domingo, 28 de diciembre de 2014

LOS QUE VIVEN PERSEGUIDOS

DICHOSOS LOS QUE VIVEN PERSEGUIDOS POR SU FIDELIDAD,
PORQUE ESOS TIENEN A DIOS POR REY
 
Esta última bienaventuranza, como ya vimos al principio, está en paralelo con la primera porque, como ella, está en presente. Además, estas dos son la más paradójicas de todas. "Dichosos los que eligen ser pobres" y "dichosos los que viven perseguidos" son dos enormes paradojas.
 Aquí en la traducción, hay que explicar el "vivir perseguidos", porque la forma griega significa eso: un estado continuo, y la última palabra -la "fidelidad"- se suele traducir por la "justicia", pero no es la justicia; significa la "justa relación con alguien". Puede ser la relación de vida con Dios o la relación de vida con el hombre. La relación que debemos a Dios es la de fidelidad y la relación que debemos al hombre es la de justicia y honradez. De manera que la traducción de esta palabra depende del contexto: porque la palabra es muy amplia y, según el contexto en que se use, así hay que traducirla. Aquí se trata de la fidelidad a Dios que, al mismo tiempo, es la fidelidad al hombre, pero es la fidelidad a ese compromiso primero que se ha hecho, a esa opción de la primera bienaventuranza. Inmediatamente después, Jesús va a ampliar esta bienaventuranza, aplicándosela ya directamente a los discípulos y, entonces, les dice: "Dichosos vosotros cuando os persigan por causa mía". Esa fidelidad es por causa suya, es la fidelidad a Jesús, la fidelidad a su mensaje, la fidelidad al compromiso hecho en la primera bienaventuranza, a esa opción por la pobreza, a ese renunciar a la idolatría del dinero.
 Como la primera bienaventuranza es elegir entre dos dioses ‑el Dios verdadero, el Padre, o el dinero, la idolatría‑, mantenerse en esa opción es mantenerse en la fidelidad a Dios. Entonces, cuando una comunidad, un grupo humano (siempre se trata de grupos, el Señor nunca habla para individuos aislados) rechaza, niega ‑no solamente de palabra, sino con su práctica‑ los valores en que se funda la sociedad existente, que son la ambición del dinero, del honor y del poder, evidentemente ese grupo, en cuanto empiece a notarse, se hace enormemente molesto para esa sociedad y por tanto, esa sociedad lo persigue. Lo persigue de una manera o de otra, depende de las épocas, de los regímenes, etc. Unas veces será una persecución a muerte, otras veces no lo será. Depende de las circunstancias. Desde luego, la cárcel ha sido muy abundante en tiempos del régimen anterior para los que tenían algún compromiso social de cualquier clase. Cuántos curas estuvieron también en la cárcel, a pesar de que ese régimen era mas bien respetuoso con el estado clerical, pero llegó el momento en que se saltó a la torera el respeto... porque le molestaban, porque eran personas que estaban, de alguna manera, comprometidas con una función social. Por tanto, de una forma o de otra viene la persecución. Naturalmente, en nuestra época no hemos tenido una persecución a muerte en nuestro país, pero en otros sí.
 De manera que, para este grupo humano, esta comunidad, este trozo de nueva Humanidad, que niega con su práctica los valores de la sociedad ‑las tres grandes ambiciones: tener más dinero, tener más honores y tener más poder‑ lo normal es la persecución, ya que este comportamiento lleva consigo la antipatía existente. Por tanto, si la comunidad cristiana está a partir un piñón con las sociedades humanas o con las instituciones de poder humano, es mala señal, porque significa que no está viviendo la alternativa, que con su praxis ‑otra cosa son la palabras‑ no está negando los valores sobre los que se asienta la sociedad injusta. Y esto lo estamos viendo todos los días. Cómo en la Iglesia se pretende la buena amistad con los regímenes (por lo menos, con ciertos regímenes). Y no hay que tener ninguna amistad particular con ningún régimen político, porque todo régimen político representa una sociedad que es injusta, lo mismo el dictatorial de antes, que el democrático de ahora. Este será algo menos injusto, quizá, pues evidentemente