sábado, 27 de julio de 2013

San Ambrosio.

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Su vida

Fue obispo de Milán del 374 al 397. Probablemente nació en 340, en Tréveris, Arles, o Lyon. Murió el 4 de abril de 397. Es uno de los más ilustres Padres y Doctores de la Iglesia, y fue escogido, muy apropiadamente, a una con San Agustín, San Juan Crisóstomo y San Atanasio, para ocupar la venerable Cátedra del Príncipe de los Apóstoles en la tribuna de San Pedro en Roma. Los datos que nos pueden servir para hacer su biografía están mayormente dispersos entre sus escritos, dado que su “Vida”, escrita luego de su muerte por su secretario, Paulino, a sugerencia de San Agustín, es extremadamente frustrante. Ambrosio descendía de una antigua familia romana que había abrazado el cristianismo años antes y que contaba entre sus miembros tanto mártires cristianos como altos funcionarios del Estado. En la época de su nacimiento, su padre, que también se llamaba Ambrosio, era prefecto en la Galia, y en ese carácter gobernaba los actuales territorios de Francia, Bretaña y España, además de Tingitana, en África. Era una de las grandes prefecturas del Imperio y se trataba del puesto más alto que podía ocupar cualquier súbdito. Las tres principales ciudades de la provincia, Tréveris, Arles y Lyon, se disputan el honor de haber sido el lugar de nacimiento del Santo, quien era el menor de tres hijos. Su hermana, Marcelina, se hizo monja, y su hermano, Sátiro, al ser electo Ambrosio al episcopado, renunció a la prefectura para vivir con él y relevarlo de las tareas temporales. El padre, Ambrosio, murió alrededor del año 354. A raíz de ello la familia se mudó a Roma. La santa y virtuosa viuda fue grandemente ayudada en la educación religiosa de los hijos por su hija, Marcelina, quien tenía diez años más que Ambrosio. Para ese entonces Marcelina ya había recibido el velo de las vírgenes de manos de Liberio, el Pontífice Romano, y vivía en casa de su madre en compañía de otras vírgenes. Fue de ella que el Santo aprendió a mostrar ese amor por la virginidad que luego se convirtió en su característica. Su progreso en conocimientos seculares iba a la par de su crecimiento en la piedad. Fue una bendición especial para Ambrosio mismo y para la Iglesia el que él hubiese adquirido tan gran dominio del idioma y literatura griegos, cuya carencia es tan dolorosamente patente en San Agustín y, en la generación posterior, en San León Magno. Muy probablemente no hubiese acaecido el cisma griego si las iglesias de Oriente y Occidente hubiesen podido continuar dialogando tan íntimamente como lo hacían San Ambrosio y san Basilio. Una vez terminada su educación liberal, el Santo dedicó su atención al estudio y práctica del derecho, y muy pronto se distinguió por la elocuencia y habilidad de sus alegatos en la corte del prefecto pretoriano, Ancius Probus. Fue por ello que este último lo incorporó a su consejo y más tarde obtuvo para él del emperador Valentiniano el puesto de gobernador consular de Liguria y Emilia, con residencia en Milán. “Ve- le dijo el prefecto, profetizando involuntariamente- y condúcete no como juez sino como obispo”. No hay forma de saber cuánto tiempo gobernó esa provincia. Lo único que sabemos es que su honesta y humanitaria administración le ganó el afecto y la estimación de todos sus gobernados, pavimentando así el camino para la revolución que iba a tener lugar en su vida poco después. Esto fue algo por demás notable, si tomamos en cuenta que en esa época Milán estaba en medio de un caos religioso causado por las continuas maquinaciones de la facción arriana.

