viernes, 1 de agosto de 2014

Papa Clemente VII

(JULIO DE MEDICIS)
Nace en 1478, fallece el 25 de Septiembre de 1534. Julio de Médicis nace meses antes a la muerte de su padre Giuliano, asesinado en Florencia, en medio de los disturbios posteriores a la conspiración de Pazzi. Aunque sus parientes no estaban propiamente casados, se alega que se habían desposado “per sponsalia de presenti”, por ende, Julio, en virtud de un conocido principio del Derecho Canónico fue declarado hijo legitimo. El joven fue educado por su tío, Lorenzo el Magnifico. Se le nombro Caballero de Rodas y Gran Prior de Cápua. Con la elección de su primo Juan de Médicis al papado como León X, súbitamente se convierte en una persona de gran consecuencia. Fue nombrado cardenal el 28 de Septiembre de 1513, y tuvo el crédito de ser el mayor procurador de las políticas papales durante todo el pontificado de León X. Era uno de los candidatos favoritos en el cerrado conclave que resulto en la elección de Adrián VI. Aun así, y a pesar de su cercana relación con el lujoso régimen de León X, el Cardenal de Médicis no perdió influencia bajo el austero sucesor. Julio, según un historiador moderno era, “educado, inteligente, respetable e industrioso, aunque poco emprendedor y menos decidido” (Armstrong, Charles V, I, 166). Posterior a la muerte de Adrián (14 de Septiembre de 1523), el Cardenal de Médicis es eventualmente elegido Papa, el 18 de Noviembre de 1523, y su elección fue celebrada en Roma con entusiasmo y júbilo. Pero el temperamento de los romanos fue solo uno de los elementos del complejo panorama que Clemente VII enfrento. La situación política y religiosa era extremadamente delicada, y era dudoso que hubiese uno en diez mil hombres capaces de guiar la Barca de San Pedro a través de tan tempestuosas aguas contando únicamente con su tacto y sentido de prudencia. Ciertamente, Clemente no era tal hombre. Desafortunadamente el se desarrollo dentro de las peores tradiciones de la diplomacia italiana, y sobre todo tenia cierta fatal irresolución de carácter que lo movía a deshacer los términos acordados y a renegociarlos nuevamente.

Los primeros años de su pontificado estuvieron enfocados en las negociaciones que culminaron con la formación de la Liga de Coñac. Cuando Clemente fue electo, Francisco I y el emperador Carlos V estaban en Guerra. Carlos V había apoyado la elección de Clemente y esperaba mucho de su amistad con el de Médicis. Pero ya al año de su elección el nuevo pontífice había concluido un tratado secreto con Francia. La aguda batalla entre Francisco y las fuerzas imperiales en Pavía (Febrero de 1525), culminaron con la derrota y la cautividad del Rey de Francia, dándole a Carlos la oportunidad de vengarse. Pero este utilizó su victoria con moderación. Los términos del tratado de Madrid (14 de Enero de 1526), no eran extravagantes, pero aparentemente Francisco los firmó con la intención de no cumplir sus promesas, aunque confirmó la mayoría con solemnes juramentos. El que Clemente se hiciera participe de la perfidia del rey francés, organizara una liga con Francia, Venecia y Florencia la cual se firmó en Coñac el 22 de Mayo de 1526, sin este aceptar los acercamientos de Carlos V, ciertamente debe de haber sido considerado por este una imperdonable provocación. Indudablemente Clemente era motivado por un patriotismo genuino y su desconfianza con la influencia del emperador en Italia, y especialmente la ansiedad por su natal Florencia. Mas aún, le irritaba la noción de pérdida de libertad de la Iglesia. Pero aunque posiblemente temía que los lazos se le hubiesen estrechado, es difícil visualizar que él haya tenido base alguna para querellarse. No nos podemos sorprender de lo que aconteció. Los delegados de Carlos, no logrando avances con el Papa, se aliaron con Colonna, un desafecto que había estado saqueando los terrenos papales. Estos pretendieron una reconciliación hasta que los comandantes del papales fueron movidos a un sentido de seguridad. Entonces, el 20 de Septiembre de 1526, Colonna súbitamente atacó Roma, acorralando a Clemente en el castillo de San Ángelo, mientras sus huestes saquearon el Vaticano. Carlos denuncio la acción de Colonna, pero le sacó ventaja al éxito logrado por este. Le sigue un periodo de vacilación. En un momento Clemente logro una tregua con el emperador, luego se torna desesperadamente hacia la Liga, posteriormente dado a un leve éxito rompe las negociaciones con los representantes imperiales y resume actividades hostiles, y finalmente firma una tregua con Carlos por ocho meses, donde promete el pagó inmediato de 60,000 ducados como indemnización.

Mientras tanto los mercenarios alemanes en el norte de Italia eran rápidamente reducidos por falta de provisiones y paga. Al enterarse de la indemnización de 60,000 ducados amenazaron amotinarse, por ende los comisionados reales obtuvieron del papado el pago total de 100,000 ducados. Pero el sacrificio fue fútil. Es probable que los Lansquetes, muchos de los cuales eran luteranos, se descontrolaron, y forzaron al alguacil Borbón que estaba al mando, a movilizarlos contra Roma. El 5 de Mayo llegan a sus murallas, y dada a la confianza papal en el acuerdo logrado, estaban casi indefensos. Clemente apenas pudo refugiarse en el Castillo de San Ángelo, y por ocho días el “Saqueo de Roma” continuo en medio de horrores sin paralelo en la historia de las guerras. “Los luteranos”, según una fuente imparcial, “se gozaron en quemar y desacrar aquello que el mundo adoraba. Iglesias fueron desacradas, mujeres y aun las religiosas ultrajadas, embajadores saqueados, cardenales secuestrados, se burlaron de los dignatarios y las ceremonias religiosas, y los soldados pelearon entre si por los despojos" (Leathes in "Camb. Mod. History", II, 55). Parece probable que Carlos V no estaba verdaderamente implicado en los horrores que sucedieron. Pero no tuvo objeción a que el papa cargara con las consecuencias de su ambigua diplomacia, y permitió que permaneciera virtualmente como un prisionero en el Castillo de San Ángelo por más de siete meses. La ambivalencia de Clemente ya había ofendido a los otros miembros de la liga, y sus pedidos no fueron cálidamente correspondidos. También, el necesitaba desesperadamente el apoyo imperial para enfrentar a los luteranos en Alemania y para reinstalar a los de Médicis en el gobierno de Florencia, del cual habían sido expulsados. El efecto combinado de estos factores y el fracaso de los intentos franceses en Nápoles moverían a Clemente al ruedo del emperador. Luego de estadías en Orvieto y Viterbo, Clemente retorna a Roma, y para finales de Julio de 1529, términos favorables a la Santa Sede fueron acordados con Carlos V. El acuerdo fue sellado el 24 de Febrero de 1530 en Bolonia donde Carlos fue solemnemente coronado. Cualesquiera que hallan sido los motivos que motivaron al papa, este acuerdo ciertamente le dio a Italia una muy necesitada paz.

Mientras tanto, eventos totalmente inesperados estaban sucediendo en Inglaterra. Enrique VIII, cansado de la Reina Catalina, con quien no tenia un sucesor al trono, mas que una hija, Maria, estaba apasionadamente enamorado de Ana Bolena, y en Mayo de 1527 le informó a Wolsey que deseaba divorciarse. Pretendía, ya que en su conciencia le preocupaba el matrimonio contraído con la viuda de su hermano mediante una dispensa papal., deseaba primeramente solicitar a la Santa Sede una dispensa del impedimento de afinidad en primer grado, una vez le hubiesen otorgado el divorcio. Esto era necesario por el impedimento de un matrimonio legal entre el y Ana, ya que había tenido relaciones carnales con Maria, la hermana de Ana. Sus escrúpulos de conciencia no podían ser muy sinceros. Más aún, ya que la Reina Catalina solemnemente juró que el matrimonio entre ella y Arturo, el hermano mayor de Enrique, nunca se consumó, por ende nunca hubo alguna afinidad entre ella y Enrique más que el “impedimentum publicæ honestatis”. La paciencia el rey era tal que sin este darle su total confianza a Wolsey, envía súbitamente a Knight como mensajero a Roma para que el Papa anulara su matrimonio. Knight halló que el Papa estaba prisionero en San Ángelo, y no pudo hacer mucho hasta que visitó a Clemente, luego que este escapó a Orvieto. Clemente estaba deseoso de gratificar a Enrique, y no le hizo muy difícil la dispensación contingente de afinidad. Sin duda este considero que no tendría consecuencia práctica alguna sino hasta la cancelación de su matrimonio con Catalina. Pero enfrentado al asunto de darle asignarle una comisión a Wolsey para tratar el caso de divorcio, el Papa tomo una postura más firme. El Cardenal Pucci, al que se le sometió un borrador del proceso de divorcio, declaró que el mismo reflejaría descrédito para con todos los concernidos. Una segunda misión a Roma organizada por Wolsey, la cual consistía de Gardiner y Foxe, inicialmente tampoco fue muy exitosa. Una comisión fue otorgada, y llevada a Inglaterra por Foxe, pero fue estructurada de forma tal que la hacía prácticamente inconsecuente. La actitud de hostilidad que Gardiner tuvo hacia el Papa aparentemente excedió todos los limites de la decencia, pero Wolsey temeroso de perder el favor del rey, le urgió e imploró que obtuviera una “Comisión de Decretos”, a cualquier costo. Este instrumento previamente decidiría los puntos de la ley y exenta de apelaciones, dejaba en manos de Inglaterra el otorgar los hechos. Aparentemente Clemente se inclinaba contra esto, pero finalmente accedió a otorgar una comisión secreta a los Cardenales Wolsey y Campeggio para que ambos trataran el caso en Inglaterra. La comisión no había de ser revelada a nadie, ni saldría de las manos de Campeggio. No se conocen los términos exactos de la misma. Pero si seguía los borradores preparados en Inglaterra, esta establecía que la Bula de dispensación otorgada por Julio para el matrimonio de Enrique con la esposa de su fallecido hermano debería de ser declarado indecente y por ende nulo, si los comisionados hallaban que los motivos alegados por Julio eran insuficientes y contrarios a los hechos. Por ejemplo, se pretendió que la dispensa era necesaria para cementar la amistad entre Inglaterra y España, también que el joven Enrique deseaba el matrimonio, etc.

