Los argumentos a favor de la inmaculada
concepción de María no eran muy poderosos cuando se empezó a discutir sobre ello,
allá por el siglo XII, pero como encontró un magnífico altavoz en la devoción popular
durante los siguientes siglos, la creencia arraigó. En contra había argumentos más
elaborados. Primero, que aquí el único ser humano concebido libre de pecado era
Jesucristo; segundo, que hacer una segunda excepción con María daba lugar a graves
problemas teológicos; y tercero, si estaba aceptado que fue Jesucristo quien redimió
a su madre del pecado original y resulta que María también nació libre del pecado,
¿de qué la redimió su hijo?
Fueron los dominicos quienes mantuvieron
durante siglos que tal idea era una paparruchada producto de la «plebe indocta»,
arrastrada por religiosos interesados que rehuían el debate.
La chispa definitiva para conseguir el dogma se prendió en Sevilla, después de que un dominico rechazara en público la pura concepción de la Virgen. Los sevillanos se encabritaron, y el enfado saltó al resto de España y luego a la Europa católica. El asunto de la Virgen se convirtió casi en una campaña electoral de los franciscanos y el clero sevillano. Se organizaron procesiones diarias, responsos, por no llamarlos mítines, y hasta pegada de carteles por toda la ciudad en los que se leía «María, sin pecado original».
La respuesta popular fue masiva y, aunque
varios papas se resistieron a definir el dogma, Pío Nono acabó haciéndolo a mediados
del XIX. Desde entonces, se acabó la discusión. La buena noticia es que, gracias
a aquella decisión, ese día es fiesta.
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