miércoles, 24 de diciembre de 2014

¿MILAGROS? NO, GRACIAS.

 
Los "signos" cumplidos por Jesús y narrados en los evangelios son manifestaciones del amor de Dios a la humanidad, no perceptibles por cuantos esperan demostraciones de poder (Jn 2,18):

"Pues mientras los judíos piden señales y los griegos buscan saber, nosotros predicamos un Mesías crucificado, para los judíos escándalo, para los paganos locura" (1 Cor 22-23).

Los sedientos de lo extraordinario, incapaces de reconocer a Dios en lo cotidiano, piden insistentemente a Jesús que les muestre "una señal del cielo" (Mt 16,1-4).

Como el profeta Elías buscan a Dios en "el huracán tan violento, que descuajaba los montes y hacía trizas las peñas delante del Señor, en el terremoto y en el fuego" (1 Re 19,11-12). A cuantos le piden "milagros" que vuelvan en beneficio propio las leyes físicas que regulan el mundo, Jesús responde con una invitación a la "conversión", un cambio en las leyes que regulan las relaciones sociales en beneficio de los otros.

Su enseñanza no deja espacio a la espera de intervenciones espectaculares de lo alto, sino que es una invitación a practicar con fidelidad un amor al alcance de todos: "Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme" (Mt 25,35-36).

No hay necesidad de que el Señor "multiplique" los panes. Basta con distribuir proporcionalmente los que ya hay (Mt 14,13-21).

No es menester gritar "Sálvanos Señor" (Mt 8,25), sino darse cuenta de que la salvación se ha realizado ya y hacerla operativa (Mc 16,16).

Por esto en los evangelios no se encuentra nunca la palabra griega que significa "milagro", y Jesús presenta siempre un duro rechazo a la petición de hacer "signos y prodigios".

La expresión "signos y prodigios" que se refiere a los tan estrepitosos como funestos portentos de Moisés (Éx 7,3.9), se atribuirá siempre a los que se llaman a sí mismos ungidos del Señor y falsos profetas que "ofreceran señales y prodigios, que engañarían, si fuera posible, también a los elegidos" (Mt 24,24), pero no será nunca utilizada para indicar la actividad vivificadora de Jesús.

Por las acciones del Señor, los evangelistas prefieren utilizar los términos "signos" y "obras", gestos que potencian la vida de los hombres desde dentro comunicándole la misma capacidad de amar de Jesús.

Estas acciones no son una prerrogativa exclusiva de Jesús, sino una facultad que todo creyente está obligado a mostrar como efecto de la adhesión a Cristo: "Sí, os lo aseguro: Quien me presta adhesión, hará obras como las mías y aún mayores" (Jn 14,12).

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