Obispo de Milán

Desde que el heroico obispo Dionisio, en el año 355, había sido arrastrado en cadenas al exilio en el lejano Oriente, la antiquísima sede de San Bernabé había estado ocupada por el intruso capadocio, Auxencio, un arriano lleno de odio hacia la fe católica. Este tal, no sólo no conocía la lengua latina, sino que era un perseguidor astuto y violento de sus súbditos ortodoxos. Para alivio de los católicos, la muerte le sobrevino al tiranuelo en 347 y con ello terminó una servidumbre que había durado casi 20 años. Los obispos de la región, temiendo que una elección popular diera pie a tumultos populares, solicitaron al emperador Valentiniano que designara al sucesor por medio de un edicto imperial. El Emperador, sin embargo, ordenó que se llevara la elección según se acostumbraba. Le correspondió entonces a Ambrosio la tarea de mantener el orden ciudadano en tan peligrosa coyuntura. Se dirigió a la basílica en la que se encontraban reunidos el desunido clero y el pueblo. Ya ahí, inició un discurso que buscaba motivar a la moderación y la paz, pero fue interrumpido por una voz (la de un niño, según Paulino) que clamaba: “Ambrosio, Obispo”. La multitud inmediatamente comenzó a repetir el grito aquel y, para sorpresa y angustia de Ambrosio, él resultó electo por unanimidad. Aparte de la intervención sobrenatural, él era el único candidato viable: conocido por los católicos como firme creyente en el Credo de Nicea, aceptable para los arrianos y reconocido por todos como alguien que se había mantenido alejado de las controversias teológicas. Sólo había un problema: convencer al azorado cónsul de que aceptara un puesto para el que no había sido educado. Y además- aunque nos parezca extraño-, como muchos otros creyentes de esa época, quizás guiados por una reverencia equivocada hacia la santidad del bautismo, Ambrosio aún era catecúmeno y, consecuentemente, las sabias providencias de la ley canónica lo hacían inelegible para el episcopado. Los únicos que han dudado acerca de la sinceridad del terror que sintió él ante las responsabilidades de ese oficio sagrado son aquellos que quieren juzgar a un gran hombre según los criterios de su propia insignificancia. Si Ambrosio hubiese sido una persona como la que dichas personas quieren hacernos ver: mundano, ambicioso y intrigante, le hubiera bastado apoyarse en su reconocida capacidad y en su noble sangre para proseguir esa carrera consular que tan brillante futuro le deparaba. Es muy difícil aceptar que recurrió a la estratagema de fingir terror, como dicen algunos biógrafos, para minar su propia popularidad entre el pueblo. Mas Valentiniano, orgulloso de que la favorable opinión que él tenía de Ambrosio hubiera sido aceptada tan entusiastamente por el pueblo y por el clero, confirmó la elección y estipuló severas penas para quienes quisieran ayudarlo a evadirse. Finalmente, el Santo aceptó. Recibió el bautismo de manos de un obispo católico y ocho días después, el 7 de diciembre de 374, día en el que Oriente y Occidente celebran su memoria, habiendo pasado por las etapas preliminares, fue consagrado obispo. Tenía treinta y cinco años de edad. Pero estaba destinado a edificar la Iglesia durante el espacio comparativamente prolongado de 23 años. Desde el principio dio testimonio de ser lo que siempre ha sido a los ojos del mundo cristiano: el modelo perfecto del obispo cristiano. Hay algo de verdad en el eulogio de Teodosio, según lo informa Teodoreto (V,18): “No conozco a otro obispo que más merezca tal nombre, sino Ambrosio”. En él la magnanimidad del patricio romano se temperó con la mansedumbre y la caridad del santo cristiano. Su primer acto como obispo, y que luego imitaron muchos santos sucesores, fue el de deshacerse de todas sus posesiones terrenas. Dio a los pobres su propiedad personal; cedió a la Iglesia las tierras que poseía, dejando aparte una provisión para mantener a su amada hermana. La generosidad de su hermano Sátiro le quitó el peso de la administración de las cosas temporales y le permitió dedicarse totalmente a las espirituales. Para sobreponerse a su deficiencia de preparación en cuestiones teologales, se dedicó asiduamente al estudio de las Escrituras y de los Padres, mostrando preferencia por Orígenes y San Basilio, cuya influencia se percibe en sus obras. Dotado de un verdadero ingenio romano, Ambrosio, como Cicerón, Virgilio y otros autores clásicos, se dedicó a digerir y a meter en moldes latinos los mejores frutos del pensamiento griego. Sus estudios tenían una naturaleza eminentemente práctica. Aprendió, además, que podía enseñar. En el exordio de su tratado “De officiis”, se queja de que, a causa de su inesperado paso del tribunal al púlpito se vio forzado a enseñar y aprender simultáneamente. Su piedad, su juicio prudente y su genuino instinto católico lo protegieron del error. Su fama como elocuente expositor de la doctrina católica pronto llegó a los confines de la tierra. La fuerza de su oratoria está testimoniada no sólo por las repetidas alabanzas de que era objeto, sino, más aún, por la conversión de un retórico de la talla de Agustín. Su estilo es el de una persona que está más atenta a las ideas que a las palabras. No nos lo podemos imaginar gastando su tiempo en pronunciar una frase elegante. “Era una de esas personas- dice de él San Agustín- que dice la verdad, la dice bien, juiciosamente, agudamente, y con belleza y fuerza de expresión” (De doct. christ., IV,21).

