la hipótesis de que «el paciente sabía, pero no recordaba, qué es lo que le había enfermado». Desde entonces, a los pacientes no hipnotizables, F. les exhortaba a hablar libremente, procurando evitasen en su relato cualquier conexión finalista o advertida. De esta suerte, dejando fluir espontáneamente sus ideas, sin crítica ni estimación moral alguna, nació el método de la asociación libre y con él la sustitución de la catarsis motora practicada en París por la catarsis verbal.
      Nuevos problemas y nuevas hipótesis se plantean y ensayan en el curso de la praxis terapéutica para dar forma a la primera teoría psicoanalítica de las neurosis. Someras intuiciones, recogidas en anteriores experiencias, son convertidas en irrefutables datos o en leyes permanentes del psiquismo. Si lo que hace enfermar es olvidado, es porque tiene carácter conflictivo, y si el sujeto, aun en estado de máxima relajación; no consigue recordarlo, es porque algún mecanismo interrumpe la normalidad del proceso asociativo. Surgen así los conceptos de resistencia y de inconsciente cuya exposición doctrinal se inicia en un breve trabajo Sobre el mecanismo psíquico del olvido (1898), en la Interpretación de los sueños (1900) y en la Psicopatología de la vida cotidiana (1901-04).
      A partir de estas publicaciones comienza a formarse en Viena un pequeño círculo de colegas de cuya reunión semanal en la casa de F. nació la llamada «sociedad de Psicología de los miércoles». Allí acudían, entre otros, Adler (v.), Stekel y Otto Rank, primer psicoanalista no médico, el más fiel de los secretarios de F., director durante mucho tiempo de la editora psicoanalítica internacional y que, como tantos incondicionales, antes y después de él, acabarían rompiendo con el maestro. Al primitivo grupo se agregaron, en 1906, Brill de Nueva York, presidente del primer grupo psicoanalítico norteamericano, el húngaro Ferenzci y Jones de Londres. El psicoanálisis deja de ser un asunto personal de F. y de su círculo vienés. En la clínica que dirige el célebre profesor E. Bleuler (v.) en Zurich, comienzan a aplicarse por Jung (v.) los métodos freudianos en el tratamiento de las psicosis (enfermedades mentales en sentido estricto). F. convoca en Salzburgo una reunión que llevará el pomposo nombre de Congreso (1908). En 1909, el psicólogo Stanley Hall, director de la Clark University de Worcester (Massachussets, EE. UU.) invita a F. y a Jung a pronunciar una conferencia con motivo del vigésimo aniversario de esta institución. Aparece el primer trabajo en inglés sobre psicoanálisis publicado por lames Putnam, profesor de Neurología de la Univ. de Harvard.
      En el II Congreso, celebrado en Nuremberg (1910), F. radicaliza de manera categórica sus ideas: «estudio y promoción de la ciencia psicoanalítica, tanto en su calidad de psicología pura, como en su aplicación a la medicina y a las ciencias del espíritu». A partir de esta reunión, Adler inicia la serie de los disidentes creando escuela propia. Jung, elegido presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional por su influencia universitaria y el prestigio alcanzado por su invención del concepto y teoría de los «complejos» (v.), acaba, siguiendo a Adler, por consumar el primer gran cisma del movimiento. Ni el Congreso de Weimar (1911), ni el de Munich (1913), pudieron evitar la ruptura de los fundadores de la llamada Psicología profunda (v.) y de su original repertorio ideológico.
      F. recababa para sí, una y otra vez, el patrimonio de la ortodoxia psicoanalítica, añadiendo a las viejas nociones, apenas retocadas, conceptos tan importantes como el de la transferencia (v. i), pero sus esfuerzos decisivos se ordenan tanto a la síntesis doctrinal como a la defensa «more político» de su fundación. La primera asamblea reunida en El Havre, poco después de la I Guerra mundial refleja este perfil de «movimiento intelectual» sin límites, característico del positivismo naturalista y romántico que impregnaba el carácter de F. La moda del psicoanálisis, iniciada entonces tímidamente entre ciertos sectores literarios de la Europa de entreguerras, alcanza su pleamar social en el continente americano, gracias a la diáspora desencadenada por el cataclismo político-económico de la II Guerra mundial. Pero la moda no favoreció, como han reconocido los propios psicoanalistas, su evolución científica, como no la favoreció el aislamiento que F. y los afiliados a la ortodoxia provocaron con su dogmatismo y la organización sectaria de sus instituciones asociativas. La publicación en 1919 de Más allá del principio del placer creó en los propios medios psicoanalíticos un verdadero malestar, entre las ideas extremosas de Steckel, expulsado en 1926 del grupo originario, y el proclive culturalismo iniciado en 1933 por Karen Horney, Sullivan y Fromm en EE. UU.
      Los estudios y publicaciones de F. no se limitaron, como habrá advertido el lector, al dominio de la Medicina. Sus primeras ideas sobre las causas y el tratamiento de las neurosis, contenían algo más que el esbozo de una Antropología (v.) basada en el determinismo de lo irracional. Luego, en sus Tres ensayos sobre la vida sexual (1904), El chiste y su relación con el inconsciente y las sucesivas versiones de la Introducción y el Esquema del Psicoanálisis, insistirá en su empeño simplificador del comportamiento humano, tratando de reducir la vida entera a las tensiones creadas entre el principio de placer, finalidad inevitable del instinto sexual, y el principio de realidad que constantemente se opone a su satisfacción. No sólo no existe solución de continuidad entre lo psíquico normal y lo patológico; el despliegue completo de la Historia y la Cultura no son sino el resultado sucesivo de las referidas tensiones. El Arte y la Religión en cualquiera de sus formas son, a lo sumo, productos de la sublimación de una líbido siempre insatisfecha. Pero ¿podía hablarse de líbido insatisfecha para explicar la causa de la infelicidad del europeo de los años 20? ¿No fue aquella situación, como la de los ciudadanos del mundo 70, la prueba más clara de la insuficiencia de tales supuestos? En Totem y Tabú y en El porvenir de una ilusión (1927) pretende desarrollar la teoría de que toda creencia es, en el plano individual y en el colectivo, una «neurosis obsesiva». La larga polémica epistolar con su amigo, el pastor protestante suizo Oscar Pfister, es buena muestra del particular sectarismo y de la ideológica lucha sin cuartel con que se enfrentó a la religión católica.
      El pensamiento de F. ha suscitado amplios ecos y polémicas. No sólo la clínica de los trastornos mentales sino de buen número de otras enfermedades, se estudia hoy de una manera que sería inexplicable sin el sesgo dado por F. a la Psicología; y, en líneas generales, los médicos son más conscientes del valor del diálogo con el enfermo y de la importancia del significado de la enfermedad para la vida de quien la padece. Mérito de F. fue la elaboración de un sistema de ideas relativamente homogéneo, tomando, como puede comprobar cualquier observador, los influjos culturales más heterogéneos de su tiempo. Pero ahí está también su debilidad, ya que esa síntesis implica en realidad un fuerte reduccionismo: la Psicología actual muestra claramente que la obra del médico vienés es el resultado de un colosal proceso de racionalización de todo aquello que en el hombre, por ser profundo y trascendental, es de suyo inefable. Como dice Dalbiez, uno de sus más comprensivos comentaristas, «la obra de Freud es el análisis más profundo que jamás se ha hecho sobre aquello que en el hombre hay de menos humano». Y; al centrar ahí su antropología, el sistema que elabora apenas si expresa lo que es el hombre; reducir el espíritu a un aparato -el «aparato psíquico»- que, se afirma, funciona mecánicamente en virtud de una energía casi físicamente concebida, es una deformación que ni siquiera los epígonos actuales de F. se atreven a mantener. Dos preguntas críticas surgen ante la interpretación freudiana de la salud y la enfermedad. En primer lugar: ¿acaso lo psicológico, por abarcativo que se considere, puede dar razón de la esencia de lo humano? En segundo lugar, y por lo que se refiere a la incidencia de F. en la historia de la medicina: la doctrina de la psicogénesis exclusiva de los trastornos mentales, ¿no habrá contribuido a retrasar el conocimiento de la verdadera naturaleza de los mismos?
      Sintéticamente se pueden resumir las críticas hechas a F. de la siguiente manera: a) Haberse dejado influir por prejuicios filosóficos materialistas, que le conducen a la visión mecanicista del hombre, ya mencionada. b) Caer en un reduccionismo en virtud del cual se hace del instinto (y especialmente del instinto sexual o líbido) la materia prima de toda la psique. c) Haber postulado un determinismo de la vida psicológica, desconociendo la realidad de la libertad. d) Haber extrapolado sus observaciones psicológicas, cayendo en un psicologismo (v.) que como consecuencia de todo lo anterior niega las dimensiones trascendentes de la persona humana.
      Para una crítica más detallada, así como para una descripción de la historia de la escuela psicoanalítica y las líneas en que se ha dividido, v. PSICOANÁLISIS y PSICOLOGÍA PROFUNDA.
     
