miércoles, 24 de septiembre de 2014

Hermanos de la Vida en Común

Jean Miéllot, miniatura de Jean Le Tavernier. De Miracles de Notre-Dame, c. 1456. París, Biblioteca Nacional, Ms. français 9198, folio 19 recto
Jean Miéllot, miniatura de Jean Le Tavernier. De Miracles de
Notre-Dame, c. 1456. París, Biblioteca Nacional,
Ms. français 9198, folio 19 recto
Proceden de la segunda mitad del siglo XIV, cuando los Países Bajos septentrionales fueron el escenario de constantes conflictos de la nobleza con sus vasallos y con las ciudades, que habían crecido notablemente en riqueza y poder desde las cruzadas. Este crecimiento en poder había dado origen a un vívido interés en cuestiones políticas, sociales y eclesiásticas y el creciente amor por la libertad se mostró en un antagonismo de amplio alcance contra el clero, que fue fomentado por el desarrollo del estudio científico y aún más por el misticismo que era entonces tan popular, en contraste con el rígido y duro escolasticismo del período anterior. Dos hombres especialmente representaron este sentimiento religioso más cálido y sincero: Jan van Ruysbroeck, un sacerdote de Brabante y Geert Groote, un ciudadano de Deventer, quien fue fundador no sólo de la influyente congregación de Windesheim y de la reforma monástica que allí surgió, sino también de los Hermanos de la Vida Común. Geert Groote. La primera comunidad.
Las primeras noticias sobre Groote son del tiempo del Cisma de Occidente y de la "Cautividad Babilónica" del papado. Por consejo de Ruysbroeck, que entonces contaba 84 años de edad, y con licencia del obispo, Groote comenzó a predicar el arrepentimiento por toda la diócesis de Utrecht. Multitudes de todas clases se agruparon para escucharle, en Deventer, Zwolle, Leiden, Delft, Gouda y Ámsterdam. Pero cuando comenzó a atacar los pecados del clero y la ociosa mendicidad de los monjes, el obispo le prohibió la predicación durante cuatro años, retirándose a su ciudad natal de Deventer. Aquí maduró su plan, ya concebido, de capacitar a aquellos que se hubieran convertido a una piadosa vida cristiana para desarrollar de forma práctica su deseo de perfección. Reunió unos pocos amigos a su alrededor, quienes le estimaron como su director hasta su muerte, tras la cual el liderazgo fue asumido por Florentius Radewyns. Originalmente no era una comunidad cuasi-monástica separada del mundo, con un sistema definido de vida y obra comunitaria. Eso es evidente por el hecho de que varios de los amigos de Groote, tales como Jan Brinckerinck, pertenecían al círculo sin abandonar sus propias asociaciones monásticas. Fue sólo tras la muerte del fundador que la comunidad fue diseñada por Florentius en una dirección que proporcionara mayor estabilidad y crecimiento.
Geert Groote y los Hermanos de la Vida Común
Esta idea, como es expuesta y justificada por Gerretsen en su biografía de Florentius (Nimega, 1891), difiere en no pocos asuntos particulares importantes de la anteriormente sostenida por escritores tales como Acquoy, Hirsche y Grube. Según su idea, que descansa principalmente en el Liber de origine devotionis modernæ de Jan Busch, Groote quiso crear un mejor tipo de clero mediante la influencia educativa sobre los jóvenes, apoyando a muchos estudiantes pobres en la escuela catedralicia en Deventer, dándoles manuscritos para copiar para su biblioteca. Tras un intervalo los ponía al cuidado, tanto espiritual como temporal, de su amigo más joven Florentius, quien los llevaba a su propia casa y los ponía a trabajar bajo su dirección. Entonces un día, según el relato de Busch, Florentius sugirió que sería más económico, ya que los tiempos eran duros, si combinaban sus recursos y vivían en común. Groote al principio temió los celos de las órdenes mendicantes, pero finalmente se lo permitió en el nombre del Señor. Inexactitud del relato de Busch.
