martes, 26 de mayo de 2015

DUELO.


Conceptos Básicos


La palabra duelo deriva del latín dolus: dolor y es la respuesta afectiva a la pérdida de alguien o de algo. El luto, en cambio, proviene del latín lugere: llorar y es el duelo por la muerte de una persona amada. El duelo sería el género y el luto la especie.

A. Pangrazzi enumera diez tipos de pérdidas que puede sufrir el ser humano. Entre ellas, la más temida es la muerte de una persona amada, ya que esta pérdida, a diferencia de las otras, suscita sentimientos más profundos y duraderos, porque la pérdida es irreversible1.

Por mucho tiempo se entendió el duelo como el estado social o el conjunto de prácticas rituales en torno a una pérdida, pero recientemente se entiende por duelo el estado psicológico y afectivo que afecta a la persona que ha sufrido una pérdida de alguien. Ha habido un desplazamiento de lo social a lo psicológico, de lo externo a lo interno, de lo ritualmente estereotipado al espontáneo e indescriptible drama interior de la personai. En efecto el duelo como luto es un fenómeno profundamente humano que toca los más hondos sentimientos de la persona.

El duelo por la muerte de un ser querido es algo más que un sentimiento, es la vivencia de la pérdida de algo valioso que se sitúa en el corazón, en el centro espiritual de nuestro ser. El intenso dolor por la pérdida de una persona amada puede, empero, conducir a una nueva forma de vida, a una manera de vivir más clarividenteii, a una catarsis, a una purificación.

Finalmente, entendemos lo espiritual como el ámbito en donde se cuestiona y se buscan respuestas sobre el sentido de la vida, como la dimensión en la que se viven los valores decisivos que influyen en nuestras opciones fundamentales. Conviene distinguir entre la dimensión espiritual y la religiosa. La primera es más amplia y se da incluso en personas que no se adhieren a ninguna denominación religiosa. La dimensión religiosa, en cambio, se refiere al ámbito más restringido de los credos y las convicciones religiosas concretas.iii El progreso que se dé en la asimilación del duelo en el ámbito religioso-espiritual, suele repercutir positivamente en los demás ámbitos, el físico, el psicológico, y el social.

¿Qué motiva el duelo?

El dolor del duelo es producto del amor, de la preocupación. Si alguien pudiera vivir en total aislamiento, en la absoluta indiferencia hacia los demás, en la completa despreocupación, nunca experimentaría ni la tristeza, ni el dolor, ni la congoja por la muerte de un ser querido, sería inmune a las heridas que produce el amor.

Además de este motivo básico exploraremos a continuación algunas actitudes que pueden originar el duelo:

1) El duelo surge porque no aceptamos lo ineludible de la muerte.

Quizá parte de la explicación de lo penoso y agobiante del duelo en la modernidad se deba, como lo que apunta Max Scheler, a que el hombre de nuestros días ya no vive de cara a la muerte, y que se encuentra brutalmente ante ella como ante un muro con el que inesperadamente se tropieza en la oscuridad. En efecto, el tabú de la muerte puede ser la causa de que el duelo sea más agobiante. La muerte reprimida aparece, cuando se presenta, con brutal violencia. Al tabú de la muerte contribuye el vivir en el torbellino de los negocios que conduce, según Séneca, a que ni sepamos vivir ni sepamos morir (Ep. XXVI y LXXIV).

Por consiguiente, una de las primeras tareas del duelo, como lo postula J. W. Wordeniv es la de aceptar la realidad de la pérdida. Se considera un sutil escapismo de esta realidad el procurar por varios mecanismos la “búsqueda” del ser querido. Así, algunos, en este afán acuden a sesiones espiritistas, pero al no encontrar en ellas plena satisfacción terminan por dejarlas. Se ha observado que en ocasiones estas practicas no contribuyeron a la paz interior.

Muy diferente es la actitud del creyente que confiesa que su fe en la otra vida le proporciona paz, sosiego y aceptación serena de la pérdida. Si la persona afirma que lo consuela la idea de que al ser querido “se lo va a encontrar” en la otra vida, esta actitud de fe no podría considerarse de “escapismo”v.

En cambio, no vivir de cara hacia la muerte conduce a la indiferencia o al miedo ante ella. Para los estoicos, empero, la muerte no es despreciada. Séneca de modo especial desarrolla la idea de que una actitud sana ante la muerte conduce a valorar la vida. “Paratus exisse sum et ideo fruar vita”: “estoy preparado para marcharme y por eso disfrutaré de la vida”. (Ep. LXI). “Caram te, vita, beneficio mortis habeo”. “Te quiero entrañablemente, oh vida, por el beneficio de la muerte” (Ad Marciam, XX)vi.

