domingo, 9 de junio de 2013

MANTO.

Otra figura usada por los evangelistas es la de “el manto”, que no ha perdurado hasta nuestros días. Ellos, sin embargo, la habían heredado del AT y de la cultura judía, donde poseía varios significados, y seguía viva en su época. Siguiendo esta tradición, tres son los significados de “el manto” en los evangelios:

a) Manto: reinado o reino.

En primer lugar, en el AT el manto sirvió como figura de un reinado o de un reino. Así se ve en una expresiva escena, en la que el desgarro del manto del profeta Samuel, que Saúl quiere retener, indica que éste pierde el derecho a reinar que Dios le había dado (1 Sm 15,26-28: “Samuel le contestó: “No volveré contigo. Por haber rechazado la palabra del Señor, el Señor te rechaza como rey de Israel.” Samuel dio media vuelta para marcharse. Saúl le agarró la orla del manto, que se rasgó, y Samuel le dijo: “El Señor te arranca hoy el reino y se lo entrega a otro más digno que tú””).

Hay otro episodio que expone el mismo sentido figurado de manera aún más elocuente. En él se cuenta que el profeta Ajías, para significar la división del reino a la muerte de Salomón, dividió su propio manto en doce partes, en correspondencia con las doce tribus: diez partes representaban el reino de Israel y dos el de Judá (1 Re 11,29-32: “Un día salió Jeroboán de Jerusalén, y el profeta Ajías de Siló, envuelto en un manto nuevo, se lo encontró en el camino; estaban los dos solos, en descampado. Ajías agarró su manto nuevo, lo rasgó en doce tronos y dijo a Jeroboán: “Cógete diez trozos, porque así dice el Señor, Dios de Israel: Voy a arrancarle el reino a Salomón y voy a darte a ti diez tribus; lo restante será para él””).

Entre los evangelistas, es Juan quien recoge este sentido figurado del manto, aunque dándole un sesgo particular. El manto de Jesús, rey de los judíos (Jn 19,19: “Pilato escribió además un letrero y lo fijó en la cruz; estaba escrito: “Jesús el Nazareno, el rey de los judíos””), es figura de su reinado. Los soldados cogen el manto y lo dividen en cuatro partes, que ellos se apropian (19,23: “Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su manto y lo hicieron cuatro partes, una para cada soldado; además, la túnica”). El antiguo reinado sobre los judíos se realizará ahora sobre los paganos: éstos quitan a los judíos su rey para hacerlo rey suyo. Las cuatro partes en que dividen el manto aluden a los cuatro puntos cardinales y significan la tierra entera. La salvación sale de los judíos (Jn 4,22), pero se extiende a toda la humanidad.

b) Manto: espíritu de la persona.

Otro simbolismo que se atribuye al manto en el AT es el de la transmisión del espíritu profético. Así, Elías da a entender a Eliseo su vocación profética, echándole encima su manto (1 Re 19,19s: “Elías… encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando… Elías pasó junto a él y le echó encima el manto. Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías..”). Cuando es arrebatado al cielo, Elías le transmite su espíritu, dejándole el manto en herencia; llevar el manto de Elías era la señal de estar revestido de su mismo espíritu y continuar su misma misión. Así se expresa en 2 Re 2,1-15 (cf. 2,14s: “Golpeó el agua [con el manto], el agua se dividió por medio y Eliseo cruzó. Al verlo los hermanos profetas que estaban enfrente, comentaron: “¡Se ha posado sobre Eliseo el espíritu de Elías!”).

Juan utiliza el tema del vestido-herencia, pero lo modifica desdoblándolo en manto y túnica: ambos son figura del Espíritu que Jesús comunica con su muerte. Al no ser un solo hombre quien va a recibirlo (como en el caso de Eliseo), sino hombres esparcidos por el mundo entero, Juan necesita expresar que la herencia de Jesús es para todos los pueblos (manto dividido en cuatro partes) y, al mismo tiempo, señalar la indivisible unidad del Espíritu que reciben (19,23s: “La túnica no tenía costura, estaba tejida toda entera desde arriba. Se dijeron [los soldados] unos a otros: “No la dividamos, la sorteamos a ver a quién le toca””).
c) Manto: persona.

Además de los sentidos figurados ya expuestos, el de manto como reinado/reino y como espíritu de la persona, existe un tercero: el del manto como figura de la persona misma.

También éste procede del AT. En efecto, después de la unción de Jehú por un profeta, los oficiales alfombran los escalones con sus mantos, aclamándolo como rey en lugar de Ajab (2 Re 9,12s: “Jehú entonces les dijo: “Te unjo rey de Israel.” Inmediatamente cogió cada uno su manto y lo echó a los pies. Inmediatamente cogió cada uno su manto y lo echó a los pies de Jehú sobre los escalones. Tocaron la trompa y aclamaron: “¡Jehú es rey!”). El manto es aquí figura de las personas, que se someten a Jehú, poniendo a su disposición su propia vida.

Una escena parecida se da en la entrada de Jesús en Jerusalén. Gran parte de la multitud echa sus mantos en tierra ante Jesús, que cabalga el borrico (Mc 11,8 par.: “Muchos alfombraban el camino con sus mantos”), indicando su sumisión a él, al que consideraban como rey sucesor de David (Mc 11,10: “¡Bendito el reinado que llega, el de nuestro padre David!”; Mt 21,9: “¡Viva el hijo de David!”) y, por tanto, dueño de sus vidas.

