lunes, 20 de junio de 2016

Abadía de Fleury

Iglesia de la abadía
La abadía de Fleury (en francés: Abbaye de Saint-Benoît-sur-Loire)? es una célebre abadía medieval de Francia localizada sobre el río Loira no lejos de Sully, en la diócesis de Orleans, conocida también con el nombre de San Benito sobre el Loira.
El fundador de esta abadía fue Leodebod, abad de San Arriano, más adelante, obispo de Orleans, en los primeros años del reinado de Clodoveo II (638, 657). El primer abad del convento que hizo observar desde luego la regla de San Benito y de Columbano, se llamaba Mummolus, lector asiduo de libros piadosos y de las Sagradas Escrituras. Leyendo un día los diálogos de Gregorio, y habiendo llegado a la vida de san Benito de Nursia, pensaba con dolor en la devastación del monte Casino por los lombardos, y mandó allí al monje Aigulfo para que buscase entre las ruinas el cuerpo de san Benito y se lo trajese. Aigolfo descubrió felizmente el precioso tesoro que buscaba, así como el cuerpo de santa Escolástica. Trasladó las reliquias de san Benito a Fleury y dejó las de santa Escolástica a los habitantes de Mans (Cenomanenses) a quienes el obispo Berarius había enviado al mismo tiempo que Mummolus a Casino y con la misma intención. Se hizo este traslado en 653; está confirmado por Pablo Warnefried, por el testimonio de Optato, abad del monte Casino (f. en 760), de León, abad romano de fines del siglo X y por una multitud de autores, mientras que muchos otros, es verdad, la ponen en duda o la niegan absolutamente.

Historia

Interior de la abadía
Campanario truncado
Fleury llegó a ser por la posesión de las reliquias del Patriarca de los monjes de Occidente, como dijo el papa León VII en una carta dirigida al abad Odón, la cabeza y la capital de todos los conventos. Este santuario atrajo hasta el tiempo de la reforma millares de peregrinos que concurrían anualmente de todos los puntos de Francia y de Europa; los papas y los reyes lo colmaron de privilegios, de inmunidades y de dones; llegó a ser en manos de los benedictinos un foco de ciencia y de piedad. El rey Clotario III hizo donación al convento del dominio de Sacerge, Caputcervium y en las actas de la asamblea de Aix-la Chapelle de 817, Fleury se halla nombrado a la cabeza de los principales conventos de Francia, obligados a ofrecer presentes al Emperador y a contribuir al servicio de la guerra. Más adelante Carlos el Calvo se mostró muy liberal hacia el monasterio. Al mismo tiempo que la abadía se ensanchaba materialmente, se fortificaba en lo espiritual gracias a Mummolus, el ardiente lector en 679, a Aigulfo que había traído el cuerpo de san Benito y que llamado en 661 a dirigir el convento de Lerins, pereció víctima de su celo; gracias también a Magullo, abad de Fleury, alabado mucho por Aleuino, que creó una sala de lectura para los hermanos y dedicó un altar a san Benito. El convento prosperó más aun bajo Teodulfo, el sabio obispo de Orleans, que era al mismo tiempo abad de Fleury; en las capitulares dirigidas a los sacerdotes de su diócesis les aconseja que manden sus parientes a la escuela, sea a Santa Cruz, sea a San Amano o a San Benito (Fleury). Después de la muerte de Teodulfo (f. en 821). En tiempo de Luis el Bondadoso fue la gloria del convento el monje Adrevaldo (Arevaldo, Adalberto), que, bajo el reinado de Carlos el Calvo compuso un libro sobre los milagros de San Benito, libro que continuó Adelerius, otro monje de Fleury. La consideración de Fleury se aumentó por este tiempo con la creación de dos hospicios, hospitale nobilium y hospitale pauperum, debidos a la munificencia de Luis el Bondadoso, por el regalo de varias reliquias preciosas que le hizo el convento de san Dionisio y por la institución de una gran fiesta en honor de este santo y de san Benito, cuya memoria se celebra solemnemente todos los años en el convento y en toda Francia, el 4 de diciembre. No pudiendo las mujeres penetrar ea el convento, se exponía para ellas en el bosque que rodeaba la abadía el tesoro de las reliquias en una tienda.
Desgraciadamente las invasiones de los normandos impidieron estos pacíficos progresos. En 865 los bárbaros quemaron el convento, del cual se habían retirado los monjes, llevándose las reliquias de San Benito. En 878 los ávidos conquistadores volvieron a presentarse, pero fueron derrotados por el valiente abad Hugo. Aparecieron por tercera vez en 909. Esta vez su duque, Reinaldo, estableció su cuartel general en el mismo dormitorio de los monjes, pero san Benito se le apareció por la noche y le anunció su próximo fin. Desde este momento los normandos concibieron un gran respeto por san Benito y el mismo Rollo, aunque pagano todavía, perdonó la abadía de Fleury.
A pesar de estos acontecimientos tan poco favorables a la disciplina, esta permaneció vigente basta principios del siglo X; pero hacia 930 había caído completamente en decadencia como en los demás conventos de Francia. Afligido de la caída profunda del santuario de San Benito, el conde Elisiardo pidió el convento para restablecer en él el orden; lo obtuvo del rey Rodolfo (Raoul), y se encaminó a él acompañado de dos condes, de dos Obispos y del célebre abad de Cluny, Odón de Cluny (san Odón). Cuando el cortejo se acercó a Fleury, los monjes tomaron las armas y en tanto que unos defendían la entrada del convento, otros subieron a los tejados y lanzaron piedras sobre el conde y la comitiva, resueltos a oponerse a la entrada de un abad extraño en su casa. Después de tres días de conferencias inútiles, una resolución súbita y de Odón doblegó el obstinado orgullo de los monjes. Contra el parecer de sus compaisanos, Odón se adelantó solo a caballo y pidió atrevidamente la entrada en el convento. A la vista del santo los monjes, se arrojaron contritos a sus pies. Odón permaneció algún tiempo en Fleury, hizo entrar todo en orden, abolió las propiedades particulares de los monjes, restableció la comida de vigilia, renovó la antigua disciplina y vio multiplicarse el número de religiosos a los cuales se juntaron canónigos y obispos, que renunciaron a sus dignidades para abrazar la vida severa del convento. Por lo demás, Fleury no fue puesto bajo la dependencia de Cluny.
La abadía se hizo así más floreciente que nunca y la fama se elevó más alta que profunda había sido su caída. Suministró con frecuencia a los otros conventos, monjes encargados de reformarlos y estableció muchas colonias afiliadas. La congregación cantó en su seno hombres de todas países, españoles, alemanes, como por ejemplo, Dietrich Heresfeld, autor de la relación de la traslación del cuerpo de san Benito de Orleans a Fleury, Los usos de la abadía, redactados hacia el año 1000, suministran datos importantes y de interés. Ahí se vé cuan benéfico era este monasterio para los pobres, de los cuales alimentaba un centenar el Jueves Santo, el día de Pentecostés y en otras épocas del año; desde la más remota antigüedad había habido al lado de la iglesia de la abadía un hospital para los pobres.

