Artículos y comentarios con trasfondo religioso. Incluímos todas las religiones y creencias de todos los pueblos, porque todos fuimos creados por el mismo Dios.
Mientras
admita que quizás sí pudiera existir Dios, tendrá
que buscar. Si no lo hace, si permanece en su
ignorancia con un encogimiento de hombros, no hará
más que demostrar su total indiferencia ante el
problema.
Un físico divulgador de la teoría de la relatividad de
Einstein, en una entrevista reciente, afirma de éste: "Tenía una
creencia: creía que nuestra inteligencia nos hace ver las cosas
separadas, pero que detrás de esa apariencia se oculta la unidad de todo
lo creado por Dios."
Es conocida la expresión de Einstein: "Dios no juega a los dados",
aludiendo a que actúa por finalidades precisas, gracias a lo cual es
posible conocerle, investigar, etc..
Albert Einstein, en The evolution of physic, (New York 1938), argumentó
con especial énfasis que el hombre de ciencia necesita poseer una
'profunda fe' para alcanzar la certeza de que las reglas válidas para el
mundo de la existencia son racionales, es decir, son comprensibles para
la razón. No concebía un científico sin esa fe. Es evidente que esa
manifestación de sus pensamientos tenía que provenir de lo más profundo
de sus convicciones. La medida de esa profundidad se puede apreciar muy
claramente en la más famosa de sus afirmaciones: "La ciencia sin
religión está coja; la religión sin ciencia está ciega"
Por contraste, al leer en los periódicos, o escuchar en las
entrevistas que alguien se define 'agnóstico', me recuerda un simpático
artículo de Louis de Wohl titulado así: ¡Mi querido agnóstico!.
Reproduzco sus argumentos ya que pueden aclarar la ternura que produce
semejante declaración y el esfuerzo que hay que hacer para continuar
leyendo o escuchando después de esta personal afirmación.
Escribe de Wohl, en Adán , Eva y el mono (p. 169): "Muchas veces me he
preguntado si usted seguiría llamándose a sí mismo agnóstico, si supiera
que esta palabra no quiere decir otra cosa que 'ignorante'. Quizás...
con una discreta alusión al sabio Sócrates, que también declaró que no
sabía casi nada. Pero muchos de vosotros se llaman a sí mismos
agnósticos sin haber oído jamás hablar de Sócrates. La fórmula básica de
vuestro pensamiento viene a ser así: 'No tengo suficientes pruebas ni
de que existe Dios, ni de que no existe. Por tanto no puedo declararme
ni creyente, ni ateo'. Esto estaría muy bien si usted no se conformara
con ello. Pero eso es precisamente lo que hace la mayoría de ustedes. Y
no correrían ustedes ese riesgo en cualquier otra actividad humana. Si
al señor A le aseguraran que a una hora de ferrocarril alguien esperaba
su visita para entregarle quinientas mil pesetas y el señor B le dijera
que eso no puede ser verdad, ¿se quedaría usted tan tranquilo sin hacer
nada (siempre en el supuesto de que tanto el señor A como el señor B
sean igualmente personas dignas de confianza)? ¿No intentaría usted por
lo menos informarse?. No deja uno de lado sin más quinientas mil
pesetas. Pero a Dios si le deja de lado.
Del ateo que está honradamente convencido de que no hay Dios, no puede
esperarse que continúe buscando. Pero al agnóstico no se le puede
permitir. Mientras admita que quizás sí pudiera existir Dios, tendrá que
buscar. Si no lo hace, si permanece en su ignorancia con un
encogimiento de hombros, no hará más que demostrar su total indiferencia
ante el problema. No es ni 'ardiente' como creyente, ni 'frío' como
ateo: es tibio; y de los tibios dice el Espíritu Santo, en el
Apocalipsis, la espantosa frase de que 'Dios los vomitará de su boca'.
Y la búsqueda deberá ser honrada. No sirve 'convencerse' de la no
existencia de Dios, dejándose servir un par se 'eslogans' más o menos
plausibles. ¡Quien busca honradamente, halla!
Ser agnóstico puede aceptarse. Pero continuar siéndolo..., eso sólo puede llevar a la perdición."
Santo Tomás empleando un tono sencillo y directo, tan sólo un año antes
de morir, al predicar unos sermones de Cuaresma en Nápoles, pone
también en evidencia la ignorancia del agnóstico. Al explicar el primer
artículo del Credo apelaba al argumento teleológico (finalístico) de
este modo: "Debe considerarse que significa el nombre Dios, que no es
otra cosa sino el gobernador y provisor de todas las cosas. Por tanto
cree que Dios existe el que cree que todas las cosas de este mundo están
gobernadas y previstas por Él. Quien cree que todo sucede por
casualidad, no cree que existe Dios. Pero no se encuentra nadie tan
'tonto' que no crea que las cosas naturales sean gobernadas, previstas y
dispuestas, ya que proceden según el orden y tiempos ciertos. En
efecto, vemos que el sol, la luna y las estrellas, y todas las demás
cosas naturales guardan un curso determinado, lo cual no sucedería si se
diese por casualidad: de donde, si hubiese alguien que no creyera que
Dios existe, sería 'tonto'". Resalta en ese texto el tono sencillo y
directo, acorde con el carácter popular de la predicación cuaresmal.
Me permitiría aconsejar a mi querido agnóstico un reciente libro
titulado La mente del universo (Pamplona 1999), que ha causado impacto
en la comunidad científica internacional. Su autor Mariano Artigas, es
Dr. en ciencias físicas y en filosofía, profesor de filosofía de la
naturaleza y de las ciencias. En los últimos años ha recibido un premio y
una ayuda de investigación de la Fundación Templeton de los Estados
Unidos.
De esta obra han hecho elogiosos comentarios científicos e
investigadores como Martin Hewlett, del Departamento de Biología
molecular y celular, de la Universidad de Arizona que dice: "El libro de
Artigas debería ser leído por todos los que comienzan a estudiar
ciencias, y también por todos los que se dedican a enseñarlas".
William E. Carroll, del Departamento de Historia, Cornell College
(Iowa, USA) afirma: "Artigas demuestra un dominio impresionante de los
temas fundamentales de las ciencia naturales, de la filosofía y de la
religión. La mente del universo es una contribución importante al
estudio interdisciplinar de la ciencia y la religión"
La religión evita las mitificaciones. Es el conocimiento y la
inteligencia de que no somos lo último ni somos el Origen. El Origen es
Dios. Porque conoce a Dios, el hombre es capaz de no fabricar mitos
(ídolos), de experimentarse incompleto, aunque con la posibilidad de
engañarse pensándose completo. Las creaciones humanas (arte, ciencia,
política, economía) le aparecen entonces como productos y, en su caso,
como instrumentos. Nunca como absolutos, porque hay un sólo Absoluto,
que es Dios.
A todos dice el salmista (S.19,1): "Los cielos pregonan la gloria de Dios y el firmamento las obras de sus manos"
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