A finales de Septiembre de 1528, Campeggio llega a Inglaterra pero los procesos del tribunal fueron detenidos por la presentación de una segunda dispensa otorgada por el Papa Julio. Esto era doblemente importante. La comisión creada por Clemente otorgaba a Wolsey y a Campeggio el pronunciarse sobre la suficiencia de motivos alegados en cierto documento en especifico, la Bula. Pero la dispensa no estaba contemplada y por ende estaba fuera de su comisión. Mas aún, la dispensa no limitaba los motivos para otorgar la dispensa a alegaciones especificas, pero hablaba de "aliis causis animam nostram moventibus". La aparición de la dispensa, ahora reconocida como autentica, aunque los partidarios del rey la consideraban una no genuina, detuvo los procesos de la comisión por ocho meses. Al final, por presiones de Carlos V, al que su tía Catalina había apelado vehementemente por su apoyo, así como al Papa, la causa fue revocada a Roma. No hay duda que Clemente demostró mucha debilidad en las concesiones que hizo a las demandas Inglesas. Pero hay que recordar, primero, que en su decisión sobre los puntos de ley las bases técnicas para tratar la dispensa como indecente eran serias. Segundo, que en otorgar el honor de la Santa Sede a Campeggio, Clemente sabía que lo hacia con un hombre de principios excepcionalmente elevados.

Es difícil decir cuanto influencio Carlos V en la resistencia que presento el Papa. Pero es claro que su propio sentido de justicia lo dispuso completamente a favor de la Reina Catalina. Consecuentemente Enrique cambia sus motivos y demuestra cuan profundo era el abismo que le separaba de la Santa Sede. Entonces argumenta que un matrimonio con la esposa de un hermano fallecido excedía la autoridad de una dispensa papal. Clemente ripostó pronunciando una censura contra aquellos que amenazaban con hacer que un tribunal ingles decidiera la validez del divorcio del Rey, y prohibía a Enrique contraer otro matrimonio previo a una decisión de Roma. Por su parte el Rey en 1531 extorsionó del clero ingles una vasta suma de dinero bajo el pretexto de penalidades de “præmunire” en que ellos habían incurrido al reconocer el legado papal, y seguidamente prevaleció en el Parlamento para prohibir el pago de los annates a Roma bajo ciertas condiciones. Otros eventos le siguieron. La muerte del Arzobispo Warham (22 de Agosto de 1532), le permiten a Enrique el otorgarle a Cranmer el Obispado de Canterbury, y por la intersección del Rey de Francia se le concede, el “pallium” siendo otorgado a este por Clemente. Casi inmediatamente posterior a su consagración, Cranmer procede a pasar juicio sobre el divorcio, mientras Enrique había contraído matrimonio secretamente con Ana Bolena, el cual Cranmer declaró valido en Mayo de 1533. Posteriormente Ana Bolena es coronada el 1 de Junio. Mientras tanto los Comunes habían prohibido todas las apelaciones a Roma y tomaban penalidades de “præmunire” contra todos que introducían bulas papales en Inglaterra. Fue solo entonces que Clemente finalmente lanza una sentencia de excomunión contra el rey, a su vez declarando nulo e invalido el pretencioso decreto de Cranmer que validaba el divorcio del rey y su nuevo matrimonio. El nuncio papal fue retirado de Inglaterra y se rompieron las relaciones diplomáticas con Roma. Enrique apeló a un concilio general y en Enero de 1534, el Parlamento aprobó más legislación que abolía toda la dependencia eclesiástica de Roma. Pero fue en Marzo de 1534, que el tribunal papal finalmente decide sobre el asunto originalmente presentado por el rey, y declara que el matrimonio entre Enrique y Catalina era inequívocamente válido. Mucho se le ha culpado a Clemente por su lentitud y las concesiones en el asunto del divorcio. De hecho se le ha acusado de perder a Inglaterra de la Fé Católica, debido al estimulo que le dio a Enrique. Pero es extremadamente dudoso que una postura más firma hubiese logrado un resultado más beneficioso. El rey estaba determinado en su propósito y Clemente tenia como principio el no ceder en el punto vital en que todo el asunto se centraba.

Con respecto a Alemania, aunque Clemente nunca rompió la amistad que había cementado con Carlos V en la coronación en Bolonia (1530), nunca le otorgó al emperador la cordial cooperación que pudo haberle superado una situación de extrema dificultad y peligro la cual Clemente probablemente nunca comprendió. Particularmente el Papa parecía tenerle horror a la idea de convocar un Consejo General ya que indudablemente preveía graves dificultades con Francia si realizaba tales esfuerzos. La cosas no mejoraron cuando Enrique, a través de su enviado Bonner encontró a Clemente visitando al rey francés en Marsella, y le planteo su apelación a un Consejo General para atender el asunto del divorcio.

En los aspectos eclesiásticos el pontificado de Clemente no tuvo mancha. Dos reformas franciscanas, la de los capuchinos y la de los recoletos, tuvieron en el un patrón favorable. El fue muy genuino en la cruzada contra los turcos, y otorgo mucho estimulo a las misiones en el extranjero. Como patrón del arte, fue muy afectado por el saqueo de Roma y los otros desastrosos eventos de su pontificado. Pero estuvo atentamente interesado en el arte, y según Benvenuto Cellini poseía un gusto excelente. Con la comisión dada a este artista para el famoso frente-abroche del cual tanto vemos en su autobiografía, se convierte en el forjador de la fortuna de Benvenuto. (Ver CELLINI, BENVENUTO.) Clemente también fue un consecuente patrón de Rafael y de Miguel Ángel, quien pintó el gran fresco “El Juicio Final” en la Capilla Sixtina, por ordenes suyas.
En el veredicto sobre el carácter del Papa Clemente VII, casi todos los historiadores coinciden. Primero fue un príncipe italiano, un de Médicis, y diplomático, luego un líder espiritual. Sumamente inteligente, pero su diplomacia era débil e irresoluta. Por otro lado, su vida privada era irreprochable. Aunque tuvo muchos y excelentes impulsos, y a pesar de sus buenas intenciones, todas la cualidades de heroísmo y grandeza enfáticamente le deben de ser negadas.
PASTOR, Geschichte der Päpste (Freiburg, 1907), IV, pt. II; FRAIKEN, Nonciatures de Clément VII (Paris, 1906–); IDEM in Mélanges de l'école française de Rome (1906); GAIRDNER, The New Light on the Divorce of Henry VIII in English Histor. Rev. (1896-1897); EHSES, Römische Dokumente zur Geschichte der Ehescheidung Heinrichs VIII. (Paderborn, 1893); THURSTON, The Canon Law of the Divorce in Eng. Histor. Rev. (Oct., 1904); Am. Cath. Quart. (April, 1906); HEMMER in Dict. de théol. cath., in which and in PASTOR a fuller bibliography will be found.
HERBERT THURSTON Transcrito por W. G. Kofron En agradecimiento a la Iglesia de Santa Maria, Akron, Ohio Traducido por Anónimo de Borinquen

