"El
camino de la fe nos da más que el camino del pensamiento filosófico:
nos da a Dios, cercano como Persona, a Dios que ama y se compadece de
nosotros, y os da esa seguridad que no es propia de ningún otro
conocimiento natural. Pero el camino de la fe es oscuro"(Endliches
und ewiges sein,58).
Edith
Stein recurrió este camino oscuro, sin retroceder, segura como un niño
que se abandona en las manos de su padre. Y por el camino oscuro de la
fe llegó "a la perfección más elevada del ser, la que al
mismo tiempo es conocimiento, don del corazón y acción libre"(ibid.,421).
Nacida
en Breslau el 12 de octubre de 1891, día del Kippur, día festivo
pare los hebreos, fue la última entre siete hermanos, estudió
filosofía, primero en su ciudad natal, y luego se trasladó a
Gottinga para seguir a Edmund Husserl, genio filosófico e iniciador
de la fenomenología. En su escuela, Edith tampoco se interesaba ya
por la religión. Del hebraismo practicado en su infancia apenas le
quedaba la huella moral. A través de los estudios de fenomenología
empezaba gradualmente a descubrir las dimensiones del mundo religioso,
del cristianismo, hasta llegar a hacerse católica. Decisiva para este
paso fue la lectura de la autobiografía de Santa Teresa de Avila. En
la noche misteriosa de junio de 1921, cuando era huésped en casa de
una amiga filósofa, llegaba a una profunda intuición de Dios-Verdad.
Todo entonces pare ella se convirtió en luz: recibiría el bautismo
el 1 de enero de 1922, y entonces también iba a comprender que estaba
llamada al Carmelo.
Sin
embargo, transcurren doce años de espera, de aprendizaje, de viajes
para dictar conferencias, de estudios y de maduración interior, antes
de entrar en el Carmelo de Colonia. Y tal vez no hubiera logrado
hacerse religiosa, si la situación política misma de Alemanía con
sus crecientes medidas antisemíticas no le hubieran hecho imposible
la continuación de su seguimiento del Instituto de Pedagogía
Cientifica de Munster.
A
pesar de la oposición de la familia, Edith se hace carmelita con el
nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Muy pronto va a sentir el peso
de esta "Cruz" sobre sus espaldas. Después de descubierto
su origen no ario, ya no hay seguridad pare ella tras los muros del
monasterio. En la noche de Año Nuevo de 1939 se refugía en el
Carmelo de Echt, en Holanda. Parece un lugar tranquilo. Sin embargo
algo le hace presentir que no escapará al destino de su pueblo.
Efectivamente, mientras escribe su libro sobre la doctrina de san Juan
de la Cruz, significativamente titulado Scientía crucis, dos
of iciales de las fuerzas de ocupación llegan al monasterio. Tiene
que salir y seguirlos, junto con su hermana Rosa, también ella
convertida, que había venido a Echt.
Antes
de la deportación a Auschwitz, Edith pudo todavía enviar un par de
mensajes al Carmelo. Luego, con el convoy que las llevo a Auschwitz,
las hermanas Stein entraron en la sombra de la muerte El holocausto de
Edith se consumó el 3 de agosto de 1942 en las cámaras de gas. E1
Papa Juan Pablo, quien ya en 1987 II reconoció la santidad de esta
hija de la Santa Madre Teresa y el martirio de esta hija del pueblo
hebreo vuelta al seno de la Iglesia, procedió a su canonización en
Roma el 11 de octubre de 1998.
Esta
rápida mirada biográfica nos permite ver que en la vida de Edith
Stein hay tres etapas distintas, la primera de las cuales abarca la
infancia, la adolescencia, el estudio y el trabajo filosófico como
asistente de Husserl. Treinta años importantes también por el
desarrollo humano y religioso que culmina con la conversión. La
segunda etapa comprende doce años de intensa vida cristiana, de
maduración interior e intelectual, de preparación paciente y
escondida en el Carmelo, en absoluta fidelidad a la gracia de la
vocación. Con su entrada en el Carmelo de Colonia iniciaba la tercera
etapa que a través del sufrimiento, la conformación con Cristo hasta
llegar a las cumbres de una mística de la cruz, culmina con la
ofrenda suprema, en la "casa blanca" del campo de
exterminio, de su vida por la Iglesia, por la salvación del pueblo
hebreo. Estas tres etapas están marcadas en ella por un gran deseo de
totalidad, por una profunda exigencia de absoluto, por una búsqueda
constante y apasionada de la verdad -de Dios-, motivo por el cual cada
paso suyo hacia adelante en sus investigaciónes y en su acercamiento
a la fe ha incluido casi por necesidad también una orientación hacia
las opciones más radicales del cristianismo: la vida monástica, para
vivirla a la luz de las aspiraciones más atrevidas.
La
búsqueda de la verdad
A
pesar de la educación religiosa de su infancia, Edith pierde bien
pronto su fe hebrea bajo el influjo de la enseñanza racional de la
escuela. Es un hecho que se nota también en otros jóvenes hebreos,
como en Simon Weil y en Franz Rosenberg, y no ha de atribuirse
solamente a dificultades encontradas en el seno de la familia. La
religión hebrea se le presentaba tan solo en forma de idealismo ético,
hasta el extremo de creerse con derecho a demostrar sus defectos y
debilidades. Semejante posición critica lleva a Edith a la
neutralización del pensamiento de Dios y al rechazo de toda práctica
religiosa. A1 mismo tiempo se concentra en la búsqueda de principios
y valores intelectuales, considerados por ella más elevados que los
de la fe hebraica. Esta búsqueda, que llevó adelante sola, creaba
dentro de ella un estado de tensiones crecientes, de fatigas
angustiosas para llegar a soluciones en torno a los cuestionamientos e
interrogantes existenciales que rodean todos los años de su estudio
hasta el momento de la conversión.
En
este difícil camino encuentra a Edmund Husserl. Al leer sus "Logische
Untersunchungen" (Investigaciones lógicas), entrevé en la
ciencia fenomenológica el sistema filosófico más válido y
conveniente que le iba a sostener en su búsqueda de la verdad, abriéndole
nuevos horizontes de conocimiento a los que jamás se cerró. La
veremos en Gottingen formándose en la escuela del gran filósofo alemán.
Pronto se convertirá en su alumna más dotada, y luego de haber
terminado brillantemente los estudios con el doctorado summa cum
laude él la tomará como su asistente y colaboradora.
La
adquisición del método fenomenológico incidió positivamente en sus
investigaciones acerca de la esencia de las cosas, liberándola
de preconceptos de estrechez y llevándola a una actitud de
libertad de prejuicios ("voraussetzungslosigkeit" ), sin la
cual no hubiera podido abrirse al pensamiento de Dios con esa
indispensable objetividad de juicio que le es tan característica. Con
todo, no fue la actividad mental de la joven la que la llevó, a
descubrir el mundo de la fe ese "mundo perfectamente nuevo"
que le había quedado 'totalmente desconocido", como ella
escribe. Y no fue el ambiente, ni tampoco los amigos y compañeros del
círculo husserliano: Max Scheler y Adolf Reinach, convertidos hacía
poco tiempo. Dice ella de Scheler:
"no
me llevó, sin embargo, a la fe; tan sólo me abrió un nuevo campo de
fenómenos frente a los cuales no podía permanecer insensible. No por
nada se había repetido tanto ( en la escuela de Husserl ) que era
preciso contemplar cualquier cosa sin preconceptos, arrojando fuera
todas las lentes: así caerían las barreras de los prejuicios
racionalistas en medio de las cuales había crecido sin saberlo, y el
mundo de la fe se abría improvisamente ante mí". (Aus dem Leben
einer judischen Familie, 57 ).
