Puestos los ojos en la utopía de Jesús | |
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Debió serle fácil al principio la esperanza, cuando constataba en el pueblo aquella respuesta entusiasta que le hacía venir en su búsqueda en muchedumbre o que le quería proclamar rey. Se debió sentir peor cuando muchos le fueron dejando quejándose de que aquel lenguaje era un tanto duro. La posterior «crisis de Galilea» debió ser una «noche oscura» para su esperanza: parecía que no había salida; aquél camino no conducía a ninguna parte. «¿Sigo o no sigo?», se debió preguntar. «¿Merece la pena esta luc ha, o es mejor abandonar?». Pero decidió continuar y «subir a Jerusalén», a tumba abierta. Poco después sudaría sangre en el huerto, temblando ante los riesgos de muerte que estaban a punto de hacer presa en él. Siguió adelante, confiando quizá desesperad amente en que el Padre no le iba a abandonar, y en que hasta el último instante podría aparecer una salida. Pero el momento de la verdad llegó, desnudo como el beso de la muerte. Entre la espada y la pared, en la cruz y ante la muerte, debió sentir Jesús que ya no había tiempo para engañarse: que el Padre -incomprensiblemente mudo y silencioso- le pedía no ya que esperara alguna salida, sino que confiara en él sin tener ningún otro apoyo, con una esperanza contra toda esperanza. Y Jesús no falló: «en tus manos encomiendo mi espíritu, mi Causa». Esa fue su mejor y mayor esperanza, mucho más valiosa que aquél primer optimismo entusiasta que le llevó por los caminos de Galilea fácilmente empujado por el fervor de las multitudes. La esperanza en la noche oscura de la crisis de Galilea, de Getsema ní y de la cruz, fue la consumación de su esperanza. Extrapolando lo que afirma la carta a los Hebreos, podemos decir sin duda que hoy en nuestros tiempos de noche oscura para la esperanza y las utopías, también nosotros debemos tener «fijos los ojos en Jesús, iniciador y consumador de nuestra... esp eranza» (cfr Hb 12, 2) ![]() Algunas conclusiones ya han aparecido en nuestra misma reflexión sobre Jesús. Pero apliquemos en todo caso esta luz que nos viene de Jesús a la concreta hora histórica que vivimos. ¿Cristianismos sin Reino? La mayor parte de los cristianos apenas escuchamos nada del RD en nuestra formación básica inicial tanto en el catecismo parroquial como en la escuela dominical o en los colegios de inspiración cristiana. Y esto no lo digo tanto como un inútil rasgamie nto de vestiduras ante un pasado que no tiene remedio, cuanto como un llamado de atención de urgentísima actualidad, porque hoy, como hemos dicho, aunque muchos hablan de Reino, muchos cristianismos al uso no tienen verdadera presencia de Reino. Ello se r efleja sobre todo en su actitud ante las esperanzas y las utopías. Pues bien, ante estos tipos de cristianos y de cristianismos, decimos: «cristianismo sin Reino no es verdadero cristianismo». No decimos que sean cristianismos defectuosos; decimos que les falta lo esencial cristiano. De que esté presente16 o no el te ma el Reino en una expresión concreta del cristianismo (sea a nivel nocional o a nivel existencial) no se deriva simplemente una mayor o menor calidad del mismo, sino la afirmación o negación de su misma esencia cristiana. Dicho de otra forma: muchas formas de cristianismo que se han vivido en la historia o que actualmente están vigentes, no son radicalmente cristianismo. Son formas religiosas paracristianas que utilizan los símbolos y conceptos cristianos, ciertamente, pero colocándolos fuera de todo planteamiento histórico-utópico propio del Reino. Están centradas en torno a un Jesús sin Reino (y, consecuentemente, a un Dios sin Reino). En cuanto que les falta lo que fue esencial en Cristo (la lectura histórico-escatol ógica que el Reino implica), son religiones no «cristianas». Toman el nombre de Jesús en vano17 . Y en falso, porque en su nombre hacen y difunden muchas veces lo contrario de lo que él hizo, aquello incluso a lo que más se