Pero el manto como figura de la persona aparece en otras ocasiones con matices distintos. El hecho de que los enfermos toquen el manto de Jesús y se curen es figura de la vida que dimana de su persona; es el caso de la mujer con flujos (Mc 5,27.29: “Acercándose entre la multitud, [la mujer] le tocó por detrás el manto… Inmediatamente se secó la fuente de su hemorragia”) y el de los enfermos de la comarca de Genesaret (6,56: “Colocaban a los enfermos en las plazas y le rogaban que les dejase tocar aunque fuera el borde de su manto; y cuantos lo tocaban obtenían la salud”).

Como complemento al sentido del manto como persona, nótese que la figura de “tocar el manto” se emplea solamente cuando los enfermos pertenecen al pueblo judío (Mc 5,27.28.30; 6,56 par.), no cuando se trata de paganos; esto indica que mediante esta figura el evangelista describe actos que se refieren a su labor personal e histórica de Jesús. Lo mismo sucede con “coger de la mano” (Mc 1,31; 5,41; 9,27 par.) o “aplicar las manos” para curar (Mc 6,5; 7,32; 8,23).

En el Evangelio de Juan, cuando Jesús se quita el manto antes del lavado de los pies (Jn 13,3: “se levantó de la mesa, dejó el manto…”) y vuelve a ponérselo al final (13,12: “Cuando les lavó los pies, tomó su manto y se recostó de nuevo a la mesa”), indica la entrega de su persona y la vuelta a la vida, o, en otras palabras, que Jesús se desprende de su vida y la recobra (cf Jn 10,17: “Yo entrego mi vida y así la recobro”). Los verbos griegos que usa Juan en los dos pasajes son los mismos (“entregar”/”dejar” = títhêmi; “recobrar”/ “tomar [de nuevo]” = lambánô); la escena del lavado de los pies se pone así en relación con la muerte y la resurrección de Jesús.

En Mc 10,50 se da otro caso de este uso figurado del manto que da mucha luz sobre cómo los evangelistas expresan un sentido profundo y teológico a modo de sencilla narración histórica. El gesto del mendigo ciego, cuando tira a un lado el manto (detalle aparentemente superfluo en la narración) antes de acercarse a Jesús (Mc 10,50: “El tiró a un lado el manto, se puso en pie de un salto y se acercó a Jesús”), significa de algún modo que el ciego deja a un lado su vida o persona.

De hecho, con el gesto indica Marcos el cumplimiento de las condiciones de seguimiento: “Si uno quiere venirse conmigo, reniegue de sí mismo, cargue con su cruz y entonces me siga” (Mc 8,34). “Renegar de uno mismo” significa renunciar a toda ambición (manifestada poco antes por los Zebedeos; cf 0,37:”Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda el día de tu gloria”); “cargar con la propia cruz” equivale a aceptar la condena de la sociedad, estando dispuesto en el caso extremo a dar la vida (como lo propone Jesús a los dos hermanos; cf. Mc 10,38: “¿Sois capaces de pasar el trago que yo voy a pasar, o de dejaros sumergir por las aguas que me van a sumergir a mí?”).

Además, inmediatamente antes (10,45), Jesús mismo, al describir su misión, ha enunciado las dos actitudes que había expresado en las condiciones de seguimiento: “Tampoco el Hombre ha venido para que le sirvan, sino para servir (que exige como condición “renegar de sí mismo”, renunciar a toda ambición) y para dar su vida en rescate por todos” (= “cargar con su cruz”, aceptar la muerte por el bien de los hombres). Que el gesto del ciego, tirar a un lado el manto, signifique la aceptación de esas condiciones se confirma porque, después de recobrar la vista, sigue a Jesús (10,52: “y lo seguía en el camino”).

Para ver cómo el mismo contenido puede ser expresado por los diversos evangelistas con figuras diferentes, obsérvese como la figura del manto del ciego, utilizada por Marcos, tiene su paralelo en otra que aparece en el Evangelio de Juan, en el episodio de la pesca, aplicada a la persona de Pedro (Jn 21,7: “Simón Pedro entonces, al oír que era el Señor, se ató la prenda encima a la cintura, pues estaba desnudo, y se tiró al mar”).

En este pasaje, “estar desnudo” significa no llevar puesto el paño que Jesús se ciñó en la Cena para servir a los suyos; así lo indica Juan al usar el mismo verbo “atarse a la cintura” (diazónnymi) para la acción de Jesús en la cena y para la de Pedro en la pesca (13,4.5; 21,7) y no usarlo en ningún otro lugar del evangelio. Precisa Juan, además, que Pedro se ciñe “la prenda de encima”, aludiendo al paño para servir, que se pone encima de la ropa. Al ceñirse la prenda, Pedro significa que está dispuesto a servir, renunciando a toda ambición (“renegar de sí mismo”, primera condición para el seguimiento); su segundo acto, “tirarse al mar”, muestra que está dispuesto a aceptar incluso la muerte (“cargar con su cruz”, segunda condición).

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