sábado, 27 de julio de 2013

Ambrosianos.

 

No se puede incluir a san Ambrosio entre los fundadores de órdenes religiosas, aunque, como la mayoría de los doctores de la Iglesia, se interesó vivamente por la vida monástica y observó con cuidado los comienzos de ésta en su diócesis. Él mismo dispuso algunas medidas para hacer frente a las necesidades de los monjes que vivían en un monasterio fuera de las murallas de su ciudad episcopal bajo la guía de uno de sus sacerdotes, como nos lo cuenta san Agustín en sus “Confesiones”. Sin embargo, no todos estos monjes constituían para él un motivo de agrado, ya que los Sarmatianos y Barbatianos que pertenecían a su comunidad le producían, efectivamente, una gran ansiedad por su mala conducta y sus errores. Además, la virginidad no era honrada por las mujeres de Milán en la época en que san Ambrosio fue llamado a regir la Iglesia allí, pero sus exhortaciones se impusieron de tal modo a aquella indiferencia que las vírgenes milanesas, que habían crecido en número y fervor, pasaron a ser la porción favorita de su grey, y las viudas se esforzaron para igualarlas en piedad. Muchas de estas santas mujeres se limitaban a las obligaciones que imponía la castidad de vida, y compartían, en todo lo demás, las vidas de sus familias; otras, no obstante, se apartaban completamente de sus parientes y del mundo para vivir, bajo la guía de una superiora, una vida de pobreza y mortificación llena de alabanzas a Dios, con la meditación de las Sagradas Escrituras y el ejercicio de distintas obras de caridad cristiana. Santa Marcelina, hermana de san Ambrosio, pertenecía a una de esas asociaciones de vírgenes que adoptaron las instrucciones del santo obispo como regla de vida. Estas enseñanzas han sido expuestas en ciertos tratados del santo que han llegado hasta nosotros, a saber: en sus tres libros sobre “De virginibus”, su obra “De viduis”, y los que tratan de “De virginitate”, “De institutione virginis”, “De exhortatione virginitatis”, y “De lapsu virginis consecratae” (P.L., XVI, 187-389). San Ambrosio es, efectivamente, el Padre que más ha escrito sobre la virginidad. Sus escritos, y el ejemplo de lo que estaba entonces sucediendo en Milán, fueron decisivos para fomentar las vocaciones a la virginidad y la formación de aquellas comunidades que más tarde crecieron para formar los monasterios femeninos. Todo este movimiento resulta uno de los más notables en la vida cristiana de la segunda mitad del siglo IV. Esas santas mujeres, mientras esperaban que se escribieran las reglas de vida religiosa especialmente destinadas a ellas, se contentaban con la Biblia, algunos tratados de los Padres respecto de su estado de vida, y con ciertas tradiciones referentes a su ordenamiento práctico. Sin lugar a dudas, algunas de estas reglas procedían de los santos Doctores que habían dirigido la formación de las comunidades más antiguas, de manera que resulta fácil comprender la influencia que san Ambrosio ejerció en los comienzos de la vida religiosa femenina.