Pero
el nuevo conocimiento suscita en Edith interrogantes acosadores. Era
desea llegar a la claridad en la problemática religiosa, quiere
entender cuál es la relación que puede haber (que debe haber) entre
ella y Dios. Leerlo en clave de ideas le resulta absurdo a su
naturaleza cada vez más inclinada a referirlo todo a la realidad
concreta. ¿Imaginarlo como una relación idealista o romántica? Esto
había que descartarlo a priori en ella, sedienta siempre de llegar a
la posesión de la esencía más profunda de las cosas, fuera de la
cual nada tenía valor para ella. Pero entonces, no sería más fácil
proseguir en la línea de la ausencia de Dios? Edith no era la persona
que buscara los caminos más fáciles. Su programa vital incluía
siempre la opción de los caminos más arduos.
En
medio de luchas, crisis nerviosas, contradicciones, rupturas, y hasta
momentos dramáticos y señalados por padecimientos interiores, Edith
empezaba a evaluar tres aspectos posibles para vivir su fe: el
hebraismo, el protestantismo y el catolicismo, confrontándolos
rigurosamente, sometiéndolos a selección, buscando cómo desligarlos
de los impulsos externos del círculo de los amigos.
El
hebraismo
Una
conocida de Edith, la señora Filomena Steiger de Friburgo, recuerda
haberla visto llevando en sus manos el Antiguo Testamento, en el cual,
sobre todo en los libros de los Profetas, buscaba la respuesta a una
fuerte inquietud interior. También su amiga la filósofa hebrea
Gertrud Koebner, recuerda los serios esfuerzos de Edith para acercarse
a la religión de sus padres. Pero sopesándolo todo, Edith se
convence de que el hebraismo no es la dimensión conveniente a su espíritu.
Sin embargo, no lo rechazaría nunca, como fácilmente solía acaecer
con otros hebreos convertidos al cristianismo. Seguiría respetándolo
siempre.
El
protestantismo
Edith
entró en contacto con el protestantismo no solamente por la amistad
con Adolf Reinach y con Edvige Conrad Martius, en cuya casa se reunían
los colegas del círculo huserliano, sino también cuando vivió en
Gottingen, pequeña ciudad con numerosas iglesias evangelicas y con
gente que no ocultaba su credo luterano. Además, la predilección de
Edith por la música religiosa de Bach hubo de crear en ella alguna
idea acerca del sentimiento y del misticismo protestante. Pero mucho más
importante es su encuentro con la actitud cristiana frente al dolor, a
las atrocidades de la guerra del 1914-1918, y la constatación de la
fuerza de la esperanza cristiana nacida de la cruz de Cristo.
En
1917 se encontraba en Friburgo, como asistente de Husserl. Un día
cualquiera le llegó la noticia de la muerte de Adolf Reinach, caído
en el campo de batalla. Su esposa y otros amigos le pidieron a Edith
que viniera a poner en orden lo que había dejado -sus diversos
escritos filosóficos- el finado. Edith vacila. Teme que no será
capaz de decir cosa que pueda consolar a la viuda, creyéndola
desesperada por la pérdida de su compañero. Se encuentra con la
joven viuda Reinach. Al verla, queda impresionada de su comportamiento
resignado, casi sereno, en el que inmediatamente intuye la fuerza de
la fe cristiana. De repente se le abre la puerta de un reino hasta
ahora desconocido: el reino de la esperanza cristiana. Cuando refiriò
esta experiencia al jesuita P Hirschmann muchos años después,
confesaba:
"Fue
mi primer encuentro con la cruz y con la fuerza divina que ella
comunica a quien la lleva. Por primera vez vi delante de mí a
la Iglesia, nacida del dolor del Redentor, en su victoría sobre el
aguijón de la muerte. Fue el momento en que se hizo pedazos mi
incredulidad y brilló la luz de Cristo, Cristo en el misterio de la
Cruz".
Son
palabras dichas años más tarde, cuando Edith sintió todo el peso de
la cruz sobre su pueblo perseguido. En 1917 Edith había tenido ante
todo la experiencía de que todos sus argumentos racionales, ateos,
son nada en comparación con la fe cristiana. Al situarse a sí misma
frente a esta mujer profundamente cristiana, comprendió que el
cristianismo le podía ofrecer valores-guías esenciales en la búsqueda
de la verdad. Intuyó cuánta es la importancia que asume en la vida
la fe en Dios para liberar al hombre de las angustias existenciales,
pare experimentar aquella "paz trascendental", que en la
fenomenología husserliana deriva de manera exclusiva de la acción de
Dios en el alma. La viuda Reinach le había enseñado con su actitud
serena y confiada que esta "paz trascendental" se identifica
en la fe cristiana con la fuerza de la cruz de Cristo aceptada en la
esperanza de resucitar a la vida inmortal. Sólo el contacto con
Cristo muerto en la cruz permite al hombre encontrar la paz interior y
sublimar el sufrimiento.
Sin
embargo, Edith no llega a una decisión. Se ha iniciado un largo período
de luchas, de crisis que comprometen al máximo su inteligencía y Su
voluntad, hay momentos dramáticos de conflicto con el pasado y con sí
misma, hasta el punto de sentir que se hunde en un ''silencio de
muerte" . A veces trata de rehuir a la acción del Espíritu
Santo. "Puedo adherir a la fe, buscarla con todas mis fuerzas,
sin que sea necesario que yo la practique" ( Psychische
Kausalitat, 43 ) . Por lo demás, está convencida: "Cuando un
creyente recibe una orden de Dios -bien sea inmediatamente en la oración,
o bien a través del representante de Dios-, debe obedecer" (Untersuchung
uber den Staat, 401).
El catolicismo.
El catolicismo.
Durante
unos tres o cuatro años Edith encuentra todas sus fuerzas
intelectuales en una profunda reflexión. Lee numerosos libros de
espiritualidad cristiana, libros de santos y de autores católicos.
Tratando de encontrar un camino liberador en su interior o también
por interés pedagógico y cultural. Así se compra un día el libro
de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola.
Empieza a sumergirse en los "ejercicios" por puro interés
psicológico. Pero al cabo de algunas pocas páginas se da cuenta de
la imposibilidad de una lectura de esta suerte. Acaba por
"hacer" los Ejercicios, ella, todavía atea, pero
sedienta de Dios, como refiere el padre Erich Przywara que la había
atendido en los últimos años de 1922-1930. Pero tampoco Ignacio
logra darle la última seguridad, por más que no pueda excluirse su
influjo positivo en el sentido de que la condujo hacia una dirección
interior y espiritual capaz de orientar todo el ser de manera
consciente, vital, como arrojándole una primera luz para su
decisión. Esta, efectivamente, la tomó Edith luego de la
lectura de la autobiografía de Santa Teresa de Avila.
En
junio de 1921 se dirigió a Bergzabern, a la casa de la amiga Edvige
Conrad-Martius, donde se reunía a menudo el grupo de ex-alumnos
husserlianos. No iban a Friburgo, donde Husserl enseñaba en la
universidad, porque sentían a su vez que lo seguían en su viraje
hacia el "idealismo trascendental" En la biblioteca de la
amiga Edith descubrió el Libro de la Vida de la gran mística
española. La lectura de las páginas autobiográficas la afectaron
profundamente.
Cerró
el libro y exclamó: "Aquí esta la verdad", esa
"verdad" que ella tan apasionadamente iba buscando por años.