opuso en su tiempo18. ¿Cristianismo posmoderno? Pero hoy se nos dice: estamos en un mundo y una cultura posmodernos, que ya no creen en utopías ni en «megarrelatos». Ya se ha experimentado que no es posible el cambio. Las utopías han fracasado. Hay que ser realista y reconocer que estamos en un m undo que ha llegado a su fase final con el triunfo de una forma histórica que ha sido capaz de desplazar a todas las demás. Hemos llegado al «final de la historia». Ya no va a haber más que «más de lo mismo». Es inútil seguir hablando de utopías, de trans formación histórica, de praxis social... Si el cristianismo dice que quiere encarnarse en cada cultura, debe también encarnarse en esta cultura posmoderna... Pero el argumento es una falacia. La renuncia a grandes visiones globales, el desistir en la tarea de transformar el mundo, el refugio «en el fragmento» renunciando a toda esperanza de cambio... no son una «forma cultural», como cualquier otra, la del posmodernismo actual concretamente. Si fueran una «forma cultural» habría que respetarla y habría incluso encarnar e inculturar el cristianismo en esa forma cultural, en esos «signos de los tiempos». Esos elementos posmodernos no son realmente humanos ni humanizantes, ni mucho menos cristianos. La «posmodernización» del cristianismo (su inculturación posmoderna) no es posible. Renunciar a la visión global, a la pretensión de transformar el mundo, al compromiso histórico, preferir quedarse en el fragmento, en el placer fácil y descomprometido del vivir y disfrutar el presente desentendiéndose del futuro... no es compatible co n el cristianismo, tal como se desprende del Jesús en el que hemos puesto nuestros ojos hace un momento. Jesús nunca se hubiera acomodado al posmodernismo. El posmodernismo no es una forma cultural, sino el desencanto de la modernidad, el cansancio de la esperanza, una hora baja de la humanidad, deprimida por las muchas decepciones sufridas, quizá. Un seguidor de Jesús no puede dejarse abatir por esta hora de cansancio; al contrario, ha de descubrir en ella un nuevo llamado a sembrar esperanza. ![]() ¿Cristianismo «light», «descafeinado»? La misma Biblia testimonia hasta la saciedad casos en los que los profetas han gritado al pueblo de Dios y a sus dirigentes que el culto que tan fervorosamente realizaban no daba verdaderamente con el Dios al que invocaban, sino con otros dioses, con l os ídolos de la muerte que están siempre en pugna con el Dios de la Vida. Citar el antiguo y el nuevo testamento se haría interminable. Hoy son la teología y la espiritualidad de la liberación quienes han asumido mayoritariamente esa denuncia profética, y han tenido que cargar sobre sí el mismo conflicto que los profetas bíblicos y los profetas de siempre afrontaron tanto frente a los poderes civiles como frente a los detentadores del poder insititucional de la respectiva religión establecida. Bueno, el escándalo está ahí, a la vista de todos, pero tan profundamente introyectado en el inconsciente occidental que muchos no lo captan. Ahí está ese 20% más rico de la población mundial -en su mayor parte teóricamente cristiano-, el que según el informe del PNUD de 1992 se reparte el 82,7% de la riqueza mundial y deja al resto del mundo, a las cuatro quintas partes de la humanidad, con el 17% de los recursos. El escándalo está en todos esos cristianismos «light», suaves, «sensatos», que huyen de «radicalismos», que conviven con el sistema sin mayores problemas. Son cristianismos «descafeinados», que con el paso del tiempo han perdido la memoria peligrosa de Jesús y de su Causa. Han olvidado ya que originalmente eran seguimiento de un profeta radical que murió como ajusticiado político porque su predicación y su esperanza subvertían el sistema del templo y del imperio... No importa que a veces nos puedan decir que en la teología y la espiritualidad de la liberación somos un tanto insistentes, y hasta monotemáticos quizá, al hablar del Reino y sus exigencias. Aunque