La filosofía existencialista nos habla de la creaturidad del ser humano, de su total contingencia. La reflexión religiosa, a su vez, reitera que la vida es un préstamo, que lo nuestro es el usufructo, cuya duración no está a nuestro arbitrio. Protestar y reclamar no tiene para el filósofo estoico mucho sentido, pues “es de pésimo deudor denostar al acreedor (Ad Marciam, X).

Una justa estimación de lo que es la vida nos conduciría al sereno desprendimiento de ella, y a no apegarnos a lo que tenemos prestado. De ese modo no existiría ni el tedio de la vida, ni el miedo a la muerte: “nec vita taedio erit nec mors timoris” (Séneca, Ep. LXXVIII).

Existe incluso en algunas fábulas una visión naïf de la muerte. Ella se representa como un personaje bondadoso y venerable que lleno de amor apaga con un beso la antorcha de la vida. Lessing nos ofrece un interesante comentario al respecto.

Pero el hecho es que estas explicaciones filosóficas, artísticas y religiosas no hieren nuestra sensibilidad, la cual percibe la muerte no sólo con repulsión, sino como algo terrible, inexorable y cruel.

Ahora bien, es obvio que las concepciones de la vida y de la muerte se reflejan en la manera de vivir el duelo. En ocasiones, ya lo hemos observado, nos atribuimos derechos que no son tales: “Todo es un bien prestado, todo es un regalo, la vida entera es un regalo hasta la muerte”vii.

Sin embargo, la tristeza ante la muerte se da porque la razón acepta que la muerte es ineludible, pero el corazón no acepta que lo sea.

Séneca atisba estas razones cuando en su Consolación a Marcia describe qué es el hombre: “vaso frágil que quiebra una leve sacudida y un roce ligero... cuerpo débil, desnudo, inerme, menesteroso... caedizo, enfermizo, que con el llanto inaugura su vida”. Por consiguiente, la muerte nos es propia, es algo inherente a nuestra existencia. La muerte no es un simple dato, ni un accidente, sino la vivencia de nuestra dirección mortal, como lo postulaba Max Scheler.

Más aún Heidegger nos dirá que la muerte más que un dejar de ser, es un modo de ser que el hombre adopta cuando comienza a ser. De este modo la muerte se presenta como un aspecto “positivo” de la vida, y así la visión existencialista, en este punto, coincidiría en el fondo con la visión religiosa. Mas estas concepciones serias y profundas chocan en la práctica, como lo hemos señalado con nuestra percepción de lo negativo de la muerte, y de ahí el duelo, el dolor y la tristeza.

Lo ineludible de la muerte se canta en un poema de Antonio Machado.

Al borde de la vida un día nos sentamos.
Ya nuestra vida es tiempo y nuestra sola cuita
son las desesperantes posturas que tomamos
para aguardar... mas Ella no faltará a la cita.”


2) Se suele propiciar el duelo cuando cultivamos un complejo de culpa.

Un aspecto del duelo se expresa en el lamento por las carencias de lo que se “podría” haber realizado por la persona amada.

Pablo Neruda escribe a este respecto: “Ahora nos damos cuenta que cargamos con lo que no le dimos, y ya es tarde: nos pesa y no podemos con su peso”viii.

Sin embargo, no debería exacerbarse el sentimiento de culpa. Al repasar nuestras relaciones con una persona difunta siempre puede surgir la posibilidad de otros comportamientos. Pero el escarbar en el pasado el sentimiento de culpa no conduce a nada. Hay que perdonarse y aceptar las propias imperfecciones, y en lugar de ver al pasado, atender al presente y mirar al porvenir.

En ocasiones, como ante el suicidio de un ser querido, los sentimientos de culpa pueden ser más profundos, pero al mismo tiempo puede surgir la actitud de no conceder el perdón al suicida. La fe puede ayudar a dar y a pedir perdón y a no permanecer anquilosados en la culpa y en el rencor. El perdón nos abre al amor.

Cuando durante el duelo surgen sentimientos de culpa, puede parecer frustrante e inútil pedir perdón al difunto, pero debemos ser conscientes de que en el ámbito espiritual se trascienden los límites del tiempo y del espacio.


3) Puede surgir el dolor del duelo porque la muerte de un ser querido nos interpela.

Hay otro aspecto, doloroso y purificador de la muerte del ser querido, que puede pasar inadvertido, y que sin embargo es importante: las consecuencias éticas de la muerte. La muerte del otro interpela nuestra vida, nuestro quehacer, nuestras actitudes. Muy bien lo ha expuesto Tolstoi en La muerte de Ivan Illich “había en esa expresión (de su rostro) un reproche o una advertencia a los vivos.”

