sábado, 14 de septiembre de 2013

Arte Paleocristiano.

Generalidades. Esta denominación abarca el arte de las comunidades cristianas hasta fines del s. IV, en que el advenimiento de la dinastía teodosiana da origen a una segunda etapa de esplendor en los s. V y VI; el límite final se fija en el 395 y en la división del Imperio. Sus principios pueden situarse a fines del s. II, con la tolerancia política de los Severos hacia las comunidades cristianas y judías. Una primera fase, anterior al cristianismo como religión estatal, está representada por iniciativas privadasdentro de un mundo pagano, estimuladas por las persecuciones. La segunda florece bajo Constantino, y a ella le siguen la crisis provocada por el arrianismo y por la vuelta al paganismo de algunos Emperadores, terminando con el mecenazgo de Teodosio y sus hijos.
     
      Las artes plásticas cristianas son más tardías y menos fuertes que la literatura o la filosofía, y se apartan menos de las directrices paganas contemporáneas, hasta confundirse en buena parte con ellas. Mientras la crisis del s. iii oscurece la tradición clásica, las obras cristianas son fieles a ella, como vemos en los frescos de DuraEuropos (v.) o en los talleres de sarcófagos, seguramente por el conservadurismo de los artesanos indígenas que los produjeron. El arte p. se extiende por todo el Imperio durante los s. II-Iv, es decir, desde el Éufrates al Atlántico, y desde el Limes europeo a Nubia y el Sahara; la paz romana, las excelentes vías de comunicación y la unidad lingüística que favorecieron la difusión del cristianismo sirvieron para la expansión de las ideas artísticas, bastante uniformes, aunque se acusen los rasgos provinciales y particularistas. Aunque las comunidades cristianas sean urbanas y pobres, tendrán protectores ricos, y los Emperadores, a partir de Constantino, considerarán un deber la erección de ostentosos santuarios, dando lugar a un arte palatino al que contribuyeron los obispos.
     
      Antes del 313, las salas de reunión fueron simples viviendas, sin especiales características, mientras que las tumbas se decoran con frescos y mosaicos o incluyen sarcófagos o laudas sepulcrales en la misma forma que las paganas; no obstante, pronto comienzan a aparecer símbolos y fórmulas cristianas; la excepción es el baptisterio de Dura-Europos, que aunque sea el único conocido pudo darse en otros lugares, aunque no nos han llegado los restos. Constantino inauguró los grandes programas arquitectónicos fundados en modelos paganos, como el mausoleo, la basílica, los baños, etc.; la propia glorificación imperial da lugar al tema de la majestad de Cristo. Se adaptan también viejas escenas mitológicas, como los trabajos de Hércules, que representan el triunfo frente al mal, y aparecen otros nuevos tomados de los Testamentos; nace una nueva inspiración, pero continúan iguales las técnicas, materiales y formas de las artes paganas. Por tanto, el arte p. no es primitivo sino elaborado y maduro, en la misma medida que pueda serlo el pagano contemporáneo, sin olvidar la calidad artesana de los realizadores. No hay, pues, una estética cristiana hasta muy entrado el s. lV, en que se acusa la espiritualidad de Cristo y de los Apóstoles, especialmente de Pedro y Pablo, sobre todo en relieves y sarcófagos. Se ha dicho que los ojos se representan muy abiertos y las figuras ingrávidas, sin pesar sobre el suelo, al tiempo que se menosprecian el ambiente y la Naturaleza; pero sería injusto no advertir que las mismas tendencias tiene el arte pagano, arcaizante, como podemos advertir, p. ej., en el arco de Constantino, en Roma (315).
     
      Arte paleocristiano antes del 313. Tenemos pocos restos arquitectónicos, además poco característicos, por haber sido arrasados la mayor parte de los lugares de culto durante las persecuciones, sobre todo bajo los tetrarcas. No obstante, conocemos algunos en Siria, Roma y Dalmacia, y especialmente la casa-iglesia de Dura-Europos (256), que tenía lugares reservados al culto en la planta baja; otros edificios se conservan en Marusinac, en Salona. En cuanto a la pintura, estuvo bien representada en el s. iii, tanto iconográfica como funcionalmente, relacionándose con el arte figurativo judío, especialmente en Dura-Europos con las importantes pinturas del baptisterio, y con el pagano, como vemos en Kertch (Crimea). Aparecen ciclos de imágenes con más valor que el puramente decorativo. Aparte de las citadas pinturas, solamente podemos añadir las de dudosa datación de la necrópolis existente bajo la iglesia de S. Pedro, de Roma, con Cristo en figura de Apolo en su carro, el Buen Pastor, el pescador de caña y Jonás con la ballena. Desaparecida la pintura de la mayor parte de los edificios al aire libre, quedan sus réplicas en los hipogeos cristianos o paganos. Los ejemplos más antiguos serían los de Nola (Caserta, Nápoles) de hacia el 200, y el hipogeo de Lucina en la vía Appia, decorado con espacios geométricos marcados con líneas rojas o verdes sobre fondo amarillento y figuras aisladas a las que se añaden, excepcionalmente, estucos en relieve (Isaías y la Virgen o Balaam, de la catacumba de Priscila).
     