LA ORDEN DE SAN AMBROSIO

Orden de San Ambrosio era el nombre de dos congregaciones religiosas, una de hombres y otra de mujeres, fundadas en las inmediaciones de Milán durante los siglos XIV y XV, bajo el patronazgo e invocación de san Ambrosio.
(a) El origen de la primera era un bosque cerca de Milán donde tres milaneses nobles, Alejandro Grivelli, Antonio Petrasancta y Alberto Besuzzi, buscaban retirarse del mundo. Otros solitarios, incluso algunos sacerdotes, se les unieron y Gregorio XI les entregó la Regla de san Agustín, con ciertas constituciones especiales (1375). De allí en más llevaron una existencia canónica y tomaron el nombre de “Fratres Sancti Ambrosii ad Nemus”. Su hábito consistía en una túnica, escapulario y capucha, de color castaño, y elegían a su propio prior, que a continuación era instituido por el arzobispo de Milán. Los sacerdotes de la congregación se dedicaban a la predicación y a las labores del ministerio apostólico; pero, sin embargo, no estaban autorizados a aceptar el cargo de una parroquia. En materia de liturgia todos seguían el Rito Ambrosiano. Se fundaron varios monasterios según estas reglas, cuya única unión era una comunidad de costumbres, y que Eugenio IV, en 1441, fundió en una sola congregación, bajo el nombre de “Congregatio Sancti Ambrosii ad Nemus”, manteniendo como centro la casa original. El capítulo general se reunía cada tres años, y elegía a los priores, cuyo período de gobierno cubría el mismo lapso. El rector, o superior general, tenía dos visitadores para asistirlo. En tiempos de san Carlos Borromeo la disciplina se había relajado, por lo cual, en 1579, este santo tomó, satisfactoriamente, la reforma a su cargo. En 1589, Sixto V unió los monasterios de los “Hermanos de los Apóstoles de la Vida Pobre”, conocidos también como “Apostolini” o “Hermanos de San Bernabé”, a la congregación de San Ambrosio. Sus casas estaban situadas en la provincia de Génova. En 1606, bajo Paulo V, la congregación agregó a su título el nombre de San Bernabé, adoptó constituciones nuevas, dividió sus casas en cuatro provincias, estando dos de ellas, San Clemente y San Pancracio, en Roma. Ascanio Tasca y Miguel Mulozzani, ambos superiores generales, han dejado varias obras, lo mismo que Zacarías Visconti y Francisco María Guazzi. Otro miembro de la orden, Pablo Fabulotti, fue el autor de un tratado “De potestate papae super concilium” (Venecia, 1613), del cual se han hecho varias ediciones. Varios ambrosianos han recibido incluso el título de beatos, a saber: Antonio Gonzaga de Mantua, Felipe de Fermo, y Gerardo de Monza. Inocencio X disolvió la orden en 1650.
(b) Las Monjas de San Ambrosio (Hermanas Ambrosianas) usaban un hábito del mismo color castaño de los Hermanos de San Ambrosio, seguían la Liturgia Ambrosiana y se ajustaban a las constituciones de éstos, sin estar, no obstante, bajo la jurisdicción de los superiores y capítulos generales. A pedido de las monjas, en 1474, Sixto IV les concedió categoría canónica. Su monasterio edificado en la cima del Monte Varese, cerca del lago Mayor, fue colocado bajo la advocación de Nuestra Señora de la Cima del Monte Varese. La fundadora fue la beata Catalina Morigia, o de Palanza, quien al principio llevaba una vida solitaria en ese lugar; se la conmemora el 6 de abril. Varias de sus primeras compañeras murieron en olor de santidad, a saber: la Beata Juliana de Puriselli, Benita Bimia, y Lucía Alciata. Nuestra Señora del Monte era su único monasterio. Durante mucho tiempo las monjas mantuvieron su fervor, y fueron tenidas en gran estima por san Carlos Borromeo. Las Anunciatae de Lombardía son también llamadas “Monjas de San Ambrosio”, o “Hermanas de Santa Marcelina” y fueron fundadas en 1408 por tres mujeres jóvenes de Pavía – Dorotea Morosini, Eleonora Contarini, y Verónica Duodi – que estaban bajo la dirección del benedictino Beccaria. Sus casas, diseminadas en toda Lombardía y Venecia, se unieron para formar una única congregación por orden de san Pío V, bajo la regla de san Agustín. La casa madre se encuentra en Pavía. Es la residencia de la priora general, elegida cada tres años por el capítulo general de la congregación. La Madre Juana de Parma, que ingresó en la Orden en 1470, trabajó más que nadie para dotarla de una organización definitiva. Las monjas vivían enclaustradas bajo la jurisdicción de los obispos. Entre ellas podemos mencionar a santa Catalina Fieschi Adorno, que murió el 14 de septiembre de 1510.

