miércoles, 24 de diciembre de 2014

¿QUIÉN DEBE BAJAR?

 
El paso que va de la espera pasiva de milagros para cambiar el mundo al empeño activo por transformarlo, se presenta en el evangelio de Juan de modo figurado.

Escribe el evangelista que "había un dignatario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún" (Jn 4,46).

No se habla como sería de esperar de "un padre (o un hombre) cuyo único hijo...", sino de un "dignatario real" (el término griego indica a alguien perteneciente a la familia real, más que a un simple descendiente o "funcionario".

El protagonista de la narración se identifica hasta el punto con su papel que no se presenta como hombre, marido o padre, sino sólo como "dignatario real".

A través de la figura rigurosamente mantenida en el anonimato de un individuo que goza de gran autoridad y prestigio en la sociedad, el evangelista representa a cualquier persona que ejerza poder.

El dignatario se da cuenta (un poco tarde) de que su único hijo, su heredero, está en las últimas.

Sabiendo que Jesús se encontraba en Caná de Galilea, le salió al encuentro pidiéndole "que bajase y curase a su hijo, que estaba a punto de morir". No dice qué clase de enfermedad tiene, porque ésta, como se desvelará más tarde, se llama "dignatario real".

El dignatario, hombre importante, cuyo papel en la corte lo ha colocado en el vértice de la sociedad, no interpela a uno a quien considera inferior, sino a aquél que tiene por más poderoso: Jesús Mesías, el Hombre-Dios.

Y le suplica entrar en acción, "que baje", con una intervención que actúe con eficacia y rapidez desde fuera sobre su propio hijo moribundo.

Puede parecer desconcertante el áspero reproche que Jesús dirige a un padre lleno de angustia por el propio hijo: "Como no veáis señales portentosas, no creéis".
Jesús no responde a una sola persona, sino que usando el plural ("como no veáis... no creéis") se dirige a todos aquellos que se reconocen en el personaje del dignatario: aquellos que buscan siempre soluciones desde fuera, que sean tal vez costosas, difíciles, "con señales portentosas" a su exclusiva disposición.

Incapaces de escudriñarse por dentro, éstos no se dan cuenta de que el remedio sería sencillo, al alcance de la mano, pero tal que los obligaría a mirar en su propio interior; pero esta visión no sería demasiado hermosa (aquellos que buscan "signos" son calificados por Jesús como "generación perversa y adúltera", Mt 16,4).
El dignatario no comprende el reproche de Jesús dirigido a que no busquen soluciones portentosas de lo alto, e insiste: "Señor, baja antes que se muera mi chiquillo".

La suya no es una oración, sino una orden: baja..., intervén..., cura", insistiendo en el equívoco de pedir a Jesús aquello que se espera deba hacer el mismo dignatario.
Y mientras tanto se pierde el tiempo: el hijo está muriéndose, el dignatario real insiste y Jesús no da un paso.

La persistente súplica del dignatario es un intento de adjudicar a Jesús la reponsabilidad del agravamiento de la condición del propio hijo: "antes que muera".

Jesús tiene la culpa si el hijo se agrava.

"Si hubiese estado aquí, mi hermano no habría muerto", reprocha Marta a Jesús (Jn 11,21); "¿No te importa que muramos?, claman los discípulos contra un Jesús adormecido (Mc 4,38).

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