Papa Clemente VI

(PIERRE ROGER) Nació en 1291 en el castillo de Maumont, del departamento de Corrèze, en Francia. Fue elegido papa el 7 de mayo de 1342 en Avignon, donde también murió el 6 de diciembre de 1352. A la edad de once años ingresó al monasterio benedictino de La Chaise-Dieu (Alto Loira) donde hizo su profesión religiosa. Después de haber dedicado algunos años al estudio en París, recibió el doctorado y se convirtió en profesor en esa misma ciudad. A raíz de su presentación al Papa Juan XXII por el Cardenal Pierre Grouin de Mortemart, rápidamente se elevó de una dignidad eclesiástica a otra. Primero fue prior de San-Baudilo en Nimes, luego abad de Fécamp en Normandía; obispo de Arras y canciller de Francia en 1328; fue promovido al arzobispado de Sens en 1329, y al de Rouen al año siguiente. En esta última ciudad se llevó a cabo bajo su dirección, en 1335, un concilio provincial que promulgó varios decretos disciplinarios. Fue creado cardenal (1338) por Benedicto XII, a quien sucedió en el pontificado.
Una de las características de su política como cabeza de la Iglesia universal fue su excesiva dedicación a los intereses de Francia y de sus parientes. Sus simpatías por Francia impidieron el éxito de sus esfuerzos por restaurar y mantener la paz entre ese país e Inglaterra, aunque su mediación condujo a la conclusión de una breve tregua general (Malestroit, 1343). La mayoría de los 25 cardenales que él creó fueron franceses, y doce de ellos eran parientes suyos. Le concedió permiso al Rey de Francia de comulgar bajo las dos especies (1344). Clemente aceptó la dignidad senatorial que le ofreció, considerándolo como "Caballero Roger", una delegación romana en la que se encontraba Petrarca. También les concedió permiso para que el jubileo se celebrara cada cincuenta años, en vez de cien (Bula "Unigenitus", 1343), pero declinó su invitación de regresar a Roma. La compra que hizo de la soberanía de Avignon por 80,000 florines a Juana de Nápoles y Provenza (9 junio, 1348) aseguró una más prolongada estancia de la residencia papal en el extranjero. Fue por esa época que él declaró a la misma princesa inocente de complicidad en el asesinato de su marido. El éxito del Papa en los asuntos romanos quedó de manifiesto en la confirmación que hizo del efímero pero inevitable gobierno de Cola di Mienzi (20 mayo a 15 diciembre, 1347). Su posterior condenación de ese arrogante tribuno fue en gran parte la causa de la caída de éste último del poder. Poco después de esos acontecimientos, el año jubilar de 1350 atrajo a la Ciudad Eterna una numerosísima cantidad de peregrinos. El Papa fracasó en su intento de reforzar el partido de los Güelfos en Italia, y fue obligado a ceder por doce años la ciudad de Bolonia al arzobispo de Milán.
Clemente puso todo su interés en la ya larga disputa entre el Emperador Luis el Bávaro y el papado. Aquél había ofendido los sentimientos religiosos de muchos de sus súbditos al anular arbitrariamente el matrimonio de Margarita Maultasch, heredera del Tirol, y Juan Enrique, Príncipe de Bohemia. El descontento popular se incrementó más aún cuando el Emperador autorizó a su propio hijo a desposarse con la misma princesa. Consecuentemente, Luis estaba listo para hacer las mayores concesiones al Papa. En un escrito de septiembre de 1343, él reconoció su ilícita asunción al título imperial, declaró su voluntad de anular todas sus acciones imperiales y de someterse a cualquier castigo papal, pero al mismo tiempo manifestó su deseo de ser reconocido como rey de Roma. Clemente le exigió, como condición ulterior, que no podría decretar ley alguna sin la autorización papal, que la obligatoriedad de los decretos imperiales de Luis debía quedar en suspenso hasta que fueran confirmados por la Santa Sede, que debería deponer a todos los obispos y abades que hubiese nombrado, y renunciar a cualquier soberanía sobre los estados papales, sobre Sicilia, Sardinia y Córcega. Luis puso todas las exigencias del Papa a la consideración de los príncipes alemanes, en un tiempo en que el sentimiento antipapal estaba en efervescencia en Alemania a causa de la separación del arzobispado de Praga de la provincia eclesiástica de Mainz (30 Abril, 1344). Los principes las declararon inaceptables, pero también mencionaron la necesidad de elegir a un nuevo rey en vez de Luis, cuyo gobierno había sido tan desastroso para el imperio. El 7 de abril de 1346, el Papa depuso a Enrique de Virneburg, arzobispo de Mainz y ferviente partidista del emperador reinante, y en su lugar nombró a Gerlach de Nassau, que sólo tenía 20 años. El 13 de abril de ese mismo año el Papa promulgó una severa bula en contra del Emperador, en la que solicitaba a los electores que nombraran un sucesor. Carlos de Luxemburgo, favorito del Papa y antiguo alumno suyo, fue electo rey de Alemania (11 de julio, 1346) por su padre, Juan de Bohemia, por Rodolfo de Sajonia, y los tres electores eclesiásticos. Carlos IV (1346-1378) aceptó substancialmente las exigencias papales, pero su autoridad no fue reconocida inmediatamente en toda Alemania. El país estaba al borde de la guerra civil, cuando Luis el Bávaro murió súbitamente mientras cazaba jabalíes cerca de Munich (11 octubre 1347). La oposición de Günther de Schwartzenburg (+ 14 junio, 1349) a Carlos sólo duró breve tiempo. Abandonados a su suerte, por la muerte de Luis, Guillermo de Occam y los frailes menores cismáticos hubieron de someterse al Papa. Alrededor de 1344, Clemente VI concedió la soberanía de las Islas Canarias al Príncipe de Castilla, Luis de la Cerda, con la condición de que ningún otro gobernante cristiano hubiera adquirido el derecho a su posesión. El nuevo soberano, a quien se le otorgó el título de Príncipe de Fortunia, accedió a introducir el cristianismo en las islas y a pagar tributo a la Santa Sede. Nunca pudo, empero, tomar posesión efectiva del territorio, que en ese entonces sólo estaba temporalmente convertido, aunque se había nombrado a un obispo especial (el carmelita Bernard) para las islas en 1351. No condujeron a ningún lado los esfuerzos del Papa por reunir a los griegos y a los armenios con la Iglesia de Roma. Más que el retorno a la unidad doctrinal, lo que el Oriente deseaba era apoyo contra los turcos. La cruzada que se lanzó en contra de éstos en 1344 acabó en una tregua estéril.
Siendo Clemente más un príncipe terrenal que un gobernante eclesiástico, era muy dado a la profusión, al mecenazgo de las artes y las letras, amante de la música, de la buena mesa y las recepciones ostentosas en las que las damas eran bienvenidas. Los onerosos gastos requeridos por tanta pompa pronto agotaron los fondos que Benedicto XII había heredado a su sucesor. Para poder abrir nuevas fuentes de ingresos, ya que no se contaba con el ingreso ordinario de los territorios de la Iglesia, hubieron de imponerse nuevas cargas fiscales y cada vez más nombramientos de obispos, así como el otorgamiento de beneficios, fueron siendo reservados al Papa. Tan arbitrarios procedimientos condujeron a la resistencia de varios países. En 1343 fueron expulsados de Inglaterra los colaboradores de dos cardenales que habían sido enviados por el Papa a ese país para realizar determinadas funciones. Eduardo III se quejó fuertemente de los impuestos exigidos por la corte de Avignon, y en 1351 se aprobó el Estatuto de los Representantes, según el cual el rey se reservaba el derecho de presentación de todos los casos de nombramientos papales. El recuerdo de este Papa está nublado a causa de su abierta preferencia por Francia y por el grosero nepotismo de su reinado. A pesar de todo ello, Clemente VI fue un defensor de los oprimidos y trabajador en favor de los necesitados. Su valor y caridad se manifestaron claramente en Avignon (1348-49) durante la Gran Peste, o Muerte Negra. Cuando en muchas partes el populacho masacraba a los judíos por considerarlos la causa de la peste, Clemente publicó bulas para protegerlos y les ofreció refugio en su pequeño territorio. Canonizó a san Ivo de Tréguier, Bretaña (+ 1303), el abogado de los huérfanos (Junio, 1347), condenó a los flagelantes y, en 1351 valientemente defendió a los frailes mendicantes ante las acusaciones de algunos sacerdotes seculares. Se conservan varios sermones de este Papa tan erudito y elocuente orador. Murió después de una breve enfermedad, y de acuerdo a su voluntad, fue enterrado en La Chaise-Dieu. Unos hogonotes profanaron su tumba y quemaron sus restos en 1562.
BALUZE, Vitæ Paparum Avenion. (Paris, 1693), I, 243- 322, 829-925; CHRISTOPHER, Hist. de la papauté pendant le XIVe siècle (Paris, 1853); HÖFLER, Die avignonensichen Päpste (Viena, 1871); MÜNTZ, L'argent et le luze à la cour pontif. in Rev. des quest. hist. (Paris, 1879), v, 378; WERUNSKY, Excerpta ex registris Clementis VI et Innocentii VI (Innsbruck, 1885); IDEM, Gesch. Karls IV. (Innsbruck, 1889-92); DESPREZ, Lettres closes patentes et curiales des papes d'Avignon se rapportant à la France, Clément VI (Paris, 1901); BÖHMER, Fontes rerum germanicarum (Stuttgart, 1843, 1868), I, IV; KLICMAN, Monumenta Vaticana res gestas Bohemicas illustrantia, I, Acta Clementis VI; GAY, Le Pape Clément VI et les affaires d'Orient (Paris, 1904); KIRSCH, Die Verwaltung der Annaten unter Klemens VI, in Römische Quartalschrift (1902), 125-51; HEFELE-KNÖPFLER, Conciliengesch. (Friburgo, 1890), VI, 663-75, passim; PASTOR, Gesch. der Päpste (Friburgo, 1901), I, 89-95, passim, tr. ANTROBUS (Londres, 1891), I, 85-92; CREIGHTON, Hist. of the Papacy (Londres, 1892), I, 44-48; BERLIÈRE, Suppliques de Clèment VI (Paris, 1906), CHEVALIER, Bio-Bibl. (Paris, 1905), I, 954-55; HERGENRÖTHER-KIRSCH, Kirchengesch. (4a. ed., 1904), II, 735-37.
N.A.WEBER Con mi agradecimiento al P.John Hilkert, Akron, Ohio Transcrito por Jim W G Kofron Traducido por Javier Algara Cossío