OBLATOS DE SAN AMBROSIO Y DE SAN CARLOS

San Carlos Borromeo, arzobispo de Milán, se percató pronto de la ayuda que varias órdenes religiosas podrían proporcionarle para la reforma de su diócesis de acuerdo con los mandatos del concilio de Trento. Por lo tanto, reclutó la ayuda de los Barnabitas, los Somaschi, y los Teatinos y confió la dirección del seminario a los Jesuitas, por los que sentía predilección, aunque luego se vio en la obligación de retirársela. Sin embargo, estos auxiliares suyos, por muy devotos que fueran, no se encontraban suficientemente disponibles para proveer a todas las necesidades relacionadas con el gobierno de tan vasta diócesis. De acuerdo con esto, el arzobispo, para cubrir este vacío, decidió fundar una sociedad religiosa diocesana cuyos miembros, todos sacerdotes o a punto de serlo, deberían prestar un voto simple de obediencia a su obispo. En realidad, ya existía una sociedad así en Brescia, bajo el nombre de “Sacerdotes de la Paz”. San Carlos intentó sin éxito, ganar para su causa a los canónigos de su catedral, pero encontró mayor respuesta en los “Sacerdotes de la Sagrada Corona”, que prestaban servicio en la basílica del Santo Sepulcro y vivían en comunidad. Sus exhortaciones al clero durante la reuniones sinodales condujeron a algunos hombres de buena voluntad a aceptar sus ideas, y pudo instalarlos en la iglesia del Santo Sepulcro y edificios adyacentes el 16 de agosto de 1578, dándoles el nombre de “Oblatos de San Ambrosio”. La comunidad recibió donaciones procedentes de ciertos beneficios diocesanos, además de una parte de las propiedades pertenecientes a la Congregación de los Humiliati, que acababa de ser abolida por la Santa Sede. Las reglas por las que debía gobernarse la nueva congregación fueron sometidas por su autor a la opinión de san Felipe Neri y de san Félix de Cantalice. Éste último lo persuadió de que no impusiera el voto de pobreza, y en esta forma definitiva, recibió la aprobación de Gregorio XIII. Los Oblatos tendrían la obligación de asistir al Arzobispo en el gobierno y administración de la diócesis, aceptar todos los cargos que se les encomendaran, partir en misión a los lugares más abandonados, hacerse cargo de parroquias vacantes, dirigir seminarios, colegios y escuelas cristianas, predicar retiros, y, en una palabra, dedicarse por entero a las tareas del ministerio de acuerdo con las órdenes y deseos del obispo. Estaban divididos en dos cuerpos, uno de ellos se mantendría unido a la iglesia del Santo Sepulcro, el otro trabajaría en la ciudad y la diócesis. Éste último estaría formado por seis grupos o asociaciones, bajo la dirección de un superior responsable. El primer cuerpo, tomando como modelo el método seguido en Roma por san Felipe y sus sacerdotes del Oratorio, hizo de la basílica un verdadero centro de vida piadosa y caritativa, cuyos efectos se dejaron sentir en toda la ciudad.