Se
dice que en una sola noche Edith había leído y asimilado todo el
texto teresiano. Mas siempre resulta poco probable, aun para una
inteligencia elevada como la de Edith, que en el espacio de pocas
horas logre penetrar con una fuerza tan intuitiva en el mundo
espiritual y en todo el itinerario ascensional de la Santa, como para
poder reaccionar inmediatamente y decidir su conversión al
catolicismo. Quizás es más verosímil que en esa noche culminó una
precedente lectura del Libro de la Vida con particular
sensibilidad con respecto a los capítulos teresianos referentes a la
experiencia de Dios .
Con
la afirmación "Dios es verdad" como punto terminal
de largos sufrimientos en el camino de la búsqueda de Dios, Santa
Teresa de Avila enriqueció efectivamente a la Stein con la dimensión
esencial de la existencia humana, tan intensamente buscada: todo viene
a concentrarse en el "andar un alma en verdad delante de la misma
Verdad.(V. 40,3). En aquella noche Edith finalmente pudo decir con la
Reformadora del Carmelo: "Esta verdad que digo se me dio a
entender es en sí misma verdad, y es sin principio ni fin, y todas
las demás verdades dependen de esta verdad". (V.40,4). Su
conversión al catolicismo es la plena y consciente aceptación de la
única Verdad, experimentada místicamente por Santa Teresa y buscada
por ella en una large lucha dentro de su inconsciente.
Inmediatamente
la Santa española empezó a ser para Edith el modelo de su nueva vida
de fe, y quiso seguirla, con la intención de hacerse carmelita. En su
auténtica necesidad de encaminarse siempre por los caminos más
radicales, la opción por el Carmelo parece la única respuesta que
podía satisfacer su deseo de totalidad. Tenía treinta anos, llena de
energía, de entusiasmo, quería constituir a la fe como parte
integral de su vida. Así, su camino de fe coincidía prácticamente
con su camino vocacional.
Años
de espera
Edith
recibió el bautismo el 1 de enero de 1922. Pero su ingreso en el
Carmelo todavía estaba lejano. Aceptó la espera con serenidad como
venida de las manos de Dios. En una carta escrita en 1934, diría:
"Si
la vocación al convento es auténtica, ella misma hará tolerable el
tiempo de prueba. Si, por el contrario, es la ilusión de un primer
fervor, entonces será mejor saberlo fuera del convento que dentro,
con el consiguiente duro desengaño".
(carta a Ruth Kantorowicz).
Por
lo demás, está bien convencida de que la vocación carmelitana
significa "una gracia del todo inmerecida" que depende
totalmente de la voluntad de Dios. A nosotros "no nos es
posible trazar planos, tomar decisiones..." Debemos "hacer
del futuro un asunto de voluntad divina y abandonarnos enteramente"
a E1. Repensando en su disposición de perfecta conformidad con los
designios de Dios, Edith llegaba a gozar
"de
un estado de reposo en Dios, de total distensión de
todas las actividades del espíritu en el que no se hacen proyectos de
ninguna clase y no se formulan propósitos, en fin, es estar sin hacer
nada. .. E1 descanso en Dios, luego de decaer de la acción por
carencia de energía natural, es algo totalmente nuevo y
extraordinario. En lugar del silencio de muerte viene ahora el sentido
de escondimiento Cuando uno se abandona a este impulso comienza una
nueva vida a llenarnos poco a poco. Esta corriente vivificante aparece
como una conclusión que no es mía" (Psychische Kausalitat, 76).
Edith
escribía estas palabras (publicadas en 1922) poco tiempo después de
la conversión que ella misma considera como el comienzo de su
preparación pare la vida carmelitana. Empezaba a conocer más de
cerca la vida consagrada, encontrándose algunos años como profesora
en Espira con las Hermanas Dominicas, y más adelante en el Marianum
de Münster. En Espira se adaptó perfectamente a la disciplina de la
casa. Llevaba una vida ejemplar de oración y edificaba a todos por su
absoluta fidelidad en su desempeño como profesora de alemán en el
Liceo Femenino y en el Instituto magistral. Bien pronto le iban a
confiar también las jóvenes religiosas dominicas que se preparaban
para el magisterio y las postulantes del convento. Los recuerdos
dejados hacen resaltar unánimemente las cualidades educativas nada
comunes de Edith, su capacidad para cautivarse el corazón de las
alumnas.
"Para
todas nosotras constituía un ejemplo luminoso. . Recorría
silenciosamente el camino del deber con modestia y sencillez, siempre
constante, amigable y abierta a todos los que deseaban su ayuda".
El
padre Erich Prywara escribe sobre ella:
"En
Santa Magdalena de Espira no era solamente la mejor educadora de sus
alumnas; también, gracias a la perspicacia de la Priora, ejercía
igualmente un influjo determinante en las hermanas y en las jóvenes
vocaciones. Santa Magdalena debe a Edith sus mejores fuerzas, las que
todavía hoy reconocen que Edith fue, en realidad, su maestra de
noviciado". (Edith Stein, en:In und Gegen,24).
En
su tiempo disponible, Edith era ya la contemplativa del Carmelo
teresiano.Su urgencia de abismarse en el silencioso coloquio con Dios
presente en el tabernáculo respondía al concepto que tenía la
neoconversa de la religión como relación personal, de
"amistad", como había leído en la autobiografía
teresiana, con Dios presente. La misma línea de búsqueda
individualista de su orientación filosófica se manifiesta todavía
en los primeros años de su vida cristiana y determina sus esfuerzos
pare entregarse exclusivamente al Señor, en la ruptura con todo lo
que es "mundo", y "ocuparse solamente en el pensamiento
de la realidad divina, viviendo en la soledad (Carta 23). Sus primeras
experiencias en Beuron, el contacto con la oración litúrgica, la van
acompañando en sus primeros pasos para superar las estrecheces de sus
propias convicciones. Empezaba a comprender el valor de las
dimensiones universales de la oración "objetiva", es decir,
litúrgica, la que, ciertamente, necesita de la oración individual -y
esta será siempre la preferida de Edith-, pero debe ocupar un amplio
espacio en la existencia cristiana como existencia eclesial.
Un
segundo paso que tendría que dar iba a ser el regreso al trabajo
filosófico. E1 padre Przywara la convenció de que la investigación
filosófica no se oponía ni estorbaba a la vida de fe. No solamente
esto, El veía también la necesidad de que Edith conociera la filosofía
cristiana en la que desde hace siglos domina el genio de Santo Tomás
de Aquino. Así fue como le recomendó la traducción de las Quaestiones
disputatae de veritate, un trabajo duro para la fenomenología
carente de una preparación al respecto, pero que sería llevado a
cabo brillantemente, poniendo el método fenomenólogico al servicio
del pensamiento escolástico. Pero para encontrar tiempo para
esto Edith decidió abandonar el liceo dominicano de Espira.
No
fue, a la verdad, el único motivo. A través de su actividad de
conferenciante, Edith era ya conocida y apreciada en la Alemania católica.
El proyecto de obtener una cátedra libre en una de las universidades
alemanas le fue alentado por algunos profesores. Pero casi de
inmediato surgió el impedimento de su raza. Durante los años 1931 y
1932 el antisemitismo comenzaba ya a manifestarse en secreto. Por eso
Edith aceptó la llamada a un puesto en el Instituto de Pedagogía
Científìca de Münster. Salía para allá en la primavera de 1932.
Mas antes de partir se dirigió a Beuron para exponer al archiabad
Rafael Walzer su deseo de ingresar al Carmelo. No era la primera vez.
Desde el primer encuentro con él, en el lejano 1922, le había
hablado de su vocación. Pero todas las veces había recibido la misma
respuesta: Procura hacer en la Iglesia lo que la Iglesia espera de tí.