Su vida diaria

Podemos tener una breve visión de su vida diaria si echamos una mirada a través de la puerta de su habitación, abierta todo el día y cruzada sin cita previa por toda clase de personas, cualquiera que tuviera algo que tratar con él. Entre la variada multitud de sus visitantes no faltaba algún alto funcionario que buscaba su consejo sobre algún problema de Estado, ni aquél que buscaba una respuesta a alguna duda, ni el pecador arrepentido que estaba ahí para confesar sus pecados, seguro de que el Santo “no revelaría sus pecados a nadie sino solamente a Dios” (Paulinus, Vita, XXXIX). Comía frugalmente y únicamente cenaba los sábados, domingos y las fiestas de los mártires más célebres. Sus largas vigilias nocturnas transcurrían en oración, en atender su vasta correspondencia y en anotar los pensamientos que se le ocurrían durante el día acerca de sus lecturas, tan frecuentemente interrumpidas. Su laboriosidad incansable y sus hábitos disciplinados explican cómo un hombre tan ocupado pudo escribir tantos y tan valiosos libros. Él nos narra que cada día ofrecía el Santo Sacrificio por su pueblo (pro quibus ego quotidie instauro sacrificium). Cada domingo acudían inmensas multitudes a la basílica, atraídas por sus elocuentes discursos. Uno de sus temas favoritos era la excelencia de la virginidad, y tuvo tanto éxito en convencer a las doncellas de que adoptaran la vida religiosa que más de una madre prohibió a sus hijas ir a escuchar sus palabras. Ante la acusación de que estaba despoblando el imperio, el Santo se vio forzado a refutarla a base de interrogar amenamente a los jóvenes acerca de si tenían dificultad en encontrar esposas. El afirma, y la experiencia de los siglos sostiene su afirmación (De Virginibus, VII), que la población aumenta en proporción directa al grado de estima en que la población tenga la virginidad. Como es de esperarse, sus sermones eran eminentemente prácticos, repletos de sentenciosas normas de conducta que han permanecido como palabras de uso corriente entre los cristianos. En su método de interpretación bíblica, todos los personajes de la Escritura, de Adán en adelante, aparecen como personas vivas, portando cada una un mensaje distinto de Dios para instruir a la generación actual. Nunca escribía sus sermones, sino que los pronunciaba a partir de lo que tenía en el corazón. De las notas que se tomaban durante sus sermones él compiló casi todos los tratados suyos de los que tenemos conocimiento.