      De esta época son también el vestíbulo de los Flavianos en el cementerio de Domitila, la capella gracca y las cámaras de los sacramentos, y la famosa orante o donna velata de la catacumba de Priscila. Con el tema del orante se repiten el del Buen Pastor y otros alusivos a la salvación (Jonás de la ballena, Isaac del sacrificio, Daniel de los leones, los tres jóvenes hebreos del horno, Noé del diluvio, Lázaro de la muerte, etc.) relacionados con las plegarias del oficio de los muertos. Más tarde se añaden temas simbólicos como Adán y Eva (el pecado original), la Epifanía (fundación de la Iglesia), bautismo de Cristo, Eucaristía. El paisaje es sumario, esquemático, incluso en las pinturas de excelente arte, como en el mausoleo de los Aurelios, en la vía Manzoni, de Roma. Artísticamente, lo mejor es el grupo de pinturas del cubículo de la Velatio de la catacumba de Priscila, con la figura orante entre el magister y la madre con el niño; también excepcional es el jardín del paraíso de la catacumba de S. Calixto, del 308. En este momento es posible que comience a abrirse paso la idea de un retrato funerario individualizado como podemos ver en los orantes, como la muchacha de la catacumba de Thrason o las del cubículo de los Cinco Santos de la de S. Calixto.
     
      La escultura está sometida a las mismas normas que la pintura; poco hay si se excluyen los sarcófagos, entre los que el más antiguo fechado podría ser el de Livia Primitiva, del museo del Louvre. Su inspiración está en los sarcófagos paganos, con temas como el pastor con elrebaño, un relieve central y dos laterales separados por acanaladuras estrigiladas, o el retrato del difunto en un medallón (imago clipeata) o concha, los filósofos, escenas de caza (del alma por Cristo) o los ya conocidos por las pinturas. Un grupo muy antiguo es el procedente de Provenza. Por su interés artístico son excepcionales los romanos 181 del museo de Letrán, y 23,893 del de las Termas.
     
      Arte paleocristiano del s. IV. La fundación del Estado romano-cristiano y el traslado de la capital a Constantinopla, junto con el mecenazgo imperial, promueven la fundación de iglesias y el culto a los mártires, aunque tengamos escasos restos de todo ello, mientras son numerosos los monumentos paganos importantes contemporáneos base para los cristianos (arco de Constantino, pinturas del aula magna de Tréveris, basílica de Majencio, calendario con pinturas del 354, palacio de Diocleciano en Spalato, villa de Piazza Armerina en Sicilia, hipogeos pintados de Roma); todas ellas nos documentan sobre el esfuerzo de Constantino y su familia en apoyo del arte cristiano; tenemos información literaria gracias a Eusebio y al Liber pontijicalis, que nos hablan de dichas fundaciones en Roma, Jerusalén y Constantinopla, y restos del santuario de la Asunción en Jerusalén, de S. Sebastián, S. Inés, S. Lorenzo y S. Pedro y Marcelino en Roma, y otras en Tréveris, Palestina, Grecia y Mesopotamia.
     
      Las basílicas de Roma se alzaron una en cada una de las vías, y fueron destruidas en las invasiones bárbaras, especialmente en la de los lombardos; las llamadas constantinianas, supuestamente fundadas por Constantino el Grande, son siete: S. Juan de Letrán, S. Pedro del Vaticano (conservada aún en el S. XVI), S. Pablo extramuros, S. Cruz de Jerusalén, S. Inés de la vía Nomentana, y la de los S. Marcelino y Pedro inter duos lauros.
     
      Respecto al arte figurativo, aún son más raros los ejemplos conservados, salvo las pinturas de las catacumbas y los sarcófagos. Así encontramos un gran vacío entre la muerte de Constantino (337) y el advenimiento de Teodosio (379), que se llena con la doctrina de los Santos Padres, el culto de las reliquias y el enriquecimiento de la liturgia; aun así se edifican grandes iglesias en los Santos Lugares como el Gólgota y Belén; en Roma sobre las tumbas de S. Pedro y S. Pablo o la iglesia episcopal de Letrán y la iglesia-relicario de los Santos Apóstoles de Constantinopla; de pequeño tamaño eran las rotondas del Santo Sepulcro en Jerusalén o la de S. Constanza o el mausoleo de S. Elena, en Roma. Un tipo especial se deriva de la adaptación cristiana del monumento civil basílical, que alcanzó enorme variedad, extensión y desarrollo. Son raras las decoraciones de mosaico, salvo las de S. Constanza y Centcelles (Tarragona), del estilo de los paganos contemporáneos, con escenas, en los primeros, de Dios entregando la Ley a Moisés y a Pedro en presencia de Pablo. Durante el reinado de los hijos de Constantino, se desarrolló el arte triunfal imperial, del que son muestra sobre todo los palacios de Constantinopla, Roma, Tréveris y Antioquía; así lo vemos en las numerosas estatuas retrato de los Emperadores, a veces colosales, en las monedas, camafeos, relieves del arco de Galerio en Salónica, etc.
     