Y lo mismo tuvo que escuchar de Monseñor Schwind, quien la dirigió
en Espira durante alqunos años: "Espera a que la Iglesia reciba
de tí el servicio que de tí está esperando. La Iglesia te requiere
en el mundo de la enseñanza. Tienes que tomar esto en consideración".
La
reservae con respecto a su vocación claustral por parte de sus
directores era motivada también por el pensamiento de la madre, la
anciana señora Augusta Stein. La conversión de la hija al
catolicismo fue un golpe terrible para esta mujer fuerte, tanto que
Edith, en el momento de manifestarle el paso dado, la vio llorar. Y
jamás había visto una lágrima en los ojos de su madre! Tener que
hablarle ahora de un proyecto vocacional pareció a todos una cosa
inhumana, imposible de exigir al corazón de la madre. Sin embargo,
Edith no vino a menos en su convicción de que estaba llamada al
Carmelo. Estaba dispuesta al sacrificio total, a afrontar,
heroicamente, el desgarre definitivo de la madre y, en cierto modo, de
toda su familia que no estaba en condiciónes de comprenderla. Y todo
esto, en virtud de una fidelidad ininterrumpida al dinamismo evolutivo
de la gracia bautismal que en ella era también la gracia vocacional.
De
esta fidelidad se hacen eco sus conferencias y sus investigaciónes
sobre la ética de las profesiones femeninas. A1 retomar lo específico
femenino, sostiene que
"solamente
Dios puede recibir totalmente el don de sí mismo de un ser humano de
tal modo que llene toda su alma sin perder nada de sí. Por esto el
don incondicional de sí misma, que es el principio de la vida
religiosa, es al mismo tiempo la única realización posible de las
aspiraciones de la mujer" (Formación y vocación de la
mujer, 106)
Era
ésta la meta a la que aspiraba Edith, la que le daba fuerza pare
superar cualquier discusión referente al juicio y a los puntos de
vista de los que la rodeaban. Una vez que dijo su SI al Señor, no había
nada que le arrancara un no. No podía menos de llevar a la realidad
de su vía sus fuertes convicciones 1ógicas de pensamiento. Para
realizarse a sí misma, en su ser de mujer y de cristiana, no veía
otro camino que no fuera el de la entrega incondicional de sí a Dios
en el Carmelo.
Al
Carmelo de Colonia
En
1933, con la toma del poder por parte del nacionalsocialismo en
Alemania, entraron en vigor las medidas antihebreas, pro-arianas.
Tampoco Edith iba a poder continuar su magisterio en el Instituto
Pedagógico de Münster. Tuvo conocimiento de la persecución a los
hebreos, de las victimas del fanático racismo, a través de las
noticias comunicadas por un noticiero americano. Sufría
terriblememente. Pero rechazaba cualquier posibilidad de emigrar a Sudámerica,
donde le fue of recida una cátedra. Intuyó misteriosamente que su
destino era el de todo su pueblo.
La
última clase de la doctora Stein tuvo lugar en el Marianum el 25 de
febrero de 1933. Un mes más tarde partía para Beuron, para
transcurrir allí la Semana Santa y hablar de su renovada opción por
el Carmelo con el archiabad Waltzer. En Münster, en la iglesía de
San Ludgeri suplicó ante un gran Crucifijo una última claridad
"No me iré, se decía a si misma, sin obtener antes una
respuesta clara sobre mi entrada al Carmelo". Ella misma es quien
lo refiere en su relación acerca de su itinerario al Carmelo, escrita
el 18 de diciembre de 1938 y entregada a su Priora pocos días después
como regalo de Navidad. " A1 recibir la bendición final, ya había
conseguido yo el consentimiento del Buen Pastor", celebrado litúrgicamente
en ese domingo 30 de abril.
Ahora
también obtenía el permiso de su director espiritual, el padre
Rafael Waltzer. Este comprendió la imposibilidad para Edith de pensar
en una carrera pública, universitaria. En la carta de recomendación,
dirigida al Carmelo de Colonia, el padre manifiesta, no obstante,
alguna reserva: la anciana madre de la postulante y sus preciosas
actividades en pro de la vida cató1ica de Alemania. Pero no podía
dejar de hacer resaltar "su madurez religiosa y su
profundidad, que son de tal suerte que hay que añadir una
palabra...Desde hace mucho tiempo el Carmelo es su ideal".
A
pesar de sus 42 años, de su procedencia hebrea y de su conversión a
los 32 años de edad, la doctora Stein es aceptada por la Comunidad.
Antes de entrar, pasa un mes en la hospedería del Carmelo de Colonía
y participa desde la capilla externa en el rezo de las horas litúrgicas.
Sacaba tiempo para hablar, en el locutorio, con la Priora o con la
Maestra de Novicias. La impresión que dejó correspondía sin duda a
la carta de recomendación de su párroco y confesor en Münster, el
decano de la catedral, doctor Adolfo Donders.
"La
señorita doctora Edith Stein...es un alma privilegiada, rica en amor
de Dios y del prójimo, llena de espíritu de la Sagrada Escritura y
de la Liturgia...Será para todas un modelo de profundísima piedad y
de fervor en la oración, de alegría para la comunidad, llena de
bondad y amor al prójimo... Ha hecho mucho bien con su pluma y su
palabra, especialmente en la Asociación de estudiantes cató1icos y
en la Unión de Mujeres Cató1icas. Sin embargo, desea renunciar a la
actividad externa para encontrar en el Carmelo, siguiendo el ejemplo
de santa Teresa, la ,'perla preciosa', Jesucristo".
También
las monjas, al ver a Edith sumergida en la oración, pudieron
constatara el grado de vida interior alcanzado por la postulante.
Edith misma recuerda el significado para su vida interior de su
formación en la oración litúrgica recibida en Beuron, pero también
afirma que no acarició el pensamiento de hacerse benedictina. "Siempre
he tenido la impresión de que el Señor me reservaba algo que
solamente podía conseguir en el Carmelo". Así escribiría
en 1938, añadiendo: "Esto ha causado impresión".
Para
atravesar el umbral del Carmelo estaba previsto el día 14 de octubre.
Ya desde antes Edith había escrito a su casa avisando que había sido
recibida en las hermanas de Colonia. Los familiares, pensando que había
simplemente conseguido un nuevo empleo, le enviaron felicitaciones. A
mediados de agosto se dirigió a Breslavia, para dar su último adiós
a la madre, a los hermanos, de los que solamente volvería a ver a Rosa,
y eso durante una hora, cuando se encontraron en Colonia, camino de América.
En la relación de Edith a la Madre Teresa Renata, está escrito
con detalles el último encuentro con la madre. Quizás sea la página
más conmovedora de toda la aventura terrena de Edith Stein, la que
manifiesta en ella más sentimiento y emotividad . " Lo que he
pasado, ha sido terrible", confiesa. A1 encontrarse sola en el
tren hacia Colonia, "ninguna alegría fuerte" era capaz de
llenar su corazón. "Demasiado terrible lo que había dejado!
Pero me encontraba en una calma profunda -en el puerto de la voluntad
divina" Así escribe
L
a p o s t u l a n t e.
