jueves, 24 de mayo de 2012

CIUDADES LEVÍTICAS Y CIUDADES DE REFUGIO.

Con ocasión del reparto de la Tierra Prometida, se asignaron cuarenta y ocho ciudades a los levitas como lugar para vivir, añadiéndoles seis ciudades de refugio.

La tribu de Leví no había recibido nada en el momento del reparto: Yahvé anunció: "no tendrás herencia". Porque, declaraba el Señor: "Yo mismo seré tu herencia y tu parte en medio de los hijos de Israel." Vivirán del diezmo que cada fiel entrega a los sacerdotes y a los levitas (Nm 18,20; cf. 18,24 y 26,62; 1Cró 13,2). Los israelitas reciben la orden de ceder a los levitas ciudades de su propia posesión en las que puedan vivir, así como pastos (Nm 35,2; Jos 21,1-3). Cuarenta y ocho ciudades fueron escogidas así, teóricamente cuatro por tribu. Pero, con espíritu de justicia, se tomaron más ciudades de las tribus mejor provistas (Nm 35,7-8). De esta manera, se designaron trece ciudades de la poderosa Judá a la cual van unidas la de Simeón -fundida con Judá- y la pequeña vecina de Benjamín; diez ciudades entre Efraín (4), Dan (4) y Manasés al oeste del Jordán (2); trece ciudades entre Isacar (4), Aser (4), Neftalí (3) y la semi-tribu de Manasés en Transjordania (2); finalmente doce entre Rubén (4), Dan (4) y Zabulón (4) (Jos 21,4.¡-42 ó 40 según vers).

La lista de JOSUÉ es probablemente porexílica pero ratifica una tradición venerable; la que dan las CRÓNICAS (1Cró 6,39-65 ó 54-81 según vers) es más o menos concordante. Han desaparecido principalmente dos ciudades de Judá y dos de Zabulón, aunque en los dos casos el total indicado permanece idéntico; otras ciudades cambian de nombre: Nahalal de JOSUÉ se convierte en Tabor en las CRÓNICAS, Tanac en Aner...

Todas estas ciudades fueron concedidas con precisión: a los clanes de Quehat, descendientes de Aarón, sacerdotes, las de Judá, Simeón y Benjamín; a los otros clanes, levitas, descendientes de Quehat, las de Efraín, las de Dan y la semi-tribu de Manasés; a los hijos de Guersón, las de la tribu de Manasés en Transjordania, de Isacar, Aser y Neftalí; a los descendientes de Merarí, las de Zabulón y las de las tribus transjordanas de Rubén y Gad (Jos 21,4-42 ó 40 según vers). Alrededor de cada una se fijó un territorio circundante para pastos y bienes (Mn 35,3; Jos 21,42 o 40 según vers): de unos mil codos a la redonda (unos 450 m) según un versículo del libro de los NÚMEROS que se añade a otro posterior anunciando dos mil (Nm 35,4-5). Éste era un bien inalienable (Lv 25,32-34). De esta manera los sacerdotes vivían cerca de los santuarios que ellos atendían. Después del Exilio se concentraron alrededor del único templo de Jerusalén que no aparece en la lista. Según el libro de las CRÓNICAS, el cisma expulsó a los levitas de los "lugares de culto pagano" de los cuales habían sido destituidos por Jeroboán.

A estas ciudades se les añaden las llamadas de refugio (Nm 35,6), destinadas a dar asilo a los asesinos que habían actuado sin premeditación (Éx 21,13; Nm 35,22-29; Jos 20,4-6); ponían a salvo del vengador de la sangre (véase este lema) al asesino que había actuado "involuntariamente o por inadvertencia (Jos 20,3)". El asesino se presentaba ante los ancianos de la ciudad quienes le asignaban una residencia. Aquí el vengador de sangre no podía alcanzarle y tenía que esperar el juicio de la comunidad. A continuación, el asesino podía permanecer en la ciudad de refugio y vivir allí hasta la muerte del sumo sacerdote en funciones; entonces el asesino podía volver a su casa, en su propia ciudad (Nm 35,22-29; Jos 20,4-6). Tres localidades fueron designadas como ciudades refugio en Canaán y tres en Transjordania. Éstas fueron Cadés en Neftalí, Siquén en Efraín, y Quiriat Arbé, es decir Hebrón, en Judá en lo que se refiere a las primeras; en las segundas, Beser (Bosor) de la tribu de Rubén, Ramor Galaad de la tribu de Gad y Golán-Basán en Manasés (Nm 35,13-15; dt 4,41-43; Jos 20,7-9).

El país tenía que ser dividido en tres partes y cada una de las ciudades eran asignadas a una porción del territorio donde se podía haber cometido el crimen; las carreteras que conducían a ellas tenían que estar trazadas de tal manera que el fugitivo pudiera llegar allí sin ningún problema (Dt 19,3). No obstante, si un asesino voluntario trataba de huir de una de las ciudades refugio debería ser entregado por los ancianos al vengador de la sangre (Dt 19,11-13).

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