martes, 8 de enero de 2013

RITOS FUNERARIOS EN LA CIVILIZACIÓN MAYA.


La cultura de la muerte tiene en esta civilización un peso importantísimo. Morir es pasar a otra etapa, a otro estado, es seguir el ciclo de la vida y asegurarla

La civilización maya es quizás la cultura mesoamericana precolombina más importante. Comprende a los pueblos indígenas que tradicionalmente han poblado el sur de México, especialmente los estados de Campeche, Chiapas, Quintana Roo, Tabasco y Yucatán y también a algunos pueblos de Centroamérica.
Chichén Itzá, Península del Yucatán, una de las más famosas ruinas mayas
Chichén Itzá, Península del Yucatán, una de las más famosas ruinas mayasJimg944/ FLICKR

La importancia de la muerte para la cultura maya
El origen de los mayas se remonta al segundo milenio a.C. Esta no es una civilización extinguida, pues actualmente existen aún pueblos que se pueden considerar mayas. La cultura de la muerte, los difuntos y los ritos tienen en esta civilización un peso importantísimo. Para la cultura maya morir es pasar a otra etapa, a otro estado, es seguir el ciclo de la vida y asegurarla. Pero para conseguir llegar a ese estado es importante la ayuda de los vivos.

Según un artículo de la revista Investigación y Ciencia escrito por la doctora en antropología Vera Tiesler, en la civilización maya la vida nace de la muerte. Esto se traduce en que los mayas creen en que la vida y la muerte cohabitan siempre en una continuidad cíclica, cuando la persona muere se reúne con sus ancestros asegurando así la renovación de la vida. En la simbología maya se acuña con el término Jaloj-K’exoj, donde Jal se refiere a las etapas diferentes de la vida (por ejemplo la vejez) y K’ex se refiere a las generaciones: morir significa pasar a ser ancestro y por tanto sagrado.

La idea se contrapone con la cultura occidental, basada en el concepto de “destino final”. Para los mayas, el centro del mundo es el inframundo. Ellos lo llaman xibalba y es donde habitan los muertos y el dios de la muerte, Yum Cimih. Al xibalba se llega a través de los ríos y cenotes (depósitos de agua manantial bastante profundos que se hallan en el estado mexicano de Yucatán). El difunto, para llegar al xibalba, debe de atravesar un río ayudado por un perro, xoloitzcuintle (una raza canina originaria de México).

El luto y el recuerdo de los difuntos son importantísimos para los mayas, cuya sociedad se basa en los lazos de parentesco. Sin ayudar a llegar al difunto al inframundo no hay regeneración de la vida. Por eso, los cuerpos de los difuntos son sagrados: pertenecen a los ancestros. Incluso después de algunos años pasado el óbito se exhuman los restos cadavéricos para limpiarlos. Y es toda una celebración el primero de noviembre, Día de los Muertos. Los preparativos para la jornada comienzan casi un mes antes, se ponen las tumbas a punto, pintándolas y de más como en el célebre cementerio de Chichicastenango y el día se convierte en una fiesta, con los familiares y amigos del difunto comiendo y hablando en el camposanto.

La arqueología revela la gran preocupación por la muerte
En la civilización maya prehispánica (es decir, antes de la colonización) el culto a los difuntos era igualmente muy importante. La arqueología ha revelado la gran pompa funeraria que se realizaba. En los restos mortuorios encontrados han sido hallados desde importantes ofrendas, alhajas, vestimentas o alimentos hasta cuerpos sacrificados que fueron enterrados al lado del difunto. Evidentemente, son tumbas de chamanes o gobernantes a quienes los mayas conferían poderes especiales y por ello, el rito funerario era mucho más rico.

De hecho, en los pueblos de Mesoamérica en general y en la civilización maya en particular eran frecuentes los sacrificios humanos, máxima expresión religiosa. Las malogradas víctimas eran huérfanos, esclavos, prisioneros… Los sacrificios servían para venerar a los dioses, y normalmente se realizaban por decapitación o arrancando el corazón, que era el “alimento sobrenatural”, la ofrenda perfecta que proporcionaba energía a los dioses.

LA MUERTE EN EL PUEBLO VIKINGO.