Una experiencia contemporánea de la presencia de los muertos y la interpelación de la muerte de un ser querido nos la transmite Christian Gaste, en un reciente artículo de Études. A él se le quedó grabada, cuando tenía 9 años, una frase de su abuelita: “Nuestros muertos no nos dejan en realidad, sino cuando los olvidamos: La muerte golpea, separa, pero no deja lugar para el olvido. Los seres queridos no nos dejan totalmente; su presencia es todavía real, pero de otro orden”ix.

Christian ha sido golpeado en profundidad por varias experiencias de duelo, pero ninguna tan dolorosa como la de un amigo que le arrebató el virus del sida. “Mi reacción fue de rabia, -él escribe- de un coraje que aumentaba por el silencio obligado: no podía compartir con los que me rodeaban esta muerte, porque hubiera tenido que mencionar la enfermedad”. Preguntas decisivas lo atormentaban ¿por qué amar?, ¿por qué sufrir? ¿por qué él? En esta ocasión él escribe “la fe que no me había jamás dejado, pero que yo había puesto bajo el celemín, se ha fortificado, en un deseo más grande de espiritualidad, de búsqueda del amor de Dios, que se transparenta a través de todo lo que hacemos en nuestra vida.”

Él está convencido de que su amigo le dejó esta aspiración de profundizar su fe. Él cree que no hubiera avanzado en su duelo si no hubiera leído los acontecimientos a la luz del amor de Dios. “Existen acontecimientos humanos que no tienen lógica; pero el amor de Dios sobrepasa toda lógica”x.


4) Se da el duelo porque la preocupación o cura es inherente a la vida y a la muerte.

La antigua fábula del latino-español Higinio acerca de la formación del hombre por Cura, modelador del barro, ha adquirido, gracias a la filosofía, una revaloración inusitada. Cura en efecto, significa en latín no sólo cuidado, sino también remedio, diligencia, solicitud, amor y angustia. La preocupación y la angustia según la fábula dominarán al hombre mientras viva, hasta su muerte. Sin embargo, la fábula se queda corta: por el duelo, Cura seguirá reinando sobre la vida del hombre incluso después de su muerte. La muerte provoca desolación, desvelo, inquietud, abandono y angustia. Cuando el hombre ha llegado a su descanso, surge en los seres queridos la desdicha y la angustia.

Cura está siempre presente, en la infancia y primera adolescencia el cuidado está más en los padres. Después llevamos nuestro ser y nuestro quehacer como una carga (als Last). Esta solicitud frecuentemente se convierte, sobre todo ante la muerte, en angustia, que como su nombre lo indica es estrechez de ánimo. Cuando se termina la vida la angustia y la congoja sobrecoge a los seres queridos.

Esta angustia adquiere en la concepción de Kierkegaard una profunda connotación religiosa. Dice el filósofo danés que “la angustia es en unión con la fe algo profundamente educativo porque consume todas las cosas finitas”, y con la ayuda de la fe “educa al hombre a descansar en la Providencia”xi.

1 Cfr. Pangrazzi Arnoldo, La pérdida de un ser querido. Un viaje dentro de la vida. Ed. San Pablo, Madrid, 1993, 3ª ed. p. 9.
i Mayor ambigüedad existió en el siglo XIX cuando el duelo significaba los “lances de honor” en el que dos personas se batían a muerte.
ii Cfr. Lukas, Elisabeth, En la tristeza pervive el amor. Paidós, Barcelona, Buenos Aires, México, 2002, p.11-13
iii Cfr. Brusco, Angelo, Humanización de la asistencia al enfermo, Sal Terrae, Santander, 1999, p. 73.
iv Cfr. Worden, J. W. El tratamiento del duelo: asesoramiento psicológico y terapia, Paidós, Barcelona 2000 2ª. Ed. p. 27-58
v Cfr. Sánchez Sánchez, Ezequiel- Julio, La relación de ayuda en el duelo, Sal Terrae, Santander, 2001, p.36-38
vi Citado por Lojendio, Ignacio María de, La muerte, G. E. H. A. Sevilla , 1950, p. 59.
vii Lukas, o. c., p. 16.
viii Cfr. Alarcón Martínez, Francisco José, Consecuencias éticas de la muerte, en Proyección, XLVIII, no. 203. octubre-diciembre 2001, p. 307-328.
ix Gaste, Christian, Pourquoi lui? en Études 395, november 2001, o. c. p. 483.
x O.p.c., p. 482-483.
xi Citado por Lojendio, Ignacio María, La muerte, o. c., p. 58.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Procura comentar con libertad y con respeto. Este blog es gratuito, no hacemos publicidad y está puesto totalmente a vuestra disposición. Pero pedimos todo el respeto del mundo a todo el mundo. Gracias.