deja más margen a la libertad humana pero en el fondo, la sociedad ésta, la economía de mercado o sociedad capitalista, es profundamente injusta, porque está consagrando el capital, es decir, la desigualdad entre los hombres, está consagrando el acaparar, el que unos acaparen y otros no tengan bastante. Es radicalmente injusta porque impide la igualdad de los hombres, impide la relación de amor, ya que no hay relación de amor donde hay acaparamiento de dinero. Y esto lo consagra y es la base, incluso, de nuestra Constitución. De manera que, aunque sea una cosa mucho mejor, pues evidentemente permite mucha más libertad y, por tanto, más expresión y más desarrollo de la persona, sin embargo, sigue siendo una sociedad injusta. Por eso, la comunidad cristiana no es que tenga que oponerse sistemáticamente al régimen que exista -a éste, al otro o al de más allá-, pero tampoco tiene que estar con él como un novio. Al contrario, ella tiene que mantener en su praxis un modo de actuar que no coincide, ni mucho menos con lo que consagra cualquier sociedad existente. Siempre hay poder y dominio. Evidentemente, en un régimen dictatorial el poder es absoluto, no hay quien abra la boca ni pueda protestar. Ahora, el poder es mucho más relativo: hay una oposición, se critica, se puede hablar mal, se puede escribir mal, se puede salir en televisión diciendo que el gobierno lo hace mal, todo se puede hacer, pero existe un poder, un poder coactivo, a pesar de todo. Y esto no es la sociedad ideal, no puede ser nunca la sociedad ideal. Por aquí, desarrollando una de estas sociedades en cualquier dirección, aún de mayor democracia, no llegamos nunca al Reinado de Dios, porque las bases de la sociedad están viciadas; las bases que son: el dinero, el honor y el poder. Y esto es lo mismo en el otro lado, pues allí el poder es aún peor, y eso no puede ser. El dominio del hombre sobre el hombre no puede aceptarse ni en el Este, ni en el Oeste, ni en el Sur, ni en el Norte.
Por lo tanto, la comunidad cristiana, naturalmente, tiene que chocar con todo régimen político, porque profesa una escala de valores que es distinta de todos. Sin embargo, hay que ser realistas y saber que, en una sociedad donde la gente no ha hecho opción por los demás, sino por su propio egoísmo ‑como la que tenemos aquí y en cualquier parte del mundo‑, una sociedad donde cada uno va a su avío y a su lucro personal, naturalmente tiene que haber alguien que asegure un mínimo de convivencia. Eso está claro. De manera que, no es que el cristiano sea utópico en el sentido de decir que "hay que suprimir todo poder, toda economía de mercado, todo capital ahora mismo", ya que eso no se puede, porque la nueva sociedad ésta que Jesús propone y cuyo código son las Bienaventuranzas se hace por opción personal y libre. Cuando cada uno de nosotros diga "yo no quiero vivir para mi propio provecho, quiero ayudar a los demás, quiero ser solidario con todos, quiero vivir en un grupo donde esto sea absoluta realidad, donde cada uno esté dispuesto a matarse por el de al lado, y hacia fuera ya veremos lo que se puede hacer...", cuando haya esa opción, entonces ya se acabó la ley, los tribunales, la policía, las cárceles, etc., porque, si nadie busca su propio interés, se acaban todos los conflictos. Pero en la humanidad, tal y como existe, »la comunidad no puede imponer nada, porque tiene que aceptar que tiene que haber esa organización que asegure el mínimo de convivencia. Por lo tanto, aquí está la utopía pequeña, que es la comunidad cristiana que se realiza hoy, donde se viven estos valores nuevos, los valores del Evangelio. Y luego está la Humanidad alrededor, que es la utopía grande, que habrá que irla realizando poco a poco. Pero ¿cómo se entra en la utopía? Por una opción personal: no hay más que eso; y ¡claro!, eso es muy lento y, además, no sabemos si va a llegar nunca a la humanidad entera. Como ya vimos con lo de la levadura, no parece que toda la masa se convierta en levadura, pero si que va a ir cambiando.
 
(Juan J. Mateos)

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