La etnia vikinga tenía fama de agresiva y violenta. Pese a eso, sus elaborados ritos funerarios revelan miedo y preocupación por la muerte

La etnia vikinga, originaria de Alemania, vivió en los países nórdicos del norte de Europa (Noruega, Suecia, Dinamarca y Finlandia) entre los años 789 y 1100. Según los escritos de la época, fue una civilización agresiva y violenta, y su actuar en las guerras se ha convertido en leyenda. Incluso en las oraciones inglesas que se conservan hay una que reza: “Prótegenos, oh, Señor, de la ira de los hombres del norte”.
Valhalla
Heimdall cubriendo la puerta de Valhalla; Manuscrito del siglo XVII

Los dueños de Europa
Los vikingos atacaron las costas europeas, asolaron países mediterráneos como Italia y conquistaron algunos territorios de Francia, Alemania, Rusia, Irlanda, Inglaterra, Escocia, Islandia, Constantinopla, incluso arribaron a algunos pueblos árabes y a la península española. Llegando a asentarse en gran parte de Europa, contribuyeron a la historia del continente hasta el fin de la era vikinga (en el año 1100).

El mar era el principal medio de comunicación para los vikingos, que poseían grandes conocimientos y tradiciones navales. Desarrollaron grandes avances en este campo (barcos ligeros, más manejables, etc.), en la astronomía y en el campo comercial. Poseían una estructurada sociedad y una religión basada en la mitología nórdica. De los tres dioses principales, Odín (el más poderoso) era el dios de los muertos en combate.

Vida después de la muerte y el paraíso del Valhalla
Los vikingos creían en una vida después de la muerte. De hecho, esperaban morir durante la batalla para entrar en el Valhalla, una especie de paraíso o cielo donde vivían los dioses en el que Odín les esperaba para darles una bienvenida heroica. En ocasiones, eran las famosas valquirias las deidades que se encargaban de recoger a los mejores guerreros caídos en batalla y llevarlos al Valhalla.

La mitología nórdica indica que en el Valhalla los caídos en guerra (para los vikingos, los valientes) luchaban por el día y al anochecer se cerraban sus heridas. Después se reunían para hacer grandes banquetes con Odín. Los que fallecían por muerte natural y las mujeres iban a otro lugar: al submundo o Reino de Hel. Para los vikingos este era un lugar lúgubre, donde las almas vagaban entre lo oscuro.

La creencia vikinga sobre el universo es que este era un gran fresno, Yggdrasil. Mientras en el medio vivían los hombres, las raíces eran el Reino de Hel, según la mitología en ellas habitaban las Nomas, mujeres ancianas que tejían un gran tapiz con los hilos de las vidas de los vikingos. Cuando alguien moría cortaban su hilo. Esto tiene mucho en común con la mitología griega.

Ritos funerarios vikingos
Los restos arqueológicos encontrados hablan de sus ritos funerarios. En las tumbas encontradas, la mayoría de ellas donde se asentaba una aldea, se han hallado desde animales hasta ricas joyas, pasando por amuletos y otras pertenencias.

También se sabe que realizaban cremaciones a los cadáveres, comúnmente en una pira. Para los esclavos el lugar de enterramiento era un agujero en la tierra, pero se enterraban con cuidado para que sus almas no regresaran a “molestar”.

Los artesanos, por ejemplo, eran enterrados con sus objetos de trabajo, y las mujeres con sus joyas. Los cuerpos de los personajes importantes de la sociedad eran depositados en un barco (drakkar) junto a sus pertenencias más preciadas y, en algunas ocasiones, con sus esclavos. El barco era empujado mar adentro y luego se incendiaba lanzando flechas de fuego desde tierra. Era importante realizar el ritual mortuorio correctamente para que el difunto conservase en la otra vida su estatus. Estos ritos de transición tan precisos demuestran que, a pesar de su estereotipo de violentos y bárbaros, los vikingos tenían miedo y preocupación por la muerte, como todo ser humano.

LA MUERTE EN LA ANTIGUA GRECIA.


La civilización griega nos ha dejado herencias en muchos campos, también en el de la muerte, a la que daban mucha importancia

La civilización griega es la base de la cultura occidental. Sus conocimientos han tenido increíble influencia en la lengua, política, educación, pensamiento, arte y ciencia de la sociedad occidental actual.
Representación del dios Hades
Representación del dios Hades

La muerte para los griegos era muy importante, pues negar sepultura a un cadáver era condenar a vagar al alma del difunto y por consiguiente crear un peligro a los vivos. Era de esencial que un griego fuera enterrado o incinerado en su patria.