Ambrosio y los arrianos

Era natural que un prelado de tan altas miras, tan afable, tan caritativo con los pobres, tan dispuesto a entregar sus grandes capacidades al servicio de Cristo y de la humanidad, pronto gozara del amor entusiasta de su pueblo. Rara vez ha habido, si es que lo ha habido, un obispo cristiano tan popular, en el buen sentido de ese término tan abusado, como Ambrosio de Milán. Y esa misma popularidad, unida a su intrepidez, fue la clave para destronar la iniquidad. La hereje emperatriz Justina y sus consejeros bárbaros con frecuencia hubieran querido callarlo con el destierro o el asesinato, pero como en el caso de Herodes y Juan Bautista, ellos “temían a la multitud”. Sus heroicas luchas en contra de las agresiones del poder secular lo han inmortalizado como el modelo y pionero de todos los Hildebrandos, Beckets y otros paladines de la libertad religiosa. El anciano Valentiniano I murió súbitamente en 375, el año siguiente a la consagración de Ambrosio, dejando a su hermano Valente, arriano, para que hiciera de las suyas en el Este, y a su hijo mayor, Graciano, para que se hiciera cargo de los territorios antes gobernados por Ambrosio, pero sin definir nada sobre el gobierno de Italia. En esa circunstancia, el ejército tomó el mando y proclamó emperador al hijo de Valentiniano y su segunda esposa, Justina, un niño de cuatro años de edad. Graciano aceptó gustosamente y asignó a su medio hermano la soberanía de Italia, Ilírico (la actual región adriática de Montenegro y Albania, N.T.) y África. Mientras aún vivía su ortodoxo esposo, Justina prudentemente le ocultó sus creencias arrianas, pero en ese momento, apoyada en la corte por una poderosa facción gótica, hizo pública su decisión de educar a su hijo en la herejía y una vez más intentó arrianizar el Occidente. Esto la colocó en confrontación abierta con el obispo de Milán, quien había ya apagado los últimos rescoldos de arrianismo en su diócesis. Esa herejía nunca había sido aceptada por el pueblo ordinario; debía su vitalidad artificial a las intrigas de reyes y cortesanos. Como paso preliminar para la inevitable contienda, Ambrosio, a solicitud de Graciano, quien estaba por conducir un ejército para auxiliar a Valente y deseaba tener a su lado un antídoto contra los sofismas orientales, escribió su obra “De fide ad Gratianum Augustum”, que luego sería ampliado y aún subsiste en cinco libros. El primer choque entre Ambrosio y la Emperatriz aconteció con ocasión de la elección episcopal en la sede de Sirmio, capital del Ilírico, que por entonces era la residencia de Justina. A pesar de los esfuerzos de la Emperatriz, Ambrosio logró que quedara electo un obispo católico. Esa victoria fue repetida en el Concilio de Aquilea (381), el cual él presidió, cuando logró derrocar a los únicos prelados arrianos que quedaban en el Occidente, Paladio y Secundiano, ambos ilirios. La batalla campal entre Ambrosio y la Emperatriz, en los años 385-386, ha sido gráficamente descrita por el cardenal Newman en sus “Historical Sketches”. El asunto en cuestión era la cesión de una de las basílicas a los arrianos para que celebrasen allí su culto público. A lo largo de la prolongada batalla Ambrosio demostró en grado eminente las cualidades de un gran líder. Su valor en los momentos de mayor peligro sólo era igualado por su admirable moderación. En ciertos momentos críticos del drama una sola palabra suya podría haber derribado del trono a la Emperatriz y a su hijo. Pero nunca fue pronunciada esa palabra. Un resultado perdurable de esa lucha contra el despotismo fue el rápido desarrollo del canto eclesiástico, del que Ambrosio había colocado los cimientos. Incapaz de vencer la fortaleza del obispo y el espíritu del pueblo, finalmente la corte desistió de su esfuerzo. No sólo eso, sino que debió acudir a Ambrosio para que hiciera lo posible para salvar el trono del peligro.
Ya había él enviado una embajada a la corte del usurpador, Máximo, que en el 383 había derrotado y dado muerte a Graciano y ahora reinaba en su lugar. Gracias en gran parte a sus esfuerzos, se había logrado un entendimiento entre Máximo y Teodosio, a quien Graciano había designado como gobernante del Oriente. El acuerdo decía que Máximo debería contentarse con sus posesiones presentes y respetar los territorios de Valentiniano II. Tres años después Máximo decidió cruzar los Alpes. El tirano recibió a Ambrosio desfavorablemente y con la excusa, muy honorable al Santo, de que rechazaba mantener comunión con los obispos que habían apoyado la muerte de Prisciliano (primer caso de pena capital por herejía ordenada por un príncipe cristiano), lo echó de la corte. Poco después Máximo invadió Italia. Valentiniano y su madre buscaron la protección de Teodosio, quien aceptó defenderlos, derrocó al usurpador y ordenó darle muerte. Por ese tiempo murió Justina y Valentiniano, por consejo de Teodosio, abjuró del arrianismo y se colocó bajo la protección de Ambrosio, con el cual entabló una sincera amistad. Fue durante la prolongada estancia de Teodosio en el Occidente que tuvo lugar el episodio más notable de la Iglesia: la penitencia pública ordenada por el obispo y cumplida por el emperador. La narración tradicional del acontecimiento, transmitida por Teodoreto a muchos años de distancia, que exalta la firmeza del Santo a costa de su mansedumbre y prudencia, afirma que Ambrosio detuvo al Emperador a la entrada de la Iglesia y lo regañó y humilló públicamente. El criticismo moderno demuestra que eso es una grave exageración. La emergencia demandaba que el obispo pusiera en práctica todas sus virtudes. Cuando las noticias de que los sediciosos tesalonicenses habían asesinado a los funcionarios del Emperador, Ambrosio y el colegio episcopal, el cual él presidía en ese momento, hicieron un llamado de clemencia a Teodosio, aparentemente con éxito. ¿Cuál no sería su horror al enterarse poco después que Teodosio, cediendo a los consejos de Rufinoso y otros cortesanos, había ordenado una mascare indiscriminada de ciudadanos en la que perdieron la vida 7,000 personas?. Para evitar encontrarse con el monarca asesino u ofrecer el Santo Sacricio en su presencia, y, sobre todo, para darle tiempo de ponderar la atrocidad de una acción tan ajena a su carácter, el Santo se excusó alegando una enfermedad y, sabiendo que ello propiciaría que lo llamaran cobarde, se retiró al campo desde donde envió una carta “escrita por mi propia mano, que sólo usted debe leer”, en la que exhortaba al Emperador a reparar su crimen con una penitencia ejemplar. San Agustín narra (De civitate Dei, V, XXVI), que con “humildad religiosa” Teodosio obedeció y “según la disciplina de la Iglesia, hizo penitencia de tal manera que la vista de su postrada majestad imperial llevó a las personas que intercedían por él a llorar más grandemente que el temor que les había causado la conciencia de la ofensa que él les había inflingido cuando ésta los había enojado”. “Despojándose de todos sus emblemas de realeza- dice San Ambrosio en su oración fúnebre (c. 34)-, lloró en la Iglesia sus pecados públicamente. No se avergonzó el Emperador de realizar una penitencia pública que muchos individuos evitarían. Ni hubo después día en su vida en que él no llorara su error”. Esta sencilla narración, sin ningún adorno histriónico, tanto honra al obispo como a su soberano.