Sin embargo, Busch lo que hace es leer en la historia más antigua la práctica de tiempos posteriores, lo que incluso entonces fue casual y no de importancia primaria. Es verdad que Groote, y todavía más Florentius cuidaron de los estudiantes pobres, pero ellos no eran parte de la fraternidad y la dejaban cuando su educación terminaba. Hay otras inexactitudes en el relato de Busch. Sobre Groote en su lecho de muerte relata que respondió a la pregunta de sus seguidores diciendo que Florentius debería ser su director, entendiendo esto de la casa y hermanos de Deventer, mientras que está claro que Groote quiso decir del movimiento en su conjunto. La elección final de un cabeza para la casa de Deventer se retrasó; el contrato de su compra en 1391 indica un gobierno conjunto de Florentius, Brinckerinck y Gronde, siendo hecho Florentius único cabeza entre, probablemente, 1391 y 1396, tiempo en el que se necesitaba una organización más definida, no solamente por el crecimiento de la fraternidad y la fundación de nuevas casas, sino como medio de protegerse contra ataques externos. Mientras Groote vivió su influencia fue un escudo suficiente para sus convertidos, pero poco después de su muerte hubo tan gran hostilidad entre los ciudadanos que los hermanos a duras penas se atrevían a salir a la calle y un convertido oficial municipal de Groote se vio obligado a interceder. No obstante, Florentius logró llevar adelante la obra, al principio en su propio presbiterio y luego en una casa alquilada en las inmediaciones, cambiándola en 1391 por otra que había sido habitada por una comunidad de mujeres piadosas.
Grabado de la escuela monástica de Magdeburgo
Grabado de la escuela monástica de Magdeburgo
La vida activa de los Hermanos.
Pero incluso tras la cristalización de la organización todavía permanecía una diferencia fundamental entre ella y la congregación de Windesheim. Ambas instituciones surgieron del mismo espíritu de la "devoción moderna"; pero mientras algunos pensaban que debían preservar este espíritu sólo en los monasterios donde sabían que prevalecería, los Hermanos de la Vida Común se sintieron llamados a esparcir ese espíritu por la predicación al pueblo, por la educación de los jóvenes y especialmente de aquellos que iban a ser sacerdotes y por la poderosa influencia de una vida piadosa vivida en el mundo. Las asociaciones de hombres piadosos serios que comenzaron a surgir en varios lugares, seguidas por la fundación de casas para la vida comunitaria de mujeres, tuvo características de novedad que atrajeron la atención y no poca desaprobación. Prejuicio y oposición.
Al ser una asociación informal y sin votos, los Hermanos fueron clasificados por muchos con los begardos y beguinas, cayendo de esta manera bajo sospecha de herejía; pero como las comunidades de alguna manera se parecían a las de las órdenes monásticas, incurrieron en los celos de éstas, especialmente de las mendicantes por la diferencia de que ellos no mendigaban sino que trabajaba para su sostenimiento. Por tanto hubo de pasar algún tiempo antes de que pudieran obtener permiso general para la formación de sus comunidades y la adquisición de tierras. Las opiniones formales en cuanto a la licitud de su posición se buscaban frecuentemente en las autoridades, tanto por sus amigos como por sus enemigos. La más importante de esas opiniones es la pronunciada en 1393 por el abad Arnoldo de la abadía benedictina de Dickeninge, en la provincia de Drenthe (Holanda), y que existe en la biblioteca real de La Haya. Se trata de una opinión no prejuiciada y a su favor. Al lado de ésta se puede clasificar otra procurada por los hermanos de la facultad de derecho de la nueva universidad de Colonia, cuando la primera no fue aceptada por su oponente Matías Grabow, quien la había solicitado.
Características.