San Carlos se hizo cargo personalmente de la dirección, se encontraba feliz en su compañía, compartiendo su modo de vida y tomando parte en sus ejercicios y tareas, de manera tal que en ningún lado se recuerda su memoria tanto como en esta casa. Solía decir que de todas las instituciones que había formado, eran los Oblatos sus preferidos, en quienes apreciaba un valor mayor. Los Oblatos del Santo Sepulcro establecieron, además, para su propia asistencia, una confraternidad de Oblatos laicos, compuesta por magistrados y hombres prominentes, que se comprometían a visitar a los enfermos y los pobres, a enseñar a los ignorantes, a reconciliar a los enemigos, y a defender la Fe. La “Compañía de las Damas del Oratorio”, también fundada por ellos, se proponía fomentar la práctica de una vida cristiana seria entre las mujeres de mundo. También tomaron a su cargo la dirección del seminario diocesano, y de los colegios establecidos por el santo fundador; predicaban el Evangelio en las regiones rurales, e incluso viajaban hasta las montañas en busca de herejes. San Carlos, el mismo año de su fallecimiento en 1584, estaba preparando su establecimiento en el famoso santuario de Nuestra Señora de Rho. Los primeros oblatos pertenecían a lo más selecto del clero milanés, entre los cuales el saber y la enseñanza siempre habían ocupado un puesto de honor. Los arzobispos de Milán favorecieron el crecimiento de la institución con todos los medios a su alcance, y pronto pudo reunir doscientos. En 1613, el Cardenal Federico Borromeo ordenó que se imprimieran las constituciones. Los Oblatos continuaron con su labor en el servicio de la diócesis hasta su dispersión por Napoleón I en 1810. Sin embargo, los Oblatos de Nuestra Señora de Rho pasaron inadvertidos y pudieron continuar sin ser molestados. En 1848, fueron reorganizados por Monseñor Romilli, bajo el nombre de “Oblatos de San Carlos”, y reinstalados en su casa del Santo Sepulcro. Ahora, igual que en el pasado, la comunidad está formada por sacerdotes ilustrados y virtuosos. Uno de sus miembros, Ballerini, murió siendo Patriarca de Antioquia y después de haber gobernado la Iglesia de Milán; otro, Ramazotti, fue Patriarca de Venecia en 1861. Varios Oblatos se han hecho conocer por sus escritos teológicos e históricos. Podemos mencionar a los siguientes: Giovanni Stupano (┼1580), autor de un tratado sobre los poderes de los ministros de la Iglesia, y del Papa en particular; Martín Bonacita (┼1631), uno de los moralistas más importantes de su tiempo, cuyas obras teológicas se han reeditado varias veces, y que falleció repentinamente cuando iba a hacerse cargo de su nombramiento como nuncio de Urbano VIII ante la corte del Emperador; Giussano, uno de los mejores biógrafos de san Carlos; Soriano y , especialmente, su contemporáneo Sassi (Saxius, ┼1751), quien sucedió a Muratori como bibliotecario. A él debemos la edición, en cinco volúmenes, de las homilías de san Carlos, una historia de los arzobispos de Milán, y un tratado sobre el viaje de san Bernabé a esa ciudad.