Papa Clemente V

(BERTRAND DE GOT.) Nacido en Villandraut en Gascoña, Francia en 1264; muerto en Roquemaure el 20 de abril de 1314. Fue elegido el 5 de Junio de 1305, en Perugia, como sucesor de Benedicto XI, luego de un cónclave de once meses, cuya extensa duración se debió a las facciones francesas e italianas entre los cardenales. Diez de los quince cardenales votantes (en su mayoría italianos) lo eligieron. El relato de Giovanni Villani (Hist. Florent. VIII, 80, in Muratori, SS. RR. Ital., XIII, 417; cf. Raynald, Ann. Eccl., 1305, 2-4) sobre una decisiva influencia de Felipe el Hermoso, y la conferencia secreta del nuevo papa con él, y abyectas concesiones a ese rey en el bosque de Saint-Jean-d’Angély, carece de valor histórico; por otra parte, los cardenales deseaban complacer al poderoso rey de Francia a quien el difunto Benedicto XI se había visto obligado a apaciguar con notables concesiones, y no es improbable que el rey y el futuro papa hayan llegado a tal clase de entendimiento. Como Arzobispo de Bordeaux, Bertrand de Got era realmente súbdito del Rey de Inglaterra, pero desde la temprana juventud había sido amigo personal de Felipe el Hermoso. No obstante, había permanecido fiel a Bonifacio VIII. El nuevo papa venía de una distinguida familia. Un hermano mayor había sido Arzobispo de Lyons, y muerto (1297) como Cardenal-Obispo de Albano y legado papal en Francia. Bertrand estudió artes en Toulouse y derecho canónico y civil en Orléans y Bolonia. Había sido sucesivamente canon en Bordeaux, vicario general del Arzobispo de Lyons (su hermano mencionado), capellán papal, Obispo de Comminges bajo Bonifacio VIII, y finalmente Arzobispo de Bordeaux, entonces un cargo difícil debido al persistente conflicto entre Inglaterra y Francia por la posesión de Normandía. Los cardenales le suplicaron encarecidamente venir a Perugia y de ahí ir a Roma para su coronación, pero él les ordenó viajar a Lyons, donde fue coronado (14 de noviembre de 1305) con gran pompa en presencia de Felipe el Hermoso. Durante la procesión pública acostumbrada, el papa fue arrojado de su caballo por un muro que se derrumbó; uno de sus hermanos fue muerto en aquella ocasión, también el anciano Cardenal Matteo Orsini quien había tomado parte en doce cónclaves y había conocido trece papas. La joya más preciosa de la tiara papal (un rubí) se perdió ese día, incidente interpretado proféticamente por historiadores alemanes e italianos, y el día siguiente otro hermano fue asesinado en una riña entre sirvientes del nuevo papa y criados de los cardenales. Por algún tiempo (1305-1309), el Papa Clemente residió en diferentes lugares en Francia (Bordeaux, Poitiers, Toulouse), pero finalmente ocupó su residencia en Avignon, entonces feudo de Nápoles, aunque dentro del Condado de Venaissin que desde 1228 reconoció al papa como soberano (en 1348 Clemente VI compró Avignon por 80.000 gulden de oro a Joanna de Nápoles). Un gran cariño por su nativa Francia y un miedo igualmente influyente de las condiciones cuasi-anárquicas de Italia, y en particular de los Estados de la Iglesia y la ciudad de Roma, lo llevaron a esta fatídica decisión, a través de la cual se expuso a la dominación de un gobernante civil (Felipe el Hermoso), cuyos objetivos inmediatos eran una monarquía francesa universal y la humillación solemne del papa Bonifacio VIII en represalia por la valerosa resistencia de éste a la astucia, violencia y usurpaciones de Felipe (Hergenröther).
ESTADOS DE LA IGLESIA El gobierno de los Estados de la Iglesia fue confiado por Clemente a una comisión de tres cardenales, mientras en Espoleto su propio hermano, Arnaud Garsias de Got, ocupaba el puesto de vicario papal. Giacomo degli Stefaneschi, un senador y jefe popular, gobernaba dentro de la ciudad en una forma permisiva y personal. La confusión y la anarquía eran frecuentes, debido al implacable odio mutuo entre los Colonna y los Orsini, la tradicional turbulencia de los romanos, y los conflictos airados frecuentes entre el pueblo y los nobles, condiciones que habían venido empeorando a través del siglo trece y finalmente habían conducido incluso a los papas italianos a fortalezas exteriores tales como Viterbo, Anagni, Orvieto, y Perugia. Ninguna ilustración más gráfica de las condiciones locales en Roma y en el Patrimonio de Pedro podría pedirse que la descripción de Nicolás de Butrinto, el historiógrafo del emperador Enrique VII, en su fatídica expedición romana de 1312 [ver Von Raumont, Geschichte der Stat Rom, Berlin, 1867, II(1), 745-65]. Entre los infortunados eventos romanos del reinado del papa Clemente estuvo la conflagración del 6 de mayo de 1308, que destruyó la iglesia de San Juan de Letrán, pronto reconstruida, sin embargo, por los romanos con la ayuda del papa. Clemente no vaciló en poner a prueba las conclusiones de la guerra con el estado italiano de Venecia que se había aprovechado injustamente de Ferrara, un feudo del Patrimonio de Pedro. Cuando la excomunión, interdicción, y una prohibición general de todas las relaciones comerciales fracasaron, él proscribió a los venecianos, y provocó que se predicara una cruzada contra ellos; finalmente su legado, Cardenal Pélagrue, derrocó en una tremenda batalla a los arrogantes agresores (28 de Agosto de 1309). El vicariato papal de Ferrara fue entonces conferido a Roberto de Nápoles, cuyos mercenarios catalonianos, sin embargo, eran más odiosos para la gente que los usurpadores venecianos. En todo caso, las potencias más pequeñas de Italia habían aprendido que ya no podrían despojar impunemente la herencia de la Sede Apostólica.
PROCESO DE BONIFACIO VIII Casi de inmediato el Rey Felipe demandó del nuevo papa una condenación formal de la memoria de Bonifacio VIII; solo así podría ser aplacado el odio real. El rey quería que el nombre de Bonifacio fuese retirado de la lista de papas como un hereje, sus restos desenterrados, quemados, y las cenizas esparcidas al viento. Clemente buscó evitar esta acción odiosa y vergonzosa, en parte por retardo, en parte por nuevos favores al rey; renovó la absolución concedida al rey por Benedicto XI, creó nueve cardenales franceses de un grupo de diez, restauró a los cardenales Colonna sus lugares en el Sacro Colegio, y entregó al rey títulos de propiedad de la iglesia por cinco años. Finalmente, retiró la Bula “Clericis Laicos”, aunque no la legislación anterior sobre la cual se basaba, y declaró que la Bula doctrinal “Unam Sanctam” no afectaba de manera desventajosa al meritorio rey francés, y no implicaba para él y su reino un mayor grado de sujeción a la sede papal que el que existía anteriormente. El papa fue amable también con Carlos de Valois, el hermano del rey, y pretendiente al trono imperial de Constantinopla, concediéndole un diezmo de dos años de las rentas de la iglesia; Clemente esperaba que una cruzada organizada desde una Constantinopla reconquistada sería exitosa. En Mayo de 1307, en Poitiers, donde se hizo la paz entre Inglaterra y Francia, Felipe insistió de nuevo en un proceso canónico para la condenación de la memoria de Bonifacio VIII, como un hereje, un blasfemo, un sacerdote inmoral, etc. Finalmente, el papa contestó que un asunto tan delicado no podía ser decidido por fuera de un concilio general, y el rey durante un rato pareció satisfecho con esta solución. Sin embargo, retornó frecuente e insistentemente a su proposición. En vano resultó que el papa mostrara buena voluntad para sacrificar a los Templarios (ver abajo); el despiadado rey, seguro de su poder, presionó por la apertura de este juicio único, insólito desde la época del Papa Formoso. Clemente tuvo que ceder, y designó el 2 de Febrero de 1309, como la fecha, y Avignon como el lugar para el juicio de su predecesor muerto sobre los vergonzosos cargos tanto tiempo difundidos por Europa por los cardenales Colonna y su facción. En el documento (citación) que convocaba (13 de Septiembre de 1309) a los testigos, Clemente expresaba su convicción personal de la inocencia de Bonifacio, y al mismo tiempo su resolución de satisfacer al rey. Si bien el papa pronto (2 de Febrero de 1310) tuvo que protestar contra una falsa interpretación de sus propias palabras, el proceso realmente comenzó en un consistorio del 16 de Marzo de 1310, en Avignon. Siguió mucha demora, de una parte y de la otra, a propósito de los métodos de procedimiento. A comienzos de 1311, los testigos fueron interrogados fuera de Avignon, en Francia, y en Italia, pero por comisarios franceses y en su mayor parte sobre los cargos antes mencionados de los Colonna (ver BONIFACIO VIII). Finalmente, en Febrero de 1311, el rey escribió a Clemente dejando el proceso para el futuro concilio (de Vienne) o para la propia acción del papa, y prometiendo el retiro de los cargos; al mismo tiempo declaraba que sus intenciones habían sido puras. El precio de estas bienvenidas concesiones fue una declaración formal del Papa Clemente (27 de abril de 1311) de la inocencia del rey y la de sus amigos; estos representantes de Francia, el “Israel de la Nueva Alianza”, habían actuado, decía el papa, de buena fe y con un celo puro, tampoco temerían en el futuro ningún perjuicio canónico de los sucesos de Anagni. William Nogaret fue exceptuado, pero en su declaración de inocencia, y por intercesión de Felipe, se le impuso una penitencia y también recibió la absolución. Solamente aquellos que retuvieron propiedad eclesiástica fueron finalmente excluidos del perdón. El celo religioso de Felipe fue de nuevo reconocido; los borrones aún están visibles en la “Regesta” de Bonifacio VIII, en los Archivos del Vaticano (ver Tosti, “Storia di Bonifazio VIII”, Rome, 1886, II, 343-44). Esta dolorosa situación fue cerrada por Clemente V mediante el Concilio de Vienne (16 de Octubre de 1311), la mayoría de cuyos miembros eran favorables a Bonifacio. No es seguro que el concilio asumiera formalmente la cuestión de la culpa o inocencia de Bonifacio. En su forma actual los Actos oficiales del concilio guardan silencio, ninguno de los escritores contemporáneos lo mencionan como un hecho. Es verdad que Giovanni Villani describe a Felipe y sus consejeros como afanados por la condenación de Bonifacio por parte del concilio, pero, dice, la memoria del papa fue purgada formalmente de todos los cargos adversos por tres cardenales y varios juristas; más aún, tres caballeros catalonianos ofrecieron defender con sus espadas el buen nombre del papa Gaetani contra todos los adversarios, con lo cual el rey cedió, y demandó tan solo ser declarado libre de culpa y de toda responsabilidad por el giro que habían tomado los acontecimientos. Con la muerte de sus enemigos personales, disminuyó la oposición a Bonifacio, y su legitimidad no fue ya más desmentida aún en Francia (Balan, “Il processo di Bonifazio VIII”, Roma, 1881).
CLEMENTE V Y LOS TEMPLARIOS Desde la expulsión final (1291) de las fuerzas cruzadas de Tierra Santa, las órdenes eclesiástico-militares en Europa habían despertado mucha crítica adversa, en parte porque se atribuía a sus celos (Templarios, Hospitalarios o Caballeros de San Juan, Orden Teutónica) la humillante derrota, en parte a causa de la enorme riqueza que habían adquirido en su corta existencia. Los Templarios (llamados así por el Templo de Jerusalén, pauperes commilitones Christi Templique Solomonici, i.e. pobres soldados compañeros de Cristo y del Templo de Salomón) eran los más ricos. Sus monasterios cual fortalezas, conocidos como Templos, se levantaron en toda Europa, y para finales del siglo trece protegían el principal sistema bancario de Europa; los caballeros gozaban de la confianza de los papas y los reyes y personas ricas debido a su honradez, el buen manejo de sus asuntos, y su sólido reconocimiento basado en los innumerables bienes de la orden y sus extensas relaciones financieras. Ya antes de la ascensión del papa Clemente, su prestigio estaba creciendo en forma peligrosa; además de la envidia despertada por sus riquezas, se levantaron contra ellos acusaciones de arrogancia, exclusivismo, usurpación de derechos episcopales, etc. Ellos habían resistido varios intentos de unir su orden con los Hospitalarios, y en tanto que ya no es fácil establecer el grado de su popularidad entre la gente común, es seguro que en muchas partes de Europa habían despertado la avaricia de príncipes y la envidia de muchos eclesiásticos superiores, especialmente en Francia; sin la cooperación de los últimos nunca habrían caído de manera tan trágica. Su relato se cuenta en su totalidad en el artículo TEMPLARIOS; por lo tanto, para evitar repetición, será suficiente mencionar aquí los hechos principales. En el primer año del pontificado de Clemente V el rey francés comenzó a exigir del papa la supresión de esta orden eclesiástica y a poner en marcha una campaña de violencia y calumnia tal como había ocurrido en el caso de Bonifacio VIII. Si el papa, como naturalmente se temía, se negó finalmente a ceder en el asunto del proceso contra la memoria de su predecesor, seguramente estaría muy contento de adquirir alivio con el sacrificio de los Templarios. Debido a la debilidad e irresolución del Papa Clemente, el plan real dio resultado. Después de un intento infructuoso del papa (en Agosto de 1307) para unir los Templarios y los Hospitalarios, cedió a las exigencias del Rey Felipe y ordenó una investigación de la orden, contra la cual el rey entabló cargos de herejía (renuncia de Cristo, inmoralidad, idolatría, desprecio por la Misa, negación de los sacramentos, etc.). Felipe, sin embargo, no esperó por la operación usual de la Inquisición, sino que, con la ayuda de su confesor, Guillaume de Paris (el inquisidor de Francia), y sus inteligentes e inescrupulosos juristas (Nogaret, de Plaisians, Enguerrand de Marigny) atacó repentinamente a toda la orden, el 12 de Octubre de 1307, con el arresto en París de Jacques de Molay, el Grand Comandante, y ciento cuarenta caballeros, seguido por el mandato del inquisidor de arrestar a todos los miembros a través de Francia, y el secuestro real de los bienes de la orden. La opinión pública fue astuta y exitosamente prevenida por los susodichos juristas. También se hizo aparecer falsamente que el papa aprobó, o estuvo conscientemente enterado de la acción real, mientras la cooperación de los inquisidores y obispos franceses puso el sello de aprobación eclesiástica sobre un acto que ciertamente era una gran injusticia.