Según ambas se pueden contemplar como principales características de la nueva organización las siguientes: (1) Deseaban vivir una vida comunitaria extra religionem, es decir, sin tomar los votos monásticos ordinarios. (2) Vivían de su trabajo y rechazaban la mendicidad. (3) Vivían in communi, hombres y mujeres separadamente y sin matrimonio, compartiendo libremente entre sí, teniendo la ventaja de la influencia recíproca y las exhortaciones fraternales. (4) Prestaban obediencia voluntaria, no condicionada, a un líder escogido de su fraternidad. (5) Se edificaban mutuamente y al pueblo del exterior por la lectura de las Escrituras en la lengua vernácula. De estos puntos lo que principalmente impactó a la gente en general fue su vida en común, de ahí su nombre; pero su vida sin votos monásticos era lo que le parecía a las órdenes religiosas peligrosa, siendo la principal base de ataque contra ellos en el concilio de Constanza. Pero si diferían de los monjes al estimar innecesario dejar el mundo y obligarse mediante votos solemnes, tenían muchas de las características de la vida monástica: obediencia, celibato y pobreza, en el sentido de propiedad común; al mismo tiempo, estaban en contraste con muchos monasterios que habían abandonado sus principios originales.
En sus fundadores o seguidores no había conciencia de apartarse de las enseñanzas de la Iglesia. Por lo que ellos luchaban era por una reforma en la vida: la vida de la Iglesia y la vida del mundo. Los estatutos de sus casas muestran claramente lo que era el objetivo principal en sus mentes. Los de la comunidad en Herford decían: "Para la promoción de la salvación de nuestras almas, así como para la edificación de nuestro prójimo en la pureza de la auténtica fe cristiana y la unidad de nuestra madre la Santa Iglesia cristiana, queremos e intentaremos vivir una vida pura, en armonía y comunidad, por la obra de nuestras propias manos, en la verdadera religión cristiana y el servicio de Dios. Nos proponemos vivir una vida de moderación, sin mendigar; prestar obediencia con reverencia a nuestros superiores; vestir un simple y humilde hábito; observar diligentemente los cánones de los santos Padres, hasta donde sean de provecho; aplicarnos diligentemente a las virtudes y otros ejercicios y estudios santos; y no sólo a vivir una vida intachable, sino a dar un buen modelo y ejemplo a otros."
Thomas à Kempis
Thomas à Kempis
Las diversas casas.
La casa madre de Deventer tiene una historia interesante, que se extiende hasta 1574; aquí Erasmo fue estudiante durante varios años y aprendió griego del distinguido erudito Synthis (Sinder). La siguiente en importancia, la de Zwolle, también fundada por Groote mismo, fue gobernada con sabiduría y energía desde 1407 a 1456 por Diderik van Herxen, un escritor notorio, quien la hizo un centro de colonización. Se mantuvo hasta 1590. Thomas à Kempis y Jan Busch probablemente enseñaron en la escuela allí y ciertamente fueron internos de la casa, como lo fue Wessel, el más importante precursor de la Reforma. Horn (1385) y Ammersfoort (1395) fueron las únicas otras fundaciones en vida de Florentius. De importancia para la historia del movimiento en las provincias septentrionales fueron las de Delft (1403), Hulsbergen (1407), Gouda, Hertogenbosch y Doesburg (1425), Utrecht (1474) y Nymwegen (1592). En los Países Bajos meridionales Lieja fue la primera ciudad en recibir una colonia de los Hermanos, siendo seguida por Lovaina, Gante, Bruselas, probablemente Amberes, Mechlin y Cambrai. Los primeros asentamientos en Alemania se debieron a las labores de Heinrich von Ahaus, quien fundó las tres casas alemanas más famosas, Münster, Colonia y Wesel, de las que la segunda duró hasta su secularización por los franceses en 1802, teniendo una interesante relación con la historia temprana de la imprenta. Otras fueron fundadas en Osnabrück, Emmerich, Tréveris, Herford, Hildesheizn, Cassel, Butzbach, Marburgo, Ednigstein, Rostock y Culm (1473, el punto donde llegaron más al este). La comunidad de Herford, que se pasó a la Reforma, permaneció en existencia como fraternidad luterana hasta 1841.
Mapa de los centros de los Hermanos de la Vida Común en los Países Bajos
Las casas para mujeres.