fuéramos obsesivos, no estaríamos haciendo otra cosa q ue dejándonos llevar de la que fue la manía de Jesús, su obsesión insistente. Lo que importa es centrarnos y concentrarnos en la pasión del Reino, porque ese filón es el esencial, el «unum necessarium», frente al que todo lo demás «se nos dará por añadidu ra». Esperanza a toda prueba En esta hora de desesperanza, cuando muchos han abandonado la lucha y creen que ya no hay lugar más que para la sobrevivencia o el «arrégleselas cada uno como pueda», suena renovada para los cristianos la hora de la esperanza. Muchas esperanzas han muerto porque no eran verdaderas esperanzas de calidad. Lo parecían, pero no lo eran. Muchos apostaron por la esperanza porque ya «veían» su triunfo inminente19 . Otros esperaban el triunfo de los pobres porque era una verdad «cie ntífica» que su triunfo llegaría inexorablemente por las leyes dialécticas de la historia. En el fondo, no había que hacer mucho esfuerzo para tales esperanzas. No eran «esperanza contra toda esperanza», sino esperanza basada en supuestas evidencias. Ahora que el triunfo inminente que ya llegaba desapareció sin saber cómo, y que las «certezas científicas» se han derrumbado estrepitosamente, los que tenían esas esperanzas ya no son capaces de levantar sus ojos hacia adelante. No encuentran base en l a que apoyar su esperanza. Enrique Dussel ha dicho que en esta nueva hora, sólo los cristianos pueden sacar adelante la esperanza que sostenía a los marxistas. Pero se refiere a la esperanza de calidad, fundamentada en la opción por los pobres y en la fe: ![]() Esta esperanza, hecha de fe y de amor, puede ser el hilo conductor de la espiritualidad necesaria en esta «noche oscura» de utopías y de esperanzas. Y el gran papel de los cristianos puede ser, en esta hora histórica, el testimonio de la inconformidad, la tenacidad de la esperanza, la inclaudicable esperanza de Jesús. Una esperanza macroecuménica Una mirada amplia puede ser el mejor antídoto contra la asfixia que nos pude sobrevenir si nos encerramos en miradas alicortas. La esperanza, la Causa, la lucha... exceden el ámbito de cualquier Iglesia. Dios y su Reino son más grandes que nuestras tim oratas perspectivas. Más aún: las transformaciones son más profundas; aunque en la superficie todo parezca estar bloqueado y como paralizado, la historia no se detiene. Sólo los superficiales pueden hablar de «fin de la historia». Si tuvieran razón los que se empeñan en hacernos creer que las utopías han fracasado y que ya no va a ser posible intentar una transformación del sistema, quien habría fracasado no serían simplemente esas utopías, sino Dios mismo y su proyecto, Jesús y su Buena Noticia, y la humanidad misma. La proclamación del triunfo del neoliberalismo es, simultáneamente, la inconsciente proclamación del fracaso de Dios, de Jesús y de la humanidad. No sabemos cómo. Ni cuándo. Quizá nos toque caminar, como Moisés, previendo que no entraremos en la tierra prometida. O quizá en cualquier momento aparezca en el horizonte una luz nueva. Quizá repentinamente se quiebre esa arrogante solidez que el impe rio dice poseer. Nosotros, en todo caso, no nos resignamos a dar por terminada la historia. Nos rebelamos contra el decreto de la desesperanza. Dios hace fermentar su proyecto más allá, más abajo, más al fondo y más adentro de lo que nosotros percibimos. También durante la noche oscura la semilla sigue creciendo, aunque nosotros no veamos cómo. El Reino vive. La lucha sigue. 