viernes, 26 de julio de 2013

Librería Ambrosiana.



La Biblioteca Ambrosiana es una de las más famosas del mundo, fundada en Milán, entre 1603 y 1609, por el Cardenal Federico Borromeo. Esta biblioteca es única, ya que el Cardenal tuvo la intención de que no fuera solamente una colección de libros y obras maestras artísticas, sino también un colegio de escritores, un seminario de eruditos y una escuela de bellas artes. Está situada en lo que a la sazón era principalmente el centro de la ciudad de Milán, cerca de la iglesia del Santo Sepulcro. El arquitecto Fabio Mangone y el escultor Dionisio Bussola diseñaron los planos. Los edificios estuvieron listos en 1609, y a causa de sus amplias dimensiones y decoración elegante, se convirtieron enseguida en objeto de admiración universal. La siguiente descripción, aunque hecha actualmente, es reflejo exacto del edificio original, ya que no se ha permitido ningún cambio; incluso el suelo de baldosas sencillas, con cuatro mesas (una en cada esquina) y un brasero central, se han dejado tal como el cardenal los dispuso.
Una portada jónica simple, en cuya cornisa se leen las palabras BIBLIOTHECA AMBROSIANA, da acceso a un vestíbulo sencillo, en la planta baja, de aproximadamente 23 metros de largo por 9 de ancho. Las paredes están recubiertas con estanterías de unos 4 metros de alto, separadas, no por columnas, sino por pilastras planas protegidas por una red de alambre de malla de tamaño poco usual, que se dice son las originales. En cada esquina del vestíbulo hay una escalera que conduce a una galería de poco más de 1 metro de ancho. Las estanterías de esta galería miden alrededor de 2,50 metros de altura. Por encima corre un friso que consiste en una serie de retratos de santos dentro de marcos ovalados. El techo es de bóveda de cañón, adornado con un enlucido. La luz penetra por dos enormes ventanas semicirculares en cada extremo del salón. En la obra de Clark “El Cuidado de los Libros” (pág 271) se puede ver una magnífica vista del interior, junto con una planta de distribución. En aquella época, la disposición de los libros se consideró notable, ya que un escritor contemporáneo dice de él, “la habitación no está atestada con escritorios a los cuales se atan los libros con cadenas, como es habitual en los monasterios, sino rodeada de anaqueles altos sobre los cuales los libros están clasificados por tamaño”. [ Gli Instituti Scientifici etc. Di Milano (Milán, 1880) pág. 123, nota].
Podían acceder a la Biblioteca, no sólo los miembros del colegio, que eran parte de los destinatarios de la donación, sino también los ciudadanos de Milán y todos los extranjeros que fueran a estudiar allí; las penas más severas serían impuestas a quienes robaran algún volumen o incluso lo tocaran con las manos sucias. Solamente el Papa mismo podía absolver de tales crímenes (Boscha, “De origine et statu bibl. Ambros.” 19; ap Grævius, “Thes. Ant. Et hist. Italia”, IX, Part VI; ver también la Bula de Paulo V, fechada el 7 de julio de 1608, aprobando la fundación y ensayando los estatutos, en “Magnum Bullarium Romanum”, Turín, 1867, XI, 511). Los escritores citados han relatado, de la manera más interesante, la historia de cómo se reunió del equipo de esta espléndida biblioteca. Un resumen de ella puede encontrarse en “El Boletín de la Universidad Católica”, I, 567.
El Cardenal Borromeo se dirigió primeramente a sus amigos, papas, cardenales, príncipes, sacerdotes y religiosos, que respondieron con generosidad. Los benedictinos le mandaron una gran cantidad de manuscritos antiguos. Los cistercienses le entregaron un códice en papiro egipcio que contenía las “Antigüedades Judaicas” de Josefo. El conde Galeazzo Arconati ofrendó las obras autografiadas de Leonardo da Vinci, las mismas que el rey Jacobo de Inglaterra no pudo adquirir por 3000 coronas de oro. El Cardenal mandó sus agentes por toda Europa y Oriente. En 1607, su secretario, Grazio Maria Grazi, exploró las ciudades de Italia y pudo efectuar una compra muy notable, la de la Biblioteca Pinelli que adquirió en Nápoles por 3400 piezas de oro, y que llenó setenta anaqueles. Otros agentes reunieron sendos tesoros en Alemania, Bélgica y Francia, de donde trajeron una amplia provisión de libros y manuscritos. Nuevamente, el Cardenal los despachó a Alemania y Venecia mientras que otro agente fue enviado a España donde tuvo la suerte de realizar espléndidas compras. El Cardenal Borromeo mandó otros tres agentes a Oriente, uno de ellos era un rabino convertido. Por intermedio de estos enviados se incrementaron grandemente los tesoros de la biblioteca: se adquirieron libros caldeos, biblias, tratados de astronomía y matemáticas, manuscritos en turco, persa, armenio y abisinio. Todas estas compras costaron mucho dinero; uno de los agentes gastó en el servicio del Cardenal más de lo que nunca desembolsara ningún monarca para una empresa de este estilo. Este agente, en particular, corrió muchos peligros serios en la búsqueda, para finalmente morir de peste en Aleppo.
Aunque la Biblioteca Ambrosiana no podía rivalizar con el Vaticano, ni con la Laurentiana de Florencia, ni con la Marciana de Venecia, disfrutó de mayor popularidad que ninguna de éstas. Porque estaba abierta a todos los estudiantes sin distinción, algo raro e insólito en esa época. Fue, prácticamente, la única biblioteca en ofrecer facilidades para la lectura y la toma de apuntes. La liberalidad del Cardenal se ganó el aplauso de los eruditos de su época; su ejemplo fue pronto seguido por la Bodleian de Oxford, la Angelica de Roma y, más tarde, la Mazarina y la Bibioteca Real de París. En 1865, se erigió un monumento al Cardenal Federico Borromeo que murió el 30 de septiembre de 1631. El monumento se yergue delante de las puertas de la Biblioteca Ambrosiana como prueba perdurable de la gratitud de la ciudad a su gran patrono de las artes y las letras. Lleva la siguiente inscripción, simple pero sentida : “AL CARDINAL FEDERICO BORROMEO I SUOI CONCITTADINI MDCCCLXV”. Sobre uno de los costados del pedestal se ha grabado la frase de “Los Novios” de Manzoni: “Fue uno de los hombres excepcionales que produce cada época, que empleó su inteligencia extraordinaria, los recursos de su opulenta situación, las ventajas de su posición privilegiada y voluntad resuelta, en la búsqueda y realización de hechos mejores y más altos”. Del otro lado pueden leerse las palabras: “Concibió el proyecto de la Biblioteca Ambrosiana, que construyó con gran dispendio y que, en 1609, organizó con igual actividad y prudencia”.

Bibliografía: OPICELLI, Monumenta bibliothecæ Ambrosianæ (Milán, 1618); BOSCH?, De origine et statu bibliothecæ Ambrosianæ libri V. in quibus de bibliotheca conditore, conservatoribus et colleii Ambrosiani doctoribus, ut de illustribus pictoribus, aliisque artificibus, et denique de reditibus ejusdem bibliotheca agitur (v. in Thesauro antiquit. et histor. Italiæ, IX, 6) MABILLON, Museum Italicum, 11-14; TIRABOSCHI, Storia della litteratura Italiana, Tom. VIII, lib. i; CLARK, The Care of Books (Cambridge University Press, 1901).
Fuente: McMahon, Joseph. "The Ambrosian Library." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01393a.htm>.
Traducido por Estela Sánchez Viamonte

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