Ritual funerario en la Antigua Grecia
Una vez  fallecido, del difunto se encargaba su más allegada familia, que preparaban y amortajaban al finado sometiéndolo a un baño de agua y otro de aceite aromático. Se envolvía al difunto en un sudario dejando el rostro al descubierto y se le ponía algunas alhajas. Lo más significativo y lo que ha pasado a la historia como leyenda tradicional es la moneda que ponían en la boca del fallecido. Este óbolo era de poco valor económico, pero de mucho valor simbólico. La moneda serviría para pagar a Caronte, que según la mitología griega era el barquero que transportaría el alma del difunto hasta su destino final, el Hades.

Al día siguiente del deceso y una vez el cuerpo estaba listo, se exponía en el domicilio para velarlo. Este ritual recibía el nombre de prothesis. El requisito para este ritual era que los pies del difunto señalaran a la puerta y la cabeza se cubriera con flores. Se avisaba de que se había producido el óbito con un vaso de agua en la puerta de la casa, que se traía de otra parte ya que el agua del domicilio se consideraba “contaminada” por el óbito. Al lado del vaso se colocaba una rama de ciprés, que ya era considerado árbol funerario. Al salir de velar al muerto se rociaba al visitante con un poco de agua para purificarlo.

El cadáver era visitado por amigos y conocidos del difunto, aunque las visitas femeninas estaban sólo reservadas para las más allegadas. Las galas femeninas de luto eran negras. El cabello tenía que estar recogido y las presentes debían de lamentarse, cantando para expresar la pena por el deceso. Así, se golpeaban el pecho y se desgarraban las mejillas. Lloraban,  lamentaban y oraban por el muerto. En algunas casas con recursos se contrataba incluso a plañideras que exageraban sus lamentaciones.

Como ejemplo de ello, se puede citar lo que dice el coro de esclavas que acompañan a Electra ante la tumba de Agamenón en Coéforas, 22-31, de Esquilo: “Enviada del palacio, llego aquí a ofrecer estos fúnebres presentes. Mi seno resuena bajo los golpes de mis manos, y mis mejillas sangran por las heridas que han abierto en ellas mis uñas. Mi corazón se nutre de suspiros, y estos linos de luto, estos linos con que los desgraciados heridos por el infortunio velan su seno, también ellos hechos jirones por mi dolor han exhalado su lamento.”

Después de tres días de velatorio, el fallecido estaba listo para recibir sepultura o cremación. Salía de la casa antes de amanecer y se efectuaba una procesión por las calles menos transitadas. En griego antiguo este ritual se llamaba ecforá. El difunto era conducido en un carro o en hombros hasta fuera de la ciudad, pasadas las murallas, y era sepultado o cremado (la incineración costaba algo más). Si el difunto era sepultado, el lugar se señalaba con algún elemento. Si era incinerado, sus cenizas se depositaban dentro de una urna que después permanecería en la casa. Más tarde, todos regresaban a la casa donde se había velado el cuerpo y realizaban rituales de purificación y grandes banquetes fúnebres.

RITOS FUNERARIOS EN LA ANTIGUA ROMA.



Cultura de fuertes creencias y costumbres, la romana se tomaba muy en serio los ritos fúnebres, que contaban con varias fases y mucha pompa

En la Antigua Roma los ritos funerarios fueron evolucionando con el tiempo. Siempre hubo una preocupación por los muertos, a quienes veneraban y temían. Los romanos siempre realizaron ritos fúnebres con más pompa y ostentación que los griegos. Respecto a las prácticas, hubo gran variedad durante la historia del gran pueblo romano.
Por ejemplo: hasta el siglo II d.C. predomina la práctica de la cremación, pero a partir de ese momento toma fuerza la inhumación. Y es que antes de los cristianos dominaba la mitología romana. Según las creencias, incinerando al difunto el alma conseguía llegar más rápido a su destino. Después, con la aparición del cristianismo, vuelve con fuerza la idea de la inhumación (sobre todo a partir del siglo IV en el que comienza la producción de ricos y ornamentados sarcófagos).

Diferenciación de clases hasta en la muerte
En la Roma clásica, incluso en la muerte se diferenciaba a los ricos de los pobres. Prueba de ello es que los ricos eran incinerados durante el día, y los pobres y niños eran inhumados de noche, no cremados, porque la cremación era mucho más cara.