1 He recogido estos rasgos también en ¿Qué queda de la opción por los pobres?, en «Alternativas» 1(1993)101-127.2 He abordado otros aspectos no cristológicos en el citado artículo.3 En la catequesis tradicional no aparecía este rasgo. También en la teología del «seguimiento de Jesús» típica de la vida religiosa ha estado en buena parte ausente, específicamente en el aspecto a que nos estamos refiriendo; la pobreza, el celibato de Jesús o cualquiera de las otras dimensiones de su vida han estado más presentes en esa teología que la Causa/Utopía central desde la que tales dimensiones cobran su sentido. Me pregunto cómo este elemento tan importante y central de la vida de Jesús h a sido tan preterido y hasta olvidado. Hoy día, sin embargo, en las presentes circunstancias, es obligado subrayarlo.4 Así se expresaban muy bellamente en su declaración final los cristianos participantes en la Asamblea del Pueblo de Dios en Quito, en septiembre de 1992.5 122 veces aparece en el evangelio, 90 de ellas en boca de Jesús. Incluso después de muerto, los 40 días que Lucas le atribuye en medio de sus discípulos una vez resucitado, los aprovechó Jesús para hablarles a sus discípulos_ ¡del Reino! (Hch 1, 3) .6 SCHILLEBEECKX, Gesù, storia di un vivente, Queriniana, Brescia, 1980. RAHNER - THÜSING, Cristología. Estudio teológico y exegético, Madrid 1975. J.I. GONZALEZ FAUS, La Humanidad Nueva, Eapsa, Barcelona 1981. L. BOFF, Jesucristo el liberador, Sal Te rrae, Santander 1980, pág. 66, nota. I. SOBRINO, Cristología desde América Latina, CRT, México 1977.7 L. BOFF, Testigos de Dios en el corazón del mundo, ITVR, Madrid 1977, pág. 281.8 Con frecuencia se trata de «reduccionismos». Entre ellos, los más comunes no son precisamente los que más han sido denunciados.9 SOBRINO, Cristología desde América Latina, introducción. Y, como dice Sobrino, cuando el creyente cree encontrarse en Jesús -reducido a su persona- con lo absoluto, ya lo tiene todo y no siente necesidad de dirigirse a la historia.10 Un sentido que podríamos denominar «barthiano», que contrapone religión y fe.11 Hoy puede aparecer más claramente como una paráfrasis bíblico-teológica de una simple moral humanitaria, de la religiosidad popular, o de la religión pequeño burguesa, privadas en cualquier caso de toda dimensión más estructural o históricamente t ransformadora12 En América Latina decimos que «la Biblia y el periódico» son nuestras dos lecturas, y que la primera es para iluminar la segunda. También decimos -retomándolo de san Agustín- que Dios escribió dos libros, no uno: el primer es la creación, la histo ria, la vida; el segundo, la Biblia, fue escrito para ayudarnos a entender el primero. H. de LUBAC, Esegesi medievale. I quattro sensi della Scritta, Paoline, Roma 1952, pág. 220-221.13 Nos remitimos en este momento a los enfoques comunes que la teología de la liberación presenta sobre el RD.14 Cfr. el capítulo «Contemplativos en la Liberación», en CASALDALIGA-VIGIL, Espiritualidad de la Liberación, «Envío», Managua 1992, pág. 149ss. Hay ediciones en 11 países latinoamericanos, más España e Italia.15 Aquí estaríamos empleando la palabra nuevamente de un modo barthiano.16 Realmente, no sólo nominalmente.17 Transgreden efectivamente el segundo mandamiento de la Ley de Dios, que también vale para el nombre de Cristo.18 «A lo largo de los siglos, muchos millones de personas han venerado el nombre de Jesús; pero muy pocas le han comprendido, y menor aún ha sido el número de las que han intentado poner en práctica lo que él quiso que se hiciera. Sus palabras han si do tergiversadas hasta el punto de significar todo, algo o nada. Se ha hecho uso y abuso de su nombre para justificar crímenes, para asustar a los niños y para inspirar heroicas locuras a hombres y mujeres. A Jesús se le ha honrado y se le ha dado culto m ás frecuentemente por lo que no significaba que por lo que realmente significaba. La suprema ironía consiste en que algunas de las cosas a las que más enérgicamente se opuso en su tiempo han sido las más predicadas y difundidas a lo largo y ancho del mund o_ ¡en su nombre!». A. NOLAN, ¿Quién es este hombre?, Sal Terrae, Santander 1981, pág. 13.19 Pero dice Pablo que cuando ya se ve no hay lugar a la esperanza (cfr 1 Cor 13, 8-13). |
NUEVO TESTAMENTO COMENTADO POR JUAN MATEOS.
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viernes, 21 de marzo de 2014
Puestos los ojos en la utopía de Jesús
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