Después
de las primeras Vísperas de la solemnidad de Santa Teresa de Jesús,
se abría la puerta de la clausura. Edith "atravesaba en profunda
paz este umbral para entrar en la casa del Señor". Un gran
ramillete de crisantemos, llevado por algunas profesoras que habían
venido a despedirla, acompañó casi simbólicamente su entrada. Fue
acogida con cordialidad y con verdadero afecto fraterno, como todas
las postulantes, sin distinción. Para las religiosas, que quizás
nunca habían oído su nombre, tan conocido en círculos intelectuales
cató1icos, Edith era simplemente una postulante, destinada desde
ahora a la fundación de Breslavia. La consideraban igual a las otras
tres hermanas del noviciado que serían sus compañeras. Tenía que
vestir un modesto traje negro con un velito, y cubrirse su abundante
cabellera con una cofia de tela negra. Se le asigna su celda, sencilla
y desprovista de adornos, como lo prescribe la Regla, con una gran
cruz en la pared, un jergón, algunas mantas, una mesita, una silla,
y, en el suelo, la palangana y la jarra pare asearse. Sus libros,
expedidos en 6 cajas y bien clasificados en filosofía, teología,
psicología, fueron a parar a la biblioteca. Para usarlos, tendría
que pedir licencia a su Madre Maestra.
Pero
Edith no pensaba por el momento en continuar sus trabajos
intelectuales. Tenía que aprender el horario de la casa, las
ceremonias, las costumbres, y sobre todo las labores femeninas de las
que entendía bien poco. Ir a la cocina suponía a menudo esfuerzos
considerables, ya que nunca había tenido que prepararse sus
alimentos. Alguna religiosa mayor estaba interesada en saber si la
nueva postulante sabía cocinar bien. Pues bien, alguna cosa sí la
sabia. Pero estaba muy lejos de la perfección en el cocido a la que
habían llegado otras hermanas. Y había poca esperanza de que
llegara! No faltaron las humillaciones, asumidas por Edith con
serenidad, sin desanimarse, convencida de que eran pare ella una
"buena escuela de humildad", como diría en una carta,
necesarias "al cabo de tantos honores recibidos en la vida".
Externamente,
Edith se manifestaba a todas siempre serena, equilibrada, humilde,
caritativa, capaz de adaptarse a cualquier situación, comprensiva con
las alegrías y los dolores de sus compañeras veinte años más
jovenes que ella (dos profesas simples y una postulante de velo
blanco). En la recreación, era vivaz, sabía contar muchas cosas y
hacer atractivo e interesante cualquier acontecimiento, dispuesta
siempre a encontrar las palabras espirituales que caen bien a todas,
que enriquecen , que den gusto. Con particular alegría, casi
infantil, festejó su primera Navidad en el Carmelo. Acerca de la
Navidad había dicho en una conferencia pronunciada en 1930 en
Ludwgshafen:
"Pongamos
nuestras manos en las del Divino Niño, digamos nuestro sí a su sígueme,
y seremos suyos. Quedará libre nuestro camino para que se encarne en
nosotros su vida divina... Esta es precisamente la luz, venida a
iluminar las tinieblas, el milagro de la Noche Santa, que se enciende
en el alma".
También
había dicho que "sobre la misma luz, tan resplandeciente en el
pesebre, desciende la sombra de la cruz. . . El camino conduce
irresistiblemente de Belén al Gólgota, del pesebre a la cruz".
Ciertamente, en su primera Navidad en el Carmelo Edith experimentaba
profunda paz, por la que rendía gracias al Senor considerándola como
una "gracia totalmente inmerecida". Pero en su corazón tenía
el pensamiento de la madre que no había podido aceptar la opción de
la hija. Todas las semanas, puntualmente los viernes, tenía lista una
cartica para la señora Stein. Así lo había hecho siempre. Pero
ahora no le llegaba la respuesta. Tal vez, en las largas noches de
invierno en el silencio de la celda, revuelve los pensamientos
torturadores del último día, ese 12 de octubre, fecha de su
cumpleanos pasado con su madre. Después de haberla acompañado a la
función de la sinagoga en la escuela de rabinos, de regreso en el
tranvía le había dicho que el primer período de la vida religiosa
era solamente una prueba. Pero la madre había replicado:
"Si tú haces una prueba, seguramente seguramente la vas a
superar". Y después, en la noche, el largo llanto de la anciana
señora. La había abrazado, estrechando su blanca cabeza contra su
seno, y permaneciendo así por largo rato, hasta muy tarde. Luego, al
ayudarla a desvestirse, se había sentado en su lecho, para estar más
cerca de ella, hasta que le mandó a dormir. Recuerdos indelebles en
el alma de Edith, y quizás no desprovistos del todo de algún
conflicto interior en el campo de la conciencia, particularmente a
causa de la incipiente persecución a los hebreos, que ya se
sentía en la familia. Ella podía vivir todavía en paz. Pero su
madre? Hasta cuándo?...
L
a N o v i c i a
E1
15 de febrero de 1934 se hizo la votación pare admitir a Edith en el
noviciado. Pocos días antes había venido también el médico. La
salud era excelente. Alguna objeción? El hecho de que Edith no
tuviera dote, no creaba problemas. Por lo demás, Edith iría a la
fundación de Breslavia. Se veria.
La
vestición fue fijada pare el 15 de abril, fiesta del Buen Pastor,
precisamente un año después de la claridad recibida ante el
Crucifijo de San Ludgeri en Münster. A la ceremonia acudieron algunas
personalidades de alta cultura y de las organizaciones católicas más
cercanas a ella. Un público selecto en la capilla del Carmelo de
Colonia, cual nunca se había visto. Edith llevaba su vestido blanco
de esposa. La seda se la había regalado su hermana Rosa. No vino
ninguno de su familia, la que participó solamente por carta en su
vestición. Pero estaba presente el archiabad Rafael Walzer pare
presidir la Eucaristía. Husserl le envió un telegrama. Entre
los invitados estaban su amiga Edwige Conrad Martius, Peter Wust,
quien escribiría un artículo para la Kölner Voldszeitung
acerca del itinerario de Edith hacia la verdad, la que comprende la
filosofía de la ratio y de la mystica, un itinerario
simbólicamente expresado en el nuevo nombre "sor Benedicta,
la que ha sido "bendecida" por la verdad, con toda la
plenitud de la Verdad".
Edith
escogió este nombre porque se sentía "bendecida" por
Cristo que es vencedor en la cruz, "bendecida" después de
un largo camino y de una lucha nocturna, parecida a la que libró
Jacob con Dios a orillas del rio Jabboth; "bendecida" por
haber sido elegida por Dios para vivir la "esponsalidad
eclesial" en el signo de la cruz, en el sacrificio, en la expiación.
Poco
se sabe del año de noviciado. En la primera biografía de Edith,
escrita por su Maestra, más tarde Priora, M. Teresa Renata, y
publicada en 1948, cuando no se pensaba en lo más minimo en una
futura santificación, quedó bien puesta a la luz su absoluta
fidelidad y su puntualidad en el horario, en los actos comunes, cosa
no muy fácil en quien se dedica a trabajos intelectuales.
Efectivamente, el provincial había dado orden de dispensar a
Edith de todas las demás labores para darle tiempo suficiente para
continuar su obra "Poder de lo alto", que Edith no había
logrado terminar antes de su entrada en el Carmelo; había traido
consigo el manuscrito. Además hizo alguna traducción del latín,
trabajaba para terminar el índice de su traducción de las Quaestiones
disputatae de veritate de santo Tomás, y escribió algunas páginas
de la "Historia de su familia", iniciada ya desde su casa.
Este trabajo no excluía en ella una intensa lectura de los Santos de
la Orden. Fruto de ello fueron sin duda sus opúsculos Teresa de
Avila, impreso en 1934, Santa Teresa Margarita Redi
(con ocasión de su canonización ), publicado en 1934 y un un artículo
sobre la historia y espíritu del Carmelo, publicado con el fin de
dar a conocer la Orden (en Ausburger Postzeitung, 1935).