A los cadáveres se les hacía varios ritos. El primero, llamado conclamatio, consistía en pronunciar el nombre del muerto. A su vez, se le cerraban los ojos (este acto normalmente lo realizaba el hijo), mientras las mujeres exteriorizaban su dolor con todo tipo de lamentaciones. Después, sobre todo a los fallecidos de buena posición, se les lavaba con agua caliente, se les amortajaba y se les depositaba en el atrio de la casa, convenientemente decorado con ornamentación floral, con los pies mirando a la puerta. Los esclavos abanicaban al muerto y evitaban que les diera el sol, mientras las mujeres realizaban sus lamentos.

El cadáver se vestía según la posición social del difunto en vida. Si no era una persona relevante, se le ponía una toga normal. Si había sido censor, se le colocaba la toga purpúrea y si había sido cónsul se le ponía la toga praetexta. Si había sido un triunfador, se le vestía con la toga picta. Durante la exposición del cadáver se sacaba una muestra de su rostro en cera a modo de máscara, el cerae.

El funeral también variaba según la posición social del muerto. Si había fallecido alguien de notoriedad se realizaba un funus indictivum: se pregonaba que había un funeral para que se congregase todo el mundo. El funus plebeum era el funeral de las personas pobres, con el mínimo ceremonial para dar sepultura digna y pagado por la collegia, una asociación que se dedicaba a ello, como una especie de seguro de deceso moderno. En honor de la muerte de personajes importantes se realizaban los Juegos Fúnebres, que fueron el origen de los juegos de los gladiadores.

El velatorio y las honras fúnebres
El velatorio podía durar varios días, después se realizaban las exequias. La comitiva fúnebre acompañaba al difunto, algunos tocaban música y otros portaban las ceraes de los antepasados del muerto. La pompa era muy ostentosa.

Desfilaban por las calles principales e incluso paraban en el foro para que un allegado pronunciara unas palabras en honor del difunto (laudatio). Después se enterraba o incineraba al finado. Si era incinerado, la pira se apagaba con vino. Se recogían las cenizas y se depositaban en una urna que a su vez se metía en una tumba.

De la Roma Clásica se conservan bellos sarcófagos con inscripciones. Con frecuencia en sus grabados se podía ver en imágenes la vida de la persona. También era frecuente encontrar temas mitológicos. Los sarcófagos también definían la posición social del difunto y de su familia. A los nueve días del sepelio los deudos celebraban el banquete en honor al difunto, conocido como novendalia.

RITOS FUNERARIOS EN EL SINTOÍSMO JAPONÉS.


Algunos la describen como la religión originaria de Japón. Es el sintoísmo, que combina el animismo y el culto a los antepasados

El Sintoísmo es la antigua religión japonesa que rinde culto a los antepasados convirtiéndolos en Kamis, pequeños dioses de la naturaleza a los que los sintoístas adoran. Un ejemplo de Kami es Amaterasu, diosa del Sol. El sintoísmo, que combina el animismo con el culto a los antepasados, es considerado por muchos estudiosos como la religión originaria de Japón.
Sintoísta
Sintoísta
Además de los santuarios, (cada santuario se dedica a un Kami divino y a él se accede a través de un Torii, una puerta especial para los dioses), en cada hogar existe un Mitayama (casa augusta de las almas). El Mitayama consiste en un pequeño cofre de madera blanca donde, una vez abierto, se coloca el Tamashiro (marca de almas). El Tamashiro es una tabla de madera también blanca donde, según la tradición sintoísta, ha de entrar el alma. En el Tamashiro están escritos los nombres de cada antepasado, precedidos por la palabra Mikoto (personaje ilustre) con su fecha de defunción y la edad que tenía al morir.

La muerte en el Sintoísmo
Como muchas religiones antiguas, el Sintoísmo busca la máxima proximidad entre los difuntos y los vivos. Prueba de ello son sus cementerios: siempre ajardinados, son cercanos a las zonas habitadas. Los vivos, en busca de protección, visitan a sus difuntos regularmente para rendirles tributo con rezos y ofrendas, especialmente ante un viaje o cualquier gran acontecimiento.

Los ritos funerarios tienen una gran importancia para los sintoístas. Una vez colocado el cadáver en el ataúd, que ha de ser preferentemente de madera blanca, los allegados colocan en él los objetos que el difunto usaba en vida: un abanico, un sable, un espejo… Y frente a la caja una copa con ofrendas, agua, arroz y sal.
 
Para conducir el alma del difunto, o Mitama, al Tamashiro, un sacerdote sintoísta recita una plegaria frente al Mitayama. Sus puertas deben abrirse para que el alma del difunto pueda entrar y ocupar su puesto en el templo en miniatura y así comunicar parte de su presencia al Tamashiro.