      V. t.: CATARSIS; HISTERIA; NEUROSIS; PSICOTERAPIA; COMPLEJOS PSÍQUICOS.
     
     
BIBL.: S. FREUD, Obras completas, Madrid 1948; R. ALLERS, El psicoanálisis de Freud, Buenos Aires 1958; E. HEIDBREDER, Psicologías del siglo XX, Buenos Aires 1960; E. JONES, Sigmund Freud, Londres 1955-57; P. LAÍN ENTRALGO, La obra de Sigmund Freud, Madrid 1943; J. J. LÓPEZ IBOR, La agonía del Psicoanálisis, Buenos Aires 1951; S. LORAND Y OTROS, El Psicoanálisis de hoy, Buenos Aires 1952; R. MANDOLINI, De Freud a Fromm, Buenos Aires 1959; S. NACHT, El Psicoanálisis hoy, Barcelona 1959; J. A. PANIAGUA, Sigmund Freud, en Foriadores del Mundo contemporáneo, III, Madrid 1966; S. WYSS, Las Escuelas de Psicología profunda, Madrid 1964; S. FREUD, Epistolario (dos tomos), Barcelona 1970.

J. M. POVEDA ARIÑO.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Procura comentar con libertad y con respeto. Este blog es gratuito, no hacemos publicidad y está puesto totalmente a vuestra disposición. Pero pedimos todo el respeto del mundo a todo el mundo. Gracias.