Todos
estos trabajos y otros escritos espirituales y pedagógicos crearon
indudablemente una situación particular a la novicía sor Teresa
Benedicta. Había que preguntarse si la Maestra, M. Teresa Renata, que
tenía aproximadamente la misma edad que ella (le llevaba apenas 6
meses a Edith), y que la estimaba por sus dotes intelectuales y la
posición que había tenido en el mundo de la ciencia, habría
aplicado indiscriminadamente a Edith los métodos y los principios de
educación y de formación usados en ese tiempo, como se lee en su
primera biografía. Por otra parte, Edith, que vivio independiente
durante tantos años, y sobre todo, acostumbrada naturalmente a
hacerlo todo ella sola, a organizar todo según sus propios criterios,
a administrar su propía sensibilidad, tuvo no poca dificultad para
insertarse en el ambiente y para acoger las sugerencias y los estímulos
que le podían venir de el. Esto explica que le hubiera respondido al
Provincial, quien le había preguntado si había experimentado alguna
desilusión, con una sola palabra: "E1 Carmelo", incluyendo
aquí la realidad de la vida común con las obligaciones de
obediencia, de dependencia, de de renuncia . El impacto del ambiente,
recibido en varios aspectos, debió haber sido para Edith el problema
más emergente de su vida carmelitana, y no solamente durante el año
de noviciado. Algunos años más tarde escribiría en la biografía de
Catalina Esser, la fundadora del "segundo" Carmelo de
Colonia:
"A
la edad de cuarenta y seis anos, no era pequeño sacrificio para ella
( Catalina Esser ) que había sido durante tanto tiempo la dueña de sí,
hacerse nuevamente niña, obedecer y someter su propio juicio al de
los superiores. Confesó ella más tarde que el asunto le había
costado muchas amarguras"
Edith
era consciente de esta dificultad. Sabía que tenía que hacer
esfuerzos considerables para superarse, para llegar a la liberación
interior, esfuerzos que eran también advertidos por las hermanas,
pero rodeados de un esfuerzo por disimularlos. La compañera de
noviciado, sor Teresa Margarita, diría veinte años más adelante
acerca de estos esfuerzos escondidos:
"Como
vivía un continuo espiritu de fe, (Edith) tuvo una gran predilección
por la virtud de la obediencia. Sin embargo, no era posible notar
ningun detalle ni siquiera para los que podían observarla cada día
en sus esfuerzos. Supo someterse y adaptarse tan perfectamente que
nunca sobresalió" . (E.Stein. Eine Heilige?, 8-9).
Más
aún, esta situación pudo servir a la novicía para madurar, para
permanecer firme en la decisión tomada. Nada influyó en su
serenidad. Los testigos de su tiempo repiten unánimes que vieron a
Edith contenta y feliz. Ella misma lo subraya en sus cartas y en sus
conversaciones del locutorio.
L
a P r o f e s a
Sor
Teresa Benedicta pronunció sus votos simples por tres años el 21 de
abril de 1935, domingo de Pascua. Se había preparado con 10 días de
ejercicios, recordando las Semanas Santas pasadas en el silencio de la
gran abadía de Beuron. Una joven postulante le preguntó cómo se
sentía. Edith le respondió: "como la esposa del Cordero",
evidentemente una alusión al Apocalipsis, al Cordero que será
matado, a su participación en los sufrimientos de Cristo. No se hace
ilusiones sobre su destino. "También vendrán a llevarme de aquí",
decía a una amiga que vino para saludarla en el locutorio pocos días
despues de su profesión. "No puedo pensar que me dejarán en
paz" Era consciente de que tenía otra misión "No es la
actividad humana la que puede salvar sino solamente la pasión de
Cristo. Esa es mi aspiración " .
Por
entonces algo nuevo empezaba a suceder en sus relaciones con la
anciana madre. Rosa le comunicó que la señora Augusta había ido un
día. sin decir nada a nadie, a ver el nuevo Carmelo de Brelau. ¿No
sería, acaso, una señal de amor materno que deseaba conocer el
estilo de vida de la hija? En las cartas de Rosa aparecía también, a
veces, un breve saludo. Luego llegó la carta dirigida a "Schwester
Teresia". Este consuelo no duró mucho tiempo. En 1936 le llegaba
la noticía de la grave enfermedad de la señora Courant. Edith padeció
mucho en silencio. El 14 de septiembre, durante la renovación de los
votos, la madre pasaba a mejor vida, confortada por la fe de los
profetas. Hay que dar gracias al Señor porque le ahorró el tormento
de ver las sinagogas incendiadas y a los amigos deportados a los
campos de exterminio! Poco después de la muerte de su madre, pudo
volver a ver a su hermana Rosa, llegada a Colonia pare recibir el
bautismo el 24 de diciembre en la capilla del monasterio. Desde el
coro, con el corazón pleno de gratitud, tomó parte en la ceremonia.
La
neoprofesa continuaba con los mismos trabajos intelectuales de antes.
Ante la solicitud de algunos sacerdotes, escribió el artículo La
oración de la Iglesia (publicado en 1936). Pero sobre todo
reorganizó para la edición su estudio sobre Potencia y Acto que
llevaría el titulo de ser finito y ser eterno. Luego vinieron
la biografía de Catalina Esser y la breve meditación Sancta
discretio(1938) que Edith presentó a la Madre Teresa Renata,
priora desde 1936. Esta acababa de terminar su libro sobre los Dones
y frutos del Espíritu Santo. La discreción. le dice Edith,
"es parte esencial de todo don, hasta el punto que los siete
dones constituyen diversas manifestaciones de ella. De esta afirmación,
tomada como punto de enlace, aprovechó Edith para aconsejar a su
Priora la " sabía prudencia" ( weise Masshaltung) en el
desempeño de su oficio, es decir, la discreción. "Quien debe
guiar almas necesita mucho de ella ( de la discreción ) . . . y no
debe obrar arbitrariamente"
Esta
manera de hablar tan sincera quizás era la que se debía usar en un
tiempo tan difícil para la Iglesia, y especialmente para la vida
religiosa en Alemania. Edith la usa delicadamente, preocupada como
siempre por ver la perfección en el pensamiento y en las acciones de
los demás. Por lo demás, si se trata de la verdad, no se deja
sugestionar por nada. Sus relaciones con la Madre Teresa Remata eran
buenas, a pesar de la diferencia de cultura y de carácter de las dos
mujeres. Para Edith, la Priora era como una mamá.
El
21 de abril de 1938, que en ese año fue Viernes Santo, sor Teresa
Benedicta emitió sus votos perpetuos. Era en verdad la Esposa del
Cordero enclavada en la cruz de Cristo, estrechamente unida a sus
sufrimientos. Pero "El con su muerte y su cruz nos conducirá a
la gloria de la resurrección" (Sciencia crucis, 207). Y a
la contemplación del divino Crucificado asoció a María Santísima.
De pie, junto a la cruz, la veía como prototipo de todos los que se
unen al Redentor: ella que nos ha precedido en el camino de la
entrega total al Señor, y que es nuestra guía.
En
1938 las medidas antisemíticas del nacionalsocialismo asumen
proporciones espantosas. Edith no disimulaba que estaba poniendo en
peligro su comunidad con su sola presencia. ¿Qué hacer? ¿Refugiarse
en Israel? También este pensamiento se le pone delante. Pero únicamente
después de la noche del 9 de noviembre, cuando las manos asesinas
incendiaron todas las sinagogas de Alemania, se le presentó como
indispensable un traslado suyo al Exterior. En la noche de san
Silvestre. un amigo fiel del Carmelo la llevó en su automóvil al
otro lado de la frontera con Holanda, al Carmelo de Echt. Algunos días
antes, sor Teresa Benedicta había escrito en una carta: "Tengo
que decirle que...hoy conozco mucho mejor lo que significa estar
desposada con Cristo en el signo de la cruz. Pero jamás podrá
comprenderse a fondo, pues es un misterio".