Mientras Felipe invitaba a los príncipes de Europa a seguir su ejemplo, Clemente V protestaba (27 de Octubre) contra la usurpación real de la autoridad papal, exigía transferir a su custodia los prisioneros y su propiedad, y suspendía la autoridad inquisitorial de los eclesiásticos del rey y los obispos franceses. Felipe se sometió en apariencia, pero mientras tanto Clemente había publicado otra Bula (22 de Noviembre) ordenando una investigación de los cargos anti-Templarios en todos los países europeos. (Puede decirse de una vez que los resultados fueron generalmente favorables a la orden; en ninguna parte, dada la ausencia de tortura, se obtuvieron confesiones como las que se aseguraban en Francia). Los débiles esfuerzos de Clemente por obtener para la orden estricta justicia canónica (él mismo era un excelente canonista) fueron contrarrestados por la nueva Bula que dignificaba y parecía confirmar los cargos del rey francés, ni entonces ni posteriormente sustentados por evidencia material o documentos aparte de sus propios testigos sobornados y las confesiones de los prisioneros, obtenidas por tortura y por otros métodos dudosos de sus carceleros, ninguno de los cuales se atrevía a desafiar la bien conocida voluntad de Felipe. La presunta Regla secreta de los Templarios, que justificaba los cargos mencionados, nunca fue producida. Mientras tanto William Nogaret había estado ocupado difamando al Papa Clemente, amenazándolo con acusaciones no diferentes a las que pendían contra Bonifacio VIII, y estimulando exitosamente una opinión anti-templaria contra la próxima reunión (Mayo de 1308) de los Estados Generales. En Julio de ese año se convino entre el papa y el rey que la culpa o inocencia de la orden misma se separaría de la de sus miembros (franceses) individuales. La primera fue reservada para un concilio general, próximo a ser convocado en Vienne en el sur de Francia, y preparar evidencia para lo que, además de los interrogatorios en ejecución a través de Europa, y una declaración ante el papa de los setenta y dos miembros de la orden traídos desde las prisiones de Felipe (todos los cuales se confesaron culpables de herejía y rogaron por la absolución), se designaron varias comisiones especiales, de las que las más importantes comenzaron sus sesiones en París en Agosto de 1309. Sus miembros, actuando en nombre y con la autoridad del papa, eran opuestos al uso de la tortura, puesto que antes de ellas cientos de caballeros sostenían libremente la inocencia de la orden, mientras que muchos de los que anteriormente se rindieron ante los inquisidores diocesanos, ahora retractaron sus afirmaciones como contrarias a la verdad. Cuando Nogaret y de Plaisians vieron el probable resultado de las declaraciones ante las comisiones papales, precipitaron los asuntos, hicieron que el Arzobispo de Sens (hermano de Enguerrand de Marigny) convocara un concilio provincial (Sens era entonces metropolitana de París y sede del tribunal local de la inquisición), en el cual fueron condenados, como herejes reincidentes, cincuenta y cuatro caballeros que recientemente se habían retractado ante los comisarios papales de sus confesiones iniciales alegando que las mismas habían sido hechas bajo tortura y eran totalmente falsas. El mismo día (12 de Mayo de 1310), todos estos caballeros fueron quemados públicamente en París fuera de la Porte St. Antoine. Hasta el final todos declararon su inocencia.
Ya no podría haber posibilidad alguna de libertad de defensa; la comisión papal en París suspendió sus sesiones por seis meses, y cuando se reunió de nuevo halló delante de ella solo caballeros que habían confesado los crímenes de los que se les había acusado y habían sido reconciliados por los inquisidores locales. El destino de los Templarios se selló finalmente en el Concilio de Vienne (abierto el 16 de Octubre de 1311). La mayoría de sus trescientos miembros se oponían a la abolición de la orden, convencidos de que los presuntos crímenes no estaban probados, pero el rey fue apremiante, apareció en persona en el concilio, y finalmente obtuvo de Clemente V la ejecución práctica de su voluntad. En la segunda sesión del concilio, en presencia del rey y sus tres hijos, se leyó la Bula “Vox in excelsis”, de fecha 22 de Marzo de 1312, en la cual el papa decía que si bien no tenía suficientes razones para una condenación formal de la orden, no obstante, por razones de bienestar común, el odio abrigado contra ellos por el Rey de Francia, la naturaleza escandalosa de su juicio, y la probable dilapidación de los bienes de la orden en todo el territorio Cristiano, la suprimía en virtud de su poder soberano, y no por ninguna sentencia definitiva. Por otra Bula del 2 de Mayo confirió a los Hospitalarios el derecho a la propiedad de la orden suprimida. En una forma u otra, sin embargo, Felipe consiguió el principal legado de su gran riqueza en Francia. En cuanto a los Templarios mismos, los que siguieron manteniendo sus confesiones fueron dejados libres; aquellos que se retractaron fueron considerados herejes reincidentes y como tales fueron llevados a los tribunales de la Inquisición. Fue solo hasta 1314 que El Gran Maestro, Jacques de Molay y Geoffroy de Charmay, Gran Preceptor de Normandía, reservados al juicio del papa, fueron condenados a cadena perpetua. Inmediatamente después ellos proclamaron la falsedad de sus confesiones, y se acusaron a sí mismos de cobardía al traicionar a su orden para salvar sus vidas. Fueron de una vez declarados herejes reincidentes, devueltos por la autoridad eclesiástica a la autoridad secular, y fueron quemados el mismo día (18 de Marzo de 1314). Del Papa Clemente V puede decirse que las pocas medidas de equidad que aparecen en el curso de este gran crimen se debieron a él; infortunadamente su sentido de la justicia y su respeto por la ley fueron contrarrestados por un carácter débil y vacilante, al cual quizás contribuyó su enclenque e incierta salud. Algunos piensan que estaba convencido de la culpa de los Templarios, especialmente después de que tantos de los principales miembros la habían admitido; ellos explican así su recomendación del uso de la tortura, así como su tolerancia a la supresión por parte del rey de toda libertad de defensa propiamente dicha de parte del acusado. Otros creen que él temía para sí mismo el sino de Bonifacio VIII, cuyo cruel enemigo, William Nogaret aún vivía, fiscal general de Felipe, diestro en violencia legal, y envalentonado por una larga carrera de exitosa infamia. Su motivación más fuerte era, con toda probabilidad, la preocupación por salvar la memoria de Bonifacio VIII de la injusticia de una condenación formal en la que habrían insistido la malicia de Nogaret y el frío rencor de Felipe, de no habérseles arrojado la rica presa de los Templarios; sostener frente a ambos el coraje apostólico podría haber acarreado intolerables consecuencias, no solo humillaciones personales, sino el más peligroso mal del cisma bajo condiciones peculiarmente desfavorables para el papado. (Ver FELIPE EL HERMOSO; VIENNE, CONCILIO DE; TEMPLARIOS.)
CLEMENTE V Y EL EMPERADOR ENRIQUE VII En busca de las enormes ambiciones de la monarquía francesa (Pierre Dubois, “De recuperatione terræ sanctæ”, ed. Langlois, Paris, 1891), el rey Felipe estaba ansioso por ver escogido a su hermano Carlos de Valois Rey de Alemania en sucesión del asesinado Adolfo de Nassau, por supuesto con miras a obtener más tarde la corona imperial. El Papa Clemente estaba aparentemente a favor del plan de Felipe; al mismo tiempo puso en conocimiento de los electores eclesiásticos que la selección del Conde Enrique de Lützelburg, hermano del Arzobispo de Trier, sería de su agrado. El papa estaba bien enterado de que un mayor crecimiento de la autoridad francesa solo podría reducir aún más su propia medida de independencia. Aunque elegido el 6 de Enero de 1309 como Enrique VII, y asegurado pronto del consentimiento papal para su coronación imperial, fue solo en 1312 que el nuevo rey llegó a Roma y fue consagrado emperador en la iglesia de San Juan de Letrán por cardenales especialmente delegados por el papa. Circunstancias obligaron a Enrique VII a ponerse del lado de los Gibelinos, con el resultado de que en la misma Roma encontró un poderoso grupo de Güelfos en posesión de San Pedro y la mayor parte de la ciudad, respaldados activamente también por el Rey Roberto de Nápoles. El nuevo emperador, después del humillante fracaso de su expedición italiana, se comprometió a obligar al rey Angevin a reconocer la autoridad imperial, pero fue contrariado por la acción papal en defensa del Rey Roberto como vasallo de la Iglesia Romana, señor feudal de las Dos Sicilias. En vísperas de una nueva campaña italiana en respaldo del honor y los derechos imperiales, Enrique VII murió repentinamente cerca de Siena, el 24 de Agosto de 1313. El era la última esperanza de Dante y sus compañeros Gibelinos, para quien en esta época el gran poeta redactó en el “De Monarchiâ” su ideal de buen gobierno en Italia mediante la restauración del fuerte imperio anterior de gobernantes alemanes, en los que veía los señores ideales del mundo europeo, y aún del papa como príncipe temporal.
CLEMENT V E INGLATERRA Embajadores de Eduardo I asistieron a la coronación de Clemente V. A solicitud del rey Eduardo, el papa lo liberó de la obligación de cumplir las promesas adicionadas al Charter en 1297 y 1300, si bien después el rey sacó poca o ninguna ventaja de la absolución papal. Más aún, para satisfacer al rey, suspendió y llamó al tribunal papal (1305) al Arzobispo de Canterbury, Roberto de Winchelsea, quien previamente había sufrido mucho por adherirse a la causa de Bonifacio VIII, y a quien Eduardo I estaba ahora persiguiendo con cargos no probados de traición. (Ver CLERICIS LAICOS). Fue solo en 1307, después del ascenso de Eduardo II, que a solicitud del rey, Clemente V le permitió a este gran clérigo regresar de Bordeaux a su sede de Canterbury, cuyo antiguo derecho a coronar los reyes de Inglaterra mantuvo con éxito. Clemente excomulgó (1306) a Robert Bruce de Escocia por su participación en el asesinato del Comyn Rojo, y privó de sus sedes a los obispos Lambarton y Wishart por su papel en la subsiguiente sublevación nacional de los Escoceses. Los Lores y los Comunes en el Parlamento de Carlisle (1307) manifestaron un fuerte carácter antipapal, a propósito, entre otras demandas, del otorgamiento de ricos beneficios ingleses a extranjeros, y aunque no siguió ninguna acción legal, los posteriores Estatutos de Provisores y Præmunire hicieron memoria de este evento como indicativo del carácter inglés. (Ver Gasquet, “The Eve of the Reformation”, disertación en “Mixed Jurisdiction”, y para otros asuntos de interés inglés la “Regesta” de Clemente V, y Bliss, “Calendar of Ecclesiastical Documents relating to England”, Londres, 1893 sqq., series Rolls.)
CLEMENTE V Y EL DERECHO CANONICO El completó el “Corpus Juris Canonici” medieval mediante la publicación de una recopilación de decretos papales conocidos como “Clementineæ”, o “Liber Clementinarum”, a veces “Liber Septimus” en referencia al “Liber Sextus” de Bonifacio VIII. Contiene decretos de éste papa, de Benedicto XI, y del mismo Clemente. Junto con los decretos del Concilio de Vienne fue promulgado (21 de Marzo de 1314) en la residencia papal de Monteaux cerca de Carpentras. Sigue el método de los “Decretals” de Gregorio IX y el “Liber Sextus” de Bonifacio VIII, i.e. cinco libros con subdivisión en títulos y capítulos. Como el papa murió (20 de Abril) antes de que esta recopilación hubiera sido publicada, su autenticidad ha sido puesta en duda por algunos, por lo que Juan XXII la promulgó de nuevo el 25 de Octubre de 1317, y la envió a la Universidad de Bolonia como una recopilación auténtica de decretos papales para ser usados en los tribunales y los colegios. (Laurin, “Introd. In corpus juris canonici”, Freiburg, 1889; cf. Ehrle, “Archiv f. Litteratur und Kirchengesch.”, IV, 36 sqq.)
La correspondencia oficial de Clemente se encuentra en cinco volúmenes de la Regesta Clementis V ( Benedictine ed., Roma, 1885-92); BALUZE, Vita paparum Avenionensium (Paris, 1693), I; RAYNAULD, Ann Eccl., ad ann. 1303-13); HEFELE, Conciliengesch. (2d ed.), VI, 393 sig.; EHRLE, Archiv f. Litt. u. Kirchengesch. (1867-89); CHRISTOPHE, Hist. de la papauté pendant le quatorzième siécle (Paris, 1853), I; SOUCHON, Papstwahlen von Bonifaz VIII. bis Urban VI. (1888); RABANIS, Clément V et Philippe le Bel (Paris, 1858); BOUTARIC, La France sous Philippe le Bel (Paris, 1861); RENAN, Etudes sur la politique de Phiplippe le Bel (Paris, 1899); WENCK, Clement V. und Heinrich VII. (1882); LACOSTE, Nouvelles éstudes sur Clément V (Paris, 1896); BERCHON, Hist. du Pape Clément V (Paris, 1896); BERCHON, Hist. du Pape Clément V (Bordeaux, 1898), y la exhaustiva bibliografía en CHEVALIER, Bio-Bibl. Para la literatura de los Templarios, ver TEMPLARIOS. Será suficiente mencionar aquí: LAVOCAT, Le procès des frères de l’ordre du Temple (Paris, 1888); SCHOTTMÜLLER, Der Untergang des Templer Ordens (1893); CH. LANGLOIS, Histoire de France, ed. LAVISSE (Paris, 1901), III (ii), 174-200; LEA, History of the Inquisition (New York, 1887), III, 238-334; DELAVILLE LE ROULX, La suppression des Templiers in Revue des questions historiques (1890), XLVII, 29; y GRANGE, The Fall of the Knights of The Temple in Dublin Review (1895), 329-46.