Incluso antes de la fundación de la primera casa para los Hermanos, Groote había presentado (1374) al burgomaestre de Deventer una morada de su propiedad que sirviera como hogar para mujeres pobres, ya fueran solteras o viudas y sin ataduras monásticas. Al principio la casa no pareció prosperar, tanto bajo Groote como bajo su sucesor Jan van Gronde, quien era un predicador capaz, pero falto de los dones especiales requeridos. Las 16 mujeres vivían como les parecía y trabajaban poco, por lo que la pobreza las presionaba y la perspectiva era desanimadora, momento en el que en 1393 Brinckerinck se hizo cargo de la casa y le imprimió nueva vida, con constante cuidado espiritual y estricta disciplina. Como en el caso de los Hermanos, se fundaron nuevas casas que ofrecían un destacado contraste con muchos conventos de monjas, por la degenerada condición en la que estaban. El rápido crecimiento de esas casas proporciona una prueba de la fortaleza de espíritu que la devoción poseía en esos primeros días. En la primera mitad del siglo XV surgieron al menos 87 de esas comunidades, casi todas en los Países Bajos. Usualmente había sólo una en cada localidad, aunque Zutphen tuvo tres, Deventer cinco y Zwolle seis. Sin embargo, muchas de ellas se transfirieron a la orden terciaria franciscana o adoptaron la regla de las monjas de Windesheim, aunque tal cambio no parece haber supuesto la ruptura total de relaciones con los hermanos y hermanas de la sociedad de Groote. Las hermanas fueron conocidas muy comúnmente, no sólo en Deventer sino en otras partes, como beguinas, el nombre frecuentemente dado en aquellos días a las terciarias de las órdenes mendicantes y a otras asociaciones de mujeres no enclaustradas. La regla que las gobernaba se conoce sólo de los estatutos existentes de más de una casa y no difiere esencialmente de la de las terciarias a cargo del capítulo de Utrecht. Su vestidura era de color gris, más bien pasada de moda, por lo que fueron frecuentemente objeto de ridículo. Su alimentación era tan simple como su vestimenta. No parece haber habido una edad límite definida para el ingreso; en Deventer se admitían niñas de nueve años y mujeres de cincuenta. Cada comunidad era gobernada por una rectora que tenía ayudantes equivalentes a los de las casas de los hermanos. Se ocupaban en toda clase de tareas femeninas, tal como entonces eran entendidas. Ocasionalmente en criar y educar niñas y copiar manuscritos. Fuera de los Países Bajos su extensión fue mayor en Alemania, donde parecen haber alcanzado un considerable número a mediados del siglo XV.
Nombres diferentes.
Además de los nombres mayormente usados por ellos mismos (fratres vitæ communis o bonæ voluntatis), los Hermanos tuvieron una variedad de apelaciones populares en diferentes lugares. Fueron llamados, por su manera de comunicar no los sermones formales sino charlas sencillas fratres collationum o collationarii; por imitar a los apóstoles en su manera de vida, "hermanos apostólicos"; por su diligencia en copiar manuscritos, "hermanos de la pluma". Donde tenían escuelas, "hermanos de la escuela"; por su hábito, "hermanos de la capucha" o "hermanos azules"; y varios otros nombres tomados de los santos de los cuales eran especialmente devotos como patronos o ejemplos: Gregorio, Jerónimo, Miguel, Jorge, Martín y Marcos. El nombre de "lolardos" o "nolardos" parece que les fue aplicado por sus enemigos.
Indumentaria.
Al no tener votos, cada hermano podía salir en cualquier tiempo, sin incurrir en pena eclesiástica. Por esta razón, además de porque consideraban posible combinar la vida interior con la vida en el mundo, el título de religiosi les fue frecuentemente negado. Su indumentaria consistía en una vestimenta, simple, de lino negro o gris, recogida en la cintura por un cinturón; para los clérigos llegaba hasta los pies, para los novicios y hermanos laicos sólo hasta las rodillas. Además vestían una tosca camisa que debía ser lavada una vez cada mes en verano, cualquier otro mes en invierno y ropa interior del mismo material. La casaca era gris y una capucha negra cubría la cabeza.
Organización y disciplina.