Llegado este punto, el alma es agasajada con ofrendas de arroz, flores, licor de arroz, ramas de pino atadas con cintas blancas, frutos y lamparillas de aceite. Así el Mitama se une en el Mitayama a la tablilla o Tamashiro de los antepasados y ya puede ser adorado por sus descendientes: se ha convertido en un Kami.

RITOS FUNERARIOS DE LA RELIGIÓN BUDISTA.

Ritos funerarios de la religión Budista

Para los budistas, la muerte es sólo el principio de otra vida. La muerte ideal en el budismo es en la que se tiene plena conciencia

La concentración, uno de los aprendizajes más importantes en el budismo
La concentración, uno de los aprendizajes más importantes en el budismoMoney Sharma/ EFE
Aunque en la creencia actual de Occidente se tiende a considerar como mejor muerte la "repentina e indolora", en el budismo la muerte ideal es en la que la persona tiene plena conciencia de que va a ocurrir el óbito, y a ello han de ayudar los allegados. De esta manera, transforman la muerte en algo que forma parte de la vida cíclica y a lo que no hay que temer demasiado, pues no es un proceso terminal sino algo natural, universal e inevitable. Por ello, los lamentos y las plañideras no están muy bien vistos en la religión budista.

El Nirvana
Para los budistas, la muerte es sólo el principio de otra vida que se irá repitiendo hasta llegar al Nirvana. Esto ocurre cuando el sujeto ha aprendido y ha obtenido la suficiente sabiduría espiritual como para ver la Verdad, la Realidad. El Nirvana no se puede explicar, porque es tan difícil de comprender como difícil es de ver la Verdad. Por ello, el rito funerario budista es un llamado "rito de paso".

En el budismo tibetano, a la persona fallecida o próxima a morir se le lee El libro de los Muertos, llamado Bar-do'i-thos-grol. La lectura es una manera de "dar claves" que servirán al difunto en el Estado Intermedio de dos vidas (Bardo). Este proceso dura 49 días, durante los cuales es común que se ofrezca alimentos y bebida al espíritu del fallecido por medio de ofrendas.

Los budistas prefieren ser incinerados, aunque también se practica la inhumación o el sepelio en el agua. Otra variedad que es dejar el cuerpo en la naturaleza para que sean las mismas aves carroñeras y la acción natural la que descomponga el cuerpo. Son las modalidades que corresponden a los Cuatro Elementos de la naturaleza.

El funeral budista
En el funeral, se empieza por orar a Buda. Según el libro citado, al difunto se le cubre con un sudario el rostro y no se le toca, para no interferir en el proceso. Este proceso dura unos tres días. Después el fallecido es colocado en un ataúd para velarlo.

Antes de la incineración se producen ceremonias privadas y públicas. Lo común es que la casa de los deudos esté abierta para que los más allegados se reúnan, puesto que también en los budistas la muerte tiene un componente "social". Este gesto de reunión se hace para desterrar la pena y el temor por medio de la amistad.

Hay una parte de la ceremonia en la que intervienen monjes que entonan cantos. No se les exige participar en el cortejo fúnebre ni estar presentes en la cremación.

En algunos funerales budistas muy tradicionales, mientras se cumplen los ritos funerarios en casa de los deudos algunos de los presentes son escogidos para hacer un honor especial al muerto: por unos momentos, los hombres escogidos se convertirán en monjes, y las mujeres en "madres blancas". Los hombres deberán raparse y vestirse con las ropas tradicionales y las mujeres deberán de ir de blanco y no hablar ni tocar a ningún hombre para conservar su estado puro. Ellas han de permanecer tras el ataúd y no soltar una especie de hilo blanco que es el camino que el espíritu del difunto ha de seguir.

Pasada una semana de la cremación o inhumación se celebra una ceremonia en honor al difunto y otra, a modo de "despedida final", una vez cumplidos los 49 días. En ocasiones también se realiza una ceremonia funeraria anual durante los siguientes siete años y una especial cada siete años durante 49 años.

RITOS FUNERARIOS DE LOS GUANCHES.