THOMAS J. SHAHAN Transcrito por WGKofron Con gratitud a la Iglesia de Santa María, Akron, Ohio Traducido por Daniel Reyes V.

San Clemente María Hofbauer

(JOHN DVORÁK) Fue el segundo fundador de la Congregación de Redentoristas, llamado el “Apóstol de Viena". Nació en Tasswitz, Moravia, el 26 de diciembre de 1751; murió en Viena el 15 de marzo de 1821. El nombre de familia de Dvorak era mejor conocido por su equivalente alemán. Fue el más joven de doce niños, e hijo de un carnicero. Tenía seis años cuando su padre murió.
Su gran deseo fue ser sacerdote, pero su familia siendo incapaz para darle la educación necesaria, forzó a que fuera ayudante de panadero; consagrando todo su tiempo de descanso al estudio. Era sirviente en el monasterio de premonstratensiano de Bruck, en el período de 1771 a 1775. Vivió durante algún tiempo como ermitaño.
Cuando el Emperador José II abolió a los hermitaños en Viena, fue a trabajar una vez más como panadero. Luego de dos peregrinaciones a Roma fue nuevamente un hermitaño (1782-3); este tiempo estuvo bajo la protescción de Barnaba Chiaramonti, Obispo de Tivoli, quien después sería sucedería al Papa Pío VII; él tomó el nombre de Clemente, por el que fue mejor conocido.
Una vez que retornó a Viena, la generosidad de los benefactores hizo posible que regresara a la universidad y completara sus estudios. En 1784 realizó una tercera peregrinación a pié a Roma, fue con amigo, Thaddäus Hübl, y ambos fueron recibidos en el noviciado redentorista de San Giuliano en el Esquilino.
Después de un corto período de prueba, hicieron su profesión el 19 de marzo de 1785, y fueron ordenados sacerdotes unos días más tarde. Fueron enviados a fines de esse mismo año, a fundar una casa al norte de los Alpes, San Alfonso, quien todavía estaba vivo profetizando con éxito. Fue imposible, bajo el mandato de José II, fundar una casa en en Viena, por ello, Clemente y Thaddäus volvieron a Varsovia. Allí el rey Estanislao Poniatowski, a requerimiento del nuncio, hizo que existiera un lugar en San Benno, la iglesia nacional alemana, a disposición de ellos.
Aquí, en 1795, ellos vieron el fin de la independencia polaca. Los trabajos realizador por Clemente y sus compañeros en Viena, de 1786 a 1808, fueron increíbles. Además de San Benno, otra iglesia grande fue reservada para ellos, donde se predicaron sermones en francés, y había clases diarias de instrucción para protestantes y judíos.
Además de esto, Clemente fundó un hospicio y una escuela para muchachos. Su asistente principal, Thaddäus Hübl, murió en 1807. Al año siguiente fueron suprimidas con base en órdenes de París, la casa en Varsovia y tres otras casas que Clemente había fundado. Los redentoristas fueron expulsados del Gran Ducado. Clemente junto a uno de sus compañeros, fue a Viena, donde durante los últimos doce años de su vida sirvió como capellán y director de un convento ursulino.
Durante esos años ejerció un verdadero apostolado que se extendió hacia todas las clases sociales en la capital, desde el Emperador Franciso. Incapaz para fundar una casa regular para su congregación, la que sin embargo se estableció tal y como había predicho, inmediatamente luego de su muerte, se dedicó a las conversiones y a la capacitación de hombres jóvenes. "Yo sé de tres hombres con energía sobrehumana", había dicho su amigo, Werner, "Napoleon, Goethe, y Hofbauer Clemente". "la Religión en Austria", dijo Pío VII, "ha perdido su apoyo principal". De hecho Clemente Hofbauer fue el factor calave, más que cualquier otro, para la desaparición del josefinismo. Fue beatificado por León XIII, el 29 de enero de 1888. Canonizado el 20 de Mayo de 1909. (véase tambien MONARQUÍA AUSTRO-HUNGARA, II, 129).
Su vida en alemán, por HARINGER, traducida al inglés por LADY HERBERT (New York, 1883). Otra vida, by O. R. VASSALL PHILLIPS (New York, 1893); BERTHE, Saint Alphonse de Liguori (Paris, 1900), tr. Life of St. Alphonsus de Liguori (Dublin, 1905).
J. MAGNIER.
Transcripción de Douglas J. Potter
Traducción al castellano de Giovanni E. Reyes
Dedicado al Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María