Los últimos días de Ambrosio

El asesinato de su joven pupilo, Valentiniano II, que tuvo lugar en la Galia en mayo del 393, mientras Ambrosio cruzaba los Alpes para ir a bautizarlo, causó al Santo una gran aflicción. La eulogía que pronunció en Milán es singularmente tierna: describe al fallecido rey como un mártir, bautizado con su propia sangre. En realidad el usurpador, Eugenio, sí era un infiel en lo hondo de su corazón y abiertamente anunció su intención de restablecer el paganismo. Reabrió los templos paganos y determinó que se instalara de nuevo en el Senado Romano el altar de la Victoria, respecto al cual Ambrosio y Símaco habían sostenido un largo y decidido debate literario. Este triunfo del paganismo tuvo una corta vida. En la primavera del 391 Teodosio de nuevo condujo sus legiones al Occidente y, en una breve campaña, derrotó y mató al tirano. El paganismo romano pereció con él. El Emperador reconoció los méritos del gran obispo de Milán anunciando su victoria la misma tarde de la batalla y pidiéndole que celebrara un solemne sacrificio de acción de gracias. No vivió Teodosio mucho tiempo después de su triunfo. Murió en Milán pocos meses después (enero del 395) teniendo a Ambrosio junto a su lecho y el nombre de Ambrosio en sus labios. “Incluso cuando la muerte estaba desmoronando su cuerpo- dice el Santo- él estaba más preocupado por el bienestar de las iglesias que por el peligro propio”. “Yo lo amaba y estoy seguro que el Señor escuchará la oración que yo le dirijo a favor de su alma piadosa” (In obitu Theodosii, c. 35). Sólo pasaron dos años para que estas dos almas generosas fueran reunidas por la muerte. Ningún cuerpo humano puede soportar por mucho tiempo la actividad incansable de un Ambrosio. Es significativa una escena, narrada por su secretario, de su extraordinaria capacidad de trabajo. Él murió un Viernes Santo. Al día siguiente, cinco obispos tuvieron dificultad para administrar el bautismo a una multitud igual a la que él acostumbraba bautizar sin ayuda. Cuando se corrió el rumor de que estaba seriamente enfermo, el conde Stilico, “temeroso de que su muerte pudiera significar la destrucción de Italia”, despachó unos emisarios, entre los que estaban los principales ciudadanos, para suplicarle que le rogara a Dios que prolongara sus días. La respuesta del Santo impresionó profundamente a san Agustín: “No he vivido entre ustedes de modo que me avergüence de vivir, ni temo morir porque tenemos a un Señor de bondad”. Durante horas antes de su muerte él permaneció con los brazos extendidos a imitación de su Maestro al agonizar, quien también se le apareció en persona. El obispo de Vercelli le llevó el Cuerpo de Cristo. “Terminando de consumirlo, exhaló pacíficamente su último aliento”. Era el 4 de abril de 397. Fue enterrado en su amada basílica, tal como él había deseado, al lado de los santos mártires Gervasio y Protasio, cuyas reliquias habían sido descubiertas durante su lucha con Justina, evento que les proporcionó un gran consuelo a él y a sus seguidores. En el año 835 las reliquias de los tres santos fueron colocadas por uno de sus sucesores, Angilberto II, en un sarcófago bajo el altar, donde fueron descubiertos en 1864. La primera edición de los trabajos de Ambrosio salió de la imprenta de Froben en Basilea, en 1527, bajo la supervisión de Erasmo de Rotterdam. En el año 1580 comenzó a salir a la luz en Roma una edición más elaborada, que continuó apareciendo durante algunos años más. El editor en jefe fue el Cardenal Montalto hasta que fue elevado al papado como Sixto V. Fueron cinco volúmenes que conservan su valor gracias a la “Vida” del Santo, compuesta por Baronio, con que comienza la obra. Posteriormente apareció la excelente edición de Maurist, publicada en dos volúmenes en Paris, en 1686 y 1690, respectivamente. Esta fue reimpresa por Migne en cuatro volúmenes. La carrera de San Ambrosio ocupa un lugar prominente en todas las historias, eclesiásticas y seculares, del siglo IV. Es de particular valor la narración de Tillemont, en el cuarto volumen de sus “Memoirs”. Es de menor importancia la discusión sobre la autenticidad de los así llamados 18 himnos ambrosianos. El gran mérito del Santo en el campo de la himnología consiste en que él puso sus cimientos y mostró a la posteridad hasta dónde había oportunidad en el futuro para desarrollarla.