Los antiguos habitantes del archipiélago canario embalsamaban a algunos de sus muertos. Los llamaban xaxos ('desecado') y varios se han conservado hasta hoy


Momia Guanche (Tenerife)
Xaxo guanche expuesto en el Museo Nacional de Antropología de MadridEFE
Cuando en el siglo XV los europeos conquistaron Canarias, dieron con unas sociedades muy distintas a las del Viejo Continente. Su cultura material era neolítica; su economía, pastoril; y su idioma, el amazighe. Provenían del norte de África, donde todavía hoy habitan sus "primos", mal conocidos con el nombre de bereberes ("bárbaros"). Los guanches isleños creían en la vida después de la muerte y, en islas como Tenerife y Gran Canaria, embalsamaban a los difuntos de mayor rango. Los cuerpos recibían el nombre de xaxos ("enjuto, desecado") y, a pesar del expolio al que fueron sometidos, todavía pueden contemplarse en varios museos del Archipiélago.

El proceso de embalsamamiento
Las fuentes documentales aseguran a menudo que los cadáveres se evisceraban. El texto atribuido a fray Juan de Abreu Galindo, por ejemplo, afirma que les sacaban "tripas y estómago, hígado y bazo y todo lo interior". Sin embargo, los análisis recientes no han podido confirmar que la evisceración fuese una práctica extendida en Canarias, si bien pudo llevarse a cabo en algunas ocasiones, en función del rango del difunto.

Los antiguos isleños lavaban los cadáveres con hierbas y agua, y los sometían después a un tratamiento químico con manteca de ganado y otras sustancias de propiedades astringentes. Luego, dejaban que el cuerpo se secase al sol durante quince días, en los que el cadáver podía ser ahumado por las noches, o recostado sobre la arena caliente durante el día.

Transcurridos los quince días de secado, envolvían el cuerpo enjuto con pieles de cabra, cuyo número variaba en función de la posición social del difunto. Por último, la mortaja se cosía y se marcaba, para poder identificar al muerto en el futuro.

Thomas Nichols, un representante comercial británico que visitó el Archipiélago a mediados del siglo XVI, aseguraba en uno de sus libros haber visto "cuevas de 300 de estos cadáveres reunidos". Y los describía de la siguiente forma: "la carne estaba reseca, y el cuerpo se quedaba tan ligero como un pergamino".

Embalsamadores: ¿sacerdotes o marginados?
Pero, ¿quién se encargaba de embalsamar a los difuntos? Las fuentes documentales responden a esta pregunta con testimonios dispares. Unas atribuyen el trabajo a una casta cuyos integrantes eran marginados y excluidos del resto de actividades sociales, mientras que otras hablan de un respetado grupo de sacerdotes. Dos versiones contradictorias que, en realidad, pueden resultar complementarias.

En Adeje, municipio del sur de Tenerife, los filólogos han dado con un topónimo que puede arrojar luz sobre el asunto: Iboibo, que traducido al castellano significa "lugar abandonado o despreciado". El paraje habría sido habitado por los encargados de embalsamar y enterrar a los difuntos, unos individuos a los que el resto de la comunidad repudiaba por tratar con sangre y carne muerta. Lo cierto es que hoy en día nadie reconoce descender de los antiguos iboibos y el asunto sigue siendo un tema tabú.

La tradición oral, no obstante, aporta numerosos datos sobre ellos. Asegura que, en silencio, envueltos en un largo manto de piel de cabra y con la cara pintada de blanco, se presentaban allá donde eran necesarios. Encendían una hoguera cerca de la residencia del difunto: la representación del sol, el lugar al que el alma debía regresar.

Tras embalsamar el cadáver lo depositaban en la cueva, en cuya entrada permanecía uno de ellos, en completo ayuno, durante todo un mes. ¿El motivo? Observar las señales que indicaban si el alma del difunto había continuado su camino hacia el sol o, por el contrario, iba al infierno, con el peligro de quedarse haciendo maldades o arrimarse a los vivos.

Sepultura en cuevas y ofrendas alimenticias
Los antiguos canarios solían sepultar a sus muertos en cuevas naturales. Los depositaban sobre lajas, tablones, parihuelas o ramas, para que no tocasen el suelo. Después, sellaban el recinto con una pared de piedras, que protegía a los cuerpos de los animales y las inclemencias del tiempo. Cuando en una cueva no cabían más cadáveres, quemaban los huesos o los trasladaban a otra covacha.

Junto al muerto, solían dejar ofrendas alimenticias –una vasija con leche, un pedazo de carne, etc.–, así como algunos enseres personales del difunto: armas, bastones, peines... En algunas ocasiones, los arqueólogos han encontrado animales completos junto a los cadáveres, como perros en Tenerife y cabras u ovejas en La Gomera.