Papa Clemente IV

(Guido Foulques o Guy Le Gros).
Nacido en Saint Gilles sur Rhone, el 23 noviembre, se desconoce el año; elegido en Perugia el 5 de febrero de 1265; fallecido en Viterbo, el 29 de noviembre de 1268. Después de la muerte de Urbano IV (2 octubre de 1264), los cardenales, congregados en cónclave en Perugia, discutieron durante cuatro meses la más importante cuestión del momento, si la Iglesia debía continuar la guerra hasta el fin contra la Casa de los Staufen, llamando a Carlos de Anjou, el hermano más joven de San Luís de Francia, o si debía encontrar otros medios para afianzar la independencia del papado. No se ofreció ninguna otra solución, la única posible era unirse alrededor del cardenal-obispo de Sabina, francés de nacimiento y persona de Carlos. Guido Le Gros era de extracción noble. Cuando su madre murió, su padre, el caballero Foulquois, entró en un monasterio cartujo dónde acabó una santa vida. Guido se casó y durante un corto tiempo manejó la lanza y la espada. Consagrándose después al estudio de las leyes, bajo la eficaz dirección del famoso Durand, ganó una gran reputación nacional como abogado. San Luís, que le tenía gran respeto y afecto, lo llamó a su gabinete y le hizo uno de sus consejeros más fiable. Su esposa murió, dejando dos hijas, después de lo cual imitó la grandeza de su padre, dejó las preocupaciones mundanas y tomó las Santas Órdenes.
Su ascenso en la Iglesia fue rápido; en 1256 era obispo de Puy; en 1259 arzobispo de Narbona; en diciembre de 1261 cardinal-obispo de Sabina. Fue el primero cardenal creado por Urbano IV (Babel, Hierarchia Catholica, 7). Estaba en Francia, regresando de una legación importante a Inglaterra, cuando recibió un mensaje urgente de los cardenales que exigían su presencia inmediata en Perugia. Hasta que no entró en el cónclave no fue informado de que el voto unánime del Sacro Colegio había confiado en sus manos los destinos de la Iglesia Católica. Estaba sorprendido; un hombre solo de su gran experiencia debía asumir totalmente su responsabilidad de juzgar, en esta coyuntura crítica, y encauzar la historia de Italia y eclesial de los siglos venideros. Sus oraciones y lágrimas no conmovieron a los cardenales, aceptó remiso la pesada carga, fue coronado en Viterbo el 22 de febrero y, en honor del santo del día de su nacimiento, adoptó el nombre de Clemente IV. Sus contemporáneos son unánimes y entusiastas al exaltar su piedad ejemplar y su rigurosa vida ascética. Tuvo una notable aversión al nepotismo. Su primer acto fue prohibir que cualquiera de sus parientes fuera a la Curia, o intentara obtener cualquier tipo de ventaja temporal por su nombramiento. Se avisó a los aspirantes a la mano de sus hijas que sus posibles novias no eran “hijas del Papa, sino de Guy Le Gros”, y que sus dotes debían ser sumamente modestas. Las dos mujeres prefirieron el aislamiento del convento.
La cuestión napolitana ocupó, casi exclusivamente, los pensamientos de Clemente IV durante su corto pontificado de 3 años, 9 meses y 25 días, en el que, sin embargo, fue testigo de las dos batallas decisivas de Benevento y Tagliacozzo (1268) y de la ejecución de Conradino. Las negociaciones con Carlos de Anjou habían progresado tanto bajo el reinado de Urbano IV que era difícil para el Papa volverse atrás, incluso aunque tuviera esa intención. Pero Clemente no tenía intención de hacerlo. El poder de Manfredo y la inseguridad de la Santa Sede crecían diariamente. Clemente había tomado parte activa, ya como cardenal, en las negociaciones con Carlos y ahora se empeñó al máximo en orden a proporcionar tropas y dinero a la ambiciosa pero necesaria aventura,. Los legados papales y frailes mendicantes aparecieron en escena, predicando a una cruzada formal, con las más amplias indulgencias y pródigas promesas. Se obtuvieron soldados en abundancia de entre la caballería bélica de Francia; la gran dificultad era encontrar el dinero con que equipar y mantener el ejército. El clero y la gente se equivocaron al no descubrir una cruzada en lo que ellos juzgaron una lucha personal del Papa, una “dura guerra por Letrán y no contra los sarracenos ni los judíos” (Dante, Inf., canto XXVII); sin embargo, en realidad, los sarracenos, implantado en Italia por Federico II, se convirtieron en la fuerza principal del ejército de Manfredo. Aunque le llevó a veces a la más absoluta indigencia y le obligó a empeñar todo lo de valor y pedir prestadas cantidades exorbitantes, el Papa no desesperó; la expedición llegó, y se logró un gran éxito desde el punto de vista militar.
Mientras, Carlos, precedido de su ejército, llegó a Roma por mar y, con la conclusión de un tratado por el que se aseguraba firmemente la libertad de la Iglesia y la supremacía de la Santa Sede, recibió la investidura de su nuevo reino. El 6 de enero de 1266, fue coronado solemnemente en San Pedro; no como él había deseado, por el Papa, que subió a su residencia en Viterbo y nunca vio Roma, sino por un cardenal designado a este propósito. El 22 de febrero se libró la batalla de Benevento en la que Carlos venció completamente; Manfredo se encontraba entre los muertos. Nápoles abrió sus puertas y se estableció la dinastía de los Angevinos. Aunque buen general, Carlos tenía muchas debilidades de carácter que le hicieron un gobernante muy diferente de su santo hermano. Era áspero, cruel, avaro, y tiránico. Clemente se ocupó de recordarle las condiciones de su tratado, reprobando sus excesos y los de de sus oficiales, y advirtiéndole que se estaba ganando la enemistad de sus súbditos. No obstante, cuando un poco más tarde el joven Conradino, desatendiendo la censura y los anatemas papales, avanzó a la conquista de lo que él juzgaba su herencia, Clemente permaneció fiel a Carlos y profetizó que el joven galante, recibido con entusiasmo ilimitado por los Gibelinos, incluso en Roma, “era llevado como un cordero al matadero”, y que “su gloria desaparecería como el humo”, una profecía cumplida literalmente cuando, después del día fatal de Tagliacozzo (23 de agosto de 1268), Conradino cayó en las manos implacables de Carlos y fue decapitado (el 29 de octubre) en la plaza del mercado de Nápoles. La fábula de que Papa Clemente aconsejó la ejecución del infortunado príncipe diciendo: “La vida o la muerte de Conradino significan la muerte o la vida de Carlos” es de una fecha posterior y opuesta a la verdad. Incluso la declaración de Gregorovio de que Clemente se convirtió en cómplice negándose a interceder por Conradino, es igualmente infundada; se ha demostrado concluyentemente, no sólo que él imploró por su vida y suplicó a S. Luís, para añadir el peso de la influencia sobre su hermano, sino que además reprobó a Carlos severamente por perpetrar un hecho tan cruel. Clemente siguió “al último de los Staufen” a la tumba sólo un mes después, dejando el papado en un mucha mejor condición que cuando recibió las llaves de San Pedro. Fue enterrado en la iglesia de los dominicos en Viterbo. Debido a los puntos de vista divergentes entre los cardenales, el trono papal permaneció vacío durante casi tres años. En 1268, Clemente canonizó a San Hedwig de Polonia (d. 1243).
JORDAN, “Le registres de Clément IV” (París, 1893, sqq.); “Life and Letters in MANSI, XIV, 325”; HEIDEMANN, “Papst Klemens IV”. (Münster, 1903, pt. 1); HEFELE, “Concilieng. VI”, 1-265; HERGENRÖTHER -KIRSCH, “Kirchengesch”, 4th ed. (Friburgo, 1904), II, 566; PRIEST, “Hist. de la Conquéte de Naples par Charles d'Anjou” (París, 1841); BRAYDA, “La risponsabilitá di Clemente IV e di Carlo X d'Anjou nella morte di Corradino di Soevia” (Nápoles, 1900).
JAMES F. LOUGHLIN
Transcrito por WG Kofron. En agradecimiento a la Iglesia de Santa María, Akron, Ohio
Traducido por Quique Sancho