Escritos de San Ambrosio

El carácter especial y el valor de los escritos de San Ambrosio quedan patentes ya en el título de Doctor de la Iglesia que, desde tiempo inmemorial, ha compartido en Occidente con San Agustín, San Jerónimo y San Gregorio. Él es testigo oficial de la enseñanza de la Iglesia Católica en su propio tiempo y en las generaciones precedentes. Como tal, sus escritos siempre han sido citados por papas, concilios y teólogos. Ya desde su época se sabía que pocos podían dar voz tan claramente al verdadero sentido de las escrituras y a las enseñanzas de la Iglesia (San Agustín, De Doctrina Christiana, IV, 46,48,50). Ambrosio es preeminentemente un maestro eclesiástico que puso a la luz en forma sólida y edificante, y con consciente regularidad, el depósito de la fe que se le había confiado. No es de modo alguno un filósofo académico que meditaba en el silencio de la soledad sobre las verdades de la fe cristiana, sino un esforzado administrador, obispo y estadista cuyos escritos constituyen la expresión madura de su vida y trabajo oficiales. La mayor parte de sus escritos son en realidad homilías, comentarios orales sobre el Antiguo y Nuevo Testamentos, que fueron puestos por escrito por sus oyentes y, posteriormente, redactados en su forma actual. Pocos, claro, de esos discursos nos han llegado tal y como salieron de los labios del gran obispo. En Ambrosio brilla con distinto resplandor su nativo genio romano; es claro, sobrio, práctico y siempre busca persuadir a sus oyentes de que actúen inmediatamente de acuerdo a los principios y argumentos que él expone y que abarcan prácticamente todas las facetas de la vida religiosa y moral. “Es un verdadero romano en el que siempre domina el acento ético-práctico. No tenía ni tiempo ni gusto por las especulaciones filosófico-dogmáticas. En todas sus obras persigue un objetivo práctico. Es por ello que con frecuencia repite lo que ya ha sido tratado, preparar para otra cosecha los campos que ya han sido arados. No desprecia aprovechar las ideas de algún escritor anterior, cristiano o pagano, con tal de apoyar sus reflexiones, y adapta sus pensamientos con prudencia al público de su tiempo y nación. Visto desde el aspecto formalmente literario, su estilo deja algo que desear, pero no nos debe extrañar, dadas las exigencias de tiempo que tienen los hombres públicos como él. Su dicción abunda en remembranzas inconscientes de los escritores clásicos, tanto griegos como romanos. Está particularmente familiarizado con los escritos de Virgilio. Pero su estilo siempre conserva una peculiaridad personal. Nunca le falta cierta reserva digna. Cuando parece que su escrito es más estudiado de lo que acostumbra, sus características son una enérgica brevedad y una audaz originalidad. De entre sus escritos, los que tienen origen y estilo homilético dejan patente las grandes dotes de oratoria de Ambrosio; a veces, incluso, llega a alcanzar elevados niveles de inspiración poética. Sus himnos son prueba suficiente del dominio que tenía de la lengua latina” (Bardenhewer, Les pères de l'église, París, 1898, 736 -737; cf. Pruner, Die Theologie des heil. Ambrosius, Eichstadt, 1864). Las obras que han llegado a nosotros pueden dividirse, en aras de la conveniencia, en cuatro clases: exegéticas, dogmáticas, ascético-morales y ocasionales. Las obras exegéticas, o comentarios a las Sagradas Escrituras, tratan sobre la gloria de la creación, las figuras vetero-testamentarias de Caín y Abel, Noé, Abraham y los patriarcas, Elías, Tobías, David y los salmos y otros temas. De sus discursos sobre el Nuevo Testamento sólo ha sobrevivido el largo comentario sobre San Lucas (Expositio in Lucam). Definitivamente él no es el autor del maravilloso comentario sobre las trece epístolas de San Pablo conocido como “Ambrosiater”. Todos esos comentarios escriturísticos juntos conforman más de la mitad de los escritos de Ambrosio. Demuestra un gusto especial por las interpretaciones alegórico-místicas de la Escritura. O sea, aunque admite un significado natural o literal, siempre encuentra un significado más profundo, místico, que él convierte en enseñanzas prácticas para la vida cristiana. En esto, dice San Jerónimo (Ep. XLI), “él era discípulo de Orígenes, pero bajo las modificaciones que habían hecho del estilo de ese maestro San Hipólito de Roma y San Basilio Magno”. También recibió influencia en ese sentido del escritor judío Filón. Dicha influencia fue tal que el texto de este último, que se encuentra en estado de descomposición, puede a veces ser corregido exitosamente gracias a los ecos y recuerdos que de dicha obra se hayan en las obras de Ambrosio. Debe dejarse en claro, sin embargo, que al citar a los autores no cristianos, el gran Doctor nunca abandona una actitud estrictamente cristiana (cf. Kellner, Der heilige Ambrosius als Erklärer das Alten Testamentes, Ratisbona, 1893). La más influyente de sus obras ascético-morales es la que escribió acerca de los deberes de los eclesiásticos cristianos (De officiis ministrorum). Es un manual de moralidad cristiana que sigue de cerca, en su orden y disposición, un trabajo homónimo de Cicerón. “Empero, dice el Doctor Bardenhewer, es muy notable y aguda la antítesis entre la moralidad filosófica del pagano y la moralidad del eclesiástico cristiano”. En sus exhortaciones, particularmente, Ambrosio deja ver una irresistible fuerza espiritual” (cf. R. Thamin, Saint Ambroise et la morale chrétienne at quatrième siècle, París, 1895). Escribió varios textos sobre la virginidad. O mejor dicho, publicó varios de sus discursos acerca de dicha virtud, de los cuales el más importante es el tratado “Sobre las vírgenes”, dirigido a su hermana Marcelina, consagrada ella misma al servicio divino. San Jerónimo (Ep. XXII) afirma que él es el más elocuente y exhaustivo de todos los exponentes de la virginidad, y que su juicio coincide totalmente con el de la Iglesia. Su impresionante obrita “Sobre la caída de una virgen consagrada” (De lapsu virginis consecratæ) ha sido debatida, pero sin razones suficientes. Dom Germain Morin sostiene que sí se trata de una homilía de Ambrosio que, como muchos otros de sus así llamados “libros”, debe su forma actual a alguno de sus oyentes. La mayor parte de sus trabajos dogmáticos versan sobre la divinidad de Jesucristo y del Espíritu Santo; también sobre los sacramentos cristianos. A petición del joven emperador Graciano (375-383) elaboró una defensa, contra los arrianos, de la verdadera divinidad de Jesucristo, y otra sobre la divinidad del Espíritu Santo, contra los macedonios.
También, una obra sobre la Encarnación de Nuestro Señor. Escribió su trabajo “Sobre la penitencia” para refutar los postulados rigoristas de los novacianos y en él profundiza sobre las evidencias útiles del poder de la Iglesia para perdonar los pecados, la necesidad de la confesión y el carácter meritorio de las buenas obras. Ha desaparecido una obra especial sobre el bautismo (De sacramento regenerationis), frecuentemente citada por San Agustín. Sí poseemos, afortunadamente, el excelente tratado (De mysteriis) sobre el bautismo, la confirmación y la Sagrada Eucaristía (P.L. XVI, 417-462), que dirigió a los recién bautizados. Algunos opositores a la enseñanza católica sobre la Eucaristía han puesto en duda su autenticidad, pero sin razón alguna. Es altamente probable que la obra sobre los sacramentos (De sacramentis, ibid) sea idéntica a la precedente, sólo que, como explica Bardenhewer, “fue publicada indiscretamente por algún oyente de Ambrosio”. Sus evidencias respecto al carácter sacrificial de la Misa, y a la antigüedad del Canon Romano de la Misa son demasiado bien conocidas como para requerir mayores pruebas. Algunas de ellas son fácilmente localizables en cualquier edición del Breviario Romano (cf. Probst, Die Liturgie des vierten Jahrhunderts und deren Reform, Münster, 1893, 232-239). La correspondencia de Ambrosio incluye pocas cartas confidenciales o personales. La mayor parte son documentos oficiales, registros de asuntos públicos, reportes sobre los concilios que se realizaron y cosas parecidas. Sin embargo su valor histórico es incalculable, además de mostrarlo como un administrador romano y estadista inigualable en cualquier nación o en la Iglesia. Pero aunque sus cartas fueran materia de poca monta, no se puede decir lo mismo de sus discursos. Su discurso ante la muerte de su hermano Sátiro (378) (De excessu fratris sui Satyri) contiene el sermón funerario del mismo y constituye uno de los panegíricos cristianos más antiguos y un modelo de los discursos de consolación que desde entonces habrían de ocupar el lugar de las declamaciones frías e inefectivas de los estoicos. Su discurso funerario sobre Valentiniano II (392) y sobre Teodosio el Grande (395) son considerados clásicos de la composición retórica (cf. Villemain, De l'éloquence chrétienne, París, ed. 1891). También deben ser considerados como documentos históricos de gran importancia. Y lo mismo se puede afirmar de su discurso contra el intruso arriano, Auxencio (Contra Auxentium de basilicis tradendis), y los dos discursos referentes al hallazgo de los cuerpos de los mártires milaneses Gervasio y Protasio.
No faltan, claro, obras atribuidas falsamente a Ambrosio. Casi todas ellas se encuentran en la edición benedictina de sus obras (reimpresas en Migne) y se discuten en los manuales de Patrología (eg. Bardenhewer). También se han extraviado algunas de sus obras auténticas, como, por ejemplo, la obra citada arriba sobre el bautismo. San Agustín (Ep. 31, 8) alaba encarecidamente una obra (actualmente extraviada) de Ambrosio escrita contra aquellos que afirmaban una dependencia intelectual de Jesucristo respecto a Platón. No es improbable que Ambrosio sea el autor de la traducción latina y paráfrasis de Josefo (De Bello Judaico), conocido en la Edad Media como Hegesippus o Egesippus, una distorsión del nombre griego del autor original (Iosepos). Mommsen (1890) rechaza la autoría ambrosiana del renombrado texto legal conocido como “Lex dei sive Mosaicorum et Romanorum Legum Collatio”, un intento de presentar la ley de Moisés como la fuente de la que bebió sus principales preceptos la jurisprudencia criminal romana.
Ediciones de sus escritos
La historia literaria de las ediciones de sus escritos es una muy larga y puede seguirse en las biografías de Ambrosio. Erasmo los editó en cuatro tomos en Basilea (1527). Una edición romana muy valiosa fue sacada a la luz en 1580, en cinco volúmenes, y fue el resultado del trabajo de muchos años, comenzado por Sixto V cuando éste aún era el monje Felice Peretti. Como prefacio de esa obra está una vida de San Ambrosio compuesta por Baronio para sus Anuarios Eclesiásticos. La excelente edición benedictina apareció en París (1686-90) en dos volúmenes en folio. Esa edición fue reimpresa dos veces en Venecia (1748-51 y 1781-82). La última edición de las obras de San Ambrosio realizada en el siglo XIX fue la P.A.Ballerini (Milán, 1878) en seis volúmenes. Esta no volvió obsoleta la edición benedictina de du Frische y de Le Nourry. Algunos textos de San Ambrosio han aparecido en la serie vienesa conocida como “Corpus Scriptorum Classicorum Latinorum” (Viena, 1897-1907). Existe también una versión inglesa de las obras selectas de San Ambrosio elaborada por H. De Romestin en el volumen 10 de la segunda serie de la “Select Library of Nicene and Postnicene Fathers” (Nueva York, 1896). Una versión alemana de textos selectos, en dos volúmenes, realizada por el P. X. Schulte, se encuentra en la “Bibliothek der Kirchenväter” (Kempten, 1871-77).

Bibliografía: Para bibliografías exhaustivas vea Chevalier, Répertoire, etc., Bio-Bibliographie (2da. ed., París, 1905), 186-89; Bardenhewer, Patrologie (2da. ed. Friburgo, 1901), 387-89. Da Broglie, Les Saints, St. Ambroise (París, 1899); Davies in Dict. of Christ. Biogr., s.v., I, 91-99; BUTLER, Lives of the Saints, 7 dic.; Förster, Ambrosius, Bischof von Mailand (Halle, 1884); Imm, Studia Ambrosiana (Leipzig, 1890); FERRARI, Introduction to Ambrosiana, una colección de estudios eruditos publicado (Milán 1899) con ocasión del decimoquinto centenario de su muerte. La introducción mencionada es por el CARDENAL FERRARI, Arzobispo de Milán.
Fuente: Loughlin, James. "St. Ambrose." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01383c.htm>.
Traducido por Javier Algara Cossío.
Seleccion de imágenes: José Gálvez Krüger
Grabado de San Ambrosio [1]

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