Los internos de las casas se dividían en tres clases: sacerdotes y clérigos, laicos y candidatos a prueba. La primera clase realizaba todas las funciones espirituales eclesiásticas, la segunda los trabajos domésticos de la casa y el jardín; pero todos eran hermanos. El tiempo de prueba variaba de dos o tres meses a un año. Cada nuevo hermano era libre de disponer de su propiedad a su elección, pero si la donaba a la casa no podía reclamarla al salir. Cada casa tenía un cabeza llamado rector, no como entre las comunidades de Windesheim que era el prior; se hacía un esfuerzo para evitar imitar el uso monástico en tales detalles. En las casas de las hermanas el confesor era también llamado rector. El rector era escogido con el mayor esmero; posteriormente la elección no fue dejada totalmente a la casa individual y si no había una persona idónea entre la comunidad era enviada otra de otra casa. Todos los miembros estaban comprometidos a obedecerle y sin su permiso nadie podía dejar la casa ni ir a otras salvo a la iglesia. En ausencia del rector uno de los hermanos clérigos en su lugar decidía todas las cuestiones que no pudieran retrasarse. Si había quejas contra el rector era deber de los sacerdotes considerarlas. Después del rector el oficio de procurador era de importancia y tenía a su cuidado las relaciones externas de la casa, de las facturas y las compras. En las casas grandes había también un intendente. Uno de los oficiales más importantes era siempre el bibliotecario, quien no sólo era custodio de los libros, sino que supervisaba el copiado y proporcionaba los materiales para ello. Otros oficiales mencionados eran un maestro de novicios, receptor, sacristán, jardinero, boticario, cocinero, etc. Para propósitos de disciplina había un capítulo de faltas (distinguido del capítulo particular ocasional para la discusión de los asuntos de la comunidad) que se reunía al menos una vez a la semana. Primero el hermano más joven se arrodillaba en medio y se acusaba a sí mismo de cualquier quebrantamiento de los estatutos o costumbres de la casa. Pero (con el sobrio sentido común que caracterizaba todas las regulaciones) se presumía que no diría más allá de dos. Habiendo perdido perdón por sus faltas aceptaba el castigo impuesto por el rector y prometía enmendarse, volviendo a su lugar y saliendo el siguiente. Si se infligía la pena de expulsión, en caso de grave ofensa, tal como herejía, inmoralidad o robo, el rector decidía cuánto podía llevarse el ofensor consigo, además de sus ropas. Aparte de esas reuniones domésticas había otras anuales de representantes de un grupo de casas relacionadas. Éstas, con las visitaciones, formaban un medio para mantener el espíritu de unidad esencial en el círculo siempre creciente de las comunidades; se instituyeron poco después de la muerte de Florentius y tenían lugar el domingo después de Pascua, primero en Zwolle y luego en diferentes lugares, tales como Groningen, Hertogenbosch y Emmerich.
La "devoción moderna".
Como fundamento de toda la vida estaba la moderna devotio, progreso diario en la comunión con Dios, surgida de un espíritu de amor y un corazón puro. Los medios para ello eran el conocimiento de uno mismo, la batalla continua para conquistar los bajos deseos, abatir el orgullo, despreciar las cosas temporales y romper con el interés propio. A este fin iban dirigidos todos sus ejercicios espirituales, su madrugar y su trabajo duro, su hablar y su silencio, su sumisión y obediencia. El hombre que solicitaba ser recibido en la fraternidad podía no saber nada sino sólo que "deseaba una buena obra." Ése era el propósito al admitir nuevos miembros, el tiempo de prueba y la supervisión del maestro de novicios, antes de que pudieran ser añadidos a la lista de hermanos "perpetuos" o "canónicos".
Vida cotidiana.