En
el misterio de la Cruz
Fue
doloroso desprenderse de su amada familia religiosa. "Pero
estaba convencida de que ésta era la voluntad de Dios y de esta
manera podía evitarles males mayores". Así escribía Edith
desde Echt. Hacia finales del mismo año 1939 manifestaba su gratitud
por haber encontrado un puerto seguro de paz. Pero sin embargo
"Está
en mí siempre vivo el pensamiento de que en este mundo no tenemos
morada permanente. No deseo otra cosa sino que se cumpla en mí la
voluntad de Dios. De El depende que me quede aquí el tiempo que
quiera, y lo que acaecerá después... No tengo por qué preocuparme,
sino orar mucho para permanecer fiel en cualquier situación".
Oración
y fidelidad a su propia vocación: ésta era la disposición de sor
Teresa Benedicta frente a la posible deportación y a la muerte. A
medida que recibía noticias alarmantes de Alemania, iba tomando
fuerza poco a poco su intuición del martirio, hasta convertirse en
preparación convencida. Ya desde el ultimo año que pasó en Colonia
se había sentido en profunda armonía con la reina Ester del Antiguo
Testamento, esa mujer fuerte, valerosa, dispuesta a ofrecer su propia
vida por la salvación de su pueblo. Ahora Edith puede decir:
"Estoy
segura de que el Señor ha aceptado mi vida por todos. . . Ester había
sido escogida de entre su pueblo precisamente para interceder ante el
rey por ese mismo pueblo suyo. Yo soy una pequeha Ester pobre e
impotente, pero el Rey que me ha escogido es infinitamente grande y
misericordioso. Y éste es un gran consuelo".
Era
un pensamiento que no la abandonaba nunca. En 1941, para el onomástico
de la Priora, Madre Antonia, compuso una poesía titulada Diálogo
nocturno, en la que el protagonista era la reina Ester. En el
momento trágico, Ester se acerca al soberano para implorar la salvación
de su pueblo. Sumergida en una experiencía extática nocturna, se le
aparece "un monte desnudo, y en el monte una cruz, y en la cruz
estaba enclavado Alguien que sangraba por mil llagas. Y nosotros
fuimos asaltados por la sed de saciarnos todos de salvación de la
fuente que brotaba de esas llagas". Pero de repente desaparece la
cruz. Su mirada se fija en una "luz dulce, beatificante, salida
de las llagas de ese Hombre que acababa de morir alli en esa cruz...El
mismo era la Luz, la eterna Luz, esperada desde hacía mucho tiempo:
resplandor del Padre, salvación del pueblo". Ester encarnaba la
particular religiosidad de sor Teresa Benedicta, para quien ella no
era ya la figura bíblica ligada al Antiguo Testamento. Como éste
continúa en el Nuevo, así también Ester, a través de la visión
nocturna de Cristo Crucificado y de Cristo Luz, penetra en el nuevo,
en el signo de la experiencía de la cruz. Lo mismo acaece en Edith.
Ofrece su vida por el pueblo hebreo y su ofrenda es aceptada, no como
la de una mujer hebrea, sino porque está iluminada por la fe en el
inmenso valor redentivo del sacrificio de Cristo, porque está
sumergida en el misterio de la Cruz y sostenida por la luz de la
resurrección.
La
cruz constituye el centro de toda la vida espiritual de Edith. Pero de
manera especial cuando se encarniza la persecución contra los
hebreos, en el Carmelo se sitúa incondicionalmente al pie de la cruz.
E1 domingo de pasión de 1939 pidió licencía para ofrecerse como
"víctima de expiación al Sagrado Corazón de Jesús por la
verdadera paz". E19 de junio escribía su testamento, que termina
con estas palabras: "Desde ahora acepto la muerte que Dios me
tiene reservada con perfecta sumisión a su santísima voluntad y con
alegria. Ruego al Sehor que reciba mi vida y mi muerte pare su honor y
alabanza. . . como expiación por la incredulidad del pueblo
hebreo".
En
los escritos de estos últimos años predomina también el tema de la
cruz revelando en ella un profundísimo anhelo de ensimismarse en
Cristo crucificado, de ser con El y en El víctima de expiación.
Nacen sus meditaciónes para la renovación de los votos: Las bodas
del Cordero (1939 ), Ave Cruz (1940 ) y su estudio sobre la
idea inspiradora de la vida y obra de san Juan de la Cruz, para la que
escoge el título de Scientia crucis.
Al
cabo de tres años de permanencia en Echt, sor Teresa Benedicta tenía
que ser incorporada al nuevo Carmelo. Pero los superiores no se decidían...
Los motivos no eran muy claros. ¿Incertidumbre? ¿Sentimientos
inconscientes de rechazo a una "extranjera"? ¿Había
suficiente conveniencía como para dar este paso? Edith se abandonó
confiada en las manos de los superiores. "Estoy contenta en
cualquier caso". Pero no podía menos de decir a su Priora:
"Una scientia crucis se puede adquirir solamente si se
tiene la gracia de probar hasta el fondo la cruz. De esto he estado
convencida desde el primer momento, y he dicho en mi corazón: Ave
Cruz, spes unica!".
Mientras
escribía esta cuartilla, Edith pensaba también en su hermana Rosa,
llegada a Echt, después de muchas travesías. Los superiores habían
rechazado su petición de quedarse en el Carmelo como hermana externa.
También la incertidumbre con respecto a Rosa, fuertemente sentida por
sor Teresa Benedicta, la confirma en su silenciosa pero decidida
orientación únicamente hacia la Cruz:
"Como
Jesus, en el abandono antes de su muerte, se entregó en las manos del
invisible e incomprensible Dios, así tiene que hacer también el
alma, arrojándose a ciegas en el oscuro total de la fe, que es el único
camino hacia el Dios incomprensible" .
Edith
escribía estas palabras en su ensayo más original, titulado "Scientia
crucis". Había emprendido este trabajo ante la invitación
de los superiores con ocasión del IV Centenario del nacimiento de San
Juan de la Cruz. Se quiso denominar a la obra, que quedó inconclusa,
un modelo de estudio fenomenológico-teológico de la mística,
surgido de una situación interior, espiritual y humana, de
sufrimiento, que expresa su más elevada dedicación espiritual (Hingabe)
al ideal de la Orden" y aparece también como "el
desapego definitivo de la vida y la elevación por encima del finito,
en la sublimación de cualquier otro padecimiento humano"
(Post-scriptum de L.Gelber, ed. alemana, 295).
Segun
Edith, se tiene "una teología de la cruz que mana de la
experiencia íntima" de San Pablo (Cfr. Scientia crucis,
37) y se trata en ella de "una verdad viva, real y activa, en la
que entrevé "la norma de vida de los Carmelitas Descalzos".
Descubre en San Juan de la Cruz un auténtico mensaje concentrado en
el "verbo sobre la Cruz...que invade a todos los que se abren a
su acción". Y. a pesar de todo, "la cruz no es en sí misma
fin. Ella se corta en la altura, y hace una invitación a la altura. .
. símbolo triunfal con el que Cristo toca a la puerta del cielo y la
abre de par en par. Entonces brotan todos los haces de la luz divina,
sumergiendo a todos los que van en pos del Crucificado" (ibid.38-39).
Pero para llegar allí es preciso
"pasar
con El por la muerte de cruz crucificando como El la propia naturaleza
con una vida de mortificación y de renuncia, abandonándose en una
crucifixión llena de dolor y que desembocará en la muerte como Dios
disponga y permita. Cuanto más perfecta sea tal crucifixión activa y
pasiva, tanto más intensa resultará su unión con el Crucificado y
tanto más rica su participación en la vida divina" (ibid.53).