Monjes destacados y su obra

La abadía de Fleury se reanimó igualmente de una manera especial desde la retirada de Odon. De allí salió uno de los mayores sabios de la época, Abón de Fleury, que ocupó en el siglo X, con Remy de Auxerre, Hucbald, monje de Elnom, Frodoardo, Gerberto y Fulberto de Chartres, uno de los primeros puestos entre los restauradores de la ciencia. Entre sus numerosos discípulos de Francia y del extranjero, Abón distinguía sobre todo a san Osvaldo, obispo de Worcester, que ayudó poderosamente a Dunstan a reformar la Iglesia de Inglaterra; otro Cooperador de Dunstan Ethelvatdo, el venerable Obispo de Winchester, envió una misión a Fleury para tomar datos sobre la disciplina que allí reinaba, y Dunstan mismo se sirvió de las observancias de Fleury en sus Concordias. Su predecesor, el Arzobispo Odón, no había querido aceptar la dirección de su diócesis antes de haber tomado la costumbre de la congregación de Fleury. Abón también tuvo que dirigirse a Inglaterra a invitación del Obispo Oswaldo y enseñó allí en el convento de Ramsay de 985 a 987; Abón tenía gran cuidado de recomendar a sus monjes el estudio y la copia de manuscritos como medios especiales y eficaces contra las tentaciones.
Entre los discípulos de Abón se distinguieron en el convento de Fleury:
  • Aimon, autor de Gesta Francorum, de una vida muy interesante de su maestro Abón y de cuatro libros de los milagros de San Benito
  • el monje Constantino, con el cual el célebre Gerberto, más adélante el Papa Silvestre, estuvo en correspondencia, a quien llamaba un noble y sabio profesor, invitándole a que fuese a su lado, y le llevase libros de Fleury
  • los monjes Gerardo, Vital, Tortarius, Gausberto, etc.
Además de las obras de Abón, se deben en el curso del siglo XI varios libros a monjes de Fleury, por ejemplo, al monje Isembardo un tratadito sobre la invención del cuerpo de san Yodoc; al monje Helgaldus, la vida del Rey Roberto (f en 1031) y varias crónicas e historias a otros religiosos del convento como puede verse en J. A. Boreo, en Bouquet y en la Historia literaria de Francia.
La escuela de Fleury gozó de gran consideración durante toda la Edad Media, y hasta después de la mitad del siglo XVI. Se vieron allí con frecuencia 5.000 estudiantes reunidos, de los cuales cada uno debía pagar los gastos de sus estudios en cuanto fuera posible por medio de dos manuscritos. Del mismo modo, todos los conventos dependientes de Fleury, debían contribuir anualmente al mantenimiento de la biblioteca. Así es como se formó un inmenso tesoro de manuscritos y libros preciosos, con los cuales más tarde no supieron hacer cosa mejor los hugonotes que desgarrarlos, diseminarlos y destruirlos en nombre de la pura luz del Evangelio. Otro tanto hicieron con los templos católicos y con los santuarios más venerados del país y Fleury debió tenerse por muy dichoso de que en su rabia devastadora, que se ensañaba contra las reliquias perdonasen el cuerpo de San Benito y no destruyesen el convento que le estaba consagrado, después de haber saqueado en varias ocasiones los preciosos tesoros que la piedad de las naciones había acumulado allí hacia siglos.
Los monjes de Fleury acabaron por asociarse a la congregación de San Mauro.

Referencias

Diccionario enciclopédico de la teología católica, 1838

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Procura comentar con libertad y con respeto. Este blog es gratuito, no hacemos publicidad y está puesto totalmente a vuestra disposición. Pero pedimos todo el respeto del mundo a todo el mundo. Gracias.