      Las pinturas son numerosas en las catacumbas (v.), especialmente en-Roma, imitando prototipos del s. III, multiplicándose también los sarcófagos esculpidos; las figuraciones son más realistas y modeladas. P. ej., la Virgen orante con el Niño del Coemeterium majus o S. Veneranda, antes S. Petronila, de la catacumba de Domitila;la intensificación del culto de los santos a partir de la segunda mitad del s. IV provoca su frecuente representación (cripta en S. Pedro y S. Marcelino). La figura de Cristo aparece majestuosa, con nimbo, y está seguramente tomada de los ábsides de las grandes iglesias. Para el conocimiento de la pintura cristiana son importantes las de los hipogeos paganos como las del lucillo de Vibia, y las de la cámara de Trevio Justo y, sobre todo, el hipogeo de la vía Latina, conocido desde 1962, con escenas como la de Aristóteles, Elías en el carro, el sacrificio de Isaac, el sueño de Jacob y el paso del mar Rojo, es de gran interés.
     
      En el Norte de África y en España han aparecido mosaicos cubriendo tumbas individuales desde el s. IV, con temas florales o animales y rara vez humanos. De la misma época son los sarcófagos historiados, de los talleres de Roma (Junio Basso, los dos hermanos) que repiten temas cristológicos. La estatuaria exenta fue casi del todo abandonada por el cristianismo, si exceptuamos el Cristo del museo de las Termas, el Buen Pastor o las estatuas sedentes de S. Pedro o de S. Hipólito, todas muy toscas. Las artes industriales siguieron modelos clásicos, tanto en la eboraria (lipsanoteca de Brescia, díptico del Bargello, en Florencia), como en las lámparas de bronce o en los vidrios dorados o grabados.
     
      Arte paleocristiano en España. El más antiguo es el funerario; en plena época constantiniana, se intensifican las relaciones con África y, por medio de ellas, con el Oriente siriaco-palestino, primero a través de las cerámicas impresas y luego mediante modelos arquitectónicos o de las artes decorativas, como los mosaicos (v.). En realidad, pocos restos pueden fecharse, con seguridad, antes de fines del s. IV; sólo algunas basílicas de las Baleares y del litoral de la Tarraconense y la Cartaginense, siendo posteriores los demás templos conocidos. De mucha importancia son: la sinagoga de Elche, con gran mosaico de pavimento, y dentro de la arquitectura funeraria el mausoleo de Centcelles (Tarragona), seguramente tumba de Constante II, hijo menor de Constantino (353358) de planta central, contiguo a una villa romana del s. III, con dos aulas, una cuadrilobulada y otra cupuliforme, pudiendo ser el sarcófago el de pórfido que hay en Santes Creus. También los importantes mosaicos, sobre una zona baja con pinturas, que tienen un friso con cacería de ciervos, otro con escenas de los Testamentos y otros decorativos; el martyrium de La Alberca (Murcia), con semejanzas en el Adriático o Norte de África, de planta rectangular con cámara inferior funeraria, abovedada y tal vez reliquias visibles por una fenestrella confessionis; y el mausoleo de Sádaba (Zaragoza) llamado la sinagoga, del s. IV, con planta cruciforme, común a otras viallae como las de Santervás del Burgo (Soria), las Mezquitillas (Sevilla) o la Cocosa (Badajoz).
     
      Los monumentos baptisterios (v.) son más tardíos. Los mosaicos constantinianos son abundantes (Villa Fortunatus de Fraga, Dueñas (Palencia), Liédena, Ramalete, basílicas baleáricas, etc.); son raras las pinturas (Troia, Setúbal, Portugal), y numerosas las placas de mármol y ladrillos con relieves. Conocemos muchas necrópolis (Tarragona, Córdoba, Martos, etc.); medio centenar de sarcófagos esculturados hallados en la costa y en los valles del Ebro y Guadalquivir, importados de Roma y en corto número de Arlés, o del taller de Tarragona; las estatuas del Buen Pastor de Sevilla y de Gádor; los mosaicos sepulcrales de Baleares, Tarragona, Monte Cillas, Denia, Alfaro e Itálica y algunos ejemplos de artes industriales.
     
      V. t.: BASÍLICA.
     
     
BIBL.: P. TESTINi, Archeologia cristiana, Roma 1958: A. GRABAR, El primer arte cristiano (200-395), Madrid 1967; P. DE PALOL, Arqueología cristiana de la España romana, Valladolid 1967; G. Bov[NI, I sarcolagi paleocristiani della Spagna, Ciudad del Vaticano 1964; 1. A. IÑIGUEZ, Síntesis de Arqueología cristiana, Madrid 1977.

A. BELTRÁN MARTíNEZ.

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