LOS OBLATOS FUERA DE ITALIA

En el siglo XIX, Mons. Pie, Obispo de Poitiers, y Mons. Martin, Obispo de Paderborn continuaron el ejemplo de san Carlos. El primero fundó una asociación de sacerdotes, con una misión similar, sobre los lineamientos de los Oblatos milaneses a los que llamó “Oblatos de San Hilario”, patrono de su diócesis (1850). El segundo dio a su nueva sociedad el nombre de “Congregación de los Sacerdotes de María”. Sin embargo, fuera de Italia, la más famosa de las sociedades de Oblatos es la de Oblatos de San Carlos en Londres, fundada por el Cardenal Wiseman. Las órdenes religiosas establecidas en su diócesis no parecían responder adecuadamente a las condiciones modernas, ni tampoco se encontraban totalmente a su disposición. Los sacerdotes del Oratorio, reunidos alrededor de Faber y Newman, le mostraron, sin embargo, qué se puede esperar de una de esas asociaciones diocesanas cuando están dirigidas por un hombre capaz. En aquel momento, Manning se encontraba a la disposición del Cardenal, por lo que se le encomendó la fundación de una nueva asociación y la redacción de sus reglas. Manning tomó a los Oblatos de Milán como modelo y dio a los sacerdotes el título de “Oblatos de San Carlos”. Las reglas que les prescribió eran prácticamente las mismas que había redactado san Carlos para sus discípulos, adaptadas a las condiciones imperantes en Inglaterra. Fueron aprobadas por la Santa Sede en 1857 y en 1877. Wiseman instaló a los oblatos, junto con su superior y fundador, en la iglesia de Santa María de los Ángeles, Bayswater, el domingo de Pentecostés de 1877. Poco tiempo después ya habían creado otras misiones o centros religiosos en la diócesis de Westminster, participando activamente en las conversiones que, en ese entonces, se estaban verificando en Inglaterra. La oposición efectuada por Errington, el coadjutor de Wiseman, así como del capítulo de Westminster, no pudieron obstaculizar el avance de la asociación, aunque el mismo Cardenal se encontró en la necesidad de retirarlos de su seminario en St. Edmund’s donde los había colocado. El personal de esta casa había reemplazado a Manning con algunos de sus mejores hombres, entre otros con Herbert Vaughan, quien lo sucedería en Westminster. Bajo la dirección de Manning, los oblatos se dedicaron a varias tareas apostólicas en Londres, y en otras misiones en las dos diócesis de Westminster y Southwalk. En Londres han fundado varias escuelas elementales y una más adelantada para varones, y el Colegio de San Carlos, instituto de educación secundaria. Desde 1861 mantienen una casa en Roma; en 1867, Pío IX nombró al superior, Padre O’Callaghan, rector del Colegio Inglés, otorgando de este modo a los Oblatos los medios para que ejercitaran una influencia mayor sobre el clero. La Archicofradía del Espíritu Santo, devoción favorita de Manning, con su centro en Santa María de los Ángeles, ha crecido ampliamente bajo su dirección. Manning dirigió la comunidad de Bayswater desde 1857 hasta 1868. Sostenía que la misión de los oblatos iba a revitalizar al clero secular inglés tomando parte en su vida y tareas, y dándoles ejemplo. La vida de comunidad que llevan los ayuda a santificarse mediante la práctica de una regla aprobada; se dedican a los estudios eclesiásticos, pero más especialmente a la teología ascética y mística, lo que les permite ofrecer a las almas piadosas una guía esclarecida; cumplen todas las tareas que les encomienda el arzobispo, cuyos misioneros son, y a quien obedecen estrictamente.

Autor: J.M. Besse. Transcripto por John Fobian. En memoria de Joseph Gimler.
Traducción de Estela Sánchez Viamonte.

Bibliografía:
(I) TILLEMONT, Memoires pour servir a l’hist. des six premiers siècles, X, 102-109, 229-231 ; BAUNARD, Histoire de Saint Ambroise (París, 1872), 149-192, 513-519 ; (II) HELYOT, Hist. des ordres relig. Et milit., (Paría, 1792), IV, 56-68 ; HEIMBUCHER, Die Orden und Kongregat. Der Katholisch. Kirche (Paderborn, 1806), 488, 489, 510, 511 ; CESAR TETTAMENTIUS, Ecclesiae et Parthenosis Beatae Mariae de Monte supra Varesium plena historia et descriptio (Milán, 1655) ; (III) BARTH. ROSSI, De origine et progressu congregationis Oblatorum Sanctorum Ambrosii et Caroli (Milán, 1734) ; Acta Ecclesiae mediolanensis a Carolo episcopo condita (Milán, 1549), 826 y ss. ; Sancti Caroli Borromoei homilioe, I, 286-296 : IV, 271-281 ; SYLVAIN, Histoire de Saint Charles Borromée (Lille, 1884), III, 79-106 ; HELYOT, ut supr., VIII, 29-37 ; HEIMBUCHER, ut supr. ; III, 336-338. (IV) BAUNARD, Histoire du Cardinal Pie (París, 1886), I, 432 sq. ; ver también las distintas biografías de los Cardenales Wiseman y Manning; La Casas Religiosas en el Reino Unido (Londres, 1887); Constituciones Congregationis Anglicanoe Oblatorum Sancti Caroli (Londres, 1877).

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