Papa Clemente III

Reinó en 1187-1191
Clemente III, Papa (PAOLO SCOLARI), fecha de nacimiento desconocida; elegido el 19 de diciembre de 1187 y fallecido el 27 de marzo de 1191. Durante el breve tiempo (1181-1198) que separó los gloriosos pontificados de Alejandro III e Inocencio III no menos de cinco pontífices ocuparon la sede papal en rápida sucesión. Todos eran veteranos que se habían formado en la escuela de Alejandro y sólo necesitaban su vigor juvenil y larga duración de su reinado para ganar renombre duradero en una época de grandes acontecimientos. Gregorio VIII, murió el 17 de diciembre de 1187, tras un pontificado de dos meses, en Pisa, a donde había ido para preparar la reconquista de Jerusalén. Dos días más tarde le sucedió el cardenal-obispo de Palestina, Paolo Scolari, romano de nacimiento. La elección fue particularmente aceptable para los romanos, porque era el primer romano elegido papa desde los días de la rebelión de Arnaldo de Brescia y su conocida mansedumbre y amor de la paz prometían una reconciliación, que ellos necesitaban más que el papa.
Se hicieron intentos de concluir un tratado formal en el que se asegurara tanto la soberanía papal como las libertades municipales y el siguiente mes de febrero Clemente entró en la ciudad entre el entusiasmo sin límites de una población que nunca parecía haber aprendido el arte de vivir con el papa o sin el papa. Sentado en el Laterano, el papa dirigió su atención a la gigantesca tarea de reunir fuerzas de la Cristiandad contra los sarracenos. Fue le organizador de la Tercera Cruzada y aunque éste produjo resultado s insignificantes, la culpa no fue suya. Envío legados a las diferentes cortes que intentaron restablecer la armonía entre los príncipes monarcas beligerantes, tratando de encauzar sus energías hacia la conquista del Santo Sepulcro. Animados por el ejemplo del emperador Barbarroja y de los reyes de Francia un innumerable número de guerreros se dirigieron a Palestina y a su muerte. Al morir Clemente, poco antes de la captura de Acre, el panorama parecía brillante, a pesar de que Barbarroja se había ahogado y Felipe Augusto volvió a Francia.
La muerte del principal vasallo del papa, Guillermo II de Sicilia precipitó otra refriega desafortunada entre el papa y los Hohenstaufen. Enrique IV hijo y sucesor de Barbarroja reclamó el reino por el derecho de su mujer Constanza, la única superviviente legítima de la casa de Roger. El papa que veía peligrar su independencia si el imperio y las Dos Sicilias caían en manos del mismo monarca, así como también los italiano s que se oponían al gobierno de extranjeros, se decidieron a resistir y cuando los sicilianos nombraron rey a Tancredo de Lecce, un valiente pero ilegítimo descendiente de la familia de Roger, el papa le concedió la investidura. Enrique se dirigió a Italia con un fuerte ejército para imponer su reclamación. Pero Clemente murió y el asunto pasó a manos de su sucesor, Celestino III.
Con sabia moderación logró aquietar las alteraciones causadas por unas discutidas elecciones en las diócesis de Trveris, en Alemania y St. Andews, en Escocia. Liberó a la iglesia escocesa de la jurisdicción del metropolitano de York y las puso directamente bajo la Santa Sede. Clemente canonizó a Otto de Bamberg, apóstol de Pomerania (m. en 1124) y a Esteban de Thiers en Auvernia, fundador de los ermitaños de Grammont (m. 1124).

JAMES F. LOUGHLIN
Traducido por Pedro Royo


  • Published by Encyclopedia Press, 1913.

Papa Clemente II

Reinó 1046-1047
Clemente II, Papa (Sudiger, Sugerio); fecha de nacimiento desconocida; accedió al trono papal el 25 de diciembre de 1046 y murió el 9 de octubre de 1047. En el otoño de 1046 Enrique III, rey de Alemania, cruzó los Alpes a la cabeza de un gran ejército, acompañado de una brillante corte de príncipes eclesiásticos y seglares del imperio, con el doble propósito de ser coronado emperador y restaurar el orden en la península italiana.
La situación en Roma era deplorable. En San Pedro, el Laterano y Santa maría la Mayor se sentaban tres personajes que reclamaban el papado ( ver Papas Benedicto I –X) Dos de ellos, Benedicto IX y Silvestre III representaban facciones rivales de la nobleza romana. El tercero, Gregorio VI estaba en una situación peculiar. El partido reformista, para liberar a la ciudad del intolerable yugo de la Casa de Tusculum, y a la Iglesia del estigma de la vida disoluta Benedicto, había convenido con él renunciara a la tiara a cambio de una cierta cantidad de dinero. Muchas han dudado que estas medidas para librar al Santa sede de su destrucción fueran simoníacas, pero externamente parecía serlo con lo que sería una mancha en el título de Gregorio y también en el título imperial que anhelaba Enrique. Esa edra la opinión general entonces.
Gregorio se reunión con Enrique en Piacenza, siendo recibido con todos los honores. Se decidió reunir un sínodo que se reuniría en Sutri, cerca de Roma, en que se ventilaría la cuestión. El cardenal Newman, en su “Ensayos Críticos e Históricos” (II, 262 ss.) resume muy bien el procedimiento del Sínodo de Sutri. De los tres que reclamaban el papado, Benedicto no quiso asistir; fue convocado de nuevo y después depuesto en Roma. A Silvestre se le despojó de su rango sacerdotal y fue encerrado en un monasterio. Gregorio demostró ser, si no un idiota, al menos un hombre de mires simplicitatis, explicando en palabras claras su pacto con Benedicto sin ofrecer otra defensa que sus buenas intenciones y se depuso a si mismo (Watterich, Vitae Rom. Pont., I, 76), acto interpretado por algunos como dimisión por otros (Hefele), ateniéndose a los anales contemporáneos, domo una deposición por el sínodo. El Sínodo de Sutri se suspendió para volver a reunirse en Roma el 23 y 24 de diciembre. Benedicto no se presentó y fue depuesto y condenado in contumaciam, y se declaró vacante la sede papal. Como el rey Enrique no había sido aún coronado emperador no tenía derecho canónica de participar en la nueva elección; pero los romanos no tenían candidato y pidieron al monarca que se propusiera un candidato digno.
La primera elección de Enrique, el poderoso Adalberto, arzobispo de Bremen, no aceptó y sugirió a su amigo Sugerio, obispo de Bamberg. A pesar de sus protestas, el rey lo tomó de la mano y lo presentó al clero y pueblo que lo aclamaban como su jefe espiritual. Por fin vencieron sus reticencias aunque insistió en mantener su amada sede episcopal. Se le puede perdonar por temer que los turbulentos romanos le enviaran pronto de nuevo a Bamberg. Más aún, como el rey se negó a devolver a la sede romana las posesiones usurpadas por los nobles y los normandos, el papa se vio obligado a pedir ayuda financiera a su obispado.
Fue coronado en S, pedro el día de navidad con el nombre de Clemente II. Había nacido en Sajonia, de familia noble; había sido canónigo Halberstadt, capellán en la corte de Enrique II quien a la muerte del primer obispo de Bamberg, Eberhard le nombró para aquella importante sede. Era un hombre íntegro de una moralidad severa.
Su primer acto papal fue coronar como emperador a Enrique y a la reina consorte Inés de Aquitania. El nuevo emperador recibió de los romanos y del papa el título y diadema de un patricio romano, dignidad que, desde el siglo décimo, y debido a las pretensiones anticanónicas de la nobleza romana, suponía para el portador el derecho de nombrar al papa o más exactamente, indicar la persona que debía ser elegida (Hefele). Si Dios no hubiera dado a su Iglesia el derecho inalienable de la independencia, y enviado campeones resueltos a imponer eses derecho, en este momento simplemente hubiera cambiado la tiranía de de las facciones romanas por la amenaza más seria de un pode extranjero. El hecho de que Enrique hubiera protegido a la iglesia romana y la hubiera rescatado de sus enemigos no le daba el derecho de convertirse en su dueño y señor. Reformadores sin perspectivas, hasta S. Pedro Damián (Opusc., VI, 36) que vieron en la redición de la libertad de las elecciones papales la voluntad arbitraria del emperador, el inicio de una nueva era, vivieron lo suficiente para lamentar el error que se cometió.
Aunque reconozcamos la importancia de los alemanes en la reforma del siglo once, no podemos olvidare que ni Enrique III ni sus obispos entendieron la importancia de la independencia absoluta en la elección de los cargos eclesiásticos de la Iglesia. Hildebrandt, el joven capellán de Gregorio VI, que se llevaron a Alemania con su maestro para volver con S. León IX y comenzar su carrera memorable, estaba destinado a darles una lección. Enrique III, enemigo jurado contra la simonía, nunca aceptó dinero de sus candidatos, pero reclamó el derecho de nombramiento lo que le convertía virtualmente en cabeza de la Iglesia, y preparaba el camino para los intolerables abusos de sus indignos sucesores.
Clemente no perdió tiempo en comenzar la reforma. En enero de 1047, en un gran sínodo en Roma, se condenó con excomunión la compra y venta de las cosas espirituales; cualquiera que a sabiendas aceptara la ordenación de manos de un prelado culpable de simonía era castigado a penitencia canónica de cuarenta días.
Una disputa por la precedencia entre las sedes de Rávena, Milán y Aquilea fue resuelta a favor de Rávena, cuyo obispo, en ausencia del emperador, se pondría a la derecha del papa. Benedicto acompañó al emperador un una gira triunfal por el sur de Italia y puso a Benevento en entredicho por no querer abrirle las puestas. Viajó con el emperador a Alemania donde canonizó a Wiborada, una monja de San Gall, martirizada por los hunos en 925. Murió cerca de Pésaro, de regreso a Roma, supuestamente envenenado por los partidarios de Benedicto IX, aunque no hay pruebas. Quiso que sus restos fueran enterrados en Bamberg, en la gran catedral donde se puede ver el gran sarcófago de mármol. Es el único papa enterrado en Alemania.
Muchos eclesiásticos, sobre todo el obispo de Lieja, intentaron reponer en la sede papal a Gregorio VI al que Enrique retenía bajo custodia junto con su capellán, poro el emperador nombró sin contemplaciones a Poppo, obispo de Brixen, que tomó el nombre de Dámaso II.

JAMES F. LOUGHLIN.

Traducido por Pedro Royo

Published by Encyclopedia Press, 1913.