Sobre
esta base se construye el camino hacia la experiencia mística,
estudiado por Edith recurriendo a conceptos modernos de la filosofía
de la persona, pero elaborados a la luz de la metafísica cristiana.
El Dios trascendente puede revelarse al alma como Persona que se
comunica con infinito amor, tocándola en lo más intimo de su ser.
Pero también con su acción poderosa "de inserirse en el destino
de las almas", obrando ''el renacer del hombre bajo la acción de
su gracia santificante", Dios se revela. Cómo? En la noche de la
fe como Tiniebla Divina. Los caminos del conocimiento de Dios,
a los que dedica un breve estudio sobre la teología simbó1ica del
Pseudo-Dionisio, recorren el camino de la theologia negationis o
de la experiencia mística de la oscuridad. Para Edith, Dios
tampoco se ha revelado más que en la "impenetrabilidad de sus
msterios", acogida en actitud de fe, de esperanza y de amor.
"Lo que nosotros creemos que vemos es solamente un reflejo fugaz
de lo que el misterio divino oculta hasta el día de la claridad
futura. Esta fe en la historia secreta debe confortarnos", escribía
en 1941 en una carta (carta 283), debe procurarnos la paz.
No
hay duda de que sor Teresa Benedicta vivió sus últimos meses la
noche de la fe, guiada por San Juan de la Cruz. Al contemplar la vida
del místico Doctor del Carmelo que se sumerge en sus padecimientos de
la última etapa, descubrió en su muerte la sublime conformidad con
Cristo "alcanzada en la cumbre del Gó1gota" (Scientia
Crucis, 45). Pocos meses después de haber escrito estas líneas,
también ella llegaba a la última estación de su via-crucis.
Arrancada de su monasterio, camino al encuentro de la Cruz del Gó1gota
de Auschwitz.
Desde
enero de 1942 se daba cuenta de que su presencia en el Carmelo de Echt
podía acarrear consecuencias desagradables para la comunidad. Holanda
estaba ocupada por Alemania, y a través de una sutilísima red se
multiplicaban los centros de las SS. Tanto Edith como Rosa fueron
llamadas a Maastricht y tuvieron que dar informaciones por su propia
cuenta. Se les exige también que lleven en el vestido la estrella
amarilla, señal de que eran judías. Sor Teresa Benedicta trató por
todos los medios posibles de encontrar una visa para Suiza para poder
refugiarse en el Carmelo de Le Paquier. Pero la respuesta esperada no
llega. ¿Qué hacer? ¿Esperar para tener por lo menos los documentos?
?Y marchar después?
Aqui
hay que pensar en que el Carmelo de Echt, situado en una pequeña
ciudad holandesa, conocía muy poco de la triste realidad polític a y
antisemítica del momento. Para salir, Edith hubiera tenido que dejar
el país vestida de hábito religioso, sin un franco en el bolsillo,
con la estrella judía sobre su pecho, y de este modo atravesar toda
Alemania, expuesta a continuos peligros. Nadía la hubiera acompañado
pare ayudarla y defenderla. Quizás se hubiera encontrado un camino
para abandonar Holanda clandestinamente, vestida de seglar en medio de
su rectitud, de su sinceridad y verdad absoluta en todo, no se sentía
inclinada a huir. Más aún, no había que excluir en Edith una
misteriosa intuición de que el plan divino con respecto a ella estaba
a punto de realizarse. En efecto, la hora del sacrificio efectivo se
acercaba.
La
causa para que estallaran el odio y el plan de exterminio de los
hebreos holandeses, vino a ser la carta pastoral del Arzobispo Jong de
Utrecht, leída el 26 de julio de 1942 en todas las iglesias de
Holanda. Contenía ella la protesta de la Iglesia contra la deportación
de los hebreos. La respuesta de las SS fue inmediata. Los hebreos
bautizados, sacerdotes y religiosas de origen hebreo, fueron
arrestados y deportados a campos de concentración. Entre ellos
estaban Edith y Rosa. Dos oficiales alemanes de las SS llegaron al
monasterio de Echt. Sor Teresa Benedicta fue obligada a abandonar el
convento en el termino de cinco minutos. A la puerta, la esparaba
Rosa. Sor Teresa Benedicta le tomó la mano y le dijo: "ven,
vayamos por nuestro pueblo". Se entiende, el pueblo judío.
En
la noche entre el 2 y el 3 de agosto, llegaban al campo de concentración
de Amersfort. Luego, en la noche ente el 3 y el 4 de
agosto, los presos hebreos con muchos otros fueron trasladados al
campo de Westerbork, situado en una zona completamente deshabitada al
norte de Holanda. Edith logró todavía enviar una cuartilla a la
Priora del Carmelo de Echt que confió a la madre de una religiosa,
que llegó hasta el campo con las maletas de la hija. La fecha es del
6 de agosto. Contiene una brevísima petición de que le envíen
medias de lana y dos mantas, y para Rosa, ropa de lana. Es importante
la nota: "Mañana partirá un transporte (Silesía o
Checoslovaquia? ) " . En un estudio grafológico se caracteriza
el ritmo gráfico de esta última cartita, el que revela dos aspectos:
"por
una parte, un continuo decaer del impulso en progresiva flexión, y
por otra una recuperación continua, hasta el punto de que, a pesar de
todo presenta siempre el carácter de los demás diagramas, como una
fisionomía indestructible. El grafólogo acostumbrado a leer la onda
gráfica nota aquí un padecimiento indecible y al mismo tiempo una
base de poder y dinamismo que manifiesta a pesar de todo". (N.
Palaferri, Análisis de las grafíasde la beata Edith Stein,
dactilografiado, Urbino 1988, 4).
El
análisis viene a confirmar los testimonios recogidos acerca de Edith
durante los cinco últimos días que pasó en el campo de concentración.
Había aceptado voluntariamente su propio destino y lo había vivido
haste el fondo, ofreciéndose como víctima por su pueblo hebreo. En
su breve escrito Das mystische Sühneleiden (Expiación mística)
había rubrayado:
"E1
Salvador no está sólo en la Cruz...Todo hombe que en el tracurso de
los tiempos soportó con paciencia un destino duro pensando en los
padecimientos del Salvador y que asumió sobre sí voluntariamente una
vocación expiatoria, ha contribuído con esto a aligerar la carga
enorme de los pecados de la humanidad y ha ayudado al Señor a llevar
su peso. Más aún, Cristo, la Cabeza, realiza la obra redentora a
través de aquellos miembros de su Cuerpo Místico, que se le unen en
alma y cuerpo para su obra de salvación . . . E1 sufrimiento
reparador, aceptado voluntariamente, es lo que en realidad una más
con el Senor".
Con
esta convicción Edith Stein quiso llevar valerosamente y con
fuerza extraordinariía hastae el final su misión en la Iglesia. Hoy
no hay duda de que las hermanas Stein, poco después de su llegada a
Auschwitz-Birkenau fueron asesinadas en la cámara de gas. Edith tenía
51 años, Rosa 59. Un testigo ocular, Luis Schlütter, que poco antes
de salir de Westerbork intercambió algunas palabras con Edith,
refiere este testimonio suyo: "Cualquier cosa que pueda
acaecer, estoy preparada para todo. Jesús está también aquí en
medio de nosotros". Y Jesús tenía que estar entre los pobres
judíos que, con el espasmo del terrible tóxico, terminaron su vida
encerrados en el subterráneo de la "casa blanca" de
Auschwitz. "Una muerte sufrida con magnanimidad, con el sello de
un testimonio cruento sin igual" (Edwige Conrad Martius, en Relatio
et vota, 141).
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