La vida de cada día estaba organizada estrictamente. La campana tocaba a las tres cada mañana y a las tres y media debían estar preparados para levantarse y ofrecer los primeros frutos del día a Dios en oración y meditación. Desde esa hora hasta las nueve de la noche, cuando los hermanos iban a la cama, cada hora (con excepción de los períodos para comidas y descanso) se dividía entre ejercicios manuales y espirituales. El trabajo era variado, los clérigos educados pasaban buena parte del tiempo copiando manuscritos y muchos de los laicos aprendían el arte de ellos, pero había toda clase de tareas. Se insistía especialmente en la humildad; era común para los hermanos confesar sus pecados no sólo a un sacerdote sino unos a otros, una costumbre que dio origen a que entre los de fuera se sospechara de su ortodoxia. El espíritu de sumisión en el que eran enseñados a aceptar la reprobación y el castigo de sus superiores se mostraba también en la paciencia con la que soportaban la enfermedad y el sufrimiento. Una característica regular de la vida eran las collationes, o conferencias, discursos edificantes, frecuentemente diversificados por pregunta y respuesta, o que tomaban la forma de un diálogo durante largo tiempo. Había de dos clases, unas destinadas para los de fuera, a los cuales se abrían las puertas de la casa, siempre en la lengua vernácula, y las otras que tenían lugar diariamente entre los internos a mediodía o en la comida de la tarde (probablemente el nombre viene del uso de la palabra collatio en el sentido de una comida común).
Tendencia al ascetismo.
La vida de los Hermanos no podía ser, como se ha visto, lujosa; pero sus limitaciones ordinarias no eran suficientes para la devoción de algunos, quienes intentaban fortalecerse a sí mismos todavía más contra la tentación e incrementaban su poder de despreciar las cosas temporales acostumbrándose especialmente a comidas pobres e insípidas o vistiendo una camisa con cilicio. Si veían que su salud quedaba perjudicada por esas disciplinas, pensaban en otra manera de practicar la mortificación y abandonaban lo que había demostrado ser excesivo, aunque este ejercicio del sentido común, del espíritu del tiempo y especialmente de la vida religiosa del tiempo, se justificaba frecuentemente con una apelación a alguna visión o revelación. La vida espiritual de los Hermanos se nutría grandemente de la Sagrada Escritura, al estudio de la cual se dedica una sección especial en los estatutos de Herford y en Refarmatorium vitæ clericorum. Las tranquilas horas de la mañana se dedicaban a esto y todo lo innecesario quedaba prohibido. La meditación sistemática sobre las cosas espirituales era otra característica, teniendo cada día sus temas especiales: el domingo, el reino de los cielos; el lunes, la muerte; el martes, la misericordia de Dios; el miércoles, el juicio final; el jueves, los sufrimientos del infierno; el viernes, los sufrimientos de Cristo (que eran también contemplados durante la misa) y el sábado, los pecados. De esta práctica surgieron muchos libritos de meditaciones, algunos de los cuales, como en los diversos Specula (monachorum, Bernardi, peccatorum), gozaron de gran popularidad.
La copia de manuscritos.
Monje copiando un manuscrito. Miniatura de un códice de las Cantigas de Santa María de Alfonso X. Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, Madrid
Monje copiando un manuscrito. Miniatura de un códice de las Cantigas de Santa María de
Alfonso X. Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, Madrid
Entre la gran variedad de tareas y ocupaciones por las que los Hermanos procuraban sostenerse a sí mismos y al mismo tiempo tener suficiente para obras de caridad, estaba la copia de manuscritos que tuvo un importante lugar. Florentius la había recomendado especialmente a sus asociados inmediatos, que eran principalmente clérigos, como lo más apropiado para ellos y su práctica creciente se convirtió en una bendición permanente para el mundo cristiano. Un gran número de manuscritos que existen todavía, en colecciones privadas y públicas de Holanda y Bélgica especialmente, se elaboraron en las casas de los Hermanos. Los más frecuentes eran libros litúrgicos, la Escritura, los Padres y obras de edificación espiritual. También tenían la costumbre de compilar colecciones de los pasajes más significativos de los libros que leían o copiaban, a veces con la adición de reflexiones del compilador. Esas antologías (rapiaria) no están siempre escritas totalmente por la misma mano. Tal vez la obra era tomada por otros a la muerte del primer compilador o varias pequeñas colecciones se fundían en una. Los autores más diversos se encuentran en ellos: algunos clásicos, especialmente Séneca, algunos patrísticos, más frecuentemente Agustín, Bernardo y Juan Clímaco, a quienes se pueden añadir Gerson y algunos de su propio círculo, como Thomas à Kempis o David de Augsburgo, el autor de Speculum monachorum particularmente amado y recomendado por Florentius.
Su influencia e importancia.
Esta clase de vida, como ha sido descrita, era la mejor defensa de los Hermanos contra todos los ataques que podían realizarse contra ellos. Aunque hay algunas cosas en su sistema que nos parecen exageradas o cuestionables, es imposible negar su importancia para la historia de la Iglesia. Al intentar resumir esta importancia es necesario decir de una vez por todas que, con nuestro conocimiento, no pueden ser descritos, en la forma acostumbrada, como precursores de la Reforma. No obstante, su influencia, tanto personal y corporativa, fue inspiradora y purificadora. Tomaron una base diferente de las comunidades "religiosas" ya existentes, al mostrar que las ofrendas voluntarias hechas en un espíritu de devoción pueden servir a Dios y al prójimo aceptablemente, tanto desde el punto de vista ético como social; que una vida de piedad era posible en medio de la labor diaria, así como el intercambio con el mundo en sus objetivos terrenales y en los más elevados. Tal separación del mundo como la practicaban no era una huida en el falso y parcial concepto de la devoción y el servicio a Dios, sino que su propósito era prestar un servicio positivo a la sociedad humana. Su ideal de una verdadera piedad interior, que surge del amor del corazón, tuvo una poderosa influencia en muchos que eran meramente miembros externos de la Iglesia, especialmente sacerdotes y monjes que realizaban su servicio en un espíritu puramente formalista. Por no decir nada de su influencia directa sobre el clero, mediante la educación de jóvenes candidatos a las órdenes, que despertó en muchos sacerdotes seculares un cuidado más fiel por las almas y una mayor diligencia en impartir los dones espirituales por la predicación y la enseñanza. Las "conferencias", que ofrecían instrucción religiosa al hombre sencillo en su lengua materna, tuvieron un efecto más allá de los muros de las casas y lo mismo se puede decir de la cercana adhesión a la Escritura y su aplicación a los detalles prácticos de la vida diaria.
Pero la mejor predicación es la del ejemplo y esto habló tan elocuentemente a la gente por todas partes que, salvo donde la hostilidad se inflamaba contra ellos por la envidia de los malos sacerdotes o monjes, su vida fue reverenciada por las autoridades municipales y los ciudadanos privados, siendo el clero parroquial estimulado a ayudarles en su trabajo. Una vez que la Iglesia aprobó formalmente su tarea en el concilio de Constanza, obispos, cardenales y papas estuvieron deseosos de ayudarles en todas las maneras, por la concesión de muchos privilegios, incluyendo algunas indulgencias especiales.
Sus limitaciones.
La "devoción moderna" así descrita, con su insistencia en la conversión y la santificación real, ha sido comparada no injustamente por Acquoy con el metodismo y por Ritschl con el pietismo, aunque ambas comparaciones son verdaderas sólo hasta cierto punto. El sistema de los Hermanos era más eclesiástico que el de otros; la Palabra por la que sólo la nueva vida puede ser plantada y nutrida tuvo un papel menos prominente en ellos. En su lugar tenían sus ejercicios y meditaciones auto-escogidas. Esto es natural, en vista de la enseñanza tradicional eclesiástica que, con su esquema semipelagiano de salvación, exige la absoluta cooperación, algo que ellos compartían plenamente. En sus meditaciones la vida y el sufrimiento de Cristo contaba más en su ánimo para sus propias pruebas que como sacrificio por sus pecados y los del mundo. La fe justificadora, como fuente de la nueva vida llamada a la existencia por la gracia de Dios, como síntesis de religión y ética, significaba menos para ellos que el proceso de santificación. Les faltaba tanto la profunda conciencia de pecado como la certeza de fe en la gracia sanadora que borra el pecado. Por tanto enfatizaban la libertad de la voluntad, pero no lo que la hace libre, la operación del Espíritu Santo por la Palabra; permanecieron como una asociación libre comparada con los monasterios, pero no con la libertad perfecta de los hijos de Dios. Los intentos de reforma de la vida cristiana en aquellos días, ya fueran individuales, de comunidades monásticas o de la Iglesia en su conjunto, permanecían restringidos a la región de lo externo, no alcanzando el corazón del asunto. La reforma largamente deseada no podía surgir de la manera ofrecida por los Hermanos de la Vida Común. Cuando la llamada al arrepentimiento de Lutero y su predicación de la fe penetró en sus casas, algunos de ellos pensaron que habían hecho todo lo que se requería por medio de la realidad interior de su devoción, no conociendo la verdadera libertad; otros cerraron sus oídos a la propuesta de lo que les parecían innovaciones; otros fueron influenciados por el poder intelectual de las fuerzas humanistas que se pusieron del lado de la Reforma y algunos pocos, como los hermanos de Herford, se entregaron al evangelio de la gracia, ganándose la aprobación de Lutero que deseaba que hubiera muchas casas como esa. Pero casi todas las comunidades comenzaron a declinar desde ese momento y mientras las antiguas se disolvían surgían nuevas que ocupaban su lugar. Por un lado su organización no tenía la garantía de los votos y la completa renuncia del mundo (como los monjes de Windesehiem han dicho siempre) ni por otro se adaptaba para cumplir las altas demandas de la vida espiritual en el plano de la Reforma, siguiendo la pauta que la palabra de Dios había establecido; los viejos odres no podían contener el vino nuevo.
Enseñanza en una escuela monástica,
manuscrito iluminado del Codex Manessa, c. 1300
Su influencia en la educación, la literatura y el arte.
Hay que decir una palabra más específica sobre la influencia educativa e intelectual, que fue considerable y excelente, aunque ha sido a veces mal entendida, como en la antigua idea, representada por Cramer, Von Raimier y Kammel, atribuyéndoles un efecto de largo alcance sobre el sistema escolar y sobre la mejora del currículum y los métodos de enseñanza. Pero investigaciones posteriores muestran que esto se ha exagerado. No hubo muchos lugares donde las escuelas pertenecieran a los Hermanos o estuvieran bajo su dirección. Muchas de las casas educaban sólo a jóvenes candidatos a las órdenes y escasamente suplían profesores para las escuelas públicas, salvo en casos especiales. Tampoco poseyeron un método particular de educación propio, aparte de los principios generales seguidos en sus casas. De hecho, su influencia se debió principalmente a su sincera piedad cristiana, que tuvo su efecto en todos los que estuvieron dentro de su esfera. De esta manera, comenzando con Groote mismo y su relación con Petrarca, así como con sus propios estudios humanistas, surgió una amistad entre ellos y los principales humanistas alemanes que tuvo notables resultados. Hombres como Cela, Hegius, Sinthis y Anenius en Rostock absorbieron de los Hermanos una piedad cristiana sencilla, que fue una de las grandes causas de la diferencia entre la tendencia del humanismo alemán y el italiano. En este sentido tanto la Reforma y la liberación de las ciencias que procedieron de ella tienen una deuda con los Hermanos. No eran hostiles al arte; sus iglesias estaban adornadas con lo mejor en ese sentido y en la pintura de miniaturas han dejado algunas obras meritorias. Desde el punto de vista literario sus propias producciones, ya sean originales o compiladas, pertenecen principalmente al ámbito de la ascética. Entre algunos de ellos la poesía encontró un lugar y Heinrich de Alkmar, el autor de Reineke Vos, vino de la casa de Zwolle. De especial importancia para la cultura popular es el hecho de que mostraron una fuerte tendencia a escribir o hacer traducciones en la lengua vernácula. Además de las Escrituras y otras obras espirituales (por ejemplo, una traducción en verso alemana de la "Imitación" hecha en Colonia), publicaron numerosos libros en lengua vernácula de naturaleza histórica o educativa; en el primer periodo se involucraron no sólo en la copia de manuscritos, sino también en la tarea de adornarlos con miniaturas e ilustraciones e incluso en preparar los pergaminos y ordenar las bibliotecas; con la invención de la tipografía no pocas casas establecieron imprentas y vendieron libros impresos, contribuyendo en una